Resultado de imagen de 10 PASOS ESENCIALES PARA DESARROLLAR TU INTELIGENCIA EMOCIONAL

Durante la década de los 90 la inteligencia emocional fue considerada prácticamente un superpoder.

Se suponía que la gente que la poseía  no sólo era capaz de identificar estados emocionales, sino que también podían conectar con la gente, eliminar cualquier atisbo de estrés, y descifrar el lenguaje corporal de aquellos que les rodeaban.

¿Pero es realmente tan maravillosa la inteligencia emocional? ¿De verdad es mucho más importante que el cociente intelectual?

Y si lo es, ¿cuál es la manera más sencilla de desarrollarla?

En este artículo voy a romper varios mitos sobre la inteligencia emocional y enseñarte los 10 pasos que te permitirán empezar a mejorarla. Si es que finalmente consideras que merece la pena.

¿Qué aprenderás en este artículo?

El valor de ser emocionalmente inteligente

La inteligencia emocional puede explicarse en función de cómo gestionas tus emociones y las de los demás.

Con estos dos ejes aparecen los cuadrantes que definen la inteligencia emocional:

  1. Autoconciencia: la habilidad de reconocer e identificar las emociones en ti mismo, así como su origen.
  1. Autocontrol: tu capacidad de controlar los impulsos y retrasar la recompensa inmediata.
  1. Empatía: la habilidad para conectar con las emociones y motivos de los demás.
  2. Habilidades sociales: la capacidad de relacionarte satisfactoriamente con los demás, gestionar conflictos, comunicarte claramente e influir sobre las personas.

Otros autores también añaden la motivación a tu eje emocional.

Pero ¿qué es más importante? ¿Saber gestionar las emociones o ser un genio de las matemáticas?

A finales del siglo XX aparecieron varias investigaciones (culminadas en el bestseller Inteligencia Emocional) que presentaban la inteligencia emocional como el principal motor del éxito y satisfacción personal. Los estudios mostraban que los mejores líderes eran emocionalmente muy inteligentes.

Sin embargo, los más recientes como éste ponen muy en duda esa afirmación.

Quizás los líderes más carismáticos no poseían tanta inteligencia emocional como se creyó inicialmente.

¿Por qué?

Porque la manera de evaluar su inteligencia emocional fue a través de cuestionarios que ellos mismos respondieron. ¿Y qué líder iba a reconocer por escrito que no sabía identificar las emociones de sus trabajadores?

Dime de qué trabajas y te diré qué inteligencia necesitas

Las últimas investigaciones también apuntan que existen profesiones donde un exceso de inteligencia emocional puede ser contraproducente, como por ejemplo mecánicos, científicos, o contables.

Si tu trabajo es interpretar datos o reparar coches, ser especialmente sensible a las expresiones faciales, lenguaje corporal y emociones de aquellos que te rodean puede ser una grave distracción.

Pero tampoco hay que pasar del blanco al negro más absoluto. Existen otras profesiones, como las de comercial, coach o médico donde saber leer y regular las emociones es básico.

En resumen, la inteligencia emocional es importante pero no es la panacea. En ciertas situaciones puede ser muy útil, y en otras el cociente intelectual puro y duro (la capacidad de analizar y sacar conclusiones) puede ser más determinante.

¿Realmente se puede mejorar la inteligencia emocional?

La teoría más generalizada es que incrementar el cociente intelectual es prácticamente imposible. Por eso la mayoría de cursos y coaches han apostado por aumentar la inteligencia emocional, aparentemente mejorable con la práctica.

¿Pero existe alguna evidencia de que sea posible? ¿Y hasta qué punto se puede mejorar?

Se han publicado más de 2.500 artículos desde que apareció el concepto de inteligencia emocional. Y las 4 conclusiones que se pueden extraer son las siguientes:

  1. Puedes cambiar, hasta cierto punto

La capacidad para gestionar nuestras emociones y las de los demás no varía mucho durante nuestra vida. Los factores más determinantes parecen ser la educación recibida, genes, y experiencias infantiles (fuente).

No es que no puedas desarrollar tu inteligencia emocional, pero para hacer cambios profundos deberás dedicarle tiempo y esfuerzo.

Eso sí, la inteligencia emocional mejora con los años, ¡de ahí el dicho de que la gente madura con la edad!

  1. La ayuda profesional sí da resultados

Hay un intenso debate acerca del coaching y la formación en habilidades personales. Personalmente no creo que exista mala fe en los denominados “vendehumo”, pero sí desconocimiento.

Muchos generalizan sus experiencias personales y creen que lo que les ha cambiado la vida a ellos, independientemente de sus circunstancias, funcionará en el resto. Para evitar este tipo de extrapolaciones existen los estudios científicos, realizados en decenas de voluntarios.

En estas condiciones, digan lo que digan los escépticos, los buenos programas de formación sí funcionan:

  • No pueden hacer milagros, pero los últimos metaanálisisdemuestran que son capaces de mejorar la inteligencia emocional un 25% en promedio, y en el caso de las habilidades sociales, hasta un 50%.
  • Gracias a la plasticidad neuronal, el término que los neurólogos usan para referirse a la capacidad del cerebro para cambiar a cualquier edad, es posible aprender empatía y gestión emocional. En este último caso,la mejora puede llegar hasta el 35% (referencia).

Así pues, si no estás obteniendo resultados con tu coach o curso de formación, quizás sea hora de buscar uno mejor.

  1. Es imprescindible que alguien te dé feedback

Resulta que no somos demasiado buenos evaluando nuestro nivel de inteligencia emocional. La estimamos peor que nuestro cociente intelectual, por lo que además de no saber cuán listos somos, tampoco tenemos ni idea de si somos agradables.

Una investigación demostró que la forma en que nos vemos a nosotros mismos tiene poco que ver con la forma en que nos ven los demás. Es un fenómeno muy conocidoque, en muchas competencias, las personas nos creemos mejor de lo que realmente somos.

Por estas razones, además de seguir un buen programa de formación, es importante que alguien te proporcione una visión imparcial de ti mismo.

  1. Cuidado con las técnicas que usas

¿Cuáles son las mejores estrategias para desarrollar la inteligencia emocional?

  • Principalmente, las basadas en la terapia cognitivo-conductual(referencia). Es decir, aprender a cambiar tus pensamientos y las conductas que los acompañan.
  • Mejorar tu capacidad de aceptar y perdonarte (la autocompasión, un concepto que cada vez va a sonar más).

¿Y las que no funcionan?

  • Las autoafirmaciones positivas. Ándate con ojo con aquellos coaches o programas que prometen mejorar tu autoestima con mensajes positivos hacia ti mismo (“yo lo valgo”“soy el mejor”“yo me amo”, etc) ya que a menudo resultan contraproducentes. ¡Y pueden convertirte en un narcisista!

10 pasos necesarios para mejorar tu inteligencia emocional

El objetivo de un estudio controlado realizado en 2009 era ver si con un programa adecuado se podía mejorar la inteligencia emocional en un grupo de voluntarios, en comparación con otro grupo que no recibió entrenamiento alguno.

El resultado fue un notable incremento a corto y medio plazo.

En el programa los participantes recibieron una serie de clases teóricas con ejercicios. A continuación encontrarás las 10 primeras lecciones más importantes para desarrollar una sana inteligencia emocional.

  1. Detecta la emoción que hay detrás de tus actos

Casi todos vivimos desconectados de nuestras emociones. Las experiencias negativas que sufrimos durante nuestra vida nos enseñan a aislarnos de las emociones para protegernos.

No puedes eliminar tus emociones, pero debes ser capaz de conectar con ellas y entender cómo influyen sobre ti. Cuando algo te haga actuar o sentirte de una determinada forma, párate un segundo, reflexiona sobre la emoción que hay detrás, y encuentra su origen.

Al principio quizás no sepas por qué actúas o te sientes como lo haces. No desesperes. No estás entrenado para hacerlo. Pero a medida que vayas centrándote en tus sentimientos empezarás a encontrar las respuestas.

  1. Amplia tu vocabulario (emocional)

Sólo hay cuatro emociones básicas a partir de las cuales se crean todas las demás: alegríatristezaenfado y miedo (aunque algunos autores añaden sorpresa y angustia).

Cuando intentes reconocer tus emociones te quedes sólo con ellas. No basta con decir “Vale, he identificado mi emoción y es la tristeza”. No. Debes ser lo más específico posible.

Los nombres que pongas a tus emociones te ayudarán a entender cómo te estás sintiendo y por qué. No digas “Estoy triste” si las palabras que mejor describirían tu estado emocional serían decepcionado, compungido, melancólico o herido. Sé concreto.

Tener un vocabulario rico con el que describir exactamente tus sentimientos es muy importante. No dominar el lenguaje limita el conocimiento de lo que estás experimentando, creando la sensación de que no sabes lo que te pasa.

  1. No te dejes engañar por las apariencias emocionales

Muchas veces las emociones primarias desencadenan otras emociones, y eso nos lleva al error de creer que lo que realmente estamos sintiendo es la emoción secundaria.

Voy a ponerte un ejemplo.

Imagínate que te sientes traicionado porque descubres por una tercera persona que alguien que considerabas uno de tus mejores amigos no te ha invitado a su fiesta de cumpleaños.

Aparentemente la emoción sería la traición, cuyo componente básico es el enfado.

¿Pero lo es realmente?

Si profundizaras en qué ha provocado tu enfado, probablemente descubrirías que la emoción original causante de tu enfado es la tristeza. Estás enfadado con tu amigo porque te ha causado mucha tristeza comprobar que tu amistad no tiene para él el valor que tú esperabas.

  1. No juzgues la forma en que te sientes

Las emociones tienen una única función: darte información sobre lo que está ocurriendo. Si pudieras reprimirlas estarías a ciegas y no sabrías como reaccionar.

Las emociones negativas te previenen. No luches contra ellas. Debes entenderlas y obtener toda la información posible para enfrentarte al reto del que te están alertando.

  • El miedote avisa de que no tienes recursos para abordar lo que está sucediendo. Refleja una desproporción entre la situación y los recursos con los que cuentas.
  • El enfadolo sientes cuando vulneran tus derechos o necesidades. Te empuja hacia el ataque o la defensa para hacerte respetar.
  • La tristezate indica la pérdida de algo valioso para ti y te prepara para superar esa ausencia.
  • Sientes alegríacuando algo te resulta agradable. Te motiva a experimentarla de nuevo con conductas que vuelvan a generarla.

Considera tus emociones no como algo bueno o malo, sino como la fuente de información que te ayudará a ser más consciente de ti mismo.

  1. Descubre el mensaje oculto de tu lenguaje corporal

Si te cuesta identificar tus emociones, fijarte en tu lenguaje corporal te dará muchas pistas de lo que está ocurriendo en tu interior.

Por ejemplo, hay gente que al inicio de un enfado se cruza de brazos porque empieza a sentirse agredido. Si relacionas este tipo de cambios en el lenguaje corporal con tus emociones serás capaz de detectarlas mucho antes.

Y no sólo se trata de cambios posturales. Las emociones también provocan manifestaciones fisiológicas automáticas como rubor cuando te enojas o presión en el pecho cuando estás triste.

Empieza a encontrar patrones en las sensaciones físicas que experimentas cuando se desencadenan en ti determinadas emociones y te convertirás en un maestro Jedi emocional.

  1. Controla lo que piensas para controlar cómo te comportas

Muchas personas se excusan diciendo que en los momentos emocionales pierden el control y no son dueños de sus actos. Pero sólo tienen razón en parte.

Los sentimientos son el resultado de la emoción y de lo que piensas sobre esa emoción. No puedes evitar la emoción, pero sí que puedes modificar tus pensamientos al respecto.

La próxima vez que sientas una emoción, presta atención porque significa que en breve te va a invadir un pensamiento. Decide entonces qué pensamiento quieres tener y cómo deseas comportante.

Y si todo falla, existen algunas otras técnicas de emergencia que pueden ayudarte:

  1. Si estás muy nervioso o ansioso, refréscate la cara con agua muy fríae intenta que te dé el aire. Se ha demostrado que el frío puede reducir la ansiedad.
  2. Evita las bebidas con cafeína.Los estudios evidencían que incrementan tu nerviosismo y niveles de ansiedad.
  3. ¡Ejercicio!Todo lo que se diga sobre las ventajas de hacer deporte con moderación me parece poco. Se ha demostrado que reduce la ansiedad y mejora la confianza en ti mismo.
  4. Duerme lo necesario.Cuando duermes generas endorfinas y reduces los niveles de cortisol, la hormona del estrés. Por eso cuando no has dormido bien estás más irritable.
  5. Busca el porqué de los demás

El error que comente casi todo el mundo cuando observa una reacción en alguien es juzgar únicamente la reacción, cuando detrás de ella hay muchísimo más oculto a sus ojos.

Acostúmbrate a pensar en qué sentimientos puede haber detrás de esa reacción. ¿Qué emociones y pensamientos puede estar experimentando esa persona? Si te está insultando, ¿es posible que te tenga miedo y crea que la mejor forma de defenderse sea alterándote?

Buscando el porqué de las reacciones conseguirás entender a las personas. Y te advierto que cuando cojas el hábito de hacerlo te costará enfadarte con la gente, porque comprenderás entonces que casi todo el mundo tiene motivos para hacer lo que hace.

  1. Lleva un diario emocional (el efecto Bridget Jones)

Otra forma muy práctica y eficaz para mejorar tu inteligencia emocional es la de apuntar en una libreta tus sentimientos diarios.

Los escáneres cerebrales han demostrado que escribir tus emociones en una libreta reduce la actividad de la amígdala, responsable de la intensidad emocional.

Este beneficio fue especialmente evidente en el género masculino, y todavía más cuando fueron escritas a mano en lugar de tecleadas en un ordenador.

  1. Expresa tus emociones de forma asertiva

Ahora que ya sabes identificar y poner nombre a tus emociones, el siguiente paso sería aprender a expresarlas sin efectos adversos mediante la asertividad.

La fórmula general es “Me siento X (emoción) cuando haces Y (conducta) en la situación Z”, teniendo en cuenta lo siguiente:

  • Define concretamente la emoción X (oprimido, asustado, eufórico, etc)
  • Expresa tu emoción en primera persona
  • Comunica la conducta Y que te provoca esa emoción, no las intenciones (no juzgues)
  • Termina expresando lo que necesitas
  • Evita usar frases que empiecen por “Tú”y continúen con un juicio o acusación

Un ejemplo sería: “Me siento poco valorado porque llevo 5 años sin aumento de sueldo en esta empresa a pesar de toda mi dedicación”.

  1. ¡Conviértelo todo en conductas prácticas!

No intentes aprenderlo todo a la vez. Céntrate en una única cosa y conviértela en algo práctico para saber exactamente qué hacer y cuándo.

Imagínate por ejemplo que sientes que no le dedicas toda tu atención a la gente. Constantemente estás divagando y soñando despierto, y tienes un montón de distracciones en tu móvil. Y eso en el fondo te preocupa.

Una conducta emocionalmente inteligente sería convertir tu intento de prestar más atención en algo práctico. Por ejemplo apagando tu móvil y dejando de lado tus preocupaciones cada vez que te relacionas con alguien.

Ahora en lugar de hablar de un deseo (prestar más atención) estamos hablando de una conducta concreta a cambiar.

  • Repitiendo la nueva conducta, tu plasticidad neuronal modificará sus conexiones para crear la vía neuronal del nuevo hábito hasta que se convierta en algo automático.
  • Otra forma de reforzar un hábito es la visualización. Imaginarte a ti mismo haciéndolo activa el mismo circuito neuronal que la actividad real. Por eso los atletas olímpicos dedican horas a recrear mentalmente la carrera que harán el día de la competición.

Pau F. Navarro

 

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Javier Espinosa, Premio Nacional de Educación, apuesta por la gamificación en el aula, un proceso de enseñanza-aprendizaje con aspecto de juego pero sin serlo

El fracaso escolar es uno de esos términos injustamente utilizados. Normalmente se refiere a los estudiantes que no demuestran los conocimientos mínimos que exige el sistema educativo y que, por lo tanto, no obtienen su correspondiente título. Supone una preocupación social casi permanente en España y provoca acalorados debates sobre el modelo educativo, la calidad de la enseñanza y la capacidad de maestros y profesores.

Sin embargo, también cabría preguntarse si su expresión opuesta, el éxito escolar, “consiste en que los alumnos y alumnas vomiten lo memorizado en un examen, sin aprendizaje real, pero con una calificación positiva en sus notas”. Con estas palabras, el responsable de proyectos y transformación pedagógica y metodológica de NIUCOJavier Espinosa, hace mención a la necesidad de replantearse el proceso de enseñanza-aprendizaje para hacerlo más eficiente. Para ello, propone aplicar técnicas y metodologías avaladas científicamente por la neurodidáctica, cuya eficiencia ha quedado demostrada de forma empírica.

Reconocido en 2015 con el Premio Nacional de Educación, este docente se mueve entre la enseñanza secundaria y la universidad, donde forma a futuros profesores y les explica cómo la neurociencia pone en evidencia qué estrategias didácticas funcionan y cuáles no.

La visualización de la actividad cerebral a través de las máquinas de neuroimagen ha permitido a los expertos bucear en la masa gris y conocer de forma directa cómo funciona el proceso de aprendizaje. “Ahora sabemos que el cerebro construye la información nueva siempre sobre datos previos o que la atención plena de los estudiantes no perdura más de 15 o 20 minutos”. Para Espinosa esto demuestra que la clase tradicional con instrucción directa, donde el alumnado recibe la información de forma pasiva y a través de un único sentido, no es realmente eficaz “porque el cerebro se aburre y le apetece hacer otras cosas”.

“Aunque la neuroeducación es una ciencia en pañales —destaca Espinosa— y tampoco debe entenderse como una panacea”, sí pone en evidencia que el camino adecuado para conectar con los alumnos y alumnas es “la estimulación multisensorial para avivar su curiosidad”. Todo indica que el objetivo final ha de ser, precisamente, fomentar la motivación de los jóvenes. Por eso el docente debe conseguir transmitir los contenidos de una forma atractiva. “El cerebro necesita emocionarse para aprender” y para ello hay que generar deseo. “Es fundamental producir un neurotransmisor llamado dopamina que es el encargado de activar las funciones ejecutivas”, explica.

“Ahora sabemos que la atención plena de los estudiantes no perdura más de 15 o 20 minutos”

Y es que los senderos ignotos que comienza a recorrer la educación parten de nuevos conceptos, pero de metodologías no tan innovadoras como pudiera parecer. Por un lado, las nociones de inteligencia y aprendizaje han cambiado con la confirmación científica de que no se deja de aprender en toda la vida, ya que siempre se pueden crear nuevas conexiones neuronales. De hecho, términos como plasticidad cerebral, integración sensorial o neuronas espejo comienzan a ser ‘vox pópuli’ entre los docentes.

Por otra parte, técnicas como el aprendizaje basado en proyectos, la clase invertida o la gamificación suponen el camino a seguir, aunque “no son tan novedosas porque realmente se llevan poniendo en práctica toda la vida”. Espinosa aclara que se trata de estrategias docentes “bien conocidas, que ahora se están reorganizando y la neurociencia está poniendo sobre la mesa su eficacia”.

Respecto a las TIC o tecnologías de la información y la comunicación, lo tiene claro: “No suponen la gran revolución que parecían y no implican necesariamente que los alumnos y alumnas aprendan mejor; simplemente la información les llega ahora a través de otros canales, pero los métodos de enseñanza son los mismos”.

Espinosa destaca la importancia del autoaprendizaje en contacto con los compañeros porque desarrollan habilidades y destrezas útiles para la vida

Para conseguir que los estudiantes tengan capacidad y ganas de aprender, Javier Espinosa apuesta por la gamificación como estrategia motivadora. Destaca la importancia del autoaprendizaje de los chicos y chicas en contacto con sus compañeros, “porque sirve para desarrollar habilidades y destrezas realmente útiles en su vida diaria que, de otra forma, pueden quedar relegadas a un segundo plano”. Pero subraya que siempre hay que partir de sus intereses e inquietudes.

El profesor debe ser un facilitador, que domine la materia que imparte, pero también tiene que conocer a su grupo de clase para conectar las dinámicas y mecánicas del juego con los contenidos de una forma más agradable. No obstante, Espinosa puntualiza que “gamificar no es jugar”, y añade que la verdadera gamificación consiste en que el proceso de enseñanza-aprendizaje tenga “aspecto de juego”, sin serlo realmente, con el objetivo de “potenciar los procesos de motivación” a los que hace referencia la neurodidáctica.

Reconoce que no es sencillo aplicar la gamificación, ya que es un proceso complejo que requiere gran esfuerzo y cuyos resultados son difíciles de medir. Para facilitar su correcta utilización, hace cuatro años nació una comunidad de profesores con el propósito de intercambiar conocimientos y experiencias a través de internet. Actualmente, Espinosa preside la asociación Gamifica Tu Aula, donde los integrantes enfocan el juego como una herramienta didáctica más y cada aportación es válida. El colectivo es también el encargado de organizar las Jornadas del Juego, la Gamificación y el Aprendizaje. Este evento reúne anualmente a cientos de profesores “para compartir sus prácticas e ideas entre iguales”, a través de talleres, reuniones y ponencias, con el firme y único objetivo de mejorar el aprendizaje de sus alumnos y alumnas, y minimizar el mal llamado fracaso escolar

Tomás Muñoz M.

 

La autoestima, que varía nuestras experiencias vitales, es difícil de modificar una vez llegados a una determinada edad. Pero no imposible

Azahar quería ser invisible pero no le salía, se esforzaba y se esforzaba en no molestar nunca a los demás, tanto que deseaba envolverse en una gruesa capa que la volviera invisible.

Ese día luminoso, bañado por la luz de un otoño que se anunciaba perezoso en llegar, salió a la calle como casi siempre, con actitud temblorosa y huidiza como un ratoncillo asustado que olfateara con su sensible hocico los obstáculos imaginarios que se avecinaban. Así que Azahar enfrentó ese día como casi siempre, vestida con la certeza de que si no miraba a nadie lograría pasar desapercibida y no existir para la gente.

Mirar a los ojos se había convertido para ella en algo terrible y peligroso porque estaba convencida de que si dejaba que los demás se adentraran en la ventana de sus chispeantes ojos verdes descubrirían un secreto terrible: cuán horriblemente defectuosa era y qué poco digna de ser amada se sentía. Aunque, ¿sabéis?, Azahar desconocía que, vista desde afuera, los demás veían en ella un ratoncillo huidizo que caminaba bordeando los rincones oscuros de la calle.

La manera en que se miraba a sí misma condicionaba la forma en que se relacionaba con los demás. Siempre estaba pidiendo perdón o pidiendo permiso por existir. Carecía de cualquier atisbo de una autoestima saludable y eso la hacía juzgarse todo el tiempo como inferior frente a los demás a quienes imaginaba estupendos y llenos de capacidades.

La raíz profunda de su desvalorización anidaba en una infancia con una madre controladora

La raíz profunda de su desvalorización anidaba en una infancia donde jamás cumplía las expectativas de una madre exigente, a quien por otro lado adoraba, y resultó ajena a un padre incapaz de reivindicar su lugar, desplazado ante su madre quien se mostraba omnipresente y controladora.

Azahar no se sentía con fuerzas para encarar la vida, era como si su energía vital se esfumara y cada vez la resultaba más agotador luchar por dar lo mejor de sí misma. Abandonaba las cosas a la mitad, carente de la energía vital necesaria para finalizarlas, establecía relaciones donde no acababa nunca de sentirse bien tratada y sus sueños parecían tan inalcanzables como pisar la luna.

Le costaba mucho admitir la realidad de que necesitaba ayuda, porque se juzgaba inferior a sí misma y se exigía ser como los demás, a quienes idealizaba. Un buen día, Azahar sintió en lo profundo de su ser la urgencia de recuperar el tiempo perdido y enfrentar el reto de cambiar lo que sucedía en su mundo interior porque solo así, pensaba, lograría sentirse más a gusto en su piel y reconciliarse con la vida. Hasta entonces se sabía dueña de una casa habitada por molestos y ruidosos inquilinos que la trataban de forma descuidada y, como más adelante comprendió, repetían patrones inconscientes que aprendió de niña en sus vínculos tempranos significativos que desconocían la palabra respeto. Pensó que había llegado el momento de que alguien la ayudara si no quería que todo fuera a peor.

Así que comenzó un proceso psicoterapéutico para inaugurar una existencia diferente y eso implicaba formularse preguntas vitales nuevas que inauguraron espacios psíquicos vírgenes, emocionales y afectivos. Jugar a las preguntas era como jugar a los sabores y al responderlas sentía recobrar una dimensión nueva bañada por la luz de la conciencia que la ayudó a crear una amorosa valoración de sí misma. ¿Quién soy yo?, ¿Qué partes de mí misma acepto y cuáles no? ¿Puedo pensar las cuestiones por mí misma y reconocer mis deseos? ¿Qué cualidades poseo?.

Azahar empezó a conocerse y a apreciarse y se sintió como una flor que se despereza y abre sus pétalos a la naciente luz del día. Podía sentir el cosquilleo de los rayos de sol y la frescura del frío amargo del rocío.

Toda existencia es valiosa

Comenzó por apreciar su existencia única y especial. Sin sobreentendidos. Hasta entonces la daba por sentada y que ahora comenzó a darse cuenta, de cuán importante y valiosa era su existencia.

La psicoterapeuta Dorothy Corklille lo expresa alto y claro cuando afirma que la base de una autoestima sólida proviene del hecho de sentirnos queridos y valiosos. De estos dos sentimientos, el sentirnos dignos de amor o de importar simple y llanamente por el mero hecho de existir resulta lo fundamental.

Para disfrutar de una autoestima robusta, sana y equilibrada es importante conocer cómo ha sido nuestra crianza. El psicoanalista Dr. Hugo Bleichmarafirma que los padres aman a sus hijos según dos modalidades, que se entremezclan: una, en la que el amor que profesan a su hijo o hija va más allá de cualquier juicio particular sobre un rasgo, se les ama por el mero hecho de ser tal. Y otra modalidad en la que el amor se entrega o retira, a veces completamente, según se cumpla o no con determinados cánones fijados arbitrariamente. Como vimos en Azahar, esto tiene consecuencias directas en la gestación o no de una autoestima saludable en el niño o la niña.

Cuanto mayor se nos haya profesado un amor por rasgos, es decir, si cumplimentamos determinados estándares, mayor será nuestra tendencia a valorarnos acorde al cumplimiento de estos requerimientos. La consecuencia es que de esta autoobservación constante deviene una imagen fragmentada de uno mismo. Sería así, se abstraen ciertos rasgos y se los separa del conjunto haciendo recaer sobre cada uno de ellos un juicio que se traslada a la representación global de la persona.

Convertirnos en quien queremos ser

La importancia de realizar el esfuerzo de reconstruir la autoestima es que podemos convertirnos en personas que se gustan a sí mismas. Y esto resulta fundamental porque ayuda a encajar de forma saludable la falta de ciertas habilidades o los errores, sin hacer tambalear en exceso la valoración de uno mismo.

Podremos, al encarar nuestras limitaciones, articular mensajes internos compasivos que contrarresten una imagen fragmentada de nosotros mismos: somos eso que no nos sale y mucho más. Por ejemplo, una persona con una autoestima adecuada convivirá con formas de encarar la vida envueltas en mensajes acolchados del tipo:

  • No ajustarme a un ideal (un cuerpo ideal o una manera ideal de ser) no me descalifica en mi propio valor.
  • Me alegro de ser quien soy con mis imperfecciones.
  • Soy humano, puedo asumir mis errores y tratar de corregirlos.
  • Cuando descubro que las cosas no me han salido bien, intento probar de nuevo.
  • Puedo lograr las cosas con un poco más de tiempo si me lo propongo.

Si nos sentimos valiosos podemos hacer cosas que nos resulten significativas e incrementen el sentido del propio valor y también nos ayudará a algo importantísimo, a persistir en la consecución de nuestras propias metas. De esta forma, no nos trataremos de forma tan severa que arrase con una buena disposición para corregir los errores cometidos o para intentar las cosas de nuevo aprendiendo de las experiencias previas.

Otro de los elementos que más enturbian la valoración de uno mismo es partir de expectativas inadecuadas. Identificarlas resulta importantísimo porque disparan rápidamente los juicios negativos. La realidad de lo que sucede es que la persona no se cuestiona acerca de si las metas que se propone soninalcanzables o inadecuadas en un momento en concreto. Lo que hace es cuestionarse a sí misma y es precisamente esto lo que despierta sentimientos de inadecuación y falta de valoración personal.

Debemos ser conscientes de que una vez que se ha forjado en la temprana infancia puede no resultar una tarea fácil modificar la autoestima

Imagínate a un niño pequeño que empieza a andar. De repente alguien le ordena: “¡Que corra!”. ¿Cómo crees que se sentirá? Seguramente se hallará desconcertado, abrumado o llorará porque no comprende por qué le tratan con tanta rudeza y exigencia cuando, por otro lado, él siente alegría y entusiasmo descubriendo las nuevas habilidades de su cuerpo. ¿Verdad que resulta absurdo? Bien, pues esto es justo lo que hace una persona con baja autoestima. Ni qué decir tiene el poder destructivo que ejerce propiciarse un mal trato así.

Otro de los componentes a corregir ocurre cuando la persona pone constantemente el foco en lo que le falta, en donde no llega, en lugar de en lo que tiene y en sus capacidades. Se mira a sí misma como carente de valorporque selecciona tendenciosamente los rasgos negativos y esto le impide reconocer sus fortalezas, su potencia, sus habilidades especiales y sus capacidades únicas y, por lo tanto, tampoco puede aceptarse como incompleta o imperfecta aunque no por ello ausente de estimación.

JOSÉ ANTONIO MARINA

Es necesario elaborar una “superciencia de la educación”, que entre otras cosas someta a crítica los conceptos psicológicos antes de introducirlos en la práctica educativa

 

Sabemos que pese a haber tenido negativas experiencias tempranas, el nivel de autoestima, alta o baja, puede modificarse. Pero debemos ser conscientes de que una vez que se ha forjado en la temprana infancia puede no resultar una tarea fácil modificarla. Saber esto ayuda a comprender la dificultad de la tarea que se acomete cuando una persona inicia un proceso psicoterapéutico y subraya, a su vez, la necesidad de persistir en el proceso de cambio. Empezar una psicoterapia es lo adecuado porque ayuda a sostener el proceso, valorando adecuadamente los logros alcanzados en cada etapa del camino y poniendo el foco en los avances.

Por lo tanto, si queremos tener una buena autoestima, hemos de concienciarnos de que es importante trabajar seriamente en ella. Debemos conocer las raíces que la nutren porque se trata de una fortaleza esencial que embellece la vida y la potencia. Nos ayuda a vivir armonizados con nuestra naturaleza humana imperfecta pero conectados con la riqueza de una profunda, sincera y agradecida estimación propia.

RAQUEL TOMÉ

 

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Situaciones complejas, reuniones de tensión con un jefe, discusiones con un empleado, problemas personales o familiares pueden aparecer sin predecirlo en el espacio de trabajo. Como humanos, es una situación inevitable que ocurre en algún momento de la vida, que tiene como resultado el aflore de emociones que sacuden, que influyen directamente en el ánimo y productividad de las personas, pero que con un poco de inteligencia emocional se pueden controlar para saber cómo actuar de manera asertiva.

Enojo, rechazo, frustración, tristeza y rabia, son algunas de las emociones que surgen en el trabajo y debemos controlar con el fin de evitar impulsos conflictivos. Debemos ser capaces de identificarlas, aceptarlas y de ninguna manera reprimirlas o negarlas. Cuando hacemos caso omiso a esas emociones, estamos ignorando información que puede ser beneficiosa para ser mejores en diferentes ámbitos. Lo que debemos hacer es tomar distancia, observar nuestra situación, reflexionar y ver con madurez posibles decisiones que nos pueden ayudar.

En su libro “Inteligencia Emocional” el psicólogo estadounidense Daniel Goleman plantea la importancia, tanto fisiológica como social, de utilizar positivamente nuestras emociones y orientarlas hacia la eficacia del trabajo personal y las relaciones con otras personas.

Igualmente establece algunos planteamientos útiles para el mundo de las organizaciones que aconsejo tener en cuenta:

  • Las normas que gobiernan el mundo laboral están cambiando. En la actualidad no sólo se nos juzga por lo más o menos inteligentes que podamos ser, ni por nuestra formación o experiencia, sino también por el modo en que nos relacionamos con nosotros mismos o con los demás.
  • Se identifica como competencia blanda el nivel de pericia para relacionarse con los demás. Y resulta paradójico que estas competencias tengan una importancia decisiva para el éxito profesional, en cualquier ámbito de especialidad, o giro empresarial.
  • El éxito profesional depende más de las competencias emocionales que de las
    capacidades cognitivas. Incluso en las profesiones técnicas y científicas, el pensamiento analítico ocupa el tercer lugar como instrumento para el éxito, después de la capacidad de influir sobre los demás y de la motivación de logro.

 

En este orden de ideas, ¿Cuándo debemos controlar las emociones?

  1. Cuando no es oportuno manifestar lo que sentimos.
  2. Cuando somos conscientes de que nuestras emociones interfieren en nuestros pensamientos y conductas.
  3. Cuando las conductas inducidas por nuestras emociones tienen o pueden
    tener consecuencias negativas.

Para Anne Kreamer, ex directora creativa de Nickelodeon y autora del libro – It’s always personal: Navigating Emotion in the New Workplace, (Siempre es personal; navegando las emociones en nuevo espacio de trabajo), sentir emociones como el enojo, frustración, miedo, ansiedad y estrés es absolutamente normal. Sin embargo, la cultura laboral que reina hoy día, impulsa a los trabajadores a reprimir sus emociones y estallar en cualquier otro lugar, menos en la oficina.

La autora, que atravesó por episodios de fuerte tensión y donde tuvo que controlar las emociones en el trabajo, aconseja “reconocer lo que estás sintiendo”; ignorar las emociones evita asumirlas y superarlas. El riesgo es convertirse en una olla a presión y estallar en el momento menos adecuado. Tampoco aconseja actuar por impulso, ya que será contraproducente responder una agresión con otra. Cuando te enfrentes a una situación que te impacta de manera negativa, debes tomarte un tiempo para analizar qué la provoca, qué te hace sentir y cuál es la mejor forma de enfrentarla”.

¿Cómo controlar las emociones en el trabajo?

Decepción

Es importante tener presente que siempre habrá problemas, pero si nos detenemos a analizar la situación, el contexto, las personas involucradas, las posibles causas de esta, podremos encontrar una mejor solución.

Enojo

Si tenemos ira, no es aconsejable hablar, ni tratar de buscar salidas. Es mejor tomarse unos minutos para respirar, salir de la oficina y retomar cuando la calma haya llegado. Cuando estamos enojados somos más impulsivos y decimos cosas sin pensar.

Envidia

Todos somos diferentes. Cada persona tiene cualidades y habilidades que la hacen única y no debemos compararnos con nadie. Esto es clave para no dañar las relaciones con los compañeros de trabajo, y por el contrario ver lo bueno y positivo de cada uno, nos ayudará a inspirarnos y ser mejores en un ambiente colaborativo.

Frustración

¿Has intentado controlar todo? Intenta no hacerlo. No hay nada que podamos controlar, y sólo nos trae frustración al no alcanzar las expectativas esperadas. Te invito a ver las situaciones que pueden no resultar como esperabas, como una oportunidad de mejorar y aprender de los errores.

Rechazo

Una buena actitud es el primer paso para propiciar un buen ambiente de trabajo. Sé tolerante con las personas que te rodean. Si sentimos rechazo por nuestros colegas vale la pena preguntarnos: ¿por qué ha ocurrido? ¿Mi actitud ha influido en ello?

Al reconocer nuestras emociones, podemos reforzar el rendimiento y las relaciones laborales. Al mismo tiempo estamos motivando a nuestro entorno a tomar decisiones teniendo en cuenta la inteligencia emocional, sin dejar que las emociones dominen nuestro comportamiento.

¿Has tenido alguna de estas emociones en tu oficina o espacio de trabajo?

 

Resultado de imagen de EL LABERINTO DEL ESTRÉS: POR QUÉ SE HA CONVERTIDO EN LA ENFERMEDAD DE ESTE SIGLO

Uno de cada seis estamos condenados a padecer algún tipo de ansiedad. El estrés ya es la primera enfermedad mental, por delante de la depresión. ¿Es evitable?

La ansiedad se ha convertido a lo largo de la última década en la primera enfermedad mental, por delante de la depresión. ¿Una epidemia del siglo XXI? Sin duda, ya que el diagnóstico de Trastornos de Ansiedad Generalizada (TAG) ha crecido exponencialmente, hasta el punto de que, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), uno de cada diez habitantes del planeta sufre hoy sus síntomas.

Circunscribiendo el problema a nuestras fronteras, un tercio de los adultos españoles reconoce sentirse estresado con frecuencia y, de ellos, más de la mitad acabará desarrollando alguna enfermedad psíquica o física relacionada con tal padecimiento (ansiedad y estrés no son exactamente sinónimos: la frecuencia y gravedad del segundo puede provocar la primera). Familia y bolsillo son las dos principales causas de una zozobra que afecta particularmente a los menores de 45 años y a las mujeres (que tienen, según una reciente investigación de la Universidad de Cambridge, el doble de probabilidades de padecerla). Otro factor significativo: tener responsabilidades familiares, hijos o parientes a cargo.

La ansiedad es, en gran medida, resultado directo de nuestro estilo de vida, lo que ha hecho que el perfil de afectados por esta enfermedad se haya modificado, abriéndose en los últimos años. Aquel que piense todavía en varones de mediana edad con exitosas carreras profesionales y grandes responsabilidades a sus espaldas yerra, ya que los estudios demuestran que afecta tanto a mujeres como a hombres de distintos grupos de edad y con perfiles profesionales y vitales bien diferenciados.

“La ansiedad –informa la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés– es una emoción natural que comprende las reacciones de los seres humanos ante la amenaza de un resultado negativo o incierto. Este tipo de reacciones se producen ante los exámenes, al hablar en público, al sentirse evaluados, en situaciones sociales, o ante cualquier situación que nos resulte amenazante”. El verdadero problema se produce cuando sus síntomas ensombrecen actividades y momentos que no conllevan motivo aparente para la inquietud. La vida se convierte en una preocupación constante y desproporcionada.

LA ANSIEDAD ES RESULTADO DIRECTO DE NUESTRO ESTILO DE VIDA, LO QUE HA HECHO QUE EL PERFÍL DE AFECTADOS SE AMPLÍE

Rafael Santandreu, psicólogo y autor de best sellers de divulgación científica, como El arte de no amargarse la vida o Ser feliz en Alaska, que ya han vendido un millón de ejemplares, enfoca no tanto al contexto como a nosotros mismos: “El 95% del estrés que sufrimos nos lo provocamos nosotros con nuestros pensamientos. El problema está en que continuamente nos decimos ‘si pasase tal cosa, sería terrible’, pero otras personas en la misma situación sienten emociones diferentes. Y están bien. Ya lo dijo Epicteto en el siglo I: No nos afecta lo que nos sucede, sino lo que nos decimos acerca de lo que nos sucede”.

Santandreu pone el acento en lo que él mismo, amigo de conceptualizaciones cristalinas, ha denominado necesititis: “Creemos que necesitamos mucho para estar bien. Nuestra sociedad produce más y más necesidades inventadas, que provocan super exigencias. Tener deseos está bien, pero convertirlos en auto exigencias, no. En la actualidad, para ser una persona mínimamente presentable tienes que tener estudios y hablar algún idioma, ser extrovertido y tener una gran vida social y muchos amigos, buena presencia, haber viajado, una casa bonita y ordenada, un buen coche… Al final, nuestra mente está llena de obligaciones, no solo para nosotros, también para los demás, que nos vuelven inflexibles y amargados”.

 

IDENTIFICACIÓN Y TRATAMIENTO
El hecho es que, según las estimaciones de los expertos, al menos una de cada seis personas sufrirá a lo largo de su vida algún tipo de trastorno relacionado con la ansiedad. Pueden ser ataques de pánico más o menos esporádicos; fobia social –el miedo persistente a una o varias situaciones sociales por temor a que resulten conflictivas y/o embarazosas–; quizá sea un Trastorno Obsesivo-Compulsivo (TOC), e incluso un Trastorno de Ansiedad Generalizada (TAG). La primera clave a la hora de combatir la ansiedad, como cualquier otra enfermedad, es identificarla y tratarla en sus inicios. También normalizarla. Obvio, pero no por ello menos relevante en un país en el que la mitad de los trastornos mentales están infradiagnosticados en el nivel de la atención primaria (y eso que representan casi un tercio del total de consultas en esta área).

Después, dos son los métodos, normalmente combinados, para su tratamiento: el psicoterapéutico, practicado desde los mismos orígenes de la medicina, mucho menos invasivo a nivel físico y que en muchas ocasiones puede ser suficiente para dotar al paciente de las herramientas necesarias para mejorar su experiencia vital, y el farmacológico, con el uso de medicamentos como benzodiazepinas, ansiolíticos o antidepresivos, que juegan un papel importante en los casos (graves) en los que la terapia psicológica no avance, ayudando a reducir la tensión física que produce la ansiedad y relajando el cuerpo y la mente.

Santandreu, cuyos puntos de vista y recomendaciones también pueden leerse en su blog Escuela de felicidad, nos deja un consejo-marco para ayudarnos a prevenir los estragos de este mal tan contemporáneo: “Hay que trabajar cotidianamente para convertirse en una de esas personas que difícilmente sufren ansiedad. No se trata de no experimentar emociones negativas, por supuesto, sino de aprender a dimensionarlas, a darles su justa medida. La clave es no ‘terribilizar’ jamás y mantener un diálogo interno de personas fuertes”.

SÍNTOMAS DE LA ANSIEDAD

El Manual de Diagnóstico de Trastornos Mentales de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría (APA) recoge los siguientes síntomas, que aparecen temporalmente –con mayor o menor frecuencia–, se inician bruscamente y alcanzan su máxima expresión en los 10 primeros minutos:

  1. Palpitaciones, sacudidas del corazón o elevación de la frecuencia cardíaca.
    2. Sudoración.
    3. Temblores o sacudidas.
    4.Sensación de ahogo o falta de aliento.
    5. Sensación de atragantarse.
    6. Opresión o malestar torácico.
    7. Náuseas o molestias abdominales.
    8. Inestabilidad, mareo o desmayo.
    9. Desrrealización (sensación de irrealidad) o despersonalización (estar separado de uno mismo).
    10. Miedo a perder el control o volverse loco.
    11. Miedo a morir.
    12. Parestesias (sensación de entumecimiento u hormigueo).
    13. Variaciones térmicas tales como escalofríos o sofocaciones.

La ansiedad ha acompañado fielmente al hombre desde el comienzo de los tiempos. Durante siglos la hemos padecido, desatendido hasta oscurecerla, estudiado tratando de comprenderla, y combatido. Jamás seremos capacesde desterrarla, luego no nos queda otra que aprender a vivir con ella, del mismo modo que hemos aprendido a vivir con los nubarrones, la oscuridad de la noche o las tormentas con sus rayos y truenos.

“La ansiedad es el vértigo de la libertad”, afirma una de las máximas de Søren Kierkegaard. En ‘El concepto de la ansiedad’, el filósofo y teólogo danés expuso lo que para él era una fuerza dual, entre la destrucción y la creatividad. Así, aquel que aprende a vivir con ella, quien es capaz de servirse de su potencial creativo minimizando la parálisis provocada por lo indefinido, ha aprendido la gran lección vital. Sin embargo, algo más de un siglo después, Marcuse hablaba –en ‘El hombre unidimensional’, uno de los ensayos más emblemáticos del pensamiento de la segunda mitad del siglo XX–, no sin cierta intención utópico-libertaria, del ideal de “vivir sin ansiedad” o, lo que es lo mismo, de la necesidad de una total emancipación del pavor existencial, un sentimiento muy representativo de aquella sociedad moderna.

 

El mapa social ha cambiado mucho desde entonces y hoy, tanto la psicología como la sociología, dibujan un contexto en el que la precariedad laboral –de la sobrecarga de tareas a la incertidumbre que provoca un mercado inestable y ultra competitivo–, la crisis de determinados modelos sociales –tanto la cultura del éxito como la inédita conciliación de trabajo y familia– y unos altos niveles de insatisfacción personal se combinan para disparar nuestra ansiedad.

“Sus causas sociales –señala la psicóloga social María Soria, coordinadora académica del Grado de Psicología de la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR)– son multifactoriales, pero los trastornos de ansiedad pueden verse favorecidos por estilos de vida cada vez más demandantes o exigentes. Es frecuente que una persona asuma roles que en ocasiones entran en conflicto, lo que genera la percepción de no ser capaz de atender a las demandas por estar en varias situaciones de modo simultáneo o alterno. El estilo a la hora de afrontar estas situaciones y cumplir las expectativas marca la diferencia entre experimentar momentos aislados de incomodidad o disforia del desarrollo de una sintomatología ansiosa clara desde el punto de vista clínico”. ¿Podemos blindarnos de alguna manera ante ella? “Sí, trabajar en adoptar perspectivas propias realistas con nuestras capacidades constituye la mejor protección”.

CONSEJOS PARA COMBATIR LA ANSIEDAD

Los expertos y terapeutas coinciden en señalar una serie de prácticas cotidianas que ayudan a mantener a raya nuestra ansiedad:

  1. Solicitar consejo –y ayuda– a personas de nuestro entorno más cercano, incluyendo nuestro médico de familia.
    2.Practicar ejercicios de relajación y técnicas antiestrés (de la meditación al yoga, entre los que más resultados comprobados dan).
    3. Seguir una dieta más equilibrada que aporte a nuestro sistema nervioso central glucosa y triptófano, imprescindibles para sintetizar serotonina y garantizar su óptimo funcionamiento (frutos secos, pescados azules y carnes blancas, huevos –sobre todo la yema–, frutas y verduras como naranja, kiwi, plátano, piña, aguacate, espinacas, berros o remolacha, y chocolate. Especial atención al desayuno).
    4. Fomentar el denominado positive thinking, empezando con la regla de oro para la Clínica Mayo: no reprocharse uno mismo lo que no se recriminaría a los demás.
    5. Mejorar el sueño (para lo que tanto la relajación como la alimentación son fundamentales).
    6. Practicar al menos 30 minutos de ejercicio físico diario.

RUBÍN DE CELIS

 

Resultado de imagen de LA FÓRMULA DE LA FELICIDAD: ¿AUTOCONTROL O DESPARRAME?

Para Massimo Pigliucci le respuesta para una vida plena se encuentra en el estoicismo clásico. Para Jules Evans en perder el control y entregarse al éxtasis y el misticismo

Trabajé durante varios años en Casa del Libro. Nunca dejó de sorprenderme la cantidad ingente de clientes que subían a la tercera planta de la librería en busca de tal o cual libro con la fórmula secreta para encontrar la felicidad, no amargarse la vida, atreverse a no gustar, conseguir la autoafirmación o sobreponerse a cientos de angustias existenciales más, algunas de lo más particulares. Frente a las ventas tirando a exiguas de la mayor parte de la narrativa de ficción, los libros de autoayuda se encontraban siempre en las listas de los más comprados, una prueba de que la necesidad de encontrar un rumbo, una guía, un manual de instrucciones sobre cómo actuar en la vidasigue siendo una preocupación capital hoy, más de dos mil años después de que —por poner un ejemplo— Epicteto se plantease en sus ‘Disertaciones’ «¿cuál es la meta de la virtud si no es una vida que fluye con placidez?».

Precisamente, en su columna de este martesRamón González Férriz también discurre sobre esta preocupación del ser humano insatisfecho y desorientado por adherirse a un relato que le sirva como sostén existencial, una «expresión de que vivimos angustiados, incómodos, perplejos porque no sabemos para qué sirve nuestra existencia ni por qué hay que vivirla si, al final, siempre está la muerte». Las respuestas han podido encontrarse, a gusto del consumidor, en las religiones, la mística, la ciencia hiperracionalista o la meditación, la política, las drogas o el culto al líder de la clasificación de La Liga Santander .En esta «modernidad líquida» de Zygmunt Bauman, competitiva, egocéntrica, materialista y mutante, en la que la decadencia de los absolutos deja pocos asideros estables, las preguntas de ¿cómo deberíamos enfrentarnos a la vida? o ¿cómo puedo sobrellevar la deriva al menos de una forma ordenada? nunca ha tenido tantas y tan distintas contestaciones.

El escritor y profesor de Filosofía Massimo Pigliucci propone una solución peculiar —aunque no es el primero que lo hace— en su último libro, ‘Cómo ser un estoico’ (Ariel, 2018): la respuesta a los pesares puede estar en una filosofía nacida 2.600 años atrás. Pigliucci cuenta en su ensayo cómo cuando se reencontró con las reminiscencias de las voces de Epicteto, Marco AurelioZenón de Citio, vio por fin la luz al final de la búsqueda del sentido de su vida. Porque como integrante de una sociedad obsesionada con el control de todos los aspectos de nuestra vida —incluso el paso del tiempo, indómito—, Pigliucci siguió el consejo que desde el siglo I d.C. le enviaba Epicteto y que alivió gran parte de esta carga: «debemos hacer lo mejor con las cosas que están en nuestro poder, y tomar el resto como las presenta la naturaleza» porque «tenemos una tendencia a preocuparnos y concentrar nuestras energías en aquello que no podemos controlar». ¿Se reconoce?

Epicteto dijo que «tenemos una tendencia a preocuparnos y concentrar nuestras energías en aquello que no podemos controlar»

No es resignación, no se equivoquen. Es aceptar las propias limitaciones. Tras una breve introducción a la historia de la filosofía clásica, Pigliucci ilustra con ejemplos claros y asequibles cómo una corriente de pensamiento milenaria sí puede solucionar problemas del mundo posmoderno. El estoicismo fomenta el pensamiento positivo, el rechazo a las pasiones exaltadas y el apego excesivo a los bienes materiales, promueve las bondades de la reflexión sosegada —si lo que nos diferencia del resto de los animales es la capacidad de raciocinio, deberíamos darle más uso— y de las buenas compañías, mientras censura las actitudes posesivas en las relaciones personales: «debemos disfrutar del amor y la compañía de otros seres humanos mientras podemos, intentando con todas las fuerzas no darlos por supuesto».

En ‘Cómo ser un estoico’, su autor también expone formas de enfrentarse al miedo a la muerte —»debes sobrellevar bien la enfermedad», propugna—, como gestionar la ira, la ansiedad y la soledad, y enumera una serie de «ejercicios espirituales prácticos» para acercarse lo más posible a una existencia plena y en armonía con la naturaleza y la sociedad. «No admitas el dueño en tus tiernos párpados hasta que hayas evaluado cada uno de los hechos del día: ¿cómo he errado, qué he hecho o dejado de hacer? Empieza así y revisa tus actos y entonces por los actos infames amonéstate, por los buenos alégrate«, sugiere Epicteto. En resumen: hay que ser un poco más conscientes de nuestros comportamientos e intentar abordar la vida con sabiduría, valor, justicia y templanza. Algo que parece de cajón si uno no se levantara todas las mañanas con las noticias de sucesos del telediario.

Dijo Zygmunt Bauman que la sociedad se encuentra en una «situación en la que, de modo constante, se nos incentiva y predispone a actuar de manera egocéntrica y materialista» y es verdad que el pensamiento preponderante prioriza lo que puede sacar el individuo de la sociedad por encima de lo que éste puede aportarla. Una idea que también transpira el libro de Pigliocci, que pone como ejemplo digno de admiración de una estoica contemporánea como, Malala Yousafzai, la joven que recibió tres disparos cuando viajaba en el autobús escolar por criticar abiertamente en un reportaje del ‘New York Times’ la «dura represión de los talibanes contra la educación de la mujer» en Pakistán.

«¿Malala ha marcado la diferencia?», se pregunta Pigliucci. «Sí, tanto en la práctica como de modelo para otros, un buen ejemplo para los demás»

«Esta experiencia es suficiente para colocarla a nivel de [Helvidio] Prisco [ejecutado por sus críticas a l Gobierno de Vespasiano] y de muchos otros a lo largo de los siglos y en todas las culturas que se han atrevido a oponerse a la represión y la barbarie. Pero resultó que los disparos solo fueron el principio para Malala». Enfrentándose a las amenazas de muerte, Malala ha seguido reclamando la educación para las niñas, ha conseguido que Pakistán apruebe la primera ley sobre el derecho a la educación y, accesoriamente, ha sido la persona más joven en recibir el Premio Nobel de la Paz. «¿Malala ha marcado la diferencia?», se pregunta Pigliucci. «Sí, tanto en la práctica como de modelo para otros, un buen ejemplo para los demás».

Si no le convence lo que propone Pigliucci —al fin al cabo hay que esforzarse y desprenderse de los vicios para ser un buen estoico—, quizás prefiera una opción más desenfadada, como la que propone el londinense Jules Evans —investigador del Centro para la Historia de las Emociones de la Universidad Queen Mary, uno de los fundadores del London Philosophy Club y ex estoico— en su libro ‘El arte de perder el control: un viaje filosófico en busca del éxtasis‘.

Para Evans el problema y la solución a las tribulaciones del día a día moderno son muy diferentes: «nuestra mente está en constante actividad» por lo que hay que «desprenderse del yo» y entregarse al arrebatamiento. «El estoicismo insiste en que la manera de crecer es a través del autoanálisis racional y el autocontrol» y no ve con buenos ojos «el amor romántico, la embriaguez, la música y la danza, en general, que en todos casos presuponen momentos de rendición extática».

En ‘El arte de perder el control’, Evans aduce que la sociedad occidental «carece de rituales» que celebren el furor —será que no ha estado nunca en las fiestas de un pueblo— y desprecia «los estados mentales no racionales». El inglés cuenta desde su propia experiencia cómo protagonizó un avivamiento místico que le hizo plantearse las limitaciones del estoicismo y abrazar el misticismo. «Al tercer día, la atmósfera del lugar [un retiro espiritual en Gales] empezó a hacer mella en mí. Los demás asistentes eran muy amables. Su fe y su esperanza eran fortísimas. […] el sábado por la noche, mientras la música me envolvía, me vino al pensamiento la idea de que quería servir a Dios y no a mis pequeñas ambiciones mundanas. […] De pronto noté que el pecho se me llenaba de una energía poderosa que me empujaba la cabeza para atrás, cada vez más, cada vez más, hasta que casi me dolían los músculos del cuello. […] La cosa duró tres cuartos de hora, durante los cuales las oleadas de dolorosa felicidad se sucedían».

Jung creía que el inconsciente, la psique es un organismo autorregulado que busca la plenitud y la mejora de forma natural

Evans afirma que el arte puede ser tan catártico como la religión para los no creyentes; el teatro, un espacio de sueño colectivo —los sueños son la experiencia extática más frecuentes en los seres humanos y Freud decía que los sueños son la vía rápida hacia el inconsciente— o la poesía y los videojuegos como vehículos para «perdernos a nosotros mismos durante semanas enteras». «Jung creía que el inconsciente, la psique es un organismo autorregulado que busca la plenitud y la mejora de forma natural«, sentencia.

También describe cómo las sustancias psicodélicas pueden ayudar a provocar esta «experiencia mística» de disolución del yo para lograr una «conexión con una realidad trascendente (que hay quien la llama dios y hay quien no) o cómo hay que reconectar con el aspecto sagrado de la ecología para reencontrar el amor en la naturaleza. Y defiende Evans el poder del éxtasis para «motivarnos, sanarnos y liberarnos» —ideas que se ha demostrado que, aplicadas de manera literal, pueden llegar a ser muy peligrosas—.

Las propuestas de Pigliucci y Evans para encontrar la felicidad y el sentido de la vida son todo lo opuestas que pueden ser dos polos, pero tan sólo dos muestras de que en los más de 110.000 años de existencia del Homo sapiens sapiens las grandes preguntas no han cambiado demasiado. Y que quizás las respuestas al final se escondan en las anotaciones de un emperador romano del año 170 d.C o en las reflexiones de un antiguo comerciante fenicio antiepicureísta y no en el último modelo de iPhone

MARTA MEDINA

 

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Durante gran parte de la historia, la voluntad era la encargada de dirigir el comportamiento. Pero, a lo largo del siglo XX, el concepto fue expulsado del vocabulario de la psicología

Educadores y terapeutas ponen como objetivo de sus profesiones conseguir que alumnos y clientes alcancen su propia autonomía, es decir, la capacidad de tomar decisiones inteligentes y libres. Ahora somos conscientes de que la función principal de la inteligencia es dirigir la acción, y que todo lo demás —el conocimiento, el mundo emocional, los valores— está a su servicio. Eso hace que el objetivo de la educación a todas las edades sea conocer para comprender, y comprender para tomar buenas decisiones y actuar.

Durante gran parte de nuestra historia cultural, la ‘voluntad’ era la facultad encargada de dirigir el comportamiento. Por eso, durante todo el siglo XIX, los textos de psicología de la educación terminaban dedicando un capítulo a la ‘educación de la voluntad’. Sin embargo, a lo largo del siglo XX, el concepto de ‘voluntad’ fue expulsado del vocabulario de la psicología y sustituido por otro aparentemente más claro: ‘motivación’. La motivación sirve para explicar por qué obramos de una manera y no de otra. Pero mis motivaciones —mis deseos, mis ganas— no dependen de mí, con lo que la psicología metió a la educación en un callejón sin salida porque, en el fondo, negaba el comportamiento libre. ¿Qué puedo hacer si no estoy motivado? Al rechazo de la libertad se unió la neurociencia, a partir sobre todo de los experimentos de Benjamin Libet, quien, simplificando mucho, mostró que unos 200 milisegundos antes de que decidamos hacer un movimiento, ya se han activado las áreas neuronales correspondientes. Nuestro cerebro va por delante de nuestra experiencia consciente. Decide antes que nosotros.

El conductista Skinner mantenía que empeñarnos en defender la libertad había impedido que la humanidad tuviera una historia más pacífica y feliz

John Dylas Haynes y sus colegas han mostrado que la intención de hacer algo puede detectarse en la actividad cerebral más de 10 segundos antes de que llegue a la consciencia. El cerebro decide antes de que una persona sea consciente de ello. Y no solo eso, sino que, «a partir de las imágenes del escáner, se puede predecir lo que esa persona va a hacer”, como explican C.S. Soon, M. Brass, H-J Heinze y J.D. Haynes. Como escribió Marvin Minski en ‘The Society of Mind‘, “libre albedrío es el mito de la volición humana que se basa en una tercera alternativa, distinta de la causalidad y del azar. No hay lugar para esa alternativa porque cualesquiera que sean las acciones que ‘elijamos’, no pueden producir el menor cambio en lo que ya habría sido decidido, puesto que los estados mentales son posteriores a los acontecimientos neuronales de los que proceden”.

La trampa

Era lógico que este desdén por la voluntad y este escepticismo hacia la libertad produzcan problemas educativos. Todos nos obsesionamos en ‘motivar’ a nuestros alumnos, puesto que estamos admitiendo que ellos solos no pueden determinar su comportamiento. El conductismo, la escuela psicológica más influyente durante más de tres décadas, afirmaba que el entorno esculpía la conducta. Su principal defensor, Skinner, consideraba que empeñarnos en defender la libertad había impedido que la humanidad tuviera una historia más pacífica y feliz, sometida a las técnicas de condicionamiento desarrolladas por la psicología.

En ‘El misterio de la voluntad perdida’, escrito hace más de 20 años, auguraba el retorno de la voluntad. Con gran demora, la predicción se está cumpliendo. Vuelve con otro nombre: funciones ejecutivas, una noción formulada por la neurociencia para explicar los comportamientos voluntarios. La gran diferencia estriba en que la voluntad no está al principio, sino que es un fruto —más o menos logrado— de la educación. No es un poder absoluto que impone un comportamiento, sino más bien una inteligente negociación entre motivos, deseos, proyectos, dificultades, reglas, hábitos, astucias, reforzamientos. Conocemos muchos casos de inteligencias fracasadas en esta negociación. Por ejemplo, en el caso de las adicciones. Me llamó la atención leer en un libro de A.M. Washton, un reputado experto en el tratamiento de esos problemas: ”Lo que le impide recuperarse a un adicto es confiar exclusivamente en su voluntad. Recurriendo a la fuerza de voluntad, usted puede apartarse de una adicción… por una semana, un mes, o incluso por más tiempo. Pero tarde o temprano, cuando la vida lo someta a fuertes tensiones, lo más probable es que reincida” (‘Querer no es poder‘, Paidos).

Parece una opinión deprimente, porque creíamos que la fuerza de voluntad era nuestra tabla de salvación. Y lo es, pero de otro modo. Antes de que nos salve, debemos construir la tabla. El mismo Washton lo dice a su manera: ”La voluntad no es suficiente porque surge del mismo modo de pensar que causa la adicción: la creencia de que hay una ‘solución rápida’ para todo y que si ejercemos el debido control podemos evitar todo dolor y malestar. Puesto que hemos crecido en una sociedad que depende en gran medida de las soluciones rápidas, no es de extrañar que cuando tratamos de cortar una adicción utilicemos ese mismo enfoque. Pensamos: tiene que haber un modo fácil de hacerlo” (p. 14).

A quienes tomaban un atajo hasta el mundo de la magia les ha costado mucho aprender a tener paciencia, perseverancia y disciplina

Annie Gottlieb, en su estudio sobre la generación de los años sesenta, titulado ‘Do You Believe in Magic’, escribe: “Es el peor legado que las drogas dejaron a nuestra generación: el deseo de ‘sobrevolar’ por encima de una vida llena de altibajos. Las drogas fueron como un helicóptero que nos depositara en la cima del Himalaya para disfrutar de la vista sin haber tenido que escalar. Esa experiencia nos dejó, durante muchos años, con una avidez de éxtasis, una impaciencia por las cosas terrenas, una desconfianza en la eficacia del estímulo. A quienes tomaban un atajo hasta el mundo de la magia les ha costado mucho aprender a tener paciencia, perseverancia y disciplina, a tolerar el exilio en un mundo común y corriente”. Quienes leyeron mi artículo de la semana pasada, reconocerán aquí uno de esos ‘sistemas ideológicos ocultos’ de que les hablé.

El retorno de la voluntad humilde, que debe ser construida por cada persona, es el tema que vamos a tratar en el Simposio sobre Inteligencia Ejecutiva y Educación que celebraremos en la Universidad Nebrija los próximos días 18-19 de mayo, y al que ya les invité. Creo que es la aportación más valiosa que ha hecho la neurociencia a la educación, y sería estupendo que la educación española fuera pionera en la aplicación pedagógica de estos conocimientos. Por eso, desearía que este simposio fuera un éxito y una herramienta útil para todos. Pueden informarse en Simposio sobre Inteligencia Ejecutiva y Educación

JOSÉ ANTONIO MARINA

 

En algún momento te vas a encontrar ante una disyuntiva de particular relevancia. Cuando se presente, no olvides la técnica que te vamos contar

Ante un dilema especialmente importante es muy fácil acabar confundido. La ansiedad y el estrés pueden tomar el control, bloqueándonos o haciéndonos cambiar de opinión cada dos por tres, y transformando el problema en una auténtica agonía.

En estos casos, los sentimientos no suelen ser muy buenos consejeros. Cuando la gente recuerda las decisiones de las que más se arrepiente, reconoce que las emociones más viscerales, como la rabia, la ira o la avaricia, fueron las que cogieron las riendas en ese momento. Por otro lado, huir ante uno de estos eventos solo sirve para procrastinar y que la angustia permanezca como un sentimiento en sordina, mitigado, pero siempre presente y dispuesto a estallar con toda su fuerza en el instante más inesperado.

Recientemente hemos visto cómo una gran dificultad puede ser afrontada a partir de la división del problema en aspectos parciales, abordándolos uno a uno. Es lo que se defiende desde la filosofía japonesa del Kaizen.

Los seis principios japoneses para mejorar en la vida y en el trabajo

Ante las dificultades que parecen inabordables hay a veces una solución. Un pequeño paso puede ofrecer el giro definitivo para resolverlas

Hoy te queremos enseñar otro truco para superar un obstáculo que parece insalvable. Suzy Welch, escritora, colaboradora televisiva y periodista, dice haber hallado una receta basada en solo tres preguntas que le ha permitido salir siempre airosa de los colapsos más intrincados. En vista de la utilidad de su método, Welch ha decidido compartir su experiencia en su libro ‘10 minutos, 10 meses, 10 años: una fórmula que transformará tu vida’ (Alienta), todo un éxito superventas en los Estados Unidos.

Pensar en el futuro

La autora explica en qué consiste su propuesta: “Cada vez que me veo en una situación donde no hay una solución a la vista que satisfaga a todos, me hago a mí misma estas tres preguntas: ¿cuáles serán las consecuencias de mi decisión dentro de 10 minutos?, ¿y dentro de 10 meses?, ¿y en 10 años?”.

Al alejarnos del problema, permitimos que otros factores sustituyan a las emociones, como por ejemplo nuestras prioridades de cara al futuro

Lo que se pretende es emplear una estrategia mental que permita soslayar las emociones que se adueñan de nosotros en el más corto plazo, forzándonos a marcar una cierta distancia respecto al problema. “He utilizado el 10-10-10 para tomar algunas de las resoluciones más importantes de mi vida, por ejemplo mi divorcio”, confiesa Welch.

Al alejarnos del dilema, permitimos que otros factores sustituyan a los sentimientos, como por ejemplo nuestras prioridades de cara al futuro. En el caso de que no supiéramos cuáles eran esas preferencias, el método 10-10-10 hará posible entonces que emerjan y queden claras: “El 10-10-10 es una manera de empujar a la gente hacia delante, abandonando la fijación presente. El tercer 10 es una potente manera de mitigar esa tendencia. Nos ayuda a decidir si vale la pena soportar esa agonía a corto plazo, en contra de nuestras metas más profundas y relevantes”.

El 10-10-10 en acción

Los hermanos Chip y Dan Heath, consultores en el mundo de los negocios, cuentan a ‘Fast Company’ revista especializada en este sector, cómo utilizaron la regla de en el caso de Annie, una mujer que les solicitó ayuda ante la relación amorosa que estaba viviendo desde hacía nueve meses. Annie pensaba que su compañero Karl era un hombre maravilloso que se adaptaba como un guante a lo que ella concebía como una óptima pareja, pero tenía muchas dudas respecto a si la cosa podría o no avanzar. Annie tenía 36 años, deseaba tener hijos, y sentía que su vínculo con Karl, de 45, debía aclararse de alguna manera, ya que consideraba que su tiempo estaba limitado.

Para Karl su divorcio fue horroroso, dejándole muy tocado de cara a establecer una nueva relación seria. De hecho, había dejado a su hija, fruto de la pasada relación, al margen de cualquier contacto con su nueva pareja, algo que a Annie le resultaba particularmente triste.

Un análisis como el del 10-10-10 posibilita que los sentimientos no sean los únicos consejeros frente a un importante dilema

En unos días iban a emprender sus primeros viajes juntos. Ella sabía que Karl era muy lento a la hora de tomar decisiones. ¿Debería dar ella el primer paso?

Cuentan estos especialistas cómo se desarrolló la consulta: “Imagina que decides decirle ahora, este fin de semana, que lo quieres. ¿Cómo te sentirías respecto a esta decisión dentro de 10 minutos? ‘Estaría nerviosa, pero orgullosa de mí misma por haber aceptado el riesgo y haberme mostrado clara».

¿Y dentro de 10 meses? “No creo que me arrepintiera. Me gustaría que la cosa funcionara, él es magnífico, pero quien no arriesga tampoco sale ganando, ¿no?”.

¿Y en 10 años? Para Annie, a pesar de cómo pudiera reaccionar su pareja, la resolución dentro de diez años no sería tan importante. Para entonces estarían juntos, o cada uno se hallaría inmerso en una relación con otra persona.

Con todo, estos especialistas hilan bastante más fino que Welch y reconocen que las emociones no son a veces unas aliadas tan terribles. Por ejemplo, en el caso de una injusticia flagrante que debe quedar en evidencia en el mismo instante en que se produce. El valor de un análisis del tipo 10-10-10 posibilita que se surja otra manera de pensar, que no tiene por qué ser tampoco la correcta y definitiva. Eso sí, una táctica como esta permite que las emociones a corto plazo no parezcan la única alternativa posible.

Gonzalo de Diego Ramos

Un reciente estudio ha encontrado cómo podemos elegir la mejor opción entre las disponibles. El truco es simple y es muy probable que lo hagas a menudo

Si eres de los que tiene decenas de pestañas abiertas en la pantalla del ordenador o de los que cuando va a comprar algo se hace con un puñado de revistas para informarse, tenemos buenas noticias para ti. Bueno, más que eso, estupendas. Tener toda esa información al mismo tiempo puede ayudarte a tomar decisiones más inteligentes. Lo determina un estudio publicado en la revista ‘Organizational Behavior and Human Decision Processes’. ¿La razón? Las personas tienden a hacer mejores juicios cuando tienen todas las opciones a su disposición, a la vez, en lugar de una en una.

Los autores de la investigación, Shankha Basu y Krishna Savani, explicaron en ‘Harvard Business Review‘ que las personas tienden a hacer mejores juicios cuando tienen todas las opciones a su disposición, a la vez, en lugar de verlas de una en una.

Tener decenas de pestañas abiertas la vez en la pantalla del ordenador al mismo tiempo puede ayudarte a tomar decisiones más inteligentes

Llegaron a tales conclusiones tras realizar una serie de experimentos en los cuales se pidió a voluntarios que identificasen la mejor opción entre varias. Se les dijo que dieran una respuesta objetiva y coherente, es decir, no basada en sus gustos o preferencias personales. En una de las fases se les pidió a los participantes que eligieran la mejor opción entre varios modelos de aparatos electrónicos; en otra, se les requirió que escogiesen el mejor menú de diferentes restaurantes.

A un grupo se le presentó el conjunto de opciones a la vez y al otro, tales alternativas se les fueron enseñando una por una. ¿Qué ocurrió? Las personas que tenían todas las alternativas juntas experimentaban un 22% más de probabilidades de identificar la elección correcta, ya que les permitió llevar a cabo una comparación más completa. Así pues, ya sabes, a la hora de tomar una buena decisión, ponte las opciones delante y juntas.

Este descubrimiento puede ayudarnos en nuestro día a día, pues siempre tomamos decenas de decisiones, o mejor dicho, elegimos decenas de veces. Escogemos porque casi siempre tenemos varias alternativas y nos decantamos por una de ellas, desechando las otras y renunciando, sin apenas pensarlo, a las posibles consecuencias que pudieran derivarse de esa elección.

Aquellos a los que se les presentaban todas las alternativas juntas experimentaban un 22% más de probabilidades de identificar la elección correcta

Asimismo, todos hemos vivido situaciones en las que nos bloqueamos en la toma de decisionesPor alguna razón, escoger entre las alternativas disponibles se vuelve una tarea imposible que nos lleva a aplazar sistemáticamente la acción hasta el punto de llegar a paralizarnos. Generalmente, esto se debe a dos causas: a que la diferencia entre las alternativas sea tan sutil que cuesta posicionarse con seguridad en una de ellas, o a que tengamos un miedo atroz a equivocarnos y no nos atrevamos a reconocer nuestra decisión, aunque ya tengamos una idea de cuál va a ser. Ahora que sabemos que tener todas las opciones visibles ante nuestros ojos es lo óptimo, podemos mitigar este bloqueo.

¿De qué grupo eres?

Las personas se dividen en dos tipos en cuanto a la toma de decisiones: “Los’ maximizadores‘ (maximizers) a los que les gusta tomarse su tiempo y sopesar una amplia gama de opciones antes de elegir, y los satisfactores‘ (satisficers), que prefieren escoger rápidamente la opción que llena los criterios mínimos», explican en ‘The Wall Street Journal’.

Ambas personalidades fueron establecidas en un estudio realizado por el profesor en Psicología Barry Schwartz en la Universidad de Pensilvania. En sus palabras, “los maximizadores son personas que quieren lo mejor mientras que los satisfactores, quienes solo quieren lo suficientemente bueno».

Los ‘maximizadores’ sopesan muchas opciones antes de elegir y los ‘satisfactores’ prefieren escoger rápidamente con criterios mínimos

Inconformistas o conformistas, por simplificarlo. El hecho es que su estudio demostró que, en líneas generales, se sentían más felices los satisfactores. «Una de las cosas que la vida te enseña es que ‘lo suficientemente bueno’ es casi siempre lo suficientemente bueno,» dice Schwartz. Tras analizar los resultados del estudio, el profesor concluyó que «uno aprende que puede encontrar la satisfacción en cosas perfectamente maravillosas, pero no perfectas».

Ya saben, ojos que no ven, corazón que no siente. ¿Nuestro consejo? Una vez que hayas hecho la elección, cierra el capítulo, como harían los ‘satisficers’, pues encontrar una alternativa mejor, que no elegiste, no te servirá de nada en este caso.

  1. PALMERO

Cuando Steve Blank apareció en la portada de la revista Wired hace nueve años, se esperaba que su empresa de aquel entonces, Rocket Science Game, revolucionara la industria de los videojuegos. Y no dejaba que el escepticismo y las críticas le afectaran. “Creía que era un genio”, dice Blank. Tres meses después, cuando llamó a su madre para decirle que estaba a punto de perder USD$35 millones, ya no se sentía tan genio.

“Tuve que tomar muchas decisiones, incluyendo la de tener que renunciar”, afirma. “Aprender de aquel fracaso fue una de las mejores experiencias de mi vida”. Y sí que aprendió. En 1996, Blank fundó la startup E.piphany, que consiguió USD$1,000 millones en inversión.

De acuerdo a Blank, en los últimos 10 años la cultura emprendedora se ha convertido en ‘amiga’ del fracaso. Emprendedores seriales en el Silicon Valley pasan de un negocio fallido al siguiente, y empresarios multimillonarios como Richard Branson expone sus fracasos tanto como sus éxitos. Aun así, “a nadie le gusta fracasar”, dice Blank. “Estamos hechos para el éxito”.

¿Pero y si realmente pudieras usar el fracaso como un escalón para tener éxito? Te compartimos cinco claves para lograrlo:

  1. Llama al fracaso de otra manera
    ¿Cuándo fue la última vez que alguien fue contratado para una posición importante sin experiencia? Para los emprendedores seriales, “experiencia” es otra palabra para decir “fracaso”, según Blank. Al etiquetar un esfuerzo fallido como una oportunidad para aprender, lo estás poniendo bajo una luz positiva que te permite añadir credibilidad como emprendedor.

    2. Usa el fracaso como un escalón
    Con cada fracaso, identifica lo que sabes que hiciste mal y sé consciente de ello para no repetir tus mismos errores. Esto te llevará un paso más cerca del éxito, dice Steve Siebold, consultor que trabaja con emprendedores para crear pensamiento crítico.

“Nunca he escuchado a un empresario millonario diciendo que acertó a la primera”, dice Siebold. “Conforme más grandes son, comúnmente, más han fallado”.

  1. No fracases solo
    A la mayoría de los emprendedores les gusta iniciar su aventura en soledad. Pero si cometes un error tú solo, también será más difícil determinar qué salió mal. Tener un socio al que respetes y en quien confíes puede convertir cada fracaso en una oportunidad para colaborar. “Un buen socio puede ayudarte a determinar qué no hacer la siguiente vez”, dice Karl Baehr, director de la universidad enfocada en el emprendedurismo, Emerson College.
  2. No escondas tus fracasos
    En primer lugar, siéntete orgulloso de haber sido lo suficientemente valiente para tomar el riesgo. Al ser abierto sobre tus errores, te abres a aprender de los demás.

El mentor de Baehr, Walter Hailey, dueño de una aseguradora, tomaba un paseo diario a las cinco de la mañana con un grupo de amigos cercanos para hablar de ideas, éxitos y fracasos. “Para cuando regresaban a sus casas, tenían la solución”, dice Baehr. “Tenían un plan para resto del día”.

  1. Redefine lo que quieres
    Cambia el enfoque y la razón por los que iniciaste el negocio. “Revisa tus motivadores emocionales. Recuerda que somos creaturas emocionales y que la lógica no nos motiva”, afirma Siebold, quien lanzó cinco negocios fallidos seguidos antes de crear su firma consultora actual. Para Siebold, su motivador era llegar a ser millonario un día, meta que alcanzó a los 31 años. “Debes estar claro en lo que quieres”, dice. “La pregunta debe ser: ¿Qué tanto lo quieres”.

Jane Porter