Los trucos mentales para llevar a cabo tus propósitos a largo plazo

Si fuera fácil, no desearíamos tanto que sucediera. Hoy vemos algunas de las mejores formas de afrontar un sueño o una meta vital para hacer que se cumpla

 

Hay dos tipos de personas en el mundo: aquellas que viven en el día a día y las que están obsesionadas con una meta u objetivo difícil de cumplir. Evidentemente, la existencia de las primeras será más sencilla y concreta, sin grandes aspavientos, mientras que la de la segunda puede suponer una lucha diaria contra la frustración de no poder cumplir ese sueño inalcanzable. Como es obvio, también existen los grises: gente que sabe que tiene que ir a alguna parte, como mínimo formar una familia y encontrar un trabajo estable que le satisfaga, pero que no posee una gran aspiración.

Sea como sea, el objetivo pasa por no obsesionarse demasiado con aquello que resulta difícil de llevar a cabo y, a la par, mantener la vista puesta en la larga distancia, pues al final la mayoría de los sueños son caminos que pueden tomar muchos atajos o largas circunvalaciones, por lo que debes saber que es posible que nunca los cumplas o que el día menos pensado aparezca la oportunidad definitiva que te catapulte hacia el éxito.

«Planificar meticulosamente los pasos que debes seguir para alcanzar tus objetivos te permitirá también medir tu progreso a lo largo del camino»

Lo que está claro es que si apuestas por una vida con metas a muy largo plazo vas a tener que realizar un gran ejercicio mental de concentración y conocimiento sobre los pasos que debes dar en esa dirección. Seguro que por el camino te invadirá el estrés, la ansiedad o la sensación de que estás perdiendo el tiempo sin remedio, pero deberás sobreponerte a ambas, pues si no costara esfuerzo ni sacrificio, el viaje no valdría la pena.

Cuando imaginamos un destino o una meta que nos gustaría cumplir, estamos proyectando una imagen de futuro motivante y perfecta. Por ello, lo primero que habría que hacer sería ser realistas y evitar engañarnos a nosotros mismos. Soñar con lo imposible está muy bien, pero si sabes que existe una muy pequeña probabilidad de que suceda y eres consciente de todas tus limitaciones, podrás adaptar mejor el tiro y, aunque no dés al centro de la diana, tal vez lo roces.

Otra de las cosas que debemos es evitar es precisamente todo lo contrario: concentrarnos solo en lo más inmediato y fácil, lo más accesible, renunciando a todo aquello que siempre quisiste o la razón por la que empezaste a hacer lo que haces. En realidad, las grandes metas de nuestra vida no son solo psicológicamente agotadoras, sino que también dan mucho miedo. No sabemos cómo empezar o si es el momento adecuado, así como también sentimos temor a fracasar a la primera de cambio. Y no en menor cantidad, tenemos miedo al éxito: por paradójico que suene, alcanzar nuestras metas a largo plazo puede ser tan aterrador como fracasar, según reconoce Jory Mackay, periodista de ‘Fast & Company‘, quien ha publicado un interesante artículo sobre el tema.

Si crees que tus futbolistas favoritos son inmensamente felices por haber conseguido su sueño (el ejemplo más claro que a uno se le puede ocurrir), tal vez lo sean, pues son reconocidos como los mejores, pero en el fondo de su corazón pueden sentir que al haber tenido éxito en aquello que más ansiaban ahora ya están faltos de esperanzas e ilusiones, pues ya no poseen objetivos. «Pa’ caminar, valen los sueños y no me quedan más, llévame a hombros«, como decía una canción. Para superar estos tres miedos y encontrar ese punto medio entre lo asequible y lo imposible, aquí van una serie de consejos sobre cómo entrenar tu mente y apuntar en la buena dirección.

Conoce tus valores

Es el primer paso, fundamental en toda buena toma de decisiones. ¿Cuáles son los valores que mejor te definen? Debes plantearte un objetivo en el que realmente creas y no desperdiciar el tiempo con ilusiones vanas en las que ni siquiera te sientes motivado. Esto evitará que a mitad del camino te rindas o peor aún, no disfrutes trabajando y entrenando duro para conseguirla. El establecimiento de metas requiere un compromiso con el proceso, no solo con la meta final.

Si te presionas a tí mismo a llegar a alguna parte en un determinado momento, es más probable que no caigas en la procastinación y te pongas las pilas

Y para eso hace falta disponer de valores férreos, ya que en muchas ocasiones las cosas no serán como te las imaginabas y podrías acabar decepcionándote. Mackay menciona algunos como la audacia, la compasión, el amor por el conocimiento, la creatividad o la estabilidad. Date cuenta que estos valores, al ser fundamentales, te acompañarán a lo largo de toda al carrera, por lo que no podrás renunciar a ellos ya que si no la meta se borraría o distorsionaría.

La estrategia ‘Woop’

Gabrielle Oettigen, profesora de psicología de la Universidad de Nueva York, tiene una teoría por la cual generamos una especie de fantasía en torno a esa meta u objetivo a largo plazo. De alguna manera, idealizamos demasiado ese hipotético futuro, desdeñando los obstáculos reales que nos separan de él. Para luchar contra este efecto, Oettigen ha desarrollado lo que ella llama la ‘estrategia Woop’, basada en tres puntos, el deseo (que alude a lo que verdaderamente quieres), el resultado (definir bien el resultado de haber cumplido ese deseo), los obstáculos (aquello que se interpondrá en tu camino para lograrlo) y el plan (cómo superarás esos mismos impedimentos). Si defines bien estos tres puntos, habrás conseguido bajar a la Tierra y ser más consecuente, tanto con lo que deseas como con tus actos para traerlo de tu lado.

Convierte el largo plazo en corto plazo

Lo siguiente será apuntar a lo concreto y lo pequeño para ir a por lo grande y lo abstracto. Debes dividir el proyeto en tareas muy específicas y en partes pequeñas y manejables. Esto le dará al objetivo el realismo necesario para cumplirse. También te brinda un plan de acción claro para evitar sentirte abrumado por la dimensión de tu meta. «Planificar meticulosamente los pasos que debes seguir para alcanzar tus objetivos te permitirá también medir tu progreso a lo largo del camino», asegura Mackay. «En lugar de mirar hacia el futuro lejano, empiezas a pensar en el mañana y en el día siguiente, y así de manera sucesiva».

Llegó la hora de programar bien tus objetivos

Una vez que has abordado el plan y lo has desmenuzado en pequeños pasos, debes ponerte fechas. Es como cuando en el colegio te obligaban a entregar los trabajos en una fecha determinada. Si te presionas a tí mismo a llegar a alguna parte en un determinado momento, es más probable que no caigas en la procrastinación y te pongas las pilas.

Piensa desde el final y no desde el principio

A medida que vamos cumpliendo con los pasos y los plazos que nos hemos dado, es frecuente detenerse a pensar si lo estamos haciendo bien o todo está siendo en vano. «Un estudio de la Escuela de Negocios de la Universidad de Corea y de la Universidad de Iowa reveló que aquellas personas que definen su camino desde el final hacia atrás y no hacia delante tienen más probabilidades de conseguir éxito y a su vez poseen más confianza en sus decisiones», explica Mackay. «En lugar de sentirnos abrumado por los cambios inciertos, deberíamos comenzar por el final para acorralar todas las infinitas posibilidades y mantenernos enfocados en el objetivo».

No creas en la perfección

Presionarnos demasiado o estar obsesionados con que no lo estamos haciendo del todo bien puede llevarnos a un fracaso anticipado. Al comienzo no será fácil, pero a medida que vayas ganando en experiencia, sobre todo en la experiencia de haberte equivocado, podrás sobreponerte a las dificultades posteriores con más energía y soltura. Nadie es perfecto, así que no te rompas la cabeza pensando que no lo estás haciendo bien; de hecho, si fueras perfecto no costaría esfuerzo y por tanto el objetivo no valdría la pena, no sería un sueño pues es pan comido. Es normal caer en el error, pero si sacamos una lectura positiva de nuestros fallos tendremos más probabilidades de triunfar que si todo es un camino de rosas.

 

  1. Zamorano

 

Y si el estrés tuviera algún beneficio? Un estudio investiga su lado oculto

Una investigación arroja que las personas que tienen menos angustia o agobio podrían padecer un deterioro cognitivo en el periodo de ocho años

 

Un grupo de investigación encabezado por David M. Almeida, profesor de desarrollo humano y estudios familiares de Penn State (Estados Unidos), ha estudiado si las personas que experimentan poco o ningún tipo de estrés tienen mejor salud que los que lo sufren. «Siempre se ha supuesto que el estrés es malo», contó el experto a Medical News Today.

«Di un paso atrás y pensé: ¿qué pasa con las personas que dicen que nunca han tenido estrés? Mi trabajo anterior estaba centrado en los niveles de angustia, pero nunca me había preguntado qué les ocurre a aquellos que no lo experimentan«, reflexionó Almeida. ¿Son los de este segundo grupo los más sanos?

El estrés es una respuesta humana saludable que la mayoría de la gente experimenta de vez en cuando, y que puede resultar útil a veces. Esto se debe a la liberación de epinefrina que facilita la realización de tareas y mejora el rendimiento y las habilidades para resolver problemas en momentos de mayor tensión.

La generación de epinefrina contribuye a la preparación del cuerpo para gestionar una amenaza o huir en busca de seguridad, gracias al aumento del pulso, la frecuencia respiratoria y la tensión muscular. Además, sirve como motivación en el ámbito cotidiano al completar un proyecto o realizar una prueba.

Un mayor envejecimiento cognitivo

Sin embargo, tanto esta investigación como otras muestran que cuando el estrés se vuelve prolongado, puede afectar negativamente a todos los sistemas del cuerpo. Algunos de los síntomas experimentados son los problemas de piel, dolor, falta de energía e insomnio. Ahora, si bien hay pruebas de los problemas que acarrea el agobio, el innovador estudio de Almeida encuentra mejoras para la salud.

Esta conclusión llega gracias al análisis a 2804 voluntarios que, durante ocho noches, completaron una prueba cognitiva y rellenaron un cuestionario sobre sus afecciones crónicas, síntomas físicos, estado de ánimo y la cantidad de agentes estresantes que sufrieron ese día. El 10% de los participantes no padeció estrés a lo largo de la jornada, afirmaba sentirse bien de ánimo y menos propenso a tener malas condiciones de salud crónicas.

Sin embargo, los más estresados experimentaron momentos “más positivos” que ese 10%, a lo que se suma una mejor obtención en la prueba de cognición. En el lado opuesto, los que tuvieron un peor resultado, sufrirían un deterioro que se materializaría en el periodo de ocho años. «Es posible que experimentar estos factores estresantes no sea agradable, pero pueden obligarlo a resolver un problema, y ​​esto en realidad podría ser bueno para el funcionamiento cognitivo, especialmente a medida que envejecemos».

En definitiva, los factores estresantes diarios que experimentaron a diario serían sinónimo de llevar «una vida ocupada y tal vez plena». En este caso, dice, «tener algo de estrés es solo un indicador de que estás involucrado en la vida». Aun así, tanto el experto como sus colegas están a la espera de conocer más estudios que analicen un tema apenas investigado

El Confidencial

 

Son los zurdos más inteligentes que los diestros? Esto es lo que dicen los  expertos

Tan solo un 13% aproximado de la población tiene, como predominante, su mano izquierda. Quizá por ello han surgido muchos rumores al respecto, pero, ¿se basan en premisas reales?

 

Desde Aristóteles a Leonardo da Vinci, pasando por Napoleón Bonaparte, Alejandro Magno, Marilyn Monroe o Kurt Cobain. Las anécdotas sobre la relación entre la fama de algunos individuos y su (supuesto) dominio de la mano izquierda suelen proliferar, al igual que las leyendas sobre si es cierto que los zurdos tienen, de media, nueve años de vida menos que los diestros, son más creativos o raros. Al fin y al cabo sí son una rareza, pues representan aproximadamente entre el 8 y el 13% de la población mundial, habiendo más hombres que mujeres (sin que se conozca la causa). Su día es el 13 de agosto.

Otra frase que suele acompañar a aquellos que utilizan la mano izquierda es que son más inteligentes que los diestros. Por supuesto, estos últimos no estarán de acuerdo con la apreciación, pero probablemente también la hayan escuchado en alguna ocasión. La razón por la que se relacionan la creatividad o la inteligencia con la capacidad de escribir con la izquierda está relacionada con el hecho de que, realmente, ser zurdo tiene muy poco que ver con la mano en sí. Los huesos, los músculos, los tendones y cualquier otra parte de las manos de los diestros y zurdos no suelen mostrar diferencias visibles. En cambio, la preferencia de usar una mano sobre la otra para tareas motoras finas como la escritura nace en el cerebro.

Algunas teorías han sugerido diferencias en los hemisferios de nuestro cerebro, factores epigenéticos y la exposición a hormonas prenatales, que podrían contribuir a la destreza manual

 

Lo más curioso es que la preferencia por la mano izquierda varía en cada país del mundo, por lo que algunas teorías también han sugerido diferencias en los hemisferios de nuestro cerebro, factores epigenéticos y la exposición a hormonas prenatales, que podrían contribuir a la destreza manual. Todavía es pronto para comprender todo acerca de nuestra elección por un lado u otro del cuerpo, pero nuevos estudios parecen apuntar que depende en un 25% de la genética y en un 75% del medio ambiente.

¿Es disparatado hablar de una supuesta inteligencia superior por parte de los zurdos? Según informa ‘Psychology Today‘ algunos estudios encuentran que los diestros son más inteligentes, mientras que otros señalan exactamente lo contrario. La conclusión es que es difícil determinar el verdadero efecto analizando estudios individuales. Por ello, un metanálisis de varios estudios empíricos, realizado por dos investigadoras de la Universidad de Atenas en Grecia quiso llegar al fondo de la cuestión. Para ello se llevaron a cabo tres metanálisis en los que se hacían tres comparaciones:

  • Zurdos contra diestros
  • Zurdos y ambidiestros contra diestros
  • Ambidiestros contra diestros

¿Los resultados? No hubo apenas diferencias en las puntuaciones de CI entre diestros y ambidiestros. Eso sí, en la comparación entre diestros y zurdos, sin embargo, hubo un efecto estadísticamente significativo, mostrando que los diestros tenían un coeficiente intelectual promedio más alto que los zurdos. Es importante destacar que este efecto era pequeño y es poco probable que tenga ningún efecto sustancial en la vida real.

La diferencia de CI entre zurdos y diestros es extremadamente pequeña y cualquier diferencia en la inteligencia entre ambos grupos en la población general no es significativa

 

Para ilustrar esto, las autoras dieron el siguiente ejemplo: suponiendo que los zurdos tenían un coeficiente intelectual promedio de 100, y tanto los zurdos como los diestros tenían variaciones similares en sus datos, entonces los diestros tendrían un coeficiente intelectual promedio de 101.05. Además, el efecto perdió relevancia estadística cuando un estudio fue excluido del metanálisis. Estos descubrimientos llevaron a las autoras a concluir que la magnitud absoluta de las diferencias de CI entre zurdos y diestros son extremadamente pequeñas y que cualquier diferencia en la inteligencia entre ambos grupos en la población general no es significativa.

¿Conclusión? Parece que las diferencias son mínimas y que por mucho que digan las páginas en internet, no es verdad que los zurdos sean más inteligentes que los diestros. De cualquier forma, siguen resultando fascinantes y quizá por ello se realicen tantos estudios al respecto sobre ellos, con el fin de concluir por qué en este mundo algunos escribimos con una mano y otros con su contraria y si hay verdaderas diferencias entre ambos sectores de la población.

  1. N.

 

Las mejores formas de acabar con el hambre emocional originada por el estrés

El frigorífico es ese punto de la cocina más socorrido cuando te asalta el aburrimiento o la ansiedad. ¿Cómo evitar que no repercuta en la salud mental y física?

 

Cuando comenzó la pandemia, uno de los puntos más recorridos de la casa sin duda fue el frigorífico. Esta ‘zona cero’ de la cocina en la que conservamos distintos alimentos fue el recurso favorito para calmar la ansiedad que nos provocaban los recientes acontecimientos. Ahora, meses después, seguramente muchas personas sigan sintiendo esa intranquilidad que solo puede ser calmada por la comida.

En realidad, el hambre emocional, como lo llaman distintos psicólogos, puede provenir de nuestros instintos de supervivencia más primarios. «Nuestros cuerpos no reconocen la diferencia entre el estrés que sentimos si un león nos persigue y el estrés originado por los plazos de entrega de un trabajo», admite Aisha Muhammad, médica especialista en nutrición, en un reciente artículo de la ‘BBC‘. «Cuando estás estresado, anhelas alimentos que sean fáciles de digerir y liberen energía rápidamente para ayudarte a luchar o escapar, es decir, o azúcar o carbohidratos», comenta por su parte la dietista Sophie Medlin en ese mismo diario.

Si disfrutas de la experiencia y te lo tomas con calma, saboreando bien los alimentos, será mucho mejor y más sano que comer compulsivamente

 

Por otro lado, no hay que sentirse especialmente ansioso para llevarse alimentos a la boca sin parar. También influyen otras sensaciones que pueden aparecer en mayor o menor medida, como por ejemplo el aburrimiento, muy frecuente durante la pandemia al haber restringido y paralizado nuestras interacciones sociales. En este caso, comemos con el objetivo de escapar de esa incómoda sensación de no tener nada que hacer, o peor aún, no saber qué hacer con nuestro tiempo.

Si estamos aburridos o muy ocupados, abrir el frigorífico puede resultar un mecanismo de alivio para desconectar de la rutina. Al igual que, por ejemplo, quien tiene una adicción a los cigarrillos. El problema es cuando lo hacemos de manera reiterada y compulsiva, pues entonces ya no solo perderá su utilidad de desconexión, sino que implicará una sensación de frustración añadida, al no ser capaces de concentrarnos y apartar las tentaciones.

Pero esto tampoco tiene por qué ser negativo. Si en vez de optar por alimentos hipercalóricos o cargados de azúcar nos decantamos por fruta, el hambre emocional puede convertirse en una gran aliada de cara a llevar una vida más saludable y también para adelgazar. Desgraciadamente, esto no suele suceder, ya que es más probable que tu cuerpo te pida un refuerzo de azúcar o grasas para calmar la ansiedad, como explicaba anteriormente Medlin. Por ello, la mejor forma de convivir con el hambre emocional pasa por hacerla frente y evitar abrir el frigorífico cada vez que sientas estrés.

«Las tres F»

Rangan Chatterjee, autor de varios libros sobre la relación entre la pérdida de peso y el estrés, ha elaborado una técnica que bautizó como la regla de «las tres efes», en relación a los conceptos de «feel«, «feed» y «find» en inglés, («sentir«, «alimentarse» y «descubrir» respectivamente). Así, la primera alude a analizar y reflexionar sobre la sensación que desencadena el estrés: si estás aburrido, es mero estrés o realmente tienes hambre. La segunda, se basa en escoger bien el alimento que te vas a llevar a la boca y si realmente te vas a sentir mejor después de ingerirlo. Por último, el descubrimiento alude a encontrar nuevas técnicas para mantener a raya el hambre emocional. Esto podría ser un tipo de ejercicio físico, un baño, dormir, llamar a un amigo o bien practicar técnicas de relajación para reducir ese aburrimiento o estrés.

Otro punto de vista es el de la nutricionista Rachel Hartley. Según ella, esta hambre emocional puede revertirse degustando con más placer la comida. Lo que ella llama «comer con atención e intención». Si disfrutas de la experiencia y te lo tomas con calma, saboreando bien los alimentos que te llevas a la boca para así también reducir la cantidad, será mucho mejor que comer compulsivamente.

«La comida rara vez soluciona problemas y no puede ayudarte a procesarlos», prosigue Hartley. «Por ello, comer no debería ser el único mecanismo de supervivencia en tu caja de herramientas». Aun así, si de verdad caes en la trampa y abres el frigorífico de forma más frecuente, tampoco te debes autoflagelar o pensar que haces lo incorrecto. Esto solo agravaría aún más tu sentimiento de ansiedad, preocupándote en exceso por tu compulsividad. En este sentido, lo mejor será apostar por una dieta equilibrada en la que haya todo tipo de alimentos, establecer un plan de comidas y cenas y, sobre todo, ser responsable para que no te entre la amarga sensación de que no puedes controlar el impulso de llevarte algo a la boca.

 

ACyV

 

Resultado de imagen de ¿TE SIENTES MÁS IRASCIBLE? A QUÉ SE DEBE ESA IRA Y CÓMO GESTIONARLA

El control del temperamento es clave si queremos gozar de una estabilidad mental y emocional, como a su vez imprescindible a la hora de cuidar las relaciones con los demás

Cada persona es distinta y esas diferencias vienen marcadas, en parte, por el temperamento: las hay más calmadas y tranquilas, pero también más ceñudas y ansiosas. Independientemente de nuestro estado mental actual, podemos pasar por una época en la que nos mostramos mucho más irascibles hacia los demás, provocando a veces discusiones y enfrentamientos innecesarios. Incluso, hay expertos que aseguran que estas temporadas en las que nos quejamos más o nos enfadamos más a menudo con las personas de nuestro entorno pueden estar relacionadas con padecer ansiedad, estrés o depresión.

El problema viene cuando no somos capaces de detectar que en realidad nos estamos sobrepasando más de lo debido. Y nunca sabes el estado de ánimo que puede estar atravesando una persona, de ahí que haya que procurar mostrar amabilidad en cualquier momento. Si nos dejamos llevar por nuestros impulsos, podemos arriesgarnos a perder a gente importante para nosotros en tan solo una mala discusión. ¿Cómo controlar todos estos brotes de ira que pueden aparecer en cualquier momento?

«Cuando sientes enfado estás bajo la influencia de una serie de químicos fuertes», asegura Ilen Strauss Cohen, psicoterapeuta especialista en la conducta humana, en un reciente artículo de ‘Psychology Today’. «La amígdala, una parte del cerebro de la que depende la respuesta de la ira, es uno de los componentes más primitivos de nuestro cerebro. Después de advertir a tu cuerpo con esta señal de enfado, la glándula suprarrenal entra en acción, liberando adrenalina, una sustancia química que aumenta la frecuencia cardíaca, lo que fuerza las contracciones corporales y el flujo sanguíneo al cerebro y los músculos. Entonces, tu cuerpo comienza a producir testosterona, una sustancia que acelera una respuesta inmediata violenta».

Según Cohen, la ira nos hace realizar o decir cosas de las que luego posiblemente nos vayamos a arrepentir, pues conecta con nuestro mecanismo de defensa más primitivo nublando la percepción y distorsionando la realidad, forzándonos a actuar de inmediato porque nos sentimos agredidos. Hay múltiples formas para atajar estos brotes tan perjudiciales para uno mismo y las personas que lo rodean. «Los pensamientos furiosos te seducen para que te comportes mal y te retroalimentan para que sigas enojado, pensando que lo que hizo la otra persona fue intencionadamente, y forzándote a pensar que no te queda más remedio que tomar medidas», asevera la experta.

 

«La ira es una emoción humana normal, siempre y cuando se gestione adecuadamente»

 

«Sin embargo, la ira es a menudo el resultado de malinterpretar las acciones de otras personas y asignarles nuestro propio significado», recalca Cohen. «Cuando las personas responden a situaciones con furia, generalmente hay una razón de peso más profunda. Detrás de tu rabia está también tu miedo a ser lastimado, a no poder defenderte o a que sucedan cosas injustas. Todos estos sentimientos son comprensibles. Y la ira también es apropiada en ciertas situaciones. Lo malo es cuando se torna negativa para nosotros y la gente que nos rodea».

La naturaleza de la cólera

A la hora de tratar a un paciente que tiene problemas de temperamento se le entrena en aprender a calmarse y a autorregularse, trabajando con la angustia que sufre y los detonantes que hacen que salte. «Es importante recordar que la ira es una emoción humana de lo más normal, cuando se maneja y expresa adecuadamente no es un problema», recuerda Cohen. «Puedes sentirte herido, asustado, decepcionado, preocupado, avergonzado o frustrado, pero si siempre respondes con ira es cuando aparece el problema. Al mirar dentro de nosotros mismos, podemos ver qué es lo que hay detrás de ese comportamiento colérico. Y así, podemos aprender a expresarnos de manera diferente al aceptar que somos vulnerables».

«La vida es demasiado corta como para pasársela todo el tiempo enfadado», como decían en la mítica (y violentísima) película ‘American History X’. Por todo ello, Cohen ha querido extender una serie de consejos y recomendaciones para aquellos que perciban que pasan mucho tiempo enfurruñados, y en ese caso, haya que adoptar medidas para cambiarlo. En primer lugar, «reconocer los desencadenantes de la ira, los comentarios específicos y las personas o los lugares que tienden a incomodarte«. En segundo lugar, y tal vez lo más importante, «tener empatía y tratar de ponerte en el lugar de la otra persona». También es importante «prestar atención a las señales de advertencia de ira que marca el cuerpo», como por ejemplo la tensión en los hombros o el aumento del ritmo cardíaco.

Una vez hayamos reconocido el momento que da paso a nuestro enfado, hay que poner medidas para atajar los pensamientos negativos o violentos. Esto podría traducirse en «concentrarte en tu respiración, pensar, evaluar todo lo que piensas, escuchar música o salir a caminar». En resumen, cualquier actividad que te despeje la mente y reduzca tu ira. Si no puedes hacerlo y aun así sigues sin relajarte, lo mejor es que acudas a un profesional porque tal vez necesites ayuda de un especialista en la gestión de las emociones.

 

  1. Zamorano

 

Cinco consejos para llegar a ser más creativo e ilusionarte por las cosas

Si estás pasando por un momento en el que apenas se te ocurren ideas, lo mejor que puedes hacer es tranquilizarte y echar un vistazo a los consejos de este experto psicólogo

¿Estás pasando un momento aburrido y quieres sacar el máximo partido a tu vena artística? Este año, a pesar de todas las dificultades, ha servido para que muchas personas hayan desarrollado esa gran pasión oculta al haber dispuesto de tanto tiempo encerrados en casa. Si no has sido una de ellas y todavía andas buscando aquella disciplina que te ilusione y te aporte cosas, has de saber que la creatividad es un arma que todos tenemos sin excepción y que solo hace falta entrenar para sacar el máximo partido a tus inquietudes artísticas.

 

Pero la creatividad no solo sirve para dar rienda suelta a tu vena artística. También nos hace más inteligentes y felices, ya que despliega un montón de conexiones neuronales, haciéndolas más rápidas e intuitivas, ayudándonos a mejorar nuestra capacidad de atención y análisis. Un estudio publicado en ‘Creativity Research Journal’ descubrió que la creatividad se trata más de desarrollar habilidades que de poseer un talento único y auténtico. Pero si esto es cierto, ¿por qué muchos no se sienten nada creativos?

 

La base de la creatividad es la curiosidad, y esta solo comienza cuando nos hacemos las preguntas

 

«La causa puede ser un montón de creencias inútiles que hemos interiorizado a lo largo de nuestras vidas sobre nosotros», asevera David B. Feldman, psicólogo de la Santa Clara University, en California, a ‘Psychology Today‘. «Una de ellas es la suposición de que la creatividad es un don poco común que no todo el mundo tiene. A decir verdad, llega cuando menos lo esperamos y desencadena cosas que escapan a nuestro control, que a menudo vienen dadas en lo que conocemos como ‘ataques de inspiración'».

 

Al fin y al cabo, a todos en algún momento de nuestra vida nos ha venido la inspiración sin tampoco estar encontrándonos desarrollando alguna disciplina artística. Esta puede aparecer con una buena idea que aplicar a nuestra vida cotidiana o al experimentar alguna obra artística que nos llega a lo más profundo de nuestro corazón, como puede ser una película o una canción. Por ello, Feldman ha descrito algunos de los mejores trucos para desarrollar tu alma creativa y, con ello, no solo despertar al artista que hay en ti, sino también adquirir una mayor ilusión y curiosidad por todo lo que te rodea.

Hazte un montón de preguntas

La base de la creatividad es la curiosidad, y esta solo comienza cuando nos hacemos las preguntas correctas, aquellas que sintetizan e integran la información de la que disponemos. No es que vayas a encontrar muchas respuestas, sino al contrario: estas te llevarán a otras muchas cuestiones. Esto es muy positivo, ya que así adquirirás nuevas e inusitadas perspectivas. «Al hacer muchas preguntas, cada vez las formularás mejor», asegura el psicólogo. Si no sabes por dónde empezar, tan solo intenta ponerte en la piel de un niño. Descontextualiza las cosas que ves ante ti y no dejes de preguntarte por lo divino y lo humano.

Desarrolla pasión por aprender

Si estás tratando de desarrollar una mente creativa, como decíamos, el primer paso es ser muy curioso, y este lleva directamente a sentir pasión por todo aquello que desconoces o aún no has experimentado. La forma en la que comprendemos el mundo y la realidad estriba en recopilar la información que otros nos legaron, como a su vez probar una y otra vez cosas distintas o ajenas a nosotros. Aunque no te guste estudiar y lo veas como un sinónimo de memorizar palabras, si ya te ha picado la curiosidad seguro que se te hará mucho más interesante. Busca aquello que te llena y te hace mejor persona e indaga más sobre ello.

Conecta hechos aparentemente no relacionados

En resumidas cuentas, ser ingenioso. Las personas creativas no ven las cosas tal y como son, sino que buscan nuevos enfoques ocultos o que aparentemente no tienen relación. Un pensamiento fino y agudo sobre cualquier tema te lleva a otro, y este a su vez a una conclusión que necesita ser refutada, o viceversa. Las ideas geniales siempre aparecen después de haber hecho asociaciones de ideas extravagantes o en las que nadie había reparado. Al fin y al cabo, estas son la materia prima de una obra artística o un razonamiento creativo.

 

De nuevo, «la creatividad no tiene que ver con un golpe de inspiración, sino que se trata de juntar ideas viejas con novedosas». Uno de los psicólogos más reputados que llegó a esta conclusión fue Sarnoff Mednick, quien definió la creatividad como «la formación de elementos asociativos en nuevas combinaciones que cumplen requisitos específicos o son de alguna manera útiles». Es como «jugar una partida de ajedrez», apunta en este caso Feldman. «Se han jugado millones de partidas, pero siempre hay que repensar las jugadas».

Busca la oportunidad

La ampliación de nuestro punto de vista hace que lluevan las oportunidades delante de nosotros, incluso aquellas más inverosímiles o en la que no habíamos llegado a reparar. Evidentemente, no todos los días aparecen y pueden ser muy escasas, pero en cada momento y situación puede aparecer una idea o conexión de ideas que no habíamos concebido aún. Tan solo hace falta estar atento y alerta para cuando estas aparezcan. Y entonces, no dudar

 

  1. Z.

 

Cómo una buena alimentación cuida tu salud mental

Más que la cantidad de sueño lo que realmente importa es la calidad, y es aún más importante que el ejercicio o la alimentación

 

¿Dormir las horas necesarias? ¿Tener una alimentación adecuada? ¿Realizar ejercicio regular? A la hora de hablar de salud mental, todos estos factores parecen fundamentales, pero, ¿hay alguno que prime por encima del otro? ¿Y realmente son tan fundamentales?

 

El mundo en el que vivimos, la rutina, la rapidez y el estrés al que nos encontramos sometidos y, por supuesto, el hecho de que aún se considere un tabú hablar de la salud mental desde luego no repercute positivamente en nuestro organismo. Especialmente ahora, con la pandemia, con la cual se han incrementado muchos problemas físicos, como dolores de cabeza, malestar de dentadura relacionado con el estrés o problemas de sueño.

 

Y en este último está la clave. Solemos escuchar aquello de lo importante que es dormir ocho horas dirarias, pero más que la cantidad lo que realmente importa es la calidad, más aún que el ejercicio o la alimentación, según un nuevo estudio de adultos jóvenes de investigadores de la Universidad de Otago en Nueva Zelanda, informa ‘Science Alert’.

 

El sueño, la actividad física y una dieta saludable pueden considerarse como tres pilares de la salu

 

Aunque se han realizado con anterioridad estudios que analizan lo que afecta más a nuestra salud mental, centrándose en un único factor, esta investigación considera tres factores de estilo de vida: sueño, dieta y ejercicio, en un análisis por comprender cuál tiene el mayor impacto en la salud mental entre los adultos jóvenes.

 

«El sueño, la actividad física y una dieta saludable pueden considerarse como tres pilares de la salud, que podrían contribuir a promover un bienestar óptimo entre los adultos jóvenes», explica la autora principal Shay-Ruby Wickham, de la Facultad de Medicina de Otago. «Si bien una extensa investigación ha demostrado los beneficios para la salud mental y el bienestar del sueño, la actividad física y la dieta como predictores individuales, la investigación que examina los tres comportamientos juntos … es limitada», argumentó. «Conocer la importancia de cada uno de estos comportamientos de estilo de vida, individualmente o en combinación entre sí, y el orden jerárquico de importancia puede dar la clave sobre la salud mental tanto a nivel poblacional como individual», añadió.

 

En el estudio participarón más de 1.100 adultos jóvenes de entre 18 y 25 años para comparar estos tres grandes factores de salud. A las personas que completaron la encuesta en línea entre 2018 y 2019 se les preguntó sobre su estado de ánimo y bienestar, dieta, ejercicio y hábitos de sueño. También informaron cuánto de bien se sentían normalmente después de despertarse cada mañana, (indicador de un sueño de buena calidad).

 

Comer porciones moderadas de frutas y verduras todos los días también se relacionó con un mejor bienestar, así como dormir hasta 10 horas por noche

 

Se eligieron adultos jóvenes porque mantener una buena salud mental y física no es fácil para ellos, que normalmente experimentan grandes cambios en sus rutinas diarias, patrones de sueño, demandas laborales, estilo de vida y situaciones de la vida en un momento crítico del desarrollo. Los participantes del estudio, que vivían en Estados Unidos y Nueva Zelanda, eran un grupo bastante heterogéneo: algunos consumían una dieta vegetariana o vegana y otros estaban tomando antidepresivos para tratar problemas de salud existentes.

 

La calidad del sueño fue la que superó a todos los demás como factor importante, aunque comer porciones moderadas de frutas y verduras todos los días también se relacionó con un mejor bienestar, así como dormir hasta 10 horas por noche. Los investigadores sugieren que los jóvenes deben priorizar el sueño de buena calidad, pero también enfatizan la importancia de comer bien y hacer ejercicio con frecuencia, ya que «la actividad física y la dieta son factores secundarios pero aún así significativos».

 

ACyV

 

Cómo ser resilientes sin caer en los tópicos de la industria de la felicidad

Nunca hemos necesitado ser tan resilientes como en este momento a raíz de la crisis del coronavirus. De ahí que haya que distinguirla del tan manido concepto de felicidad

Si hay una palabra que ha ido ganando peso en los últimos años hasta estar en boca de todos esa es «resiliencia«. No solo por su sonoridad verbal y significado tan amplio, que luego explicaremos, sino también como respuesta a una industria de la felicidad en declive que viene suministrada en base a libros de autoayuda y profesionales del ámbito de la psicología que venden humo y esperanzas a gente que lo está pasando mal a cambio de dinero. Este término ha ganado aún más vigencia e importancia este año, ya que nos hemos tenido que enfrentar a una grave crisis sanitaria mundial sin precedentes que ha puesto todo patas arriba. Y hasta la Unión Europea lo ha incluido en el nombre su plan de recuperación económica y social.

Pero, ¿qué es realmente la resiliencia? ¿Cómo podríamos definir esta capacidad que hace referencia a la idea de superación personal frente a la adversidad? ¿En qué se distingue del concepto de felicidad o de alegría? ¿Podemos ser más resilientes y esto a su vez está reñido con ser más felices? Selda Koydemir, una psicoterapeuta con sede en Londres, ha publicado un interesante artículo en ‘Aeon‘ en el que intenta despejar todas estas preguntas. «La resiliencia se define como la capacidad para hacerse camino con éxito y recuperarse de las circunstancias estresantes o situaciones de crisis», asevera.

 

No se trata de salir indemnes, sino también saber cómo hacerlo y ser conscientes de cuáles son los principios y valores que nos rigen

 

«No se trata solamente de la facultad de recuperarse y ya está, sino también encontrar un significado y un propósito a lo que hacemos, una autoconciencia de uno mismo y experimentar una mejora en la calidad de nuestras relaciones interpersonales», señala Koydemir. Por ello, no se trata solamente de salir indemnes de las amenazas, sino también saber cómo hacerlo y ser conscientes de lo que necesitamos y lo que no, de cuáles son los principios y valores que nos rigen así como las líneas rojas que no podemos cruzar.

¿Una capacidad hereditaria?

Uno de los aspectos más curiosos de la resiliencia es que la mayoría de las personas la poseen en mayor o menor medida. Al fin y al cabo, como seres vivos, nuestra más primera tarea siempre ha consistido en sobrevivir y coexistir con los demás, de ahí que llevemos impreso en nuestro ADN la facultad de sobreponernos a los problemas o conflictos, por muy grandes que estos sean. Lo que hay que considerar es la forma, pues no todas son buenas y algunas pueden engañarnos y, a pesar de hacernos salir del entuerto, meternos en otro al cabo del tiempo.

 

«La resiliencia consiste en estar en contacto con la adversidad, no mantener una actitud positiva todo el tiempo o huir siempre de las dificultades»

 

«La resiliencia también depende de los factores contextuales, es decir, los recursos sociales, sanitarios y económicos que tenemos a nuestra disposición«, explica la psicoterapeuta. Esta es una de las diferencias que guarda respecto al concepto de felicidad, ya que esta última tiene un sesgo individualista que también es precisamente una de las razones por las que cuesta tanto alcanzar, como una especie de promesa inalcanzable que se nos vende. «Las personas que luchan por recuperarse de un hecho negativo en su vida pueden pensar que hay algo mal con ellos, lo cual no es cierto: el acceso a ciertos recursos externos es un factor importante en la capacidad de cualquier persona para mostrar resiliencia».

Otra de las diferencias respecto al concepto de felicidad es que la resiliencia habla de superación, pero eso no quiere decir que niegue o elimine los sentimientos negativos. En este sentido, la persona resiliente aprende a vivir con ellos y le sirven de aprendizaje. Por ello, otro de los engaños del dogma de la felicidad estriba en que es percibida como una meta, y no como un proceso largo y duradero en el que siempre hay recaídas y baches. Un estudio realizado a más de 200 viudos y viudas reflejó que la inmensa mayoría, incluso las más resilientes, seguían teniendo sentimientos de duelo. Por ello, la resiliencia no significa cerrar las heridas y que estas no vuelvan a sangrar, sino más bien saber sobreponerse a estas y, de algún modo, contar con recursos para curarlas en caso de que vuelvan a abrirse.

«Puede sonar paradójico, peroLa resiliencia consiste en estar en contacto con la adversidad, no mantener una actitud positiva todo el tiempo o huir siempre de las dificultades de la vida», concluye Koydemir. «A muchos de nosotros se nos enseña desde pequeños que debemos evitar los conflictos o el estrés que generan, y es cierto que la ansiedad es uno de los factores para desarrollar algún trastorno mental. Pero la exposición a cierto nivel de extrés te brinda el desafío para volverte más fuerte ante las dificultades, siempre que puedes sobrellevarlo. Si evitas con frecuencia los problemas, cuando surja una dificultad, no habrás desarrollado las habilidades necesarias para afrontarla». Cabe recordar aquí la mítica frase de Friedrich Nietzsche: «lo que no te mata, te hace más fuerte».

Zamorano

Qué es la resiliencia y por qué te ayuda a vivir mejor

Las personas resilientes no ven el estrés como algo incapacitante, sino como un desafío.

 

¿Qué hace que frente a un mismo problema haya personas que logren superarlo en poco tiempo y otras no? ¿O que ante una tragedia algunos individuos lo afronten, sean capaces de levantarse y seguir adelante? Existen muchos factores que contribuyen a inclinar la balanza hacia el lado positivo, entre estos, la resiliencia.

¿Y qué es eso de ser resiliente? Según la Real Academia Española (RAE) la resiliencia es la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos. Sin embargo, cuando entramos en el terreno de la Psicología hay que dar un paso más, la resiliencia no es solo adaptarse a una situación adversa, es además fortalecernos en esa circunstancia y sacar algo de la contrariedad.

En otras palabras, “es esa capacidad que tienen las personas de afrontar el estrés prolongado e intenso sin que les afecte de forma negativa e incluso les lleve a crecer como individuos”, explica Roger Muñoz, psicólogo clínico, profesor asociado de la Universidad de Valencia y portavoz del Colegio Oficial de Psicólogos de la Comunidad Valenciana.

Muñoz indica que las personas resilientes tienen una serie de características. Para empezar, disponen de más estrategias de afrontamiento de tipo cognitivo y conductual y como consecuencia, también tienen otras estrategias de regulación emocional, lo que provoca que transformen el malestar que genera el estrés de forma más constructiva.

Para continuar, se rinden menos ante los estresores y les hacen frente con tácticas más elaboradas. “Por ejemplo, en vez de reaccionar de forma automática ante una situación, ya sea tendiendo a que todo sea una catástrofe, o rumiando, aceptan el estrés y se focalizan en lo positivo de la situación No ven el estrés como algo incapacitante, sino como un desafío”, detalla el experto.

Por último, las personas resilientes experimentan todas las emociones de forma constructiva. “Vivimos en una moda que defiende el positivismo constante. Sin embargo, cuando hablamos de emociones positivas y negativas, estamos creando el mensaje de que una persona tiene que estar siempre alegre porque es bueno y agradable. Eso es un error muy grave”, advierte el experto. “Las emociones desagradables, como la tristeza, la ira, la culpa, son muy positivas si se regulan bien”.

¿Qué hacen en esas situaciones las personas resilientes? “Viven las emociones desagradables de forma natural. No es que siempre estén alegres ni que le sonrían a todo y, por tanto, gracias a esa alegría constante, que casi es patológica, puedan con todo. Experimentan las cosas como vienen, las aceptan y transforman de manera constructiva. Eso sería la regulación positiva: hacer algo constructivo tanto de las emociones agradables como desagradables”, especifica Muñoz, quien añade que los resilientes tienen mayor presencia de emociones positivas como son el optimismo, la alegría, la motivación alta, etc.

¿Todo es positivo?

 

A simple vista la resiliencia parece una capacidad positiva, pero si intentamos ubicarla en la sociedad actual, cada vez más individualista y donde el paradigma social y laboral clama por hacer a las personas cada día más resilientes para adaptarse al estrés del mundo en el que vivimos, cabe preguntarse si tiene tantas ventajas formar a las personas en este ámbito.

“Sí y no”, responde Muñoz. “La resiliencia es importante, pero con matices. No podemos vivir en una sociedad en la que tengamos que adaptarnos a todo. Además, tampoco podemos utilizar la resiliencia como una acusación, es decir, cada vez es más habitual que en los trabajos la carga laboral sea tan alta que los trabajadores no cumplan con esas expectativas elevadas y, en lugar de analizar si tiene demasiadas tareas, decimos que esa persona no es lo suficiente resiliente. Hay que ser conscientes de que hasta en los niveles de mayor estrés, las personas más resilientes se acaban quemando por mucho que formemos a las personas en esas capacidades”, hace hincapié.

Puntualizado este aspecto, que es importante tener en cuenta, el portavoz del Colegio Oficial de Psicólogos de la Comunidad Valenciana, señala que a nivel psicológico y personal hay personas que están en un mismo contexto, con un nivel alto de demandas y disponen de estrategias de afrontamiento que se pueden trabajar para evitar el síndrome de burnout.

En el otro lado de la balanza encontramos los puntos fuertes de la resiliencia. Trabajar esta capacidad puede ayudar a que las personas con altos picos de estrés no se hundan y que el mismo estrés les ayude a crecer. “Es lo que llamamos crecimiento postraumático. Todas las personas vamos a pasar a lo largo de nuestra vida por un momento de trauma (vamos a perder a una persona que queremos, algún trabajo importante, etc.). Pero el trauma deja de serlo cuando no nos hunde; pasaremos por la situación traumática, pero no se convertirá en trauma. Ahí es donde hemos visto que la resiliencia es un factor importante para ese crecimiento postraumático. Las personas resilientes ante estresores muy fuertes aceptan la situación y se convierten en mejores personas. En vez de dejarse llevar por la situación postraumática y convertirse en cínicos, que incluso pueden llegar a maltratar a otros directa o indirectamente, se convierten en personas más morales, más empáticas y más constructivas”.

Claves para mejorar la resiliencia

La resiliencia se puede entrenar. Para conseguirlo Muñoz da tres pautas que habría que trabajar:

  1. Experimentar las emociones desagradables y/o negativas de manera natural. Si no queremos tenerlas, las intentamos suprimir o negar provocamos un efecto rebote. “Es similar a cuando una persona dice: me quiero dormir que mañana tengo que madrugar y no se duerme”.
  2. Aprender de esas emociones. Al sentir esas emociones y ocasiones estresantes hay que buscar qué nos pueden enseñar, cómo podemos neutralizarlas hasta descubrir algo positivo. “Si perdemos un trabajo que nos gusta mucho, en lugar de recrearnos en la pérdida hay que mirar las dos caras de la moneda y pensar en la suerte que tuvimos de trabajar ahí, lo que aprendimos y lo que podremos aportar al siguiente puesto”, aconseja.
  3. Buscar el lado ético. Tras reinterpretar la situación de forma positiva viene el último paso para trabajar la resiliencia: darle un aspecto ético, es decir, buscar una solución que fomente la colaboración. “Las personas resilientes siempre aportan un aspecto ético a sus conductas. Son personas un poco más morales, ya que tras haber sufrido empatizan más con los que se encuentran en esa situación”.

¿Se puede aplicar la resiliencia en el día a día?

¿Sólo se puede ser resiliente ante tragedias o también con los pequeños estresores de cada día? Muñoz confirma que se puede aplicar en ambos casos. “Hay personas a las que les molesta cualquier tipo de estresor porque quizá no están aceptando la situación en la que se encuentran. A mis alumnos se lo enseño así: ¿alguna vez os habéis puesto a escribir unos apuntes de una asignatura que no os gusta? ¿A que la letra os sale bastante fea? Intentad hacerlo ahora escribiendo con la letra lo más bonita posibleos seguirá sin gustar, pero será más agradable”.

Y es que si lo aplicamos a las pequeñas molestias diarias, nos ayudará a ser más felices.

Mar Sevilla Martínez.

 

Dieta: Efecto placebo y nocebo, claras manifestaciones del poder de la mente

Cuando pensamos en la relación entre cuerpo y psique, nos encontramos con fenómenos sorprendentes. ¿Puede nuestra percepción de la realidad afectar a la respuesta fisiológica del organismo? Un nuevo estudio revela resultados inesperados

Que nuestro estado emocional o mental afecta a nuestro bienestar es algo indudable. No en vano, el estrés relacionado con el trabajo es considerado en la actualidad una de las principales causas de incapacidad laboral, afectando al 28% de los trabajadores. Y no solo en el ámbito laboral: la crisis del covid-19 ha puesto en valor la importancia del bienestar emocional para la salud.

Mente y cuerpo parecen indisolubles, aunque en ocasiones hagamos esa dicotomía. Y la relación es bidireccional: ahora sabemos de la conexión intestino-cerebro, y de cómo las sustancias que producen ciertas bacterias en el intestino son capaces de actuar como neurotransmisores a través de ese nexo de unión entre ambos órganos, el nervio vago.

Una simple sugerencia verbal puede desencadenar el efecto nocebo (dañino y adverso) de un tratamiento

Menos novedoso, pero más conocido es el efecto placebo. El entorno más común es el de los ensayos clínicos con fármacos, donde se administra un placebo (una pastilla sin el principio activo) al grupo control, y se observa sin embargo un efecto de la intervención. En realidad, aunque se llama placebo a la sustancia, realmente lo es la administración de esa sustancia dentro de un conjunto de estímulos sensoriales y sociales que le indican al paciente que está recibiendo un tratamiento beneficioso.

El poder de la mente

Pero también existe el efecto contrario, adverso y dañino, el efecto nocebo. Una simple sugerencia verbal puede desencadenar el efecto nocebo de un tratamiento. Así el efecto secundario de disfunción eréctil se presentó en el 31% de los pacientes que tomaron un betabloqueante para tratar su hipertensión arterial y que fueron advertidos, frente al 16% de aquellos a los que no se les comunicó este posible efecto secundario. Por otro lado, el bombardeo de información en medios de comunicación, internet y experiencias personales de otras personas puede desencadenar efectos nocebos, esto es algo que se ha demostrado con noticias negativas sobre las estatinas o las hormonas (hormonofobia), algo que sufro casi a diario en mi práctica clínica.

Un nuevo estudio publicado en la revista ‘Nature’ añade otro episodio más al supuesto poder de la mente sobre el cuerpo. El título del artículo ya lo dice todo: ‘El metabolismo de la glucosa responde más a la ingesta de azúcar percibida que a la real’. En este experimento, los investigadores comprobaron si, en sujetos con diabetes tipo 2, consumir dos bebidas idénticas en su composición (contenido de azúcar) pero con diferentes etiquetas (unas como altas en azúcar y otras bajas o light) podía afectar a los niveles de glucosa en sangre.

En realidad, la bebida facilitaba 62 calorías por cada consumición. Sin embargo, las etiquetas falsas indicaban o bien cero calorías, o bien 124. Y los resultados fueron sorprendentes: los niveles de glucosa en sangre a los 20 y 40 minutos fueron casi 20 mg/dl superiores en el grupo que creía consumir la bebida con más calorías. Además, la percepción de la cantidad de azúcar entre los participantes, pasó (en una escala de 1 a 5) de 2 en el grupo con la etiqueta baja en calorías a 4 en el grupo que vio la etiqueta alta en calorías.

Según los autores, las emociones y el estado mental se vinculan al sistema nervioso autónomo, específicamente las respuestas simpáticas o parasimpáticas a los niveles de glucosa en sangre. La percepción de ingerir una bebida con más o menos azúcar alteraría las señales en el páncreas, produciendo insulina de forma diferente y por tanto afectando a los niveles de glucosa en sangre.

Pensar antes de comer

Este trabajo se suma a otros anteriores que han demostrado la relación entre el estado mental, el consumo de alimentos y energía, y el peso corporal. En una investigación, cuando las camareras de piso que trabajan en hoteles percibieron su trabajo como un tipo de ejercicio, se produjo pérdida de peso, índice cintura-cadera, y una bajada de la tensión arterial, con respecto al grupo control. Otro estudio facilitó un batido etiquetado como alto o bajo en calorías, y midió la grelina, una hormona relacionada con el hambre; sus niveles estuvieron más relacionados con la percepción de los participantes que con la composición nutricional de las bebidas. Incluso, otro experimento demostró que cuando los participantes consumían una dieta imaginariamente baja en calorías, a pesar de ser realmente ajustada a sus necesidades energéticas, se produjo una importante pérdida de peso.

Todos estos resultados indican que la anticipación a la ingesta de alimento desencadena procesos metabólicos y endocrinos que afectan a cómo nuestro cuerpo procesa la energía que contienen. Y de nuevo ponen de manifiesto cómo el estado mental puede afectar a la respuesta biológica, de una forma medible con marcadores en sangre como los niveles de glucosa.

Pero donde tal vez podamos encontrar ejemplos más sorprendentes es en la ciencia del dolor. Un ensayo publicado en el ‘New England Journal of Medicine‘ comparó el efecto sobre el dolor de rodilla provocado por la artrosis, del tratamiento quirúrgico convencional o de una cirugía placebo: artroscopia sin intervención, de forma que el paciente pensaba que había sido operado. En dos años de seguimiento, los resultados de dolor y capacidad en el grupo de la cirugía placebo fueron iguales, o incluso mejores en algunos casos, que los pacientes de los grupos que recibieron otros dos tratamientos quirúrgicos convencionales.

No hay dolor

Curiosamente, el autor de este estudio comparte apellido con un prominente investigador de la ciencia del dolor: Moseley. Uno de sus artículos, con el sorprendente título ‘El efecto analgésico de cruzar los brazos’, demuestra como el simple hecho de cruzar las manos, al otro lado de la línea media del cuerpo, dificulta la localización cerebral de un estímulo doloroso en las manos y, por tanto, resulta en un efecto analgésico.

De algún modo, se trata de un proceso relacionado con el alivio del dolor del miembro fantasma que se produce en amputados cuando visualizan la imagen en un espejo de su miembro sano, reemplazando aparentemente el que falta. O ese juego de niños en el que entrecruzamos las manos dándoles la vuelta para que luego nos pidan que movamos tal o cual dedo; fallamos en un buen número de veces porque nuestro cerebro no es capaz de localizar adecuadamente su posición.

Una reciente revisión sobre los efectos placebo y nocebo publicada en el ‘New England Journal of Medicine’ resalta la importancia de la empatía entre médico y paciente. Se ha visto que una buena empatía entre ambos potencia los efectos placebo y reduce los efectos nocebo, y sugiere a los profesionales de la salud capitalizar el efecto placebo de una manera no paternalista describiendo las intervenciones terapéuticas de forma realista y positiva, más que escéptica y negativa y conociendo las expectativas del paciente. Por ejemplo, explicar el porcentaje de pacientes que no tienen efectos secundarios en vez de los que lo tienen reduce la incidencia de estos efectos adversos.

El cerebro es uno de los grandes misterios a los que la ciencia no ha podido acceder por completo. Que nuestro estado emocional o mental, la información que recibimos y nuestros prejuicios afectan a nuestro bienestar, es algo que todos sentimos e intuimos. Pero todavía nos queda mucho para comprender cómo nuestra percepción de la realidad afecta a la fisiología de nuestro organismo; son muchas las fronteras inexploradas que expliquen multitud de observaciones sorprendentes. Y, sobre todo, cómo podemos manipular esa percepción para conseguir resultados positivos. Si creer que nuestra dieta es baja en calorías, aunque no lo sea, o que hacemos más ejercicio del que realmente hacemos, puede hacer que perdamos peso, tal vez tengamos en nuestra mano otra herramienta para manipular en nuestro beneficio la salud real.

 

Ángel Durántez Prados es doctor en Medicina y Cirugía. Titulado en Age Management Medicine en EEUU, es pionero en su aplicación en España.