Cinco consejos para llegar a ser más creativo e ilusionarte por las cosas

Si estás pasando por un momento en el que apenas se te ocurren ideas, lo mejor que puedes hacer es tranquilizarte y echar un vistazo a los consejos de este experto psicólogo

¿Estás pasando un momento aburrido y quieres sacar el máximo partido a tu vena artística? Este año, a pesar de todas las dificultades, ha servido para que muchas personas hayan desarrollado esa gran pasión oculta al haber dispuesto de tanto tiempo encerrados en casa. Si no has sido una de ellas y todavía andas buscando aquella disciplina que te ilusione y te aporte cosas, has de saber que la creatividad es un arma que todos tenemos sin excepción y que solo hace falta entrenar para sacar el máximo partido a tus inquietudes artísticas.

 

Pero la creatividad no solo sirve para dar rienda suelta a tu vena artística. También nos hace más inteligentes y felices, ya que despliega un montón de conexiones neuronales, haciéndolas más rápidas e intuitivas, ayudándonos a mejorar nuestra capacidad de atención y análisis. Un estudio publicado en ‘Creativity Research Journal’ descubrió que la creatividad se trata más de desarrollar habilidades que de poseer un talento único y auténtico. Pero si esto es cierto, ¿por qué muchos no se sienten nada creativos?

 

La base de la creatividad es la curiosidad, y esta solo comienza cuando nos hacemos las preguntas

 

«La causa puede ser un montón de creencias inútiles que hemos interiorizado a lo largo de nuestras vidas sobre nosotros», asevera David B. Feldman, psicólogo de la Santa Clara University, en California, a ‘Psychology Today‘. «Una de ellas es la suposición de que la creatividad es un don poco común que no todo el mundo tiene. A decir verdad, llega cuando menos lo esperamos y desencadena cosas que escapan a nuestro control, que a menudo vienen dadas en lo que conocemos como ‘ataques de inspiración'».

 

Al fin y al cabo, a todos en algún momento de nuestra vida nos ha venido la inspiración sin tampoco estar encontrándonos desarrollando alguna disciplina artística. Esta puede aparecer con una buena idea que aplicar a nuestra vida cotidiana o al experimentar alguna obra artística que nos llega a lo más profundo de nuestro corazón, como puede ser una película o una canción. Por ello, Feldman ha descrito algunos de los mejores trucos para desarrollar tu alma creativa y, con ello, no solo despertar al artista que hay en ti, sino también adquirir una mayor ilusión y curiosidad por todo lo que te rodea.

Hazte un montón de preguntas

La base de la creatividad es la curiosidad, y esta solo comienza cuando nos hacemos las preguntas correctas, aquellas que sintetizan e integran la información de la que disponemos. No es que vayas a encontrar muchas respuestas, sino al contrario: estas te llevarán a otras muchas cuestiones. Esto es muy positivo, ya que así adquirirás nuevas e inusitadas perspectivas. «Al hacer muchas preguntas, cada vez las formularás mejor», asegura el psicólogo. Si no sabes por dónde empezar, tan solo intenta ponerte en la piel de un niño. Descontextualiza las cosas que ves ante ti y no dejes de preguntarte por lo divino y lo humano.

Desarrolla pasión por aprender

Si estás tratando de desarrollar una mente creativa, como decíamos, el primer paso es ser muy curioso, y este lleva directamente a sentir pasión por todo aquello que desconoces o aún no has experimentado. La forma en la que comprendemos el mundo y la realidad estriba en recopilar la información que otros nos legaron, como a su vez probar una y otra vez cosas distintas o ajenas a nosotros. Aunque no te guste estudiar y lo veas como un sinónimo de memorizar palabras, si ya te ha picado la curiosidad seguro que se te hará mucho más interesante. Busca aquello que te llena y te hace mejor persona e indaga más sobre ello.

Conecta hechos aparentemente no relacionados

En resumidas cuentas, ser ingenioso. Las personas creativas no ven las cosas tal y como son, sino que buscan nuevos enfoques ocultos o que aparentemente no tienen relación. Un pensamiento fino y agudo sobre cualquier tema te lleva a otro, y este a su vez a una conclusión que necesita ser refutada, o viceversa. Las ideas geniales siempre aparecen después de haber hecho asociaciones de ideas extravagantes o en las que nadie había reparado. Al fin y al cabo, estas son la materia prima de una obra artística o un razonamiento creativo.

 

De nuevo, «la creatividad no tiene que ver con un golpe de inspiración, sino que se trata de juntar ideas viejas con novedosas». Uno de los psicólogos más reputados que llegó a esta conclusión fue Sarnoff Mednick, quien definió la creatividad como «la formación de elementos asociativos en nuevas combinaciones que cumplen requisitos específicos o son de alguna manera útiles». Es como «jugar una partida de ajedrez», apunta en este caso Feldman. «Se han jugado millones de partidas, pero siempre hay que repensar las jugadas».

Busca la oportunidad

La ampliación de nuestro punto de vista hace que lluevan las oportunidades delante de nosotros, incluso aquellas más inverosímiles o en la que no habíamos llegado a reparar. Evidentemente, no todos los días aparecen y pueden ser muy escasas, pero en cada momento y situación puede aparecer una idea o conexión de ideas que no habíamos concebido aún. Tan solo hace falta estar atento y alerta para cuando estas aparezcan. Y entonces, no dudar

 

  1. Z.

 

Cómo una buena alimentación cuida tu salud mental

Más que la cantidad de sueño lo que realmente importa es la calidad, y es aún más importante que el ejercicio o la alimentación

 

¿Dormir las horas necesarias? ¿Tener una alimentación adecuada? ¿Realizar ejercicio regular? A la hora de hablar de salud mental, todos estos factores parecen fundamentales, pero, ¿hay alguno que prime por encima del otro? ¿Y realmente son tan fundamentales?

 

El mundo en el que vivimos, la rutina, la rapidez y el estrés al que nos encontramos sometidos y, por supuesto, el hecho de que aún se considere un tabú hablar de la salud mental desde luego no repercute positivamente en nuestro organismo. Especialmente ahora, con la pandemia, con la cual se han incrementado muchos problemas físicos, como dolores de cabeza, malestar de dentadura relacionado con el estrés o problemas de sueño.

 

Y en este último está la clave. Solemos escuchar aquello de lo importante que es dormir ocho horas dirarias, pero más que la cantidad lo que realmente importa es la calidad, más aún que el ejercicio o la alimentación, según un nuevo estudio de adultos jóvenes de investigadores de la Universidad de Otago en Nueva Zelanda, informa ‘Science Alert’.

 

El sueño, la actividad física y una dieta saludable pueden considerarse como tres pilares de la salu

 

Aunque se han realizado con anterioridad estudios que analizan lo que afecta más a nuestra salud mental, centrándose en un único factor, esta investigación considera tres factores de estilo de vida: sueño, dieta y ejercicio, en un análisis por comprender cuál tiene el mayor impacto en la salud mental entre los adultos jóvenes.

 

«El sueño, la actividad física y una dieta saludable pueden considerarse como tres pilares de la salud, que podrían contribuir a promover un bienestar óptimo entre los adultos jóvenes», explica la autora principal Shay-Ruby Wickham, de la Facultad de Medicina de Otago. «Si bien una extensa investigación ha demostrado los beneficios para la salud mental y el bienestar del sueño, la actividad física y la dieta como predictores individuales, la investigación que examina los tres comportamientos juntos … es limitada», argumentó. «Conocer la importancia de cada uno de estos comportamientos de estilo de vida, individualmente o en combinación entre sí, y el orden jerárquico de importancia puede dar la clave sobre la salud mental tanto a nivel poblacional como individual», añadió.

 

En el estudio participarón más de 1.100 adultos jóvenes de entre 18 y 25 años para comparar estos tres grandes factores de salud. A las personas que completaron la encuesta en línea entre 2018 y 2019 se les preguntó sobre su estado de ánimo y bienestar, dieta, ejercicio y hábitos de sueño. También informaron cuánto de bien se sentían normalmente después de despertarse cada mañana, (indicador de un sueño de buena calidad).

 

Comer porciones moderadas de frutas y verduras todos los días también se relacionó con un mejor bienestar, así como dormir hasta 10 horas por noche

 

Se eligieron adultos jóvenes porque mantener una buena salud mental y física no es fácil para ellos, que normalmente experimentan grandes cambios en sus rutinas diarias, patrones de sueño, demandas laborales, estilo de vida y situaciones de la vida en un momento crítico del desarrollo. Los participantes del estudio, que vivían en Estados Unidos y Nueva Zelanda, eran un grupo bastante heterogéneo: algunos consumían una dieta vegetariana o vegana y otros estaban tomando antidepresivos para tratar problemas de salud existentes.

 

La calidad del sueño fue la que superó a todos los demás como factor importante, aunque comer porciones moderadas de frutas y verduras todos los días también se relacionó con un mejor bienestar, así como dormir hasta 10 horas por noche. Los investigadores sugieren que los jóvenes deben priorizar el sueño de buena calidad, pero también enfatizan la importancia de comer bien y hacer ejercicio con frecuencia, ya que «la actividad física y la dieta son factores secundarios pero aún así significativos».

 

ACyV

 

Cómo ser resilientes sin caer en los tópicos de la industria de la felicidad

Nunca hemos necesitado ser tan resilientes como en este momento a raíz de la crisis del coronavirus. De ahí que haya que distinguirla del tan manido concepto de felicidad

Si hay una palabra que ha ido ganando peso en los últimos años hasta estar en boca de todos esa es «resiliencia«. No solo por su sonoridad verbal y significado tan amplio, que luego explicaremos, sino también como respuesta a una industria de la felicidad en declive que viene suministrada en base a libros de autoayuda y profesionales del ámbito de la psicología que venden humo y esperanzas a gente que lo está pasando mal a cambio de dinero. Este término ha ganado aún más vigencia e importancia este año, ya que nos hemos tenido que enfrentar a una grave crisis sanitaria mundial sin precedentes que ha puesto todo patas arriba. Y hasta la Unión Europea lo ha incluido en el nombre su plan de recuperación económica y social.

Pero, ¿qué es realmente la resiliencia? ¿Cómo podríamos definir esta capacidad que hace referencia a la idea de superación personal frente a la adversidad? ¿En qué se distingue del concepto de felicidad o de alegría? ¿Podemos ser más resilientes y esto a su vez está reñido con ser más felices? Selda Koydemir, una psicoterapeuta con sede en Londres, ha publicado un interesante artículo en ‘Aeon‘ en el que intenta despejar todas estas preguntas. «La resiliencia se define como la capacidad para hacerse camino con éxito y recuperarse de las circunstancias estresantes o situaciones de crisis», asevera.

 

No se trata de salir indemnes, sino también saber cómo hacerlo y ser conscientes de cuáles son los principios y valores que nos rigen

 

«No se trata solamente de la facultad de recuperarse y ya está, sino también encontrar un significado y un propósito a lo que hacemos, una autoconciencia de uno mismo y experimentar una mejora en la calidad de nuestras relaciones interpersonales», señala Koydemir. Por ello, no se trata solamente de salir indemnes de las amenazas, sino también saber cómo hacerlo y ser conscientes de lo que necesitamos y lo que no, de cuáles son los principios y valores que nos rigen así como las líneas rojas que no podemos cruzar.

¿Una capacidad hereditaria?

Uno de los aspectos más curiosos de la resiliencia es que la mayoría de las personas la poseen en mayor o menor medida. Al fin y al cabo, como seres vivos, nuestra más primera tarea siempre ha consistido en sobrevivir y coexistir con los demás, de ahí que llevemos impreso en nuestro ADN la facultad de sobreponernos a los problemas o conflictos, por muy grandes que estos sean. Lo que hay que considerar es la forma, pues no todas son buenas y algunas pueden engañarnos y, a pesar de hacernos salir del entuerto, meternos en otro al cabo del tiempo.

 

«La resiliencia consiste en estar en contacto con la adversidad, no mantener una actitud positiva todo el tiempo o huir siempre de las dificultades»

 

«La resiliencia también depende de los factores contextuales, es decir, los recursos sociales, sanitarios y económicos que tenemos a nuestra disposición«, explica la psicoterapeuta. Esta es una de las diferencias que guarda respecto al concepto de felicidad, ya que esta última tiene un sesgo individualista que también es precisamente una de las razones por las que cuesta tanto alcanzar, como una especie de promesa inalcanzable que se nos vende. «Las personas que luchan por recuperarse de un hecho negativo en su vida pueden pensar que hay algo mal con ellos, lo cual no es cierto: el acceso a ciertos recursos externos es un factor importante en la capacidad de cualquier persona para mostrar resiliencia».

Otra de las diferencias respecto al concepto de felicidad es que la resiliencia habla de superación, pero eso no quiere decir que niegue o elimine los sentimientos negativos. En este sentido, la persona resiliente aprende a vivir con ellos y le sirven de aprendizaje. Por ello, otro de los engaños del dogma de la felicidad estriba en que es percibida como una meta, y no como un proceso largo y duradero en el que siempre hay recaídas y baches. Un estudio realizado a más de 200 viudos y viudas reflejó que la inmensa mayoría, incluso las más resilientes, seguían teniendo sentimientos de duelo. Por ello, la resiliencia no significa cerrar las heridas y que estas no vuelvan a sangrar, sino más bien saber sobreponerse a estas y, de algún modo, contar con recursos para curarlas en caso de que vuelvan a abrirse.

«Puede sonar paradójico, peroLa resiliencia consiste en estar en contacto con la adversidad, no mantener una actitud positiva todo el tiempo o huir siempre de las dificultades de la vida», concluye Koydemir. «A muchos de nosotros se nos enseña desde pequeños que debemos evitar los conflictos o el estrés que generan, y es cierto que la ansiedad es uno de los factores para desarrollar algún trastorno mental. Pero la exposición a cierto nivel de extrés te brinda el desafío para volverte más fuerte ante las dificultades, siempre que puedes sobrellevarlo. Si evitas con frecuencia los problemas, cuando surja una dificultad, no habrás desarrollado las habilidades necesarias para afrontarla». Cabe recordar aquí la mítica frase de Friedrich Nietzsche: «lo que no te mata, te hace más fuerte».

Zamorano

Qué es la resiliencia y por qué te ayuda a vivir mejor

Las personas resilientes no ven el estrés como algo incapacitante, sino como un desafío.

 

¿Qué hace que frente a un mismo problema haya personas que logren superarlo en poco tiempo y otras no? ¿O que ante una tragedia algunos individuos lo afronten, sean capaces de levantarse y seguir adelante? Existen muchos factores que contribuyen a inclinar la balanza hacia el lado positivo, entre estos, la resiliencia.

¿Y qué es eso de ser resiliente? Según la Real Academia Española (RAE) la resiliencia es la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos. Sin embargo, cuando entramos en el terreno de la Psicología hay que dar un paso más, la resiliencia no es solo adaptarse a una situación adversa, es además fortalecernos en esa circunstancia y sacar algo de la contrariedad.

En otras palabras, “es esa capacidad que tienen las personas de afrontar el estrés prolongado e intenso sin que les afecte de forma negativa e incluso les lleve a crecer como individuos”, explica Roger Muñoz, psicólogo clínico, profesor asociado de la Universidad de Valencia y portavoz del Colegio Oficial de Psicólogos de la Comunidad Valenciana.

Muñoz indica que las personas resilientes tienen una serie de características. Para empezar, disponen de más estrategias de afrontamiento de tipo cognitivo y conductual y como consecuencia, también tienen otras estrategias de regulación emocional, lo que provoca que transformen el malestar que genera el estrés de forma más constructiva.

Para continuar, se rinden menos ante los estresores y les hacen frente con tácticas más elaboradas. “Por ejemplo, en vez de reaccionar de forma automática ante una situación, ya sea tendiendo a que todo sea una catástrofe, o rumiando, aceptan el estrés y se focalizan en lo positivo de la situación No ven el estrés como algo incapacitante, sino como un desafío”, detalla el experto.

Por último, las personas resilientes experimentan todas las emociones de forma constructiva. “Vivimos en una moda que defiende el positivismo constante. Sin embargo, cuando hablamos de emociones positivas y negativas, estamos creando el mensaje de que una persona tiene que estar siempre alegre porque es bueno y agradable. Eso es un error muy grave”, advierte el experto. “Las emociones desagradables, como la tristeza, la ira, la culpa, son muy positivas si se regulan bien”.

¿Qué hacen en esas situaciones las personas resilientes? “Viven las emociones desagradables de forma natural. No es que siempre estén alegres ni que le sonrían a todo y, por tanto, gracias a esa alegría constante, que casi es patológica, puedan con todo. Experimentan las cosas como vienen, las aceptan y transforman de manera constructiva. Eso sería la regulación positiva: hacer algo constructivo tanto de las emociones agradables como desagradables”, especifica Muñoz, quien añade que los resilientes tienen mayor presencia de emociones positivas como son el optimismo, la alegría, la motivación alta, etc.

¿Todo es positivo?

 

A simple vista la resiliencia parece una capacidad positiva, pero si intentamos ubicarla en la sociedad actual, cada vez más individualista y donde el paradigma social y laboral clama por hacer a las personas cada día más resilientes para adaptarse al estrés del mundo en el que vivimos, cabe preguntarse si tiene tantas ventajas formar a las personas en este ámbito.

“Sí y no”, responde Muñoz. “La resiliencia es importante, pero con matices. No podemos vivir en una sociedad en la que tengamos que adaptarnos a todo. Además, tampoco podemos utilizar la resiliencia como una acusación, es decir, cada vez es más habitual que en los trabajos la carga laboral sea tan alta que los trabajadores no cumplan con esas expectativas elevadas y, en lugar de analizar si tiene demasiadas tareas, decimos que esa persona no es lo suficiente resiliente. Hay que ser conscientes de que hasta en los niveles de mayor estrés, las personas más resilientes se acaban quemando por mucho que formemos a las personas en esas capacidades”, hace hincapié.

Puntualizado este aspecto, que es importante tener en cuenta, el portavoz del Colegio Oficial de Psicólogos de la Comunidad Valenciana, señala que a nivel psicológico y personal hay personas que están en un mismo contexto, con un nivel alto de demandas y disponen de estrategias de afrontamiento que se pueden trabajar para evitar el síndrome de burnout.

En el otro lado de la balanza encontramos los puntos fuertes de la resiliencia. Trabajar esta capacidad puede ayudar a que las personas con altos picos de estrés no se hundan y que el mismo estrés les ayude a crecer. “Es lo que llamamos crecimiento postraumático. Todas las personas vamos a pasar a lo largo de nuestra vida por un momento de trauma (vamos a perder a una persona que queremos, algún trabajo importante, etc.). Pero el trauma deja de serlo cuando no nos hunde; pasaremos por la situación traumática, pero no se convertirá en trauma. Ahí es donde hemos visto que la resiliencia es un factor importante para ese crecimiento postraumático. Las personas resilientes ante estresores muy fuertes aceptan la situación y se convierten en mejores personas. En vez de dejarse llevar por la situación postraumática y convertirse en cínicos, que incluso pueden llegar a maltratar a otros directa o indirectamente, se convierten en personas más morales, más empáticas y más constructivas”.

Claves para mejorar la resiliencia

La resiliencia se puede entrenar. Para conseguirlo Muñoz da tres pautas que habría que trabajar:

  1. Experimentar las emociones desagradables y/o negativas de manera natural. Si no queremos tenerlas, las intentamos suprimir o negar provocamos un efecto rebote. “Es similar a cuando una persona dice: me quiero dormir que mañana tengo que madrugar y no se duerme”.
  2. Aprender de esas emociones. Al sentir esas emociones y ocasiones estresantes hay que buscar qué nos pueden enseñar, cómo podemos neutralizarlas hasta descubrir algo positivo. “Si perdemos un trabajo que nos gusta mucho, en lugar de recrearnos en la pérdida hay que mirar las dos caras de la moneda y pensar en la suerte que tuvimos de trabajar ahí, lo que aprendimos y lo que podremos aportar al siguiente puesto”, aconseja.
  3. Buscar el lado ético. Tras reinterpretar la situación de forma positiva viene el último paso para trabajar la resiliencia: darle un aspecto ético, es decir, buscar una solución que fomente la colaboración. “Las personas resilientes siempre aportan un aspecto ético a sus conductas. Son personas un poco más morales, ya que tras haber sufrido empatizan más con los que se encuentran en esa situación”.

¿Se puede aplicar la resiliencia en el día a día?

¿Sólo se puede ser resiliente ante tragedias o también con los pequeños estresores de cada día? Muñoz confirma que se puede aplicar en ambos casos. “Hay personas a las que les molesta cualquier tipo de estresor porque quizá no están aceptando la situación en la que se encuentran. A mis alumnos se lo enseño así: ¿alguna vez os habéis puesto a escribir unos apuntes de una asignatura que no os gusta? ¿A que la letra os sale bastante fea? Intentad hacerlo ahora escribiendo con la letra lo más bonita posibleos seguirá sin gustar, pero será más agradable”.

Y es que si lo aplicamos a las pequeñas molestias diarias, nos ayudará a ser más felices.

Mar Sevilla Martínez.

 

Dieta: Efecto placebo y nocebo, claras manifestaciones del poder de la mente

Cuando pensamos en la relación entre cuerpo y psique, nos encontramos con fenómenos sorprendentes. ¿Puede nuestra percepción de la realidad afectar a la respuesta fisiológica del organismo? Un nuevo estudio revela resultados inesperados

Que nuestro estado emocional o mental afecta a nuestro bienestar es algo indudable. No en vano, el estrés relacionado con el trabajo es considerado en la actualidad una de las principales causas de incapacidad laboral, afectando al 28% de los trabajadores. Y no solo en el ámbito laboral: la crisis del covid-19 ha puesto en valor la importancia del bienestar emocional para la salud.

Mente y cuerpo parecen indisolubles, aunque en ocasiones hagamos esa dicotomía. Y la relación es bidireccional: ahora sabemos de la conexión intestino-cerebro, y de cómo las sustancias que producen ciertas bacterias en el intestino son capaces de actuar como neurotransmisores a través de ese nexo de unión entre ambos órganos, el nervio vago.

Una simple sugerencia verbal puede desencadenar el efecto nocebo (dañino y adverso) de un tratamiento

Menos novedoso, pero más conocido es el efecto placebo. El entorno más común es el de los ensayos clínicos con fármacos, donde se administra un placebo (una pastilla sin el principio activo) al grupo control, y se observa sin embargo un efecto de la intervención. En realidad, aunque se llama placebo a la sustancia, realmente lo es la administración de esa sustancia dentro de un conjunto de estímulos sensoriales y sociales que le indican al paciente que está recibiendo un tratamiento beneficioso.

El poder de la mente

Pero también existe el efecto contrario, adverso y dañino, el efecto nocebo. Una simple sugerencia verbal puede desencadenar el efecto nocebo de un tratamiento. Así el efecto secundario de disfunción eréctil se presentó en el 31% de los pacientes que tomaron un betabloqueante para tratar su hipertensión arterial y que fueron advertidos, frente al 16% de aquellos a los que no se les comunicó este posible efecto secundario. Por otro lado, el bombardeo de información en medios de comunicación, internet y experiencias personales de otras personas puede desencadenar efectos nocebos, esto es algo que se ha demostrado con noticias negativas sobre las estatinas o las hormonas (hormonofobia), algo que sufro casi a diario en mi práctica clínica.

Un nuevo estudio publicado en la revista ‘Nature’ añade otro episodio más al supuesto poder de la mente sobre el cuerpo. El título del artículo ya lo dice todo: ‘El metabolismo de la glucosa responde más a la ingesta de azúcar percibida que a la real’. En este experimento, los investigadores comprobaron si, en sujetos con diabetes tipo 2, consumir dos bebidas idénticas en su composición (contenido de azúcar) pero con diferentes etiquetas (unas como altas en azúcar y otras bajas o light) podía afectar a los niveles de glucosa en sangre.

En realidad, la bebida facilitaba 62 calorías por cada consumición. Sin embargo, las etiquetas falsas indicaban o bien cero calorías, o bien 124. Y los resultados fueron sorprendentes: los niveles de glucosa en sangre a los 20 y 40 minutos fueron casi 20 mg/dl superiores en el grupo que creía consumir la bebida con más calorías. Además, la percepción de la cantidad de azúcar entre los participantes, pasó (en una escala de 1 a 5) de 2 en el grupo con la etiqueta baja en calorías a 4 en el grupo que vio la etiqueta alta en calorías.

Según los autores, las emociones y el estado mental se vinculan al sistema nervioso autónomo, específicamente las respuestas simpáticas o parasimpáticas a los niveles de glucosa en sangre. La percepción de ingerir una bebida con más o menos azúcar alteraría las señales en el páncreas, produciendo insulina de forma diferente y por tanto afectando a los niveles de glucosa en sangre.

Pensar antes de comer

Este trabajo se suma a otros anteriores que han demostrado la relación entre el estado mental, el consumo de alimentos y energía, y el peso corporal. En una investigación, cuando las camareras de piso que trabajan en hoteles percibieron su trabajo como un tipo de ejercicio, se produjo pérdida de peso, índice cintura-cadera, y una bajada de la tensión arterial, con respecto al grupo control. Otro estudio facilitó un batido etiquetado como alto o bajo en calorías, y midió la grelina, una hormona relacionada con el hambre; sus niveles estuvieron más relacionados con la percepción de los participantes que con la composición nutricional de las bebidas. Incluso, otro experimento demostró que cuando los participantes consumían una dieta imaginariamente baja en calorías, a pesar de ser realmente ajustada a sus necesidades energéticas, se produjo una importante pérdida de peso.

Todos estos resultados indican que la anticipación a la ingesta de alimento desencadena procesos metabólicos y endocrinos que afectan a cómo nuestro cuerpo procesa la energía que contienen. Y de nuevo ponen de manifiesto cómo el estado mental puede afectar a la respuesta biológica, de una forma medible con marcadores en sangre como los niveles de glucosa.

Pero donde tal vez podamos encontrar ejemplos más sorprendentes es en la ciencia del dolor. Un ensayo publicado en el ‘New England Journal of Medicine‘ comparó el efecto sobre el dolor de rodilla provocado por la artrosis, del tratamiento quirúrgico convencional o de una cirugía placebo: artroscopia sin intervención, de forma que el paciente pensaba que había sido operado. En dos años de seguimiento, los resultados de dolor y capacidad en el grupo de la cirugía placebo fueron iguales, o incluso mejores en algunos casos, que los pacientes de los grupos que recibieron otros dos tratamientos quirúrgicos convencionales.

No hay dolor

Curiosamente, el autor de este estudio comparte apellido con un prominente investigador de la ciencia del dolor: Moseley. Uno de sus artículos, con el sorprendente título ‘El efecto analgésico de cruzar los brazos’, demuestra como el simple hecho de cruzar las manos, al otro lado de la línea media del cuerpo, dificulta la localización cerebral de un estímulo doloroso en las manos y, por tanto, resulta en un efecto analgésico.

De algún modo, se trata de un proceso relacionado con el alivio del dolor del miembro fantasma que se produce en amputados cuando visualizan la imagen en un espejo de su miembro sano, reemplazando aparentemente el que falta. O ese juego de niños en el que entrecruzamos las manos dándoles la vuelta para que luego nos pidan que movamos tal o cual dedo; fallamos en un buen número de veces porque nuestro cerebro no es capaz de localizar adecuadamente su posición.

Una reciente revisión sobre los efectos placebo y nocebo publicada en el ‘New England Journal of Medicine’ resalta la importancia de la empatía entre médico y paciente. Se ha visto que una buena empatía entre ambos potencia los efectos placebo y reduce los efectos nocebo, y sugiere a los profesionales de la salud capitalizar el efecto placebo de una manera no paternalista describiendo las intervenciones terapéuticas de forma realista y positiva, más que escéptica y negativa y conociendo las expectativas del paciente. Por ejemplo, explicar el porcentaje de pacientes que no tienen efectos secundarios en vez de los que lo tienen reduce la incidencia de estos efectos adversos.

El cerebro es uno de los grandes misterios a los que la ciencia no ha podido acceder por completo. Que nuestro estado emocional o mental, la información que recibimos y nuestros prejuicios afectan a nuestro bienestar, es algo que todos sentimos e intuimos. Pero todavía nos queda mucho para comprender cómo nuestra percepción de la realidad afecta a la fisiología de nuestro organismo; son muchas las fronteras inexploradas que expliquen multitud de observaciones sorprendentes. Y, sobre todo, cómo podemos manipular esa percepción para conseguir resultados positivos. Si creer que nuestra dieta es baja en calorías, aunque no lo sea, o que hacemos más ejercicio del que realmente hacemos, puede hacer que perdamos peso, tal vez tengamos en nuestra mano otra herramienta para manipular en nuestro beneficio la salud real.

 

Ángel Durántez Prados es doctor en Medicina y Cirugía. Titulado en Age Management Medicine en EEUU, es pionero en su aplicación en España.

 

Síndrome del intestino irritable: Biología y Emociones | Área Humana

El cerebro y el intestino están estrechamente conectados y lo que ocurre en uno afecta al otro. Esa conexión se llama eje intestino-cerebro. Hoy sabemos que una de las variables que más afecta a ese eje es la tensión

Existe una relación directa entre la parte psicológica -conducta, pensamientos, sentimientos y emociones- con nuestro aparato digestivo. Cuando no gestionamos bien una, la otra se ve afectada y viceversa. ¿Cómo sucede esto?

El intestino tiene su propio sistema nervioso -llamado sistema nervioso entérico-, conocido popularmente como nuestro segundo cerebro. Se calcula que hay más de 100 millones de neuronas y terminaciones nerviosas en él, más que las que contiene la médula espinal. Con este sistema nervioso, el intestino es capaz de autorregular sus funciones.

Comunicación bidireccional

Este segundo cerebro se comunica con el sistema nervioso central o ‘primer cerebro’ a través del nervio vago, una red intrincada de vías nerviosas muy compleja. A esta comunicación se le llama eje intestino-cerebro. Estos dos órganos están en continua comunicación. Lo apasionante de esta comunicación es que es bidireccional, es decir, no es solo el cerebro el que le manda órdenes al intestino, sino que el intestino a su vez le manda información al cerebro. De hecho, parece ser que la mayoría de los ‘mensajes’ que se transmiten por esta vía son del intestino hacia el cerebro y no al revés. ¿Qué le estará contando?

El sistema nervioso simpático se activa en situaciones de peligro, activando funciones de alerta y apagando otras, como la digestión

Esto explica por qué antes de una primera cita sentimos ese cosquilleo en la tripa o por qué tenemos que salir corriendo al baño antes de hablar en público. O se nos cierra el estómago ante una mala noticia. Estas situaciones suceden en momentos puntuales y una vez pasado el estrés, la función del intestino vuelve a la normalidad. ¿Qué pasa cuando el estrés se mantiene en el tiempo?

El estrés en el sistema digestivo

El estrés es un mecanismo de defensa que activa recursos adicionales del organismo, es el modo en que prepara el cuerpo para defenderse de las amenazas. Nuestros ancestros vivían a la intemperie, tenían que defenderse de los animales salvajes, de las luchas territoriales y de otras adversidades que afrontaban huyendo, peleando y de muchas maneras. Que te persiga un oso, ¡eso sí que es estrés!

En esta respuesta ante el peligro intervienen diferentes hormonas, neurotransmisores, órganos y sistemas que tienen que entrar en acción para salvarnos. Se activa lo que se llama el sistema nervioso simpático, poniendo en marcha ciertas funciones de alerta y ‘apagando’ otras que cree que en ese momento no son importantes para superar esa situación peligrosa.

 

Entre las funciones que se apagan se encuentra la digestión. Es como si el cuerpo dijera: primero voy a salvar mi vida, ya digeriré después. Pero, a diferencia de la vida moderna, en la antigüedad las amenazas estaban limitadas en el tiempo. Había una situación con una alta carga de estrés y luego se acabó. Volvíamos a una situación de tranquilidad en la que sanábamos nuestras heridas, nos nutríamos, descansábamos y seguíamos adelante. Hoy no es así. Vivimos en un estado de continuo estrés, quizás no tan intenso pero sí mantenido en el tiempo. Y el problema es que nuestro cuerpo pone en marcha los mecanismos necesarios para echar a correr, luchar o huir de manera permanente. Esto supone que deja de lado otras funciones igual de importantes para atenderlas cuando la amenaza pase -sanar, digerir, reproducirse, descansar, etc-. Cuando esto sucede pueden surgir las consecuencias.

Cuando estamos estresados, desde el sistema nervioso central se produce una cadena reactiva en el organismo y las glándulas suprarrenales generan cortisol, que actúa como neurotransmisor en nuestro cerebro. Un nivel elevado crónico de esta hormona es perjudicial para nuestra salud física y cognitiva.

Todo esto nos dice que la energía producida por el estrés tiene que salir o canalizarse de una manera adecuada, porque si no, es muy probable que la manifestemos a través de reacciones emocionales desproporcionadas, o a través del cuerpo, pudiendo ocasionar el desarrollo de nuevas enfermedades o agravar las ya existentes.

Ahora sabemos que el estrés afecta al intestino de muchas maneras: disminuye la producción de ácido por el estómago y de otras sustancias necesarias para el buen funcionamiento, altera la motilidad e incluso puede modificar la composición de la flora intestinal. Nos encontramos con muchas personas con problemas digestivos crónicos como enfermedad de Crohn, colitis ulcerosa o colon irritable, que en situaciones de estrés sus síntomas empeoran. Pero la respuesta al estrés es bidireccional y se está comprobando que en este tipo de pacientes se presentan con mayor frecuencia algunos trastornos psicológicos.

No es por ello sorprendente que muchas afecciones como la ansiedad, la depresión, TDAH (trastorno de déficit de atención) o el autismo tengan manifestaciones intestinales específicas.

Influencia de la microbiota en nuestras emociones

Estudios recientes comprobaron que las bacterias de nuestro intestino producen sustancias químicas que pueden afectar directamente al comportamiento y el desarrollo cerebral. Conocerlas nos dará pistas para equilibrar la microbiota intestinal, modular el estrés y las emociones.

Serotonina

El 90% de la serotonina de nuestro cuerpo se produce en el intestino. La serotonina es la sustancia responsable de mantener el equilibrio de nuestro estado de ánimo, e influye en factores como la inhibición de la ira, la agresión, el humor, el sueño y el apetito. Una microbiota alterada por estrés crónico dejaría de producir tanta serotonina que podría llegar a producir depresión y otros trastornos mentales.

Dopamina

Además de la serotonina, en el sistema nervioso entérico se produce dopamina, otro neurotransmisor que regula los niveles de placer en nuestro cerebro. Su secreción se da durante situaciones agradables y nos estimula a buscar actividades placenteras.

Hay un tipo de bacterias lactobacillus y bifidobacterium, a las que podemos llamar grandes aliadas, ya que se encargan de regular muchos procesos psicológicos cuya disfunción está relacionada con la ansiedad y la depresión. Estas bacterias sintetizan por sí mismas serotonina, dopamina, GABA y noraledralina, y son muy utilizadas como probióticos. También se encuentran en algunos alimentos que podemos incluir en nuestra dieta.

Alimentos para la felicidad

Si un intestino bien alimentado puede corresponder a un buen humor y equilibrio emocional, entonces podemos influir en la composición de la microbiota con lo que comemos y sentirnos más felices.

Los alimentos ricos en triptófano son buenos estabilizadores para la serotonina. Como hemos apuntado, la serotonina es la hormona de la felicidad y el 90% se sintetiza en el intestino. Los más abundantes:

  • Carne blanca: pavo, pollo
  • Yema de huevo
  • Lácteos: yogur, queso bajo en grasa y leche desnatada
  • Cereales: trigo, avena, maíz y centeno
  • Frutos secos: pistachos, almendras y nueces
  • Semillas: ajonjolí y de calabaza
  • Pescados azules: salmón, atún y sardinas
  • Verduras: espárragos y espinacas
  • Legumbres: soja, alubias blancas y garbanzos
  • Frutas: piña, plátano, aguacate
  • Chocolate puro

Para sintetizar serotonina, el cuerpo necesita además ácidos grasos omega 3, magnesio y zinc. Por tal motivo, alimentos ricos en magnesio -plátanos, nueces, legumbres, verduras y germen de trigo- también son considerados antidepresivos naturales y ayudan a la producción de serotonina.

Unos de los alimentos preferidos de las bacterias son las fibras fermentables, presentes principalmente en frutas, verduras, hortalizas, legumbres y cereales integrales. Los fermentados por ácido láctico como yogur, yogur de soja (fermentado), el kéfir (de leche, de agua y de té), chucrut y kimchi son ricos en las bacterias probióticas lactobacillus y bifidobacterium, que ayudan a evitar y reducir los estados de estrés y depresión.

Comida y también mente

Como sabemos, esto es un eje bidireccional, por lo que no solo comiendo adecuadamente mejoraremos nuestra microbiota, también debemos tener nuestra mente en calma. Para ello, es recomendable tener en cuenta otras técnicas como el Mindfulness.

La práctica del Mindfulness estimula la actividad en zonas que están muy asociadas al bienestar y a la serenidad, y a la vez disminuye la actividad de la amígdala cerebral, que es el centro integrador de las emociones. Con su práctica, la mente se va apaciguando, nos proporciona un espacio para ver las cosas con más perspectiva y que no seamos tan reactivos. Es una herramienta de autocontrol del estrés muy eficaz.

El estrés crónico, ya sea físico o psíquico fruto de la ansiedad, podría tener efectos muy perjudiciales en el cuerpo y el cerebro. Cuidando de nuestro intestino a través de una alimentación adecuada mejoramos nuestras emociones, pero si además practicamos terapias de reducción del estrés, mejoraremos la regulación de la microbiota y de la función cerebral.

Ana Esteban

Los rasgos que caracterizan a una persona con nula inteligencia emocional

No está reñida con ser mala o buena persona, pero sí que es un atributo necesario para cuando surgen los problemas. Un psicólogo explica lo que define a este tipo de personalidad

 

La inteligencia emocional es la capacidad que tenemos para saber expresar, gestionar y aceptar nuestras emociones y las de los demás. Puede confundirse con la empatía, aunque la diferencia más notable es que esta alude a la implicación emocional que sentimos hacia las situaciones ajenas. En cambio, la inteligencia emocional se trata de una práctica cotidiana y continua, que apunta hacia el manejo de las emociones propias y de las personas a las que queremos.

Esto se traduce en el plano afectivo como la habilidad para reflexionar sobre nuestros propios sentimientos hacia nosotros mismos o hacia alguien y nuestra manera de expresarlos. En otras palabras, aquellos que tienen una buena inteligencia emocional destacan por saber gestionar muy bien los problemas de índole emocional y, por supuesto, evitan a toda costa que las relaciones afectivas se vuelvan tóxicas; una persona con alta capacidad de gestión emocional entenderá cuándo es el momento de cortar una relación antes de que una ruptura se vuelva traumática, por poner un ejemplo.

 

Una persona con inteligencia emocional apreciará las emociones negativas como mensajes, nunca como amenazas

 

Por el contrario, lo que es bastante difícil de identificar es a una persona que escasea de inteligencia emocional. Sobre todo si esta persona la acabamos de conocer y nos llama poderosamente la atención. ¿Cómo saber si esta persona estará ahí para hacernos bien o realmente es incapaz de gestionar una situación complicada en la que se trastoquen los lazos afectivos? Nick Wignal, un famoso psicólogo bloguero, ha descrito una serie de atributos en ‘Medium‘ que reúnen esta clase de personas que precisamente no presumen por saber gestionar las emociones propias y ajenas.

Evita hablar sobre cómo se siente

Presta atención a cómo habla sobre cómo se siente. Algunas personas con una inteligencia emocional muy baja se niegan a abrirse o, en cualquier caso, no son nada buenas a la hora de comunicar sus emociones. A menudo, utilizan un lenguaje vago o metafórico para describir cómo se sienten. En general, temen las repercusiones que pueda traer lo que verdaderamente piensan o sienten, de ahí a que se lo callen por miedo, vergüenza o simplemente incapacidad para hacer frente a las emociones.

Controla sus emociones

Siempre creen que todo lo malo que sienten debe resolverse cuanto antes. En vez de afrontar un problema, tomándose su tiempo y analizando todos los pormenores, lo atajan restándole importancia, escondiéndolo de los demás y de sí mismos. Lo peor, según indica Wignal, es que al tratar sus emociones como problemas, su mente las niega, de ahí que perciban que son incorrectas. Por el contrario, una persona con inteligencia emocional apreciará estas emociones negativas o dolorosas como mensajes que se le envían, no como amenazas. La mejor manera de liberarse de las emociones dolorosas es validarlas y dejar que se resuelvan en lugar de intentar controlarlas a toda costa.

Se critica a sí mismo

Hay ciertas emociones como el miedo o la tristeza que ellos aprecian como muy malas, de ahí que nunca quieran reconocerlas. Esto a menudo ocurre porque de pequeños fueron penalizados por mostrar sus emociones en público. Otro de los rasgos que caracteriza a una persona con baja inteligencia emocional es el autosabotaje o las críticas que se dirigen hacia sí mismas, lo que denota su profunda falta de autoestima.

 

Cualquier signo propio de debilidad lo perciben como algo negativo, entonces intentarán obviarlo a toda costa. En cambio, aquellas personas que son inteligentes emocionalmente entienden que no tienen que avergonzarse de algo malo que les ocurre o sienten, tratándose a sí mismos con compasión y bondad cuando están afligidos.

Cree que sus emociones son verdaderas

A lo largo de nuestra vida, nos damos de bruces con pensamientos negativos que nos distraen y hacen sufrir. Como decíamos antes, las emociones son útiles porque nos envían mensajes sobre cómo nos sentimos en un momento concreto; sin embargo, también son engañosas. Las personas que realizan una buena gestión emocional de su vida destacan por escuchar a esas emociones, pero nunca confían completamente en ninguna de ellas.

Finge estar bien y ser feliz todo el tiempo

Aquellas personas con baja inteligencia emocional nunca muestran sus preocupaciones, tristezas o miedos, sino que aparentan estar siempre en el mismo estado de ánimo. Por otro lado, también se les puede aplicar a aquellos que fingen estar felices todo el tiempo, incluso que presumen de ello. En consecuencia, las personas con poca inteligencia emocional viven negándose todos esos sentimientos negativos, y esperan que si se repiten a sí mismos que están bien y que no se sentirán mal jamás, esto se cumpla

 

ACyV

 

Los beneficios desconocidos para la mente de leer en voz alta

¿Cuánto hace que no lees a voz en vivo un cuento antes de dormir? Hoy repasamos algunas investigaciones que dan cuenta de los buenos efectos que tiene para la memoria

Cuando te retiras a ese momento de paz y tranquilidad que inspira la lectura, es muy probable que no te dé por verbalizar las líneas que aparecen en el libro. En general, solo se recurre a la lectura en voz alta cuando hay una tercera persona a la que le interesa o quieres que le interese, como por ejemplo leer un cuento a tus niños antes de dormir.

Sin embargo, un grupo de investigaciones recientes da fe de los enormes beneficios para la salud mental y el bienestar la actividad de leer en voz alta: desde mejorar la memoria y mejorar nuestra comprensión de textos complejos hasta fortalecer los lazos emocionales que tienen las personas entre sí. Pues desde que el mundo es mundo, siempre se han contado historias junto al fuego que ayudaban no solo a coger el sueño, sino también a compartir y construir la cultura de una comunidad.

 

Leer en voz alta estimula la memoria en niños y ancianos, además de mejorar su nivel de bienestar

 

Una de las personas que más ha indagado en las virtudes de esta lectura en voz alta es Colin MacLeod, psicólogo de la Universidad de Waterloo en Canadá, quien ha demostrado a base de investigaciones que aquellas personas que lo practican recuerdan mucho mejor las palabras y los textos si los leen en voz alta. En ese sentido, se trata de un efecto que estimula la memoria que tiene una fuerte influencia sobre todo en los niños, pero también para las personas de edad avanzada. «Es beneficioso para cualquier rango de edad», asegura un artículo sobre el tema de la ‘BBC‘.

«Efecto de producción»

MacLeod ha denominado a este curioso fenómeno «efecto de producción», refiriéndose al hecho de ‘producir palabras escritas‘, es decir, leerlas en voz alta. Así quedó demostrado en un estudio realizado en Australia en el que un grupo de niños de siete a diez años leyeron una lista de palabras, algunas en silencio y otras en voz alta. Cuando posteriormente se les preguntó por aquellas que recordaban, aquellos que leyeron en voz alta recordaron el 87% de los términos, mientras que los que las leyeron en silencio solo pudieron llegar al 70%.

 

La memoria asocia un acto concreto e inédito con aquellos datos o términos que has memorizado

 

De algún modo, este fenómeno recuerda al conocido truco de estudiar preguntándose la lección a uno mismo. Como vienen demostrando los estudios y los profesores especialistas en la materia, la dicción en voz alta no solo sirve para los niños, sino también para los adultos. En otro estudio, se reunió a ungrupo de adultos de 67 a 88 años a los que se les pidió leer en voz alta una serie de palabras que más tarde deberían recordar y escribir con bolígrafo en un papel. De esta forma, pudieron recordar el 27% de las palabras que leyeron en voz alta, mientras que los que leyeron en silencio solo pudieron memorizar un 10%.

«Las palabras habladas destacan sobre las que se leen en silencio, se distinguen de ellas porque se dicen, y esto le da una base para que entren a formar parte de la memoria», explica MacLeod. Otra de las causas de este curioso efecto es porque involucra a la persona en una participación activa, que aunque sea mínima, existe. Al fin y al cabo, las palabras adquieren vida con la voz y no con el silencio.

Otro de los trucos para memorizar datos y detalles concretos es el de promulgación. Por ejemplo, si haces rebotar una pelota y por cada bote que da pronuncias una serie de palabras, estas posteriormente serán recordadas debido a la relación del bote de la pelota con ellas. La memoria asocia un acto concreto que se desprende de la actividad cotidiana o que es inédito con aquellos datos o términos que has memorizado.

¿Y escuchar atentamente la lectura de otra persona? Un estudio de la Universidad de Perugia en Italia reunió a un grupo de estudiantes para que leyeran a un conjunto de ancianos aquejados de alzhéimer durante un total de 60 sesiones. Al final del estudio, los oyentes sacaron mejores resultados en pruebas de memoria que antes del experimento, ya que las historias que les contaron les hicieron recurrir a sus propios recuerdos e imaginación, ayudándoles a clasificar las experiencias pasadas de una manera secuencial. «Escuchar activamente una historia conduce a un procesamiento de la información más intenso y profundo«, concluyeron los autores del estudio.

Mayor bienestar

Para muchos de los encuestados en todos estudios, leer en voz alta no solo mejoró su capacidad cognitiva, sino que también les deparó un mayor índice de bienestar, consuelo y lo más importante: un sentido de pertenencia. «Algunos participantes que hablaron sobre esta experiencia afirmaron que se sintieron agradecidos, como si la historia fuera un regalo de su tiempo, de su atención, de su voz», asegura Sam Duncan, un investigador del University College de Londres que dirigió un estudio realizado a más de 500 personas de todo Reino Unido. «Esto es lo que apreciamos cuando leemos cuentos a los niños, se basa en una sensación de cercanía y unión. Es algo que no hacemos demasiado con los más ancianos».

¿Por qué nos acostumbramos tan rápido a leer en silencio? Según Karenleigh Overmann, arqueóloga cognitiva de la Universidad de Bergen, en Noruega, por una cuestión de rapidez y agilidad mental. «La capacidad de leer en silencio ha tenido grandes ventajes, sobre todo, la velocidad», explica. «Leer en voz alta es un acto que ralentiza tu habilidad para leer de forma rápida». Tal vez ahí resida otra de las particularidades de su efecto. En un mundo tan acelerado como en el que vivimos, no estaría de más conceder unos minutos al día a la lectura lenta, atenta y en voz alta. No solo por un mero favor a nuestra capacidad de memorización, sino también para compartir y estar más cerca de aquellas personas a las que queremos y nos rodean. Y que en último término, estarían encantadas de escuchar la historia de principio a fin.

 

ACyV

 

Rafael Bengoa: Hemos infantilizado a la sociedad diciéndole no te ...

En nuestro país, Rafael Bengoa es reconocido como uno de los ‘padres’ de Osakidetza (el sistema de salud vasco); fuera, como uno de los asesores del expresidente Barack Obama en su icónico plan de reforma sanitaria Obama Care. “De la Administración estadounidense”, precisa al otro lado del teléfono desde su confinamiento en Algorta (Vizcaya), “que si no parece que yo tomaba café con Obama todos los días”. Reconocido experto internacional en gestión sanitaria, estos días el doctor Bengoa no para de atender llamadas de funcionarios y periodistas de todo el mundo con la misma consulta incómoda sobre el nuevo coronavirus: “Todos me preguntan: ¿qué tenemos que hacer para no acabar como España?”.

Así que le preguntamos, ¿qué debe hacer España para no volver a acabar como España? La respuesta corta suena simple: “Necesitamos un nuevo sistema de salud pública”. Y si alguien todavía duda, tan solo necesita buscar “sanitarios con bolsas de basura” en internet. En León, Talavera, Granollers, Málaga o en el propio Ifema de Madrid. Las bochornosas imágenes de personal médico y de enfermería enfundado en plásticos de andar por casa se quedarán grabadas en nuestra memoria colectiva. En el momento de la verdad, les dimos aplausos en los balcones y sacos de polietileno en los hospitales.

Pero el debate es mucho más amplio y complejo que guantes y mascarillas, advierte el exconsejero independiente de Sanidad y Consumo en el Gobierno vasco de Patxi López (2009-2012) y con más de 14 años de experiencia en la OMS. Las residencias de ancianos, los enfermos crónicos, la responsabilidad ciudadana… Esta pandemia nos obliga a replantearnos nuestro modelo de sanidad y tenemos una breve ventana de oportunidad para ello: la que transcurre entre que se diluye la sensación de amenaza y la inercia de recuperar el pulso planetario justo donde lo dejamos. ¿Cuánto lograremos cambiar en ese breve lapso de lucidez?

 

PREGUNTA. Cuando hablamos de “un nuevo sistema de salud”, ¿de qué tipo de reforma estamos hablando? ¿Cree que se necesitan muchos cambios?

RESPUESTA. Lo primero, necesitamos no volver a cometer el error de solo invertir cuando la emergencia es inevitable y no entre epidemias. En las últimas tres décadas, hemos tenido un brote con ganas de ser pandemia cada cinco años —polio, ébola, SARS, MERS, H1N1— y eso va a seguir pasando. Lo que no puede seguir pasando es que nos pille con un sistema debilitado y menor capacidad de respuesta. Pero, además, la necesaria reestructuración del sistema de salud español ya nos hacía falta antes de la epidemia, para el día a día. Tenemos que dejarnos de debates políticos estériles y preguntarnos técnicamente, ¿qué sistema necesitamos?

  1. Entonces, comencemos por lo básico. Cuando fichó por la Administración de Barack Obama en 2013, aseguró entonces que su misión era enseñarles precisamente lo que no debían copiar de nuestro país. ¿Qué no debería copiar ahora España de España?
  2. Nuestro modelo tiene una serie de fortalezas: una sólida cobertura, excelencia en clínica y enfermería, un sistema MIR poderosísimo —probablemente, uno de los mejores de Europa—, buen acceso tecnológico. Pero tenemos una serie de debilidades. Cada vez que oigo a un político decir que tenemos uno de los mejores sistemas de salud del mundo, pienso, «sí, en atención de agudos». Esto nos ha venido muy bien en esta crisis con cuadros brutales. Pero no tenemos un buen sistema de enfermos crónicos y sabemos que un 40% de los españoles tiene algún tipo de enfermedad crónica (insuficiencias respiratorias o cardíacas, diabetes, hipertensión, obesidad, salud mental), muchos de ellos con dos o más patologías, y no todos personas mayores. Esto provoca muchos ingresos y ocupación de camas, mucho gasto farmacéutico y de recurso humano. Y es algo que podemos cambiar con tecnología, con educación, con autogestión. Sabemos cómo hacerlo.
  3. Precisamente, esos enfermos con patologías previas y los mayores han sido las principales víctimas de la enfermedad y sus complicaciones. La situación en las residencias ha sido dramática.
  4. Esa es otra gran debilidad de nuestro sistema de salud: la separación entre servicios sociales y sanitarios. Una separación nefasta que hace que no tengamos ni a los crónicos ni a los mayores en el radar. Y en esta crisis hemos visto que, definitivamente, no les teníamos en el radar. Este es otro elemento importante que hay que corregir.

 

  1. En esta crisis ha vuelto a hacer más visibles los dos grandes debates de fondo en nuestra sanidad. El primero, la tensión entre las comunidades autónomas y el Gobierno central. Hemos visto falta de coordinación, caos en la cifras y en las compras conjuntas de material, reproches. ¿Debemos revertir la descentralización?
  2. Los resultados en España con la descentralización han sido más positivos que negativos cuando vemos los resultados [de impacto] en la población. Pero sí es necesaria una radical desburocratización del sistema de salud, ya sea en un modelo centralizado o descentralizado. Yo apuesto por lo segundo, que es el modelo que nos hemos dado todos. No asocio burocratización con descentralización.

La epidemia ha mostrado que se puede contratar a mayor velocidad, que no son necesarias todas esas etapas y trabas burocráticas cuando tienes que hacer una compra desde un hospital o cualquier Administración. No volvamos a un modelo burocrático que no permite a ningún gestor gestionar su hospital de forma normal, sus recursos humanos, las contrataciones, las compras tecnológicas ni nada. Al salir de la epidemia, podemos mantener cosas que hemos aprendido que mejoran la coordinación entre lo político, lo gestor y lo profesional.

  1. El otro gran debate es entre la sanidad pública y la privada. En su día, usted fue muy crítico con los movimientos de privatización en varias comunidades y advirtió del impacto que esto iba a generar. ¿Cree que ha llegado el momento de renacionalizar?
  2. Siempre he hablado técnicamente, no ideológicamente, desde una situación personal de independencia política. Y creo que se puede tener una buena complementariedad entre lo público y lo privado, pero que el dinero público tenga como prioridad la infraestructura pública. No hace falta un sistema hiperregulando para que la [medicina] privada no exista. Simplemente, hay que dejar que la privada se mueva en un modelo de mercado, como se mueven otras cosas. Creo que este debate público/privado, que tomó cuerpo en Madrid, ha dado más calor que luz y no creo que sea un debate útil en esta siguiente etapa. Necesitamos un sistema público resiliente, muy fuerte, complementado por lo privado.

Se infectan y en cuanto se recuperan vuelven a los hospitales. ¿Qué tipo de fuerza vital hay detrás de ese comportamiento?

  1. Hemos sido testigos de escenas dantescas en los hospitales. Sanitarios sin medios, instalaciones colapsadas, falta de personal. Esto ha sido un ‘shock’ para muchos, después de tantos años escuchando a los políticos hablar sobre la fortaleza de nuestra Sanidad. ¿Nos hemos dormido en los laureles de los índices y los ‘rankings’?
  2. Sin duda. Pero cuando veo al personal sanitario luchar contra la infección en primera línea casi sin medios, me hace preguntarme qué es lo que mueve éticamente, moralmente, a estos clínicos y enfermeras para hacer lo que están haciendo. Algunos se infectan y en cuanto se recuperan vuelven a atender a los hospitales. ¿Qué tipo de fuerza vital hay detrás de ese comportamiento? Eso lo habíamos subestimado. Una capacidad que teníamos implícita en el sistema. Y ahora estamos viendo que es gracias a esa fuerza moral —no tanto a la estructura, a los ventiladores o respiradores— que se está sosteniendo el sistema estos días. Eso es algo que no se puede medir, pero que no podemos seguir subestimando, tampoco en términos de sueldo y condiciones. Ellos llevan años avisando de que el sistema no está a la altura.

 

  1. La pandemia no solo ha evidenciado las carencias nacionales, sino que también ha expuesto las severas limitaciones de la gobernanza sanitaria global. ¿Qué se puede hacer?
  2. Hay que ir al error de partida. Después de la epidemia del SARS en 2004-2005, se creó en la OMS una unidad llamada GOARN [Global Outbreak Alert and Response Network – Red de Alerta y Respuesta Global de Brotes] para intervenir rápidamente ante cualquier brote epidémico. No podemos vivir en un mundo en el que cada país tiene que reaccionar de forma individual a cada amenaza que surja. Necesitamos un ‘swatt group’, una fuerza táctica internacional, para poder intervenir localmente en cualquier parte del mundo y no estar esperando un mes o dos meses que alguien informe a la OMS. Eso es demasiado tarde.
  3. ¿Y qué es lo que nos espera en lo inmediato?
  4. Dentro de unas semanas, comenzará la fase de intermitencia en el aislamiento social. La bajada de infectados y muertos permitirá al Gobierno reducir en parte el aislamiento social. No vamos a poder en un buen tiempo hacer manifestaciones, grandes partidos de fútbol o mítines políticos —como ese famoso fin de semana—. Pero sí veremos mucha gente volviendo al trabajo y reuniones en pequeños grupos si conseguimos suficientes test rápidos. No va a ser de repente toda la población. Va a ser parcial, poco a poco, a través de varios meses. Y veremos nuevos elementos, como el certificado que plantean en varios países como Alemania. No descarto que empecemos a darlo también nosotros. Al final, mientras no tengamos vacuna —parece que probablemente antes de que finalice el año—, va a haber episodios de intermitencia con aislamiento social, aplanar curva y soltar lastre.

Hemos desresponsabilizado a todo el mundo. Hay quien piensa que la misión del sistema es curarle pese a su comportamiento vital

  1. Se ganó muchas críticas cuando dijo que el ciudadano debe ser “corresponsable de la gestión” y mire ahora, todos arrimando el hombro encerrados en casa. ¿Hemos aprendido algo?
  2. Hay que separar el comportamiento cívico en la epidemia —que está siendo ejemplar— del comportamiento social previo. Fuera de la lógica epidémica, los ciudadanos deben de comprender que el sistema de salud tiene sus límites y siempre los va a tener, por mucho que inviertas. Cada persona debe asumir más responsabilidades sobre su propia salud y, desde jóvenes, entender que su comportamiento tiene consecuencias sobre todo el sistema.

Eso no se arregla con copagos. No me opongo a ellos por razones ideológicas, me opongo porque no es una buena solución, ni de financiar el sistema ni de cambiar comportamientos. Los comportamientos se trabajan desde el ámbito educativo y familiar. Hemos infantilizado a la sociedad diciéndole «no te preocupes, el sistema se va a ocupar de todos». Y en esa infantilización hemos desresponsabilizado a todo el mundo y hay gente que piensa que la misión del sistema es curarle pese a su comportamiento vital. La transformación del sistema de salud también tiene que ser social.

 

  1. Estados Unidos podría acabar siendo el país del mundo con más fallecidos por causa del covid-19. ¿Cree que esta crisis podría zanjar definitivamente el debate sobre la sanidad pública?
  2. Los países como Estados Unidos que no tienen cobertura universal, lo van a pasar mucho peor que nosotros. En EEUU, hay unos 27 millones de personas sin seguro, y muchos de los que sí tienen seguro no están cubiertos para este tipo de virus. En la era pre-Obama, sabíamos que el 63% de las bancarrotas en el país era por facturas clínicas, no por malos negocios. El Gobierno de Obama corrigió eso en parte, ampliando la cobertura a millones de americanos. Pero Trump lleva varios años intentando minar los avances que había logrado el Obama Care y ahora el coronavirus se encuentra con un sistema de salud incompleto y muy vulnerable. Con 100.000 o 200.000 muertos, que son las estimaciones de la Administración, muchos americanos se van a preguntar «qué ha pasado aquí».

Y no solo en Estados Unidos. En Francia, en Reino Unido, en nuestro propio país, va a haber una mayor sensibilización social hacia la necesidad de reforzar la salud universal. No me quiero imaginar qué habría pasado en España sin un sistema de salud público.

ENRIQUE ANDRÉS PRETEL

 

Resultado de imagen de CÓMO LIDIAR EN TU TRABAJO CON UN COMPAÑERO DESMOTIVADO, SEGÚN UN EXPERTO

Cada persona es un mundo, y aunque sientas que deberían actuar de otra forma, el primer paso es ser realista. Un experto en contratación aporta claves para afrontar la situación

“El mal tiempo no existe, tan solo una mala elección de vestimenta”, dice un viejo proverbio noruego. Si extendemos la metáfora al mundo laboral, podemos notar que un mal ambiente en el trabajo puede ser muy perjudicial a la hora de alcanzar los objetivos propuestos por la empresa. Efectivamente, si estás dentro de una plantilla en la cual tus compañeros o empleados se sienten desmotivados, las jornadas se harán más difíciles y pesadas. Sin embargo, poca gente puede asegurar que ama su trabajo: según las estimaciones globales, solo un 13% de las personas reconoce sentir pasión por lo que hacen, lo que contribuye a generar un mercado con baja productividad.

Sobre todo, en España. Los últimos datos de Eurostat reflejan que la productividad española es un 6% inferior a los países de la eurozona. Un fenómeno llamativo que además se relaciona con el descenso de las tasas de desempleo, ya que cuanta más baja es la eficiencia por trabajador más personas se necesitarán contratar, de ahí que cuando crezca el número de empleados la productividad se encuentre en declive.

Aunque estén predispuestos a trabajar por debajo de sus posibilidades, eso no quiere decir que su desempeño sea inadecuado o incluso bueno

Por tanto es lógico que, de estar más motivadas, las personas desempeñarían mejor su trabajo y con ello la productividad aumentaría, ya que muchas veces el amor por lo que haces garantiza un éxito profesional más que tus habilidades concretas por las que te contrataron. A la hora de reclutar, las compañías siempre prefieren a un trabajador que sepa hacer las cosas con facilidad y aplomo antes que tener que formarle, o bien animarle. En los últimos años hemos visto cómo las llamadas ‘soft skills’ han cobrado una gran importancia en los procesos de contratación: saber trabajar en equipo y tener un espíritu colaborativo es mucho más útil y eficiente que tener muy buenos conocimientos sobre el desempeño y actuar de forma individual y aislada.

“Teniendo en cuenta que los empleados desmotivados conforman el 87% de la fuerza productiva, este no es un problema que se deba ignorar”, admite Tomas Chamorro-Premuzic, experto en Recursos Humanos y reclutador de talentos, en un artículo muy interesante sobre el tema publicado en la ‘Harvard Business Review’. “Al final, seguro que tienes que lidiar con esta clase de personas, seas jefe o empleado. Pero seguramente tengas más éxito si desarrollas herramientas para convertir su falta de motivación en una gran fuerza productiva”.

Chamorro-Premuzic ha elaborado una serie de consejos para conseguir sacar el máximo partido a este tipo de trabajadores, que como hemos visto, son mayoría. Tanto si tienes compañeros que están muy poco conectados al día a día y te cuesta convivir con ellos, como si eres jefe y tu equipo apenas tiene motivación, lo más importante es no ser catastrofista y empeorar la situación.

“Básicamente, porque aunque estén predispuestos a trabajar por debajo de sus posibilidades eso no quiere decir que su desempeño sea inadecuado o incluso bueno”, asevera el experto. De igual modo, si te obsesionas creyendo que deberían actuar de otra forma, tu equipo o ambiente de trabajo puede empeorar, ya que ante todo hay que ser realistas y ver las cosas como son.

Órdenes concretas

Desde el punto de vista de los jefes, lo mejor en estos casos es actuar de una forma fría y objetiva. “El trabajo es trabajo, debe ser concreto y estar dirigido a cumplir una serie de tareas, no tienes que ganarte su corazón o sus mentes”, aconseja el experto. En su lugar, deberás actuar de una manera lo más formal posible, sin perder los papeles ni intentar involucrarles en el espíritu de la empresa. Para conseguir motivarles, lo mejor es que lo hagas a través de incentivos externos, ya que si por dentro sienten que no están inmersos en el día a día de la compañía, por mucho que te esfuerces no vas a conseguir nada.

Si tu empleado tiene aspiraciones muy altas y no eres capaz de dárselas, correrá más riesgo de quemarse

“Mientras que un empleado motivado no puede tener ninguna razón para trabajar al cien por cien de sus capacidades, los trabajadores desmotivados serán más propensos a seguir tus órdenes”, explica Chamorro-Premuzic, lo que quiere decir que deberás hacer un esfuerzo extra a la hora de encargarles sus tareas y siempre mantenerles ocupados. No esperes que tengan una buena idea, hay que dársela.

Por otro lado, nadie en este mundo sufre una carencia absoluta de talento o de capacidades. El experto incide en el hecho de investigar qué es lo que mejor se le da a cada trabajador o en qué área de la empresa podría mostrar más signos de motivación. “Si quieres ganar el respeto y la confianza de una persona desmotivada, necesitarás entender primero quiénes son, qué buscan y cuáles son sus intereses”, asegura. “Presta atención en lo que les hace buenos trabajadores o les hace sentir especiales”. En definitiva, búscales un hueco en el que se sientan más seguros y confiados dentro de la pirámide organizacional de la empresa.

Otro de los consejos que aporta Chamorro-Premuzic es saber mantener bien las distancias. Si tienes un trabajador o compañero desmotivado en tu compañía, lo mejor que puedes hacer es no agobiarle, de lo contrario producirás un efecto contrario al deseado. Y, en este sentido, “si las organizaciones están siempre interesadas en mantener y subir la productividad, entonces se debería actuar con una perspectiva de inclusión pero también de diversidad, y con ello aceptar las circunstancias personales de cada uno sin interferir en ellas”.

En definitiva, “si tu empleado tiene aspiraciones muy altas y no eres capaz de dárselas, correrá más riesgo de conformarse con el trabajo medio que hace, por lo que acabarás eliminando su capacidad creativa o espíritu crítico, lo que le condenará a estar quemado”. De esta manera, es mucho mejor tener a unos cuantos trabajadores desmotivados y formar en ellos la inquietud por el trabajo que disponer de empleados con muchas expectativas que poco a poco van perdiendo sus ganas.

  1. ZAMORANO