Rafael Bengoa: Hemos infantilizado a la sociedad diciéndole no te ...

En nuestro país, Rafael Bengoa es reconocido como uno de los ‘padres’ de Osakidetza (el sistema de salud vasco); fuera, como uno de los asesores del expresidente Barack Obama en su icónico plan de reforma sanitaria Obama Care. “De la Administración estadounidense”, precisa al otro lado del teléfono desde su confinamiento en Algorta (Vizcaya), “que si no parece que yo tomaba café con Obama todos los días”. Reconocido experto internacional en gestión sanitaria, estos días el doctor Bengoa no para de atender llamadas de funcionarios y periodistas de todo el mundo con la misma consulta incómoda sobre el nuevo coronavirus: “Todos me preguntan: ¿qué tenemos que hacer para no acabar como España?”.

Así que le preguntamos, ¿qué debe hacer España para no volver a acabar como España? La respuesta corta suena simple: “Necesitamos un nuevo sistema de salud pública”. Y si alguien todavía duda, tan solo necesita buscar “sanitarios con bolsas de basura” en internet. En León, Talavera, Granollers, Málaga o en el propio Ifema de Madrid. Las bochornosas imágenes de personal médico y de enfermería enfundado en plásticos de andar por casa se quedarán grabadas en nuestra memoria colectiva. En el momento de la verdad, les dimos aplausos en los balcones y sacos de polietileno en los hospitales.

Pero el debate es mucho más amplio y complejo que guantes y mascarillas, advierte el exconsejero independiente de Sanidad y Consumo en el Gobierno vasco de Patxi López (2009-2012) y con más de 14 años de experiencia en la OMS. Las residencias de ancianos, los enfermos crónicos, la responsabilidad ciudadana… Esta pandemia nos obliga a replantearnos nuestro modelo de sanidad y tenemos una breve ventana de oportunidad para ello: la que transcurre entre que se diluye la sensación de amenaza y la inercia de recuperar el pulso planetario justo donde lo dejamos. ¿Cuánto lograremos cambiar en ese breve lapso de lucidez?

 

PREGUNTA. Cuando hablamos de “un nuevo sistema de salud”, ¿de qué tipo de reforma estamos hablando? ¿Cree que se necesitan muchos cambios?

RESPUESTA. Lo primero, necesitamos no volver a cometer el error de solo invertir cuando la emergencia es inevitable y no entre epidemias. En las últimas tres décadas, hemos tenido un brote con ganas de ser pandemia cada cinco años —polio, ébola, SARS, MERS, H1N1— y eso va a seguir pasando. Lo que no puede seguir pasando es que nos pille con un sistema debilitado y menor capacidad de respuesta. Pero, además, la necesaria reestructuración del sistema de salud español ya nos hacía falta antes de la epidemia, para el día a día. Tenemos que dejarnos de debates políticos estériles y preguntarnos técnicamente, ¿qué sistema necesitamos?

  1. Entonces, comencemos por lo básico. Cuando fichó por la Administración de Barack Obama en 2013, aseguró entonces que su misión era enseñarles precisamente lo que no debían copiar de nuestro país. ¿Qué no debería copiar ahora España de España?
  2. Nuestro modelo tiene una serie de fortalezas: una sólida cobertura, excelencia en clínica y enfermería, un sistema MIR poderosísimo —probablemente, uno de los mejores de Europa—, buen acceso tecnológico. Pero tenemos una serie de debilidades. Cada vez que oigo a un político decir que tenemos uno de los mejores sistemas de salud del mundo, pienso, «sí, en atención de agudos». Esto nos ha venido muy bien en esta crisis con cuadros brutales. Pero no tenemos un buen sistema de enfermos crónicos y sabemos que un 40% de los españoles tiene algún tipo de enfermedad crónica (insuficiencias respiratorias o cardíacas, diabetes, hipertensión, obesidad, salud mental), muchos de ellos con dos o más patologías, y no todos personas mayores. Esto provoca muchos ingresos y ocupación de camas, mucho gasto farmacéutico y de recurso humano. Y es algo que podemos cambiar con tecnología, con educación, con autogestión. Sabemos cómo hacerlo.
  3. Precisamente, esos enfermos con patologías previas y los mayores han sido las principales víctimas de la enfermedad y sus complicaciones. La situación en las residencias ha sido dramática.
  4. Esa es otra gran debilidad de nuestro sistema de salud: la separación entre servicios sociales y sanitarios. Una separación nefasta que hace que no tengamos ni a los crónicos ni a los mayores en el radar. Y en esta crisis hemos visto que, definitivamente, no les teníamos en el radar. Este es otro elemento importante que hay que corregir.

 

  1. En esta crisis ha vuelto a hacer más visibles los dos grandes debates de fondo en nuestra sanidad. El primero, la tensión entre las comunidades autónomas y el Gobierno central. Hemos visto falta de coordinación, caos en la cifras y en las compras conjuntas de material, reproches. ¿Debemos revertir la descentralización?
  2. Los resultados en España con la descentralización han sido más positivos que negativos cuando vemos los resultados [de impacto] en la población. Pero sí es necesaria una radical desburocratización del sistema de salud, ya sea en un modelo centralizado o descentralizado. Yo apuesto por lo segundo, que es el modelo que nos hemos dado todos. No asocio burocratización con descentralización.

La epidemia ha mostrado que se puede contratar a mayor velocidad, que no son necesarias todas esas etapas y trabas burocráticas cuando tienes que hacer una compra desde un hospital o cualquier Administración. No volvamos a un modelo burocrático que no permite a ningún gestor gestionar su hospital de forma normal, sus recursos humanos, las contrataciones, las compras tecnológicas ni nada. Al salir de la epidemia, podemos mantener cosas que hemos aprendido que mejoran la coordinación entre lo político, lo gestor y lo profesional.

  1. El otro gran debate es entre la sanidad pública y la privada. En su día, usted fue muy crítico con los movimientos de privatización en varias comunidades y advirtió del impacto que esto iba a generar. ¿Cree que ha llegado el momento de renacionalizar?
  2. Siempre he hablado técnicamente, no ideológicamente, desde una situación personal de independencia política. Y creo que se puede tener una buena complementariedad entre lo público y lo privado, pero que el dinero público tenga como prioridad la infraestructura pública. No hace falta un sistema hiperregulando para que la [medicina] privada no exista. Simplemente, hay que dejar que la privada se mueva en un modelo de mercado, como se mueven otras cosas. Creo que este debate público/privado, que tomó cuerpo en Madrid, ha dado más calor que luz y no creo que sea un debate útil en esta siguiente etapa. Necesitamos un sistema público resiliente, muy fuerte, complementado por lo privado.

Se infectan y en cuanto se recuperan vuelven a los hospitales. ¿Qué tipo de fuerza vital hay detrás de ese comportamiento?

  1. Hemos sido testigos de escenas dantescas en los hospitales. Sanitarios sin medios, instalaciones colapsadas, falta de personal. Esto ha sido un ‘shock’ para muchos, después de tantos años escuchando a los políticos hablar sobre la fortaleza de nuestra Sanidad. ¿Nos hemos dormido en los laureles de los índices y los ‘rankings’?
  2. Sin duda. Pero cuando veo al personal sanitario luchar contra la infección en primera línea casi sin medios, me hace preguntarme qué es lo que mueve éticamente, moralmente, a estos clínicos y enfermeras para hacer lo que están haciendo. Algunos se infectan y en cuanto se recuperan vuelven a atender a los hospitales. ¿Qué tipo de fuerza vital hay detrás de ese comportamiento? Eso lo habíamos subestimado. Una capacidad que teníamos implícita en el sistema. Y ahora estamos viendo que es gracias a esa fuerza moral —no tanto a la estructura, a los ventiladores o respiradores— que se está sosteniendo el sistema estos días. Eso es algo que no se puede medir, pero que no podemos seguir subestimando, tampoco en términos de sueldo y condiciones. Ellos llevan años avisando de que el sistema no está a la altura.

 

  1. La pandemia no solo ha evidenciado las carencias nacionales, sino que también ha expuesto las severas limitaciones de la gobernanza sanitaria global. ¿Qué se puede hacer?
  2. Hay que ir al error de partida. Después de la epidemia del SARS en 2004-2005, se creó en la OMS una unidad llamada GOARN [Global Outbreak Alert and Response Network – Red de Alerta y Respuesta Global de Brotes] para intervenir rápidamente ante cualquier brote epidémico. No podemos vivir en un mundo en el que cada país tiene que reaccionar de forma individual a cada amenaza que surja. Necesitamos un ‘swatt group’, una fuerza táctica internacional, para poder intervenir localmente en cualquier parte del mundo y no estar esperando un mes o dos meses que alguien informe a la OMS. Eso es demasiado tarde.
  3. ¿Y qué es lo que nos espera en lo inmediato?
  4. Dentro de unas semanas, comenzará la fase de intermitencia en el aislamiento social. La bajada de infectados y muertos permitirá al Gobierno reducir en parte el aislamiento social. No vamos a poder en un buen tiempo hacer manifestaciones, grandes partidos de fútbol o mítines políticos —como ese famoso fin de semana—. Pero sí veremos mucha gente volviendo al trabajo y reuniones en pequeños grupos si conseguimos suficientes test rápidos. No va a ser de repente toda la población. Va a ser parcial, poco a poco, a través de varios meses. Y veremos nuevos elementos, como el certificado que plantean en varios países como Alemania. No descarto que empecemos a darlo también nosotros. Al final, mientras no tengamos vacuna —parece que probablemente antes de que finalice el año—, va a haber episodios de intermitencia con aislamiento social, aplanar curva y soltar lastre.

Hemos desresponsabilizado a todo el mundo. Hay quien piensa que la misión del sistema es curarle pese a su comportamiento vital

  1. Se ganó muchas críticas cuando dijo que el ciudadano debe ser “corresponsable de la gestión” y mire ahora, todos arrimando el hombro encerrados en casa. ¿Hemos aprendido algo?
  2. Hay que separar el comportamiento cívico en la epidemia —que está siendo ejemplar— del comportamiento social previo. Fuera de la lógica epidémica, los ciudadanos deben de comprender que el sistema de salud tiene sus límites y siempre los va a tener, por mucho que inviertas. Cada persona debe asumir más responsabilidades sobre su propia salud y, desde jóvenes, entender que su comportamiento tiene consecuencias sobre todo el sistema.

Eso no se arregla con copagos. No me opongo a ellos por razones ideológicas, me opongo porque no es una buena solución, ni de financiar el sistema ni de cambiar comportamientos. Los comportamientos se trabajan desde el ámbito educativo y familiar. Hemos infantilizado a la sociedad diciéndole «no te preocupes, el sistema se va a ocupar de todos». Y en esa infantilización hemos desresponsabilizado a todo el mundo y hay gente que piensa que la misión del sistema es curarle pese a su comportamiento vital. La transformación del sistema de salud también tiene que ser social.

 

  1. Estados Unidos podría acabar siendo el país del mundo con más fallecidos por causa del covid-19. ¿Cree que esta crisis podría zanjar definitivamente el debate sobre la sanidad pública?
  2. Los países como Estados Unidos que no tienen cobertura universal, lo van a pasar mucho peor que nosotros. En EEUU, hay unos 27 millones de personas sin seguro, y muchos de los que sí tienen seguro no están cubiertos para este tipo de virus. En la era pre-Obama, sabíamos que el 63% de las bancarrotas en el país era por facturas clínicas, no por malos negocios. El Gobierno de Obama corrigió eso en parte, ampliando la cobertura a millones de americanos. Pero Trump lleva varios años intentando minar los avances que había logrado el Obama Care y ahora el coronavirus se encuentra con un sistema de salud incompleto y muy vulnerable. Con 100.000 o 200.000 muertos, que son las estimaciones de la Administración, muchos americanos se van a preguntar «qué ha pasado aquí».

Y no solo en Estados Unidos. En Francia, en Reino Unido, en nuestro propio país, va a haber una mayor sensibilización social hacia la necesidad de reforzar la salud universal. No me quiero imaginar qué habría pasado en España sin un sistema de salud público.

ENRIQUE ANDRÉS PRETEL

 

Resultado de imagen de CÓMO LIDIAR EN TU TRABAJO CON UN COMPAÑERO DESMOTIVADO, SEGÚN UN EXPERTO

Cada persona es un mundo, y aunque sientas que deberían actuar de otra forma, el primer paso es ser realista. Un experto en contratación aporta claves para afrontar la situación

“El mal tiempo no existe, tan solo una mala elección de vestimenta”, dice un viejo proverbio noruego. Si extendemos la metáfora al mundo laboral, podemos notar que un mal ambiente en el trabajo puede ser muy perjudicial a la hora de alcanzar los objetivos propuestos por la empresa. Efectivamente, si estás dentro de una plantilla en la cual tus compañeros o empleados se sienten desmotivados, las jornadas se harán más difíciles y pesadas. Sin embargo, poca gente puede asegurar que ama su trabajo: según las estimaciones globales, solo un 13% de las personas reconoce sentir pasión por lo que hacen, lo que contribuye a generar un mercado con baja productividad.

Sobre todo, en España. Los últimos datos de Eurostat reflejan que la productividad española es un 6% inferior a los países de la eurozona. Un fenómeno llamativo que además se relaciona con el descenso de las tasas de desempleo, ya que cuanta más baja es la eficiencia por trabajador más personas se necesitarán contratar, de ahí que cuando crezca el número de empleados la productividad se encuentre en declive.

Aunque estén predispuestos a trabajar por debajo de sus posibilidades, eso no quiere decir que su desempeño sea inadecuado o incluso bueno

Por tanto es lógico que, de estar más motivadas, las personas desempeñarían mejor su trabajo y con ello la productividad aumentaría, ya que muchas veces el amor por lo que haces garantiza un éxito profesional más que tus habilidades concretas por las que te contrataron. A la hora de reclutar, las compañías siempre prefieren a un trabajador que sepa hacer las cosas con facilidad y aplomo antes que tener que formarle, o bien animarle. En los últimos años hemos visto cómo las llamadas ‘soft skills’ han cobrado una gran importancia en los procesos de contratación: saber trabajar en equipo y tener un espíritu colaborativo es mucho más útil y eficiente que tener muy buenos conocimientos sobre el desempeño y actuar de forma individual y aislada.

“Teniendo en cuenta que los empleados desmotivados conforman el 87% de la fuerza productiva, este no es un problema que se deba ignorar”, admite Tomas Chamorro-Premuzic, experto en Recursos Humanos y reclutador de talentos, en un artículo muy interesante sobre el tema publicado en la ‘Harvard Business Review’. “Al final, seguro que tienes que lidiar con esta clase de personas, seas jefe o empleado. Pero seguramente tengas más éxito si desarrollas herramientas para convertir su falta de motivación en una gran fuerza productiva”.

Chamorro-Premuzic ha elaborado una serie de consejos para conseguir sacar el máximo partido a este tipo de trabajadores, que como hemos visto, son mayoría. Tanto si tienes compañeros que están muy poco conectados al día a día y te cuesta convivir con ellos, como si eres jefe y tu equipo apenas tiene motivación, lo más importante es no ser catastrofista y empeorar la situación.

“Básicamente, porque aunque estén predispuestos a trabajar por debajo de sus posibilidades eso no quiere decir que su desempeño sea inadecuado o incluso bueno”, asevera el experto. De igual modo, si te obsesionas creyendo que deberían actuar de otra forma, tu equipo o ambiente de trabajo puede empeorar, ya que ante todo hay que ser realistas y ver las cosas como son.

Órdenes concretas

Desde el punto de vista de los jefes, lo mejor en estos casos es actuar de una forma fría y objetiva. “El trabajo es trabajo, debe ser concreto y estar dirigido a cumplir una serie de tareas, no tienes que ganarte su corazón o sus mentes”, aconseja el experto. En su lugar, deberás actuar de una manera lo más formal posible, sin perder los papeles ni intentar involucrarles en el espíritu de la empresa. Para conseguir motivarles, lo mejor es que lo hagas a través de incentivos externos, ya que si por dentro sienten que no están inmersos en el día a día de la compañía, por mucho que te esfuerces no vas a conseguir nada.

Si tu empleado tiene aspiraciones muy altas y no eres capaz de dárselas, correrá más riesgo de quemarse

“Mientras que un empleado motivado no puede tener ninguna razón para trabajar al cien por cien de sus capacidades, los trabajadores desmotivados serán más propensos a seguir tus órdenes”, explica Chamorro-Premuzic, lo que quiere decir que deberás hacer un esfuerzo extra a la hora de encargarles sus tareas y siempre mantenerles ocupados. No esperes que tengan una buena idea, hay que dársela.

Por otro lado, nadie en este mundo sufre una carencia absoluta de talento o de capacidades. El experto incide en el hecho de investigar qué es lo que mejor se le da a cada trabajador o en qué área de la empresa podría mostrar más signos de motivación. “Si quieres ganar el respeto y la confianza de una persona desmotivada, necesitarás entender primero quiénes son, qué buscan y cuáles son sus intereses”, asegura. “Presta atención en lo que les hace buenos trabajadores o les hace sentir especiales”. En definitiva, búscales un hueco en el que se sientan más seguros y confiados dentro de la pirámide organizacional de la empresa.

Otro de los consejos que aporta Chamorro-Premuzic es saber mantener bien las distancias. Si tienes un trabajador o compañero desmotivado en tu compañía, lo mejor que puedes hacer es no agobiarle, de lo contrario producirás un efecto contrario al deseado. Y, en este sentido, “si las organizaciones están siempre interesadas en mantener y subir la productividad, entonces se debería actuar con una perspectiva de inclusión pero también de diversidad, y con ello aceptar las circunstancias personales de cada uno sin interferir en ellas”.

En definitiva, “si tu empleado tiene aspiraciones muy altas y no eres capaz de dárselas, correrá más riesgo de conformarse con el trabajo medio que hace, por lo que acabarás eliminando su capacidad creativa o espíritu crítico, lo que le condenará a estar quemado”. De esta manera, es mucho mejor tener a unos cuantos trabajadores desmotivados y formar en ellos la inquietud por el trabajo que disponer de empleados con muchas expectativas que poco a poco van perdiendo sus ganas.

  1. ZAMORANO

 

Resultado de imagen de INTELIGENCIA EMOCIONAL, LA HABILIDAD CLAVE PARA ALCANZAR EL ÉXITO LABORAL

  • Una capacidad cada vez más valorada en los procesos de selección profesionales

Las emociones forman parte de la condición humana. ¿Pero cómo se gestionan en el trabajo? Varios estudios constatan que la inteligencia emocional es un recurso laboral indispensable en los contextos profesionales, especialmente a la hora de liderar equipos de trabajo competentes.

«El funcionamiento de un equipo depende, en gran medida, de la capacidad de sus miembros para gestionar las emociones», señala Edgar Breso, profesor colaborador de los Estudios de Economía y Empresa de la UOC. Con más de 15 años de experiencia formando equipos en todo el mundo, constata que «las empresas contratan a las personas a partir de sus competencias técnicas, pero las despiden por falta de competencias emocionales». Para Breso, «la inteligencia emocional se está convirtiendo en la competencia laboral clave».

Sin embargo, el experto alerta de que cuando hablamos de inteligencia emocional solemos centrarnos únicamente en una de sus ramas: la gestión emocional. Sin embargo, saber gestionar las emociones no es lo único que tiene que hacer una persona inteligente emocionalmente.

También hay que saber interpretar las emociones de los demás. Y este es un aspecto clave en una entrevista de trabajo: «La variable que nos ayudará a demostrar al entrevistador que somos competentes en este ámbito es la percepción emocional, es decir, la capacidad que tengamos para leer las emociones de nuestro interlocutor, porque solo así seremos capaces de adaptar o gestionar nuestras propias emociones y tener éxito», expone el profesor colaborador de la UOC.

Por su parte, Mireia Cabero, profesora colaboradora de los Estudios de Economía y Empresa de la UOC, opina que «cada vez se ponen más en valor las habilidades blandas (soft skills) en los procesos de selección por competencias». «Sabemos que las competencias técnicas deben ir acompañadas de las emocionales para poder proporcionar un alto rendimiento. Por lo tanto, una entrevista de trabajo es un pequeño laboratorio para corroborar si la persona tiene la competencia emocional que su puesto de trabajo necesita».

Y no solo los reclutadores valoran las competencias emocionales a la hora de seleccionar trabajadores para la empresa. Según un estudio, el 71% de los trabajadores valora más la inteligencia emocional que el coeficiente intelectual.

Entender conductas

Un trabajador con inteligencia emocional será una persona «empática», que sabrá «entender mejor las necesidades y las conductas de sus compañeros, clientes, proveedores, etc.», explica Breso. Y no solo eso, sino que también será «más competente a la hora de procesar información y tomar decisiones», tal como avalan los estudios realizados en el ámbito de las neurociencias. Cabero añade que «el bienestar emocional sustenta el alto rendimiento profesional, porque no es posible que el cerebro racional y creativo trabaje en alto rendimiento si emocionalmente no estamos bien».

«Un trabajador que sepa manejar bien sus emociones y leer las de los demás percibirá beneficios interiores, sociales y laborales», apunta la psicóloga. Los beneficios interiores se traducen en que estará «motivado, disfrutará del día a día en el trabajo y experimentará un estado de bienestar», considera Cabero.

Las ganancias sociales serán que aportará «positividad y serenidad, disfrutará del trabajo en equipo, será legitimado y bien recibido por sus compañeros y, en caso de que sea directivo, le será más fácil generar contagio emocional positivo». En el ámbito laboral, conseguirá «más concentración, más creatividad, más aceptación de los errores, una atención al cliente de más calidad y un rendimiento más alto», dice Cabero, experta que lidera, precisamente, un movimiento dedicado a la cultura emocional pública, un proyecto que se lleva a cabo en la incubadora Hubbik de la UOC.

El Economista

 

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¿Existe una explicación de la ciencia o de la psicología para sentirnos enamorados?

A todos nos ha pasado, conocemos a «alguien especial» y nos hace sentir que “estamos subidos en una nube”. El corazón late más rápido, sudan las manos, insomnio, mariposas en el estómago, ansias por volver a ver a esa persona, sube la presión arterial y se libera azúcar en la sangre para aumentar la capacidad muscular.

Pero, ¿por qué nos enamoramos? ¿Existe una explicación de la ciencia o de la psicología para sentirnos enamorados? El enamoramiento parece ser que sobreviene cuando el cerebro se inunda de una sustancia llamada feniletilamina que provoca la

secreción de una serie de neurotransmisores en cascada:

 

  • Noradrenalina:sensación de euforia y excitación

 

  • Norepinefrina:excita al cuerpo proporcionando adrenalina natural, provoca que el corazón lata más fuerte y aumente la presión sanguínea.

 

  • Dopamina: responsable de los mecanismos de refuerzo del cerebro, es decir, de la capacidad de desear algo y de repetir un comportamiento que proporciona placer y,

 

  • Oxitocina: además de estimular las contracciones uterinas en el parto y hacer brotar la leche, parece ser un mensajero químico del deseo sexual.

 

Estos compuestos combinados hacen que los enamorados puedan permanecer horas haciendo el amor y noches enteras conversando, sin sensación alguna de cansancio o sueño. Por ello, a menudo nos obsesionamos con las personas que nos gustan, porque nos volvemos “adictos” a cómo nos hacen sentir. Pero, ¿qué activa estos procesos, qué hace que nuestro cerebro se fije en un tipo de persona y no en otra?

 

No todo es química en el amor, según el psicólogo Esteban Cañamares la atracción física es uno de los aspectos que influyen de forma determinante. «Se suelen buscar los tipos físicos representados en nuestra familia. También somos más proclives hacia las personas que nos recuerdan en alguna cualidad a nuestros progenitores y es frecuente que la persona en la que nos fijamos pertenezca al mismo nivel sociocultural y económico”.

 

Clara Molina, en su libro “Emociones expresadas, emociones superadas” apunta como factores a tener en cuenta, tanto la ‘química del amor” como todo lo relacionado con los valores y creencias, las necesidades o los gustos de ambas partes (cuanto más en común se tenga. El mayor poder estimulante corresponde a los sentimientos más que a las simples sustancias por sí mismas, aquellos sí que pueden activar la química pero no en sentido contrario.

 

El enamoramiento evoluciona a lo largo del tiempo y al cabo de dos o tres años los neurotransmisores no producen en nosotros las mismas sensaciones que antes. El organismo se habitúa a los efectos del cóctel químico y llega la fatídica frase “es que ya no siento lo mismo”. La etapa de excitación, euforia e inseguridad es seguida de una segunda fase de seguridad, calma y equilibrio que podemos denominar de pertenencia, la locura de la pasión decrece gradualmente dando paso a un amor más sosegado.

 

Tras la bajada de feniletilamina hemos de luchar por que el proceso deje de ser solo químico. Para conservar la pareja es necesario buscar mecanismos socioculturales, buena convivencia, costumbre, intereses mutuos, etc., si no es así llegará la insatisfacción, la frustración, la separación e incluso el odio…

 

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¿Has obrado mal y no es la primera vez? Si ya no puedes volver a decir «perdón» y no sabes cómo hacer para que recuperen la confianza en ti, lee atentamente

Todos somos humanos y cometemos errores. Al final, lo principal es reconocerlos y disculparte. Nos puede pasar con nuestra pareja, amigos o familia. También en el trabajo. Pasar juntos tantas horas sin duda hace que muchas veces salten las chispas y acabemos diciendo cosas que no queríamos. Tampoco hace falta que se origine una discusión. Muchos empleados tienen verdadero pánico a admitir que han hecho mal delante de sus jefes.

Y a veces tampoco basta con un «lo siento». Sobre todo cuando no es la primera ocasión que sucede. De tanto decir estas dos palabras pueden acabar desgastándose y el enfado de tu jefe irá a más. ¿Cómo demostrarle que no eres perfecto y que debe perdonarte, aunque sea otra vez? Independientemente del cargo que ostentes, debes confiar primero en ti mismo para transmtir esa confianza a los demás.

Si te están explicando algo que no entiendes y dices ‘perdón’, parece que estás reflejando tu falta de inteligencia a la hora de comprender

Si acabas de tener un fallo, hacer ver de la mejor forma que te has equivocado y realmente estás arrepentido. La revista ‘Business Insider’ ha hablado con expertos del mundo empresarial para saber qué responder o qué hacer en caso de haber metido la pata y que tu responsable no te quiera hacer el finiquito inmediatamente.

«Gracias por tu paciencia»

Es de bien nacidos ser agradecidos. Muchos de nosotros usamos la palabra «perdón» como prólogo a una demanda o petición. Por ejemplo, a la hora de pedir la hora: «Perdona, ¿qué hora es?». Sin embargo, esta excusa es totalmente falsa, solo funciona de amortiguador antes de pedirle algo a otra persona. Lo mismo ocurre con «lo siento».

Los buenos líderes no se disculpan por sus puntos débiles, sino que buscan los recursos necesarios para encontrar la solución al problema

«Cuando comienzas pidiendo algo y dices ‘lo siento’, parece que no estás del todo seguro de tu petición y eso no inspira nada de confianza a tu interlocutor, además de ser poco serio», explica Lauren McGoodwin, fundadora y directora ejecutiva de una empresa de Recursos Humanos. Por ejemplo, si llegas tarde a una reunión o no respondiste a un correo electrónico de inmediato porque estabas distraído. «No necesitas disculparte, tan solo reconocer que la otra parte tuvo que esperar», asegura la experta. Por ello, mejor usa la construcción: «Gracias por su paciencia», y continúa con lo que sea que estés haciendo sin darle más importancia.

«¿Puedes aclarar a qué te refieres?»

Muchas veces tenemos la mente en otra parte cuando estamos en mitad de la jornada laboral. Es inevitable, la concentración a lo largo del día falla y no siempre podemos estar al cien por cien. «Si no comprendes una tarea, instrucción o idea que te está siendo planteada por un jefe o compañero, pide más información o que lo aclare más aún», aconseja Cait Scudder, una coach de negocios para mujeres emprendedoras. «Si dices ‘perdón’ parece que estás reflejando tu falta de inteligencia a la hora de comprender la información ofrecida, cuando no es el caso. En general, es mucho más enriquecedor pedir que te expliquen mejor las cosas a quedar como un absoluto despistado o alguien que no entiende nada».

«Estaba equivocado…»

Sebena Gill, una directora ejecutiva norteamericana, cree que cuando no logras cumplir con tu trabajo o llegar a tiempo a una entrega de proyecto, lo mejor es hacer como que se trata de un problema grave. Parece contraproducente, pero funciona. Si expresas tu defecto de una manera un tanto grandilocuente, te será más fácil persuadir al final. Claro que debes hacerlo bien. Una forma óptima para tener éxito es, lo primero, reconocer que estabas equivocado («Ha sido culpa mía»), explicar la intención que tenías («Creía que debía hacer…») para más tarde proporcionar una solución alternativa que llevar a cabo a continuación («He pensado que tal vez podría…»).

«Es mi culpa, necesito ayuda»

También puede suceder que aquella tarea que te encargaron y que debías terminar satisfactoriamente no salga como esperas o deseas. Es bastante común, y en ese caso, lo mejor que puedes hacer es pedir ayuda. «A menudo, si sentimos que no podemos completar un proyecto, nuestro instinto inicial nos aconseja disculparnos y convertirlo en una especie de fracaso personal», continúa Gill. Los buenos líderes no se disculpan por sus puntos débiles, sino que buscan los recursos necesarios para encontrar la solución al problema. Se sienten verdaderamente cómodos pidiendo ayuda».

«Vamos a resolver esto»

No importa lo muy cualificado que creas que estás en tu trabajo o cuánto adores lo que haces, siempre va a haber conflictos. De hecho, la forma en que sorteas los obstáculos e impedimentos dice mucho sobre tus habilidades de liderazgo y lo flexible que puedes llegar a ser en el calor de una discusión. No es razonable pensar que todos estarán de acuerdo contigo.

Cassandra Rosen, presidenta ejecutiva de una afamada empresa de software, asegura que no es nada inteligente disculparse siempre por tener un determinado punto de vista, de lo contrario, tu opinión nunca será valorada. Ella aconseja restarle emoción y dramatismo a la situación. Al final, todos remáis en la misma dirección, por lo que si surge un conflicto lo mejor que puedes hacer es dejar patente tu voluntad de seguir todos juntos con ello: «Vamos a conseguirlo» puede ser un buen inicio.

  1. ZAMORANO

 

Resultado de imagen de LA IDEA DE QUE NUESTROS GENES NOS DEFINEN ES ENGAÑOSA Y PELIGROSA

Es uno de los mejores divulgadores científicos actuales y tiene nuevo libro sobre cómo un óvulo fecundado se convierte en un ser humano: la respuesta es más asombrosa de lo que parece

 

¿Y si ‘Frankenstein’ hubiera sido sutilmente malinterpretado, también por Mary Shelley? Es lo que parece si comparamos las dos introducciones que escribió para el clásico, la de su primera edición anónima de 1818 y la publicada ya con la firma de su autora en 1831, tras el tremendo éxito de la novela. Las numerosas referencias que en la segunda introducción mencionan los peligros de «jugar a ser Dios» -moraleja canónica del libro hasta hoy- están prácticamente ausentes en la primera. Es como si Shelley hubiera alineado años después su obra con la opinión general, a la manera en la que la sociedad la había entendido gracias en gran parte a las simplistas y muy populares adaptaciones escénicas. Defiende Philip Ball que «la idea de que ‘Frankenstein’ es el texto fundamental contra la arrogancia científica es, en gran medida, una visión del siglo XX. Esto no significa que ‘entendiéramos mal’ ‘Frankenstein’, o al menos, no simplemente eso. Significa más bien que necesitábamos una historia admonitoria para lidiar con nuestras confusiones y ansiedades sobre la vida y sobre cómo crearla y cambiarla«.

El británico Philip Ball (1962) es uno de los mejores, y más prolíficos, divulgadores científicos de la actualidad. Químico en el University College de Londres, fue editor de Nature, colabora en New Scientist y ha firmado una decena de títulos que demuestran su curiosidad insaciable y ecléctica, desde una biografía del agua a la historia del color pasando por las veleidades nazis de grandes prohombres de la física cuántica (todos ellos publicados en nuestro país por Turner). Su último libro es ‘Cómo crear un ser humano’, traducido por Irene de la Torre, un fascinante recorrido por todo lo que ocurre desde que el espermatozoide y el óvulo se encuentran y que solemos resumir prosaicamente perdiéndonos así las maravillas de ciencia ficción que se suceden a continuación. También resume y discute los últimos avances científicos sobre las posibilidades reales de crear ser humanos en laboratorios o acerca de la inmortalidad. Y todo atravesado por una crítica tan implacable como irónica a las historias que los científicos cuentan sobre su tarea. Historias que pueden, como le ocurrió a ‘Fankenstein’, fijar injustamente explicaciones pueriles, limitadas o directamente falsas.

Le enviamos a Ball unas preguntas por correo electrónico una mañana… ¡y nos responde la misma tarde no precisamente con brevedad! «Seguro que al mismo tiempo ha escrito un par de artículos y tuiteado sin parar», nos dicen desde su editorial.

PREGUNTA. Tengo 42 años. ¿Lograré vivir eternamente (más o menos) gracias a la ingeniería biológica? ¿Podré al menos descargar mi conciencia en una máquina antes de morir? Y si yo no llego a tiempo… ¿lo conseguirán al menos mis hijas mellizas de tres años?

RESPUESTA. Lo siento, pero la respuesta en todos los casos es «no». Creo que la capacidad de desarrollar nuevos tejidos y órganos sí extenderá la vida humana. Entre los hechos más difíciles de superar se encuentran los debidos al cáncer y a las enfermedades neurodegenerativas, pero no hay impedimentos fundamentales que no puedan superarse. Por lo tanto, podría ser posible extender la vida humana significativamente más allá de sus límites actuales, tal vez hasta los 200 años, algo que no es absurdo imaginar. Pero si podemos hacer eso mientras conservamos una buena calidad de vida en la vejez es otra cuestión. Y algunos investigadores creen que puede haber aspectos del proceso de envejecimiento que son bastante fundamentales para nuestra biología y muy difíciles de evitar. En cualquier caso, dudo sinceramente que podamos extender la esperanza de vida indefinidamente tampoco para las vidas de sus hijas.

En cuanto a «descargar» su conciencia en algún tipo de dispositivo computacional… la verdad es que, a pesar de las afirmaciones que a veces se hacen sobre esto, no sé si entendemos bien lo que queremos decir. No existe una teoría científica de la conciencia, y en este momento estamos lejos de tener una. Y no hay absolutamente ninguna razón para creer que nuestra «conciencia» es algo que se puede traducir de manera obvia a bits en una computadora, o que se puede caracterizar completamente por alguna configuración de bits lógicos (unos y ceros). Decir esto no es afirmar que hay algo místico o «no físico» en la conciencia, es solo aceptar que no entendemos lo que es. ¡La idea de que «usted» desaparecerá de su cerebro y se despertará en una computadora es mística y poco científica!

  1. Su libro ataca los relatos que los científicos se cuentan a sí mismos sobre lo que hacen como por ejemplo, el influyente sobre ‘el gen egoísta’. Nuestra especie cuenta relatos, es inevitable, pero esos relatos a veces impiden la llegada de nuevas ideas. ¿Cuál cree que es el relato más nefasto ahora mismo en biología?
  2. Interpretaré «nefasto» como «peligrosamente engañoso», y luego diría que es la idea de que nuestros genes son «la esencia de nosotros», lo que nos define como seres humanos. Este mensaje es impulsado por compañías comerciales de secuenciación del genoma como 23andMe, y también por algunos investigadores en genética: el reciente libro ‘Blueprint’ de Robert Plomin es un ejemplo. Es una visión muy imperfecta. El hecho de que nuestra composición genética influye en nuestra salud, en nuestra personalidad y rasgos cognitivos, es innegable. Pero sugerir que es lo único, o incluso lo principal, es mala ciencia y es peligroso. En el peor de los casos, puede llevarnos a descuidar cualquier consideración de los roles del medio ambiente en nuestras circunstancias y en nuestro futuro: puede convertirse en una receta para decir «bueno, de todos modos, no podemos cambiar nada». Está muy claro, por ejemplo, que el desarrollo del cerebro y los resultados conductuales no están predeterminados por nuestros genes y, por lo tanto, no son predecibles a partir de ellos de forma individual. Sin embargo, me temo que vamos a ver cada vez más sugerencias de que lo son: pruebas genéticas de IQ, por ejemplo, tal vez incluso para su uso en la concepción asistida (FIV). Esto es científico y éticamente incorrecto.

Mi libro se propone demostrar, entre otras cosas, que el desarrollo humano es un proceso complejo que implica mucha contingencia y oportunidad, aunque indudablemente está guiado por la genética.

El desarrollo del cerebro y los resultados conductuales no están predeterminados por nuestros genes

  1. La sombra de la eugenesia planea sobre la biología. ¿Cómo podemos evitar que, en un mundo tan desigual como el nuestro, la posibilidad de crear bebes de diseño superinteligentes sea sólo accesible a los ricos y abra una brecha insalvable con el resto de la población?
  2. No creo que veamos bebés de diseño superinteligentes. Eso se basa en la idea errónea sobre la genética que mencioné en la pregunta anterior. Mi mayor temor es que asistamos a equivocados intentos de diseñar tales cosas, por ejemplo, mediante la selección de embriones después de pruebas genéticas, o incluso a la edición de genes. Pero debido a que la inteligencia está (a) influenciada por muchos genes, cada uno de los cuales tiene una influencia insignificante por sí misma, y ​​(b) de todos modos no del todo bajo influencia genética (quizás alrededor del 50% heredable), es difícil ver cómo podríamos diseñar de manera confiable la inteligencia de un niño. De todos modos, la eugenesia es una preocupación real. Existen problemas difíciles que surgen de los esfuerzos para evitar enfermedades genéticas y disfunciones. Creo que, en general, es muy bueno que tengamos métodos como el diagnóstico genético previo a la implantación de embriones FIV para evitar algunas enfermedades genéticas raras pero desagradables, pero el asunto se vuelve muy complejo una vez que comenzamos a preguntarnos si tales métodos deberían usarse para enfermedades o discapacidades que no amenazan la vida. Entiendo la preocupación de las personas que viven con tales condiciones de que las vean como «indeseables» o que la investigación sobre su condición se marchite.

Y también es una preocupación genuina que algunas de estas tecnologías puedan estar disponibles solo para personas o países ricos. Ya ocurre, por supuesto, con las tecnologías médicas, pero la situación podría empeorar. Creo que necesitamos pautas y regulaciones internacionales claras que busquen un equilibrio entre los derechos de las personas a elegir los tratamientos, y lo que necesitamos para mantener sociedades saludables. Y esto necesariamente implicará compromisos.

No entendemos la conciencia pero eso no significa que sea una ilusión

  1. Critica el protagonismo del gen y reivindica el de la célula. Somos solo una montaña de células y, en principio, de cada célula individual podría surgir otro como yo. ¿La unidad de la conciencia es sólo una ilusión y nada tiene sentido?
  2. Como mencioné antes, simplemente no entendemos la conciencia, y una gran parte de lo que no entendemos es cómo surge como una experiencia unificada de muchos fenómenos cognitivos diferentes. Pero no le veo sentido a llamar a eso una «ilusión». Es lo que todos (casi) parecemos experimentar: ¿cómo puede ser una ilusión el dolor? Sí, somos una colección de células, y creo que esto representa una forma mucho mejor de pensar sobre nuestro ser físico que como una «colección de genes». El yo, me parece, es el resultado de un proceso que involucra genes, desarrollo y cognición, y está cambiando continuamente. Pero eso no quiere decir que sea un concepto sin sentido.

Pero sí, me parece fascinante y alucinante que cualquiera de nuestras células pueda (en principio, ¡no podemos hacer esto en la práctica todavía!) crecer como otro ser. Absolutamente no sería «otro yo», como tampoco lo son los gemelos idénticos. Habría seguido su propio camino de desarrollo, y no menos importante, su cerebro no estaría idénticamente conectado, por lo que ni siquiera sería una «copia exacta». Lo que demuestra otra vez por qué no es una buena práctica identificarnos con nuestro genoma.

  1. «No nos sentimos a gusto en nuestra propia carne”, escribe. ¿Nos conduce eso a buscar en la biología una trascendencia, digamos, religiosa?
  2. No estoy seguro. Para mí, las nociones y sentimientos de trascendencia se relacionan con lo que podemos crear en comunidad unos con otros, para algunos, eso se experimenta a través de la fe religiosa, pero para mí proviene del arte (¡especialmente de la música!). Creo que es un error buscar esas cosas en nuestro ser físico. Aquí hay una conexión con viejos debates sobre el materialismo y si poseemos algo así como un alma inmaterial: estos fueron temas explorados por Mary Shelley en ‘Frankenstein’. No estoy seguro de por qué siempre nos hemos sentido incómodos en nuestra carne, pero creo que se deriva de la misma consideración: ¿cómo puede ser que estas cosas blandas y carnosas sean todo lo que somos? ¿Cómo, de esto, pueden surgir nuestros sentimientos de espiritualidad? Siento cada vez más que es incorrecto ubicar todas esas preguntas en el cerebro: somos la cognición y la conciencia encarnadas, y nuestros cuerpos constituyen un componente profundo de cómo experimentamos el mundo.

Las fantasías del transhumanismo están desconectadas de lo que realmente sabemos sobre el cuerpo humano

  1. La semana pasada se anunció la creación de una “maquina biológica”, un xenorobot. Precisamente, el transhumanismo promete que en unas pocas décadas los seres humanos se fusionarán con las máquinas, tal vez a tiempo de que Trump y Johnson no lo destruyan todo… ¿Esto es ciencia o religión?
  2. Estoy en la afortunada posición de haber conocido de antemano ese trabajo después de haber visitado a los científicos involucrados el verano pasado. El verdadero mensaje de lo que están haciendo aún no se ha hecho evidente, pero estoy ya escribiendo la historia real. ¡Estén atentos! En mi libro me burlo suavemente de algunas de las fantasías del transhumanismo, que me parecen desconectadas de lo que realmente sabemos y estamos intentando hacer con el cuerpo humano. Creo que muchos de los sueños del transhumanismo en realidad se relacionan con impulsos más profundos y casi míticos: la inmortalidad, la trascendencia del sexo, etc. El transhumanismo es un interesante y revelador fenómeno sociológico, incluso si a veces tiene una relación muy tenue con lo que podría ser tecnológicamente posible.

De todos modos, sí creo que vamos a fusionarnos con las máquinas en un grado aún mayor del actual, y también que cada vez vamos a cohabitar más el mundo junto a las máquinas. No temo esa perspectiva en sí misma, aunque ya podemos observar nuevos peligros (en términos de cómo nos comportamos) que pueden surgir de nuestra interacción con las máquinas. Mi sospecha (eso es todo lo que puede ser) es que, dentro de 500 años, lo que significa ser «humano» (si todavía significa algo) será muy diferente. También espero ver algunos cambios profundos y tal vez impactantes a este respecto, incluso en los próximos 30 años, si tengo la suerte de vivir tanto tiempo, y si, como usted dice, nuestros terribles líderes políticos, o el cambio climático, no nos han borrado para entonces.

  1. Si finalmente logramos crear cerebros en tarros… ¿por qué no los enchufamos al modo de Matrix y los dejamos ser felices en paraísos artificiales sin ocuparnos del resto?
  2. Algunas personas sospechan que ya podríamos estar en Matrix, en el sentido, tal vez, de que podríamos ser seres «vivos» en las simulaciones de una computadora súper avanzada. No encuentro sus argumentos convincentes, pero en cualquier caso no me preocupa, no altera lo que pienso, siento y encuentro significativo, y si un súper-ser decide terminar la simulación, ¡No lo sabremos! Me parece muy interesante que el «cerebro en un tarro» se haya convertido en un ícono en la filosofía (a los filósofos les encanta The Matrix). Como señalo en el libro, este es en realidad un viejo debate, que se remonta al menos hasta Descartes.

Pero es sorprendente para mí, y también éticamente desafiante, saber que este escenario se está convirtiendo en algo más que filosófico o de ciencia ficción. Como sabrá por mi libro, he tenido mi propio «mini-cerebro» cultivado de mis propias células en un plato. Era, estoy bastante seguro, no una entidad que tenía alguna conciencia o incluso experiencia, pero era más que una masa aleatoria de neuronas y tenía los inicios crudos de una estructura similar al cerebro. A medida que estos llamados organoides cerebrales se vuelven más complejos, es posible que necesitemos preguntar cómo pensar en ellos como entidades morales, y si realmente experimentan algo. Esta es una de las ilustraciones más sorprendentes del poder y la complejidad de las nuevas tecnologías que nos permiten transformar y controlar el destino de nuestras células

DANIEL ARJONA

 

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La ARHGAP11B se encuentra ubicada en las mitocondrias e induce una vía metabólica en las células madre del cerebro, comportándose de manera similar a las células cancerosas

Hasta ahora se sabía que el tamaño del cerebro humano aumentó durante la evolución de manera muy importante, un hecho que ha llamado la atención de los científicos a lo largo de los años, pero del que se desconocía la causa. Ahora, un grupo de investigadores del Instituto Max Planck de Biología Celular Molecular y Genética ha dado con la solución.

La ‘culpa’ es de una proteína llamada ARHGAP11B y que está ubicada en las mitocondrias. Se trata de un gen que solo se encuentra en los humanos y que provoca que las células madre del cerebro se multipliquen, formando un grupo más grande del que pueden surgir más neuronas, lo que a la larga permitiría que el tamaño del cerebro se haga más grande.

Pero, ¿cómo lo hace? Los investigadores han descubierto que la proteína ARHGAP11B induce una vía metabólica en las células madre del cerebro; es decir, se comporta de la misma manera que lo hacen las células cancerosas y lo hace desde el centro neurálgico de la célula, la mitocondria. Así consiguen expandirse y que aumente la producción de neuronas.

Actúan como las células cancerosas

Takashi Namba, un científico posdoctoral del grupo de investigación del Instituto Max Planck, ha explicado a Neuroscience News que descubrieron que la proteína ARHGAP11B se encuentra ubicada en las mitocondrias, los orgánulos que generan la mayor parte de la energía de la célula.

ARHGAP11B habría contribuido a la expansión evolutiva del cerebro al inducir un metabolismo similar al cáncer en las células madre del cerebro

Según Namba, «la ARHGAP11B interactúa con una proteína en la membrana de las mitocondrias que regula un poro de la membrana. Como consecuencia de esta interacción, los poros de la membrana se están cerrando, evitando la fuga de calcio de las mitocondrias. La mayor concentración de calcio resultante hace que las mitocondrias generen energía química mediante una vía metabólica llamada glutaminólisis. De esta manera, ARHGAP11B puede provocar que las células madre cerebrales basales formen un grupo más grande de células madre».

Para el profesor Wieland Huttner, que supervisó el estudio, «un aumento en la glutaminólisis es un sello distintivo de las células altamente proliferantes, especialmente las células tumorales. Por lo tanto, ARHGAP11B puede haber contribuido a la expansión evolutiva del cerebro humano al inducir un metabolismo similar al cáncer en las células madre del cerebro basal durante un período limitado durante el desarrollo del cerebro».

 

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Comienzan a dibujarse las líneas esenciales de ese negocio: los sistemas educativos, la educación a lo largo de toda la vida o los productos potenciadores del cerebro

Intento mantenerme al día en temas de neurociencia y educación, cosa que me resulta cada vez más difícil. En un archivo especial, voy acumulando las nuevas publicaciones, a la espera de poder estudiarlas, cosa que hago periódicamente. Estos días me dedico a ello con más intensidad. Acabo de participar en unas jornadas sobre ‘Neurociencia y liderazgo’, participaré en otras sobre ‘Neurociencia y educación’ en el mes de abril, organizadas por el Ministerio de Educación, y preparo el prólogo a un libro sobre este tema escrito por Tomás Ortiz, catedrático de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense. Los temas neurológicos están de moda.

Me produce gran incomodidad que la ciencia se utilice retóricamente. La teoría de la relatividad o la física del caos se emplean para explicar cualquier cosa, desde las infidelidades matrimoniales a las oscilaciones de la bolsa, cuando en realidad no tienen ningún sentido fuera de las ecuaciones matemáticas en que se expresan. Con la neurología sucede lo mismo. Se habla de neuroeconomía, neuromarketing, neuropolítica y, por supuesto, de neuroeducación. ¿Es pura retórica? Muchos científicos se quejan de que se haya producido una industria de la ‘brain-based-education’, basada en neuromitos y no en datos científicos (Ansari Coch, De Smeth 2011). En España, ha sido especialmente crítico con este deslumbramiento por todo lo que comience por ‘neuro’ Marino Pérez Alvárez, catedrático de la Universidad de Oviedo, que niega que la neurología esté en estos momentos en condiciones de proporcionar conocimientos a la psicología (‘Frente al cerebrocentrismo, psicología sin complejos‘).

Líneas esenciales del negocio

La ‘educación basada en el cerebro’ ha dado origen a una pujante industria basada en el ‘brain-training’, que forma parte a su vez de una ‘industria del IQ’. En el mundo empresarial se empieza a hablar de que el próximo gran negocio será el del IQ, el del cociente intelectual. La revista ‘Forbes’ dedica su portada del 19.11.2012 a “The $ Trillion opportunity”: la educación. Comienzan a dibujarse las líneas esenciales de ese negocio: los sistemas educativos, la educación a lo largo de toda la vida, los productos potenciadores del cerebro, las interacciones cerebro-tecnologías de la información, la selección genética de la inteligencia. Por eso, voy a dedicar tres artículos a estos temas. El de hoy, para mencionar lo que sabemos acerca de las relaciones entre neurología y educación. Los próximos, el negocio del ‘entrenamiento cerebral’ y a la ‘industria de la educación’.

Empieza a resolverse el gran obstáculo que impedía la aplicación de la neurología a la escuela. La neurología ha progresado mucho

¿Qué descubrimientos neurológicos podemos provechar en educación? Los fundamentales son los siguientes:

  1. 1. Los estudios sobre plasticidad del cerebro muestran que nuestra capacidad de aprender a cualquier edad es mayor de la que pensábamos.
  2. Empieza a resolverse el gran obstáculo que impedía la aplicación de la neurología a la escuela. La neurología ha progresado mucho en el estudio de la ‘sintaxis’ neuronal, es decir, en cómo se originan y se transmiten los impulsos nerviosos, en la estructura de las redes, pero menos en cómo esos impulsos se convierten en significados (semántica) y en significados conscientes. Estos son, sin embargo, los que manejamos en la escuela. El estudio del reconocimiento de patrones está sirviendo de nexo entre la sintaxis neuronal y la semántica.
  3. Estamos conociendo los cambios que se dan en el cerebro adolescente, lo que nos va a permitir aprovechar esa ‘segunda edad de oro’ del aprendizaje.
  4. 4. Progresamos en el conocimiento de la memoria, que es el órgano del aprendizaje y, por lo tanto, el fundamento de la educación. Dos temas destacan por su relevancia educativa. En primer lugar, la neurología de la formación de hábitos, que son el núcleo del aprendizaje. En segundo lugar, los estudios sobre la memoria en acción (‘working memory’), que nos dicen que la inteligencia es fundamentalmente gestión de la memoria. Un concepto, pues, revolucionario.

Progresamos en el conocimiento de la memoria, que es el órgano del aprendizaje y, por lo tanto, el fundamento de la educación

  1. 5. Pero, sin duda, el tema estrella de la neuroeducación es el descubrimiento de las ‘funciones ejecutivas’ del cerebro, que nos brinda un nuevo concepto de la inteligencia y del aprendizaje. Espero no dejarme llevar por un error de perspectiva, ya que es lo que estudiamos en la cátedra ‘Inteligencia ejecutiva y educación’, que dirijo en la Universidad Nebrija, de Madrid. El cerebro tiene una estructura dual: un nivel generador de ideas y un nivel que dirige ese mecanismo hacia metas elegidas. Es una estructura que descubrimos en el cerebro, en la inteligencia humana, en la arquitectura de los ordenadores, y en la inteligencia de las organizaciones. Es, pues, una teoría integrada de la inteligencia. La estructura básica está formada por sistemas neuronales que trabajan con gran autonomía, fuera del control de la conciencia. Se denomina ‘inconsciente neuronal’ o ‘nuevo inconsciente’, pero prefiero llamarlo ‘inteligencia generadora’ (Marina, J. A. ‘La inteligencia ejecutiva‘). En él tienen un protagonismo especial los hábitos intelectuales, emocionales y conductuales. Es lo que el premio Nobel Daniel Kahneman denomina ‘sistema 1’. Una pequeña parte de la información manejada por él pasa a estado consciente. Asciende al sistema 2, al que denominamos ‘sistema ejecutivo’. Desde él, el sujeto elige sus metas, da órdenes al sistema 1, y evalúa sus resultados. Dicho así, debe sonar muy críptico, pero así funcionamos. La inteligencia ejecutiva organiza y gestiona la actividad de la inteligencia generadora. La educación tiene como finalidad la construcción de ambos niveles.

Creo sinceramente que comprender y aprovechar estos conocimientos puede permitirnos un salto de gigante en la educación. La próxima semana les contaré si los métodos de entrenamiento del cerebro sirven para esto

José Antonio Marina

 

Resultado de imagen de LAS CUATRO SEÑALES DE QUE TIENES UNA ALTA INTELIGENCIA EMOCIONAL

Se aprende sobre historia o matemáticas pero nadie nos enseña a identificar o tratar con las emociones. Te contamos cuáles son estas habilidades y cómo manejarlas

Mucho se ha hablado sobre la inteligencia emocional pero pocos saben detectarla en sí mismos. No es fácil definir en qué consiste, y más complicado aún resulta transmitir conocimientos sobre ella, ya que estos se suelen basar en la experiencia. Siempre hay trucos, sin embargo, que nos permiten acercarnos a estos aspectos intangibles y complicados. Es un atajo que los investigadores psicológicos utilizan para describir lo bien que los individuos pueden gestionar sus propias emociones y reaccionar a las de los demás.

Las personas que la presentan tienen las habilidades necesarias menos obvias para salir adelante en la vida, tales como la gestión de la resolución de conflictos, leer y responder a las necesidades de los demás, empatía y evitar que sus propias emociones se desborden e interrumpan su vida. Es muy importante porque cuanto más se entiendan estos aspectos, se tendrá mejor salud mental y comportamiento social.

Cuando la inteligencia emocional fue estudiada por primera vez, sirvió como el eslabón perdido en lo que al éxito se refiere. Hasta entonces se pensaba que el coeficiente intelectual era la única forma de triunfo. Pero un hallazgo bastante peculiar lo cambió todo: el 70% de las veces, las personas con un coeficiente intelectual medio superan a los que tienen coeficientes más altos.

Si no reconoces ninguna señal, no te preocupes. Este tipo de inteligencia es una habiliad cognitiva que puedes mejorar a través de tu vida diaria

Décadas de investigación apuntan ahora que la IE es un factor crítico para que alguien sobresalga del resto. La conexión es tan fuerte que el 90% de los artistas tienen una gran inteligenia emocional.

Podrían ser cosas que haces sin pensar realmente o simples habilidades que utilizas para trabajar. De cualquier manera, la mejora de la inteligencia emocional puede ser muy útil en todo tipo de circunstancias, ya sea en el trabajo, en casa o a la hora de socializar.

Piensas tus reacciones

Una de las características de la IE puede ser la diferencia entre una buena y una mala reacción a las circunstancias que nos rodean. Las emociones pueden tener información importante y ser útiles para el funcionamiento personal y social, aunque a veces nos sintamos abrumados y actuemos de manera inadeacuada. Las personas que carecen ella son más pasionales y no piensan los pros y los contras de una situación.

Tienen una capacidad más baja de regular sus sentimientos negativos y son más propensos a tener dificultades para reaccionar ante diferentes situaciones. Además de tener dificultades para gestionar y entener sus emociones, la investigación ha demostrado que este tipo de personas tienen una mayor facilidad para sufrir depresión, incluso si no están deprimidos clínicamente.

Desafíos

Si eres capaz de reconocer tus propias emociones negativas y ver una mala situación como un desafío centrándote en los aspectos positivos y siendo perseverante, lo más probable es que tu índice emocional sea muy elevado.

Imagina que has perdido tu trabajo. Una persona emocionalmente inteligente podría percibir sus emociones como señales para tomar medidas, tanto para hacer frente a los retos como para controlar sus pensamientos y sentimientos. Si por el contratio, no lo eres, no pararías de pensar sobre la pérdida de trabajo, entrando en una espiral sin salida que lleva hacia la depresión.

Modificar emociones

Claro que hay momentos en que tus sentimientos pueden apoderarse de ti, pero si eres una persona emocionalmente inteligente, es probable que puedas modificar tus emociones fácilmente.

Esto implica ser capaz de mantenerlas bajo control cuando se convierten en perjudiciales. La autogestión implica ser capaz de controlar los arrebatos con calma, discutir los desacuerdos y evitar actividades que conducen a la autocompasión o al pánico. Es la clave y la razón por la que este tipo de personas tienen los niveles más bajos de ansiedad.

Empatía

Mientras las otras tres categorías anteriores se refieren a las emociones internas de una persona, esta se ocupa de las de los demás. La empatía es la habilidad y la práctica de la lectura de los sentimientos de otros y la habilidad de saber responder adecuadamente ante ellos. Incluye, además, la búsqueda de puntos en común y el dominio de la persuasión.

El 70% de las veces, las personas con un coeficiente intelectual medio superan a los que tienen coeficientes más altos

Esta capacidad está relacionada con el ámbito laboral, ya que es muy importante saber manejarse y controlarse para estar de acuerdo a las normas de la organización. Sobre todo afecta a trabajos donde los trabajadores necesitan simpatizar con los clientes, aunque estos les estén gritando. Por eso en los últimos años se está desarrollando la formación de la inteligencia emocional en el trabajo, centrado en la gestión y expresión de las emociones, relacionados con la comunicación y el rendimiento en el trabajo.

Pero no te preocupes, este tipo de inteligencia es una habilidad cognitiva que puedes mejorar a través de tu vida diaria. Así que si todo lo que has leído te suena a chino y no has reconocido ningún tipo de estas señales,debes saber que aún puedes puedes trabajarla y adquirirla

Adrián López

 

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Si crees que has cometido errores o no estás contento con la vida que llevas actualmente, apunta estos consejos de la mano de dos expertos psicólogos

En la actualidad, parece que estemos inmersos en una gran carrera para llegar a una única meta: la felicidad. Un concepto que obsesiona a miles de personas en el mundo y cuya imposibilidad de alcanzar o siquiera de atisbar conlleva dolor y sufrimiento. En realidad, los seres humanos parece que nos enfocamos siempre en los detalles más negativos.

Existe un relato muy bonito que ilustra esta paradoja: una vez un payaso subió al escenario y contó un chiste. Nada más acabar, todos los espectadores se rieron. A continuación, lo volvió a relatar, y la carcajada volvió a oírse en toda la sala. Lo repitió una tercera y cuarta vez, hasta que ya solo se rieron muy pocas personas. Al parecer, a la mayoría del público les había dejado de hacer gracia de tanto repetirlo. Entonces, el payaso se dirigió una vez más y aseguró a los asistentes: «si ya te ha dejado de hacer gracia lo que acabo de contar ¿por qué no dejas de atormentarte una y otra vez por lo mismo?».

 

¿Tiene esto alguna explicación científica? Para Roy Baumeister, profesor de psicología social en la Universidad Estatal de Florida, sí. Según él, quien ha estudiado el tema a fondo, los humanos nos vemos afectados por un «sesgo negativo» que nos lleva a mirar siempre el vaso medio vacío o a dar más importancia a lo malo frente a lo bueno. Esto, de acuerdo a su teoría, tiene una explicación genética: el cerebro humano lleva evolucionando desde hace milenios, cuando el peligro estaba por todas partes y la muerte era un asunto mucho más familiar que ahora.

Este «sesgo negativo» que servía de cara a la supervivencia en el pasado ahora, que llevamos una vida más segura y cómoda, nos hace sentir una cantidad de estrés innecesaria. John Tierney, coautor del libro ‘The Power of Bad‘ junto con Baumeister en el que se trata este tema, asegura que este sesgo negativo nos da una visión deformada del mundo. «Nos centramos solamente en lo que está mal (el presente) y asumimos que seguirá siendo así (el futuro)», afirma en un artículo de ‘Men’s Health’. «Nos desesperamos y tendemos a aceptar que las cosas no cambiarán». Los psicólogos han recopilado cinco sencillos trucos para evitar caer en estos pensamientos negativos.

La regla «five to one»

John Mordecai Gottman, un reputado psicólogo, tiene una regla llamada «five to one» (cinco a uno) para predecir el grado de felicidad de las parejas cuando están juntas. Consiste en que estas tienen más probabilidades de gozar de una relación duradera cuando sus miembros tienen cinco veces más experiencias positivas que negativas. Baumeister recoge esta regla y la aplica a todas las esferas de la vida cotidiana, sea la relación con los hijos o con tus jefes.

Hay que recordar el pasado desde un punto de vista constructivo y no quedarse en el lamento

Aun así, el psicólogo estrecha un poco más el cerco, ya que no hay que ser tan optimistas (por paradójico que suene), y la deja en un cuatro a uno. ¿Cómo aplicarla a nuestra vida diaria? Según el psicólogo, cada vez que te venga a la cabeza un pensamiento negativo, siéntete en la obligación de recordar otros cuatro positivos.

Una nostalgia positiva

La concepción que tenemos de la palabra «nostalgia» siempre tiende a ser negativa. Una persona nostálgica es típicamente una persona negativa o pesimista. Pero esto parece estar cambiando. En este sentido, vale la pena recordar momentos del pasado desde un punto de vista constructivo y no quedarte en el lamento. Incluso los malos momentos que de repente un día recuerdas también sirven para tomar conciencia de la situación en la que estás ahora y cómo conseguiste superar el conflicto. Aunque lo mejor sería, evidentemente, que te dejases guiar por los buenos recuerdos. Para ello, cuando te venga uno a la cabeza, los psicólogos recomiendan apuntar cuatro palabras clave que sirvan para describirlo.

Comunica lo bueno a los demás

No hace falta decir que una de las claves de la felicidad es el hecho de sentirte arropado por las personas queridas o de tu entorno más inmediato. Nadie es una isla aislada en medio del océano, así que aunque ahora puede que lo veas todo negro y creas que estás solo, es falso. «Cuando te sucede algo bueno, si lo compartes con los demás hace que la buena noticia te lo parezca aún más, te genere un impacto positivo mayor y te haga desarrollar un fuerte vínculo con la persona a la que se lo has contado», argumenta Tierney. Recuerda que debe ser recíproco y debes escuchar tú también a los demás.

 

  1. ZAMORANO