Social: ¿Tenemos una personalidad fija y definida o en realidad cambia con  el paso del tiempo?

En los inicios de año siempre tendemos a hacer balance y preguntarnos cómo nos gustaría ser. ¿Eres de los que piensa que la gente nunca cambia o por el contrario lo hace muy fácilmente?

En estos inicios de año, tanto como en los finales, todos nosotros hacemos un repaso y su consiguiente prospectiva de nuestra vida. Las cuestiones a analizar es cómo hemos cambiado, qué nos ha hecho estar donde estamos y, por supuesto, dónde queremos dirigirnos. Podríamos decir que hay dos clases de personas en el mundo: aquellas que tienden a cambiar en un período de tiempo muy corto o muy largo, y aquellas que parece que no van a hacerlo nunca. Hoy hablaremos si en verdad hay algo que determina tu manera de ser y estar en el mundo o bien todo es una impostura y, en realidad, seguimos siendo los mismos que éramos antes a pesar de todo.

El debate está abierto y cada experto tiene su teoría. Benjamin Hardy, un prestigioso psicólogo estadounidense, cree que efectivamente los hechos que atravesamos y nuestra manera de responder a ellos acaban deparando cambios en nuestra forma de ser. En su reciente libro, ‘Personality Isn’t Permanent’ («La personalidad no es permanente»), sostiene que en absoluto poseemos una serie de características fijas en nuestra manera de actuar o de ser. Para él, la personalidad es un conjunto de habilidades que se pueden ir aprendiendo con el tiempo y que acaban modificando «nuestras actitudes y comportamientos constantes, la forma en la que nos presentamos a distintas situaciones», alega en una entrevista concedida a ‘The Guardian’.

 

«Al ver la identidad como fija, la imaginación y la voluntad de cambiar queda atrofiada. No es que no podamos, es que no creemos que podamos hacerlo»

 

Hardy distingue entre personalidad e identidad. Esta segunda alude a la manera en la que elegimos definirnos a nosotros mismos como personas. Por ello, la personalidad sería «el nivel superficial», es decir, la actitud que se deriva de la identidad. Hay que tener en cuenta, llegados a este punto, que vivimos en una sociedad posmoderna la cual siempre está añadiendo etiquetas nuevas a maneras de ser y de estar en el mundo. Afortunadamente, ya no vivimos en una época en la que había una serie de preceptos firmes en los que estar de acuerdo sí o sí, como por ejemplo podía ser la España de la dictadura franquista. Es por ello que tanto por acción de la moda como de la industria del espectáculo, acabamos amoldándonos a ciertas conductas que creemos que encajan mejor con nuestra identidad, por lo que al final la personalidad sí que tiene un rasgo voluntario y no accidental.

 

«La mayoría de la gente tiende a definir demasiado su yo actual», asevera el psicólogo. «Si dices ‘soy tímido’, ya te estás etiquetando de cierta forma. Y debido a que la identidad de la mayoría de las personas se ve como fija, su imaginación y voluntad de cambiar queda bastante atrofiada. No es que no podamos cambiar, es que no creemos que podamos hacerlo».

Asentarse en los 30

William James, uno de los grandes padres fundadores de la psicología, defendía la teoría de la que la personalidad acaba solidificándose y haciéndose fija a la edad de 30 años. ¿Demasiado tarde para cambiar? «Cuando llegas a esa edad ya te ha dado tiempo a establecer una trayectoria vital y buscas asentarte en una carrera o formar una familia, por lo que acabas haciendo menos ‘nuevas cosas'», opina Hardy. «Si estás probando cosas nuevas, tu personalidad seguirá cambiando porque estás en tu zona de confort. La gente deja de experimentar con ellas no porque no puedan, sino porque han acabado encaminándose hacia otras cosas».

 

Si apuntamos hacia algo solo tenemos que repetir una y otra vez aquello que nos lleva en esa dirección hasta que se haga natural

 

Obviamente, si tu vida da un giro de ciento chenta grados, es muy posible que te veas impelido a cambiar a la fuerza. Pero si nunca sales de tu zona de confort, ya sea porque tienes las cosas muy claras o por puro miedo, es posible que acabes repitiéndote ese mantra tan conocido de «yo soy así, así seguiré, nunca cambiaré…», como decía la canción. En este sentido, y partiendo del tono de la canción escogida, todo dependerá también del nivel de orgullo que sientas hacia ti mismo y hacia tu vida. Pero, ¿qué ocurre si por el contrario no nos gusta nada cómo somos y por más que intentamos dar un cambio este no sucede? Aquí se halla el problema.

Hardy afirma que lo primero que hay que hacer es intentar imaginar la persona que nos gustaría ser y los rasgos que la definirían. Es lo que él llama una «práctica deliberada», la cual se refiere a un proceso de repetición consciente, es decir, si apuntamos hacia algo que queremos alcanzar solo tenemos que repetir una y otra vez aquello que nos lleva en esa dirección hasta que, de alguna forma, se haga natural. Por ejemplo, si crees que eres muy despistado, deberías empezar a pensar en trucos que te ayuden a sobreponerte a tu empanamiento, tanto como si crees que deberías ser más trabajador y menos holgazán forzarte a ti mismo a tener diligencia hasta que esto se convierta en rutina. Pues, al final, somos animales rutinarios que acaban interiorizando una serie de procesos.

 

No hay que confundir aquí los sueños frustrados con la personalidad. A todos nos gustaría tener más éxito y triunfar en nuestros propósitos, y en parte la personalidad es uno de los factores que condiciona que estos se cumplan. Pero también influyen muchas otras cosas, como viene a ser la suerte o el nivel de dificultad del objetivo que queremos cumplir. Hay que ser realistas y tampoco apuntar hacia la perfección, pues esta no existe. Y tú, ¿eres de los que piensa que la personalidad sí que puede cambiarse con el tiempo y que gracias a esto podemos avanzar e ir a mejor?

 

  1. Zamorano

 

Cómo superar el aburrimiento y usarlo para encontrar el sentido a tu vida

¿Has empezado el año y aún no sabes a qué lo quieres dedicar ni de dónde sacar el ánimo? Hoy hablamos sobre el tedio o el hastío, dos grandes afecciones del mundo contemporáneo

 

Desde que comenzó la pandemia, muchas personas se han visto en la tesitura de tener que llenar su tiempo con lo que sea. Cuando antes la rutina apenas dejaba espacio para el tiempo libre, nos tuvimos que quedar en casa y pasar más horas con la familia, nuestros convivientes o en soledad con nosotros mismos. ¿Hemos aprendido algo de esta experiencia? Ahora, recién entrado el 2021 y con la crisis sanitaria todavía pendiente de resolver, tal vez hayamos desarrollado ciertas habilidades con las que antes no contábamos. Evidentemente, a nadie le gustaría tener que volver a vivir otro confinamiento tan severo como el de marzo de 2020, pero en caso de que así fuera, la perspectiva no sería tan dramática como la de hace un año. Como decía un filósofo, «lo que no te mata, te hace más fuerte».

Muchos sociólogos y expertos insistieron en la impotancia de aburrirse durante el parón general. Una realidad tan paradójica como real: no hacer nada también necesita práctica y ensayo, mentalidad y disposición, voluntad y aplomo. A la mayoría le gustaría pensar que es un experto en el noble arte de hacer el vago o frente al hecho de no saber qué hacer con su tiempo libre. Al fin y al cabo, la industria del entretenimiento ha evolucionado muchísimo con el paso de los años y siempre hay una serie nueva que ver o un videojuego de última generación al que jugar. Pero en caso de no disponer de todas estas herramientas para pasar el tiempo, ¿qué haríamos durante tantas horas y horas mirando a la pared?

 

«La apatía es la ausencia de cualquier deseo; el aburrimiento implica un deseo desesperado de hacer algo, pero nada parece encajar»

 

«Aburrirse es besar a la muerte», decía el escritor Ramón Gómez de la Serna en una de sus greguerías. Y llegados a este punto habría que distinguir, en primer lugar, los tipos de aburrimiento que hay para entrar a hablar de cada uno de ellos, pues no todos son iguales ni tan terribles. Existen palabras que en muchas ocasiones se utilizan como sinónimos de estar aburrido: tedio, apatía, hastío… Ambas nos remiten a grandes temas de la literatura contemporánea, pues uno de los primeros hombres de letras en dar la importancia que se merece a este sentimiento generalizado entre los ciudadanos del mundo moderno fue el francés Charles Buadelaire en su obra fundacional ‘Las flores del mal’. Pero hay pequeñas diferencias de significado entre ellas.

Un anhelo vacío

«La apatía es la ausencia de cualquier deseo; el aburrimiento, por el contrario, implica un deseo desesperado de hacer algo, pero nada parece encajar», afirman James Danckert y John Eastwood, dos profesores estadounidenses especializados en el ámbito de la psicología, en un reciente artículo publicado en la revista ‘Aeon‘. «También es incorrecto pensar que el aburrimiento es una forma de frustración, puesto que esta surge cuando se ve frustrada la búsqueda de objetivos. El aburrimiento, en primer lugar, es el anhelo de tener una meta a la que llegar. Cuando estás aburrido, sea lo que sea que estés haciendo no te satisface, pero en el fondo de ti tan solo deseas estar comprometido con algo o buscar urgentemente una actividad que satisfaga tu profunda inquietud».

¿Qué sucede realmente cuando nos encontramos aburridos? Dankert y Eastwood aseguran que se produce una incomodidad con nosotros mismos que remite a lo que se conoce como una «crisis de agencia». Si además nos afanamos cada vez más en la desgracia de vernos en esta circunstancia vital, estaremos más lejos de salir nuestro estado. Es decir, el aburrimiento tiende a reproducirse a sí mismo. «Te has vuelto pasivo y estás dejando que la vida te suceda: no estás estableciendo metas ni apuntando hacia ellas», explican. «No estás comprometido con nada. Y de hecho, es bueno sentirse incómodo, pues así te darás cuenta de la difícil situación a la que te estás enfrentando».

Por tanto, hay que tener algo en cuenta. No es que tengas que hacer algo diferente para mitigar el tedio, sino experimentar un cambio en la conexión que tienes con el mundo de tu alrededor. Es aquí cuando esa incomodidad puede transformarse en inquietud, dando rienda suelta a tu curiosidad, creatividad y pasión. ¿Qué hacer para conseguir tomar de nuevo las riendas y apuntar hacia algo? ¿Cómo salir del aburrimiento y reconectar con nosotros mismos y el mundo? A continuación, veremos algunos consejos ofrecidos por Dankert y Eastwood.

Lo primero: tranquilízate

La crisis de agencia trae consigo una agitación interior de querer avanzar pero no saber cómo. Por ello, lo primero que deberás hacer para superarla y vencerla es hacer las paces contigo mismo. «Unas cuantas respiraciones profundas podrían ayudarte a sentirte menos amenazado y estancado», aseguran los psicólogos. «También puedes intentar liberar esa incomodidad a través de la actividad física con algo tan simple como salir a caminar». Se trata de un consejo o remedio muy típico para paliar los sentimientos de ansiedad o depresión, que sin duda también vienen ligados al aburrimiento, pues las personas que los padecen suelen ser propensas a sentir el tedio atenazando sus vidas.

Acepta el aburrimiento

«Si te quedas atrapado en sentimientos de desdén y rechazo hacia el tedio solo te hundirás más profundamente en sus arenas movedizas», recuerdan Dankert y Eastwood. «Intenta aceptar el aburrimiento por lo que es. Para ello, pasa más tiempo en la naturaleza o habla con amigos para que ayudarte a recuperar la perspectiva y dejar de lado esa posición hostil contra el mundo.

Reflexiona sobre tus próximos objetivos

Tras conseguir calmarte y aceptar la situación, trata de concentrarte en cuáles serían las posibles recompensas para hacer lo que haces. «Tan solo basta con una pequeña pizca de emoción o entusiasmo para mantener al aburrimiento contra las cuerdas», aseguran los psicólogos. «La agencia consiste en actuar en el mundo en función de tus deseos e intenciones». En este sentido, aprovecha el tedio para pensar y reflexionar sobre ti mismo y la vida que has llevado hasta entonces.

Aunque sientas que no te apetezca, siempre merece la pena echar un vistazo a tu proceso vital hasta el momento presente. Un buen consejo podría ser llevar todos estos pensamientos al papel. Escribe y medita sobre quién eres y qué haces aquí, cuáles son tus puntos fuertes, los mejores momentos que has pasado y también los malos y cómo conseguiste sobreponerte a las dificultades. A fin de cuentas, hay mucho sobre lo que reflexionar. Y una vez lo hayas hecho, ya no tendrás más excusas: llegó la hora de actuar.

 

  1. Zamorano

 

La psicología de lo 'kawaii': así penetra en nuestra mente todo lo cuqui

Ante las inmensas dificultades que hemos vivido en el pasado 2020, si hay algo que ha tenido un gran auge ha sido la estética que alude a lo bonito y tierno: ¿A qué se debe y qué efectos produce?

 

Seguramente uno de los regalos estrella de estas navidades haya sido un peluche o accesorio de Baby Yoda. Este protagonista de la serie ‘The Mandalorian’ se hizo un hueco en nuestros corazones por sus ojos saltones y orejas puntiagudas, inspirando ternura y devoción, tanto a niños como a mayores, llegando a nuestras vidas en un momento muy complicado a nivel colectivo como fue la cuarentena de marzo por la pandemia de coronavirus, fecha en la que se estrenó dicha serie. Desde entonces, ha estado presente día sí y día también en el ‘timeline’ de redes sociales como Twitter o Instagram, inspirando memes y bromas entre los usuarios.

Al fin y al cabo, el Baby Yoda es solo la punta del iceberg de lo que podríamos llamar estética ‘kawaii‘, la cual alude a todo aquello que nos resulta adorable, mono o cuqui. Hay infinidad de adjetivos para describir la sensación que sentimos al ver esos ojos vidriosos del personaje creado por Disney, así como también por cualquier gato o perro que nos resulte atractivo visualmente, trastocando nuestra sensibilidad humana. ¿A qué se debe esta sensación de ternura por este tipo de seres animados o inanimados y a qué responde?

 

«En una sociedad madura y a menudo estresada, la gente busca algo que le reconforte, algo tierno y suave que pueda calmarlos»

 

Uno de los aspectos más llamativos de la explosión mediática del Baby Yoda es, como decíamos, que llegó en el peor momento posible, cuando peor lo estábamos pasando a nivel emocional por la pandemia de coronavirus. Tal vez ahí resida la eficacia de su impacto en la sociedad y en la cultura, debido a esa necesidad imperiosa y subliminal de desconexión de todo el caos y frustración originados por la crisis sanitaria. Y más aún cuando el clima que se respiraba (y respira) en redes sociales era de lo más asfixiante, ya sea por las malas noticias que no parábamos de recibir como por los habituales choques entre diferentes posturas ideológicas enfrentadas de la forma más hostil.

Un sentimiento de protección

Así lo reconoce un interesante artículo de la revista ‘Wired‘ que analiza el fenómeno del ‘kawaii’ dando por sentado que nunca hemos sentido tanta afición por esta estética como en el pasado 2020. En cierto sentido, se trata de un sentimiento que emerge en nosotros y que no es nada nuevo, puesto que también lo experimentamos en situaciones cotidianas como por ejemplo cuando vemos a un bebé o a una mascota que nos resulta adorable. Evidentemente, se trata de una corriente puramente visual, pues nos entra directamente por los ojos, de ahí que sea tan fácil de inocular a través de redes sociales. Pero a un nivel psicológico más profundo, ¿cuáles son los efectos y afectos que se desatan cuando presenciamos algo ‘kawaii’?

 

«La ‘ingeniería de lo cuqui’ aprovecha las emociones positivas para motivar, involucrar y dar forma al comportamiento del consumidor»

 

Hiroshi Nittono, directora del Laboratorio de Psicofisiología Cognitiva de la Universidad de Osaka, es una de las personas que más han investigado a nivel científico cómo funciona este fenónemo. Ya en 2012 publicó un estudio en el que demostró cómo el ‘kawaii’ puede tener un fuerte impacto en nuestro comportamiento y manera de ver el mundo. «Ver imágenes de animales bebés genera una motivación extra para actuar con ternura y responsabilidad para protegerlos», asegura la investigadora. «Esta idea se basa en que las entidades débiles o indefensas pero cuquis desencadenan una actitud de cuidado en el espectador. No solo nos hacen sentir protectores, sino que también más concentrados, presentes o atentos».

Según Nittono, la ternura que experimentamos ante el ‘kawaii’ genera un estímulo positivo en las personas que es similar a la actitud de ‘acercamiento’ que nos permite enfocarnos en procesos cotidianos que requieren toda nuestra atención y cuidado, como conducir o cocinar. Este efecto psicológico no cae en saco roto para las industrias del entretenimiento, la tecnología o la publicidad. Precisamente, si hay algo que tienen en común estas tres es la finalidad de despertar una respuesta de atención en el consumidor. De ahí que todas ellas acaben recurriendo a la estética ‘kawaii’ para crear y desarrollar sus productos.

«Es una forma de aprovechar los sentimientos y emociones positivas para motivar, involucrar y dar forma al comportamiento del usuario de una manera positiva», asegura Owen Noel Newton Fernando, profesor titular de la Universidad Tecnológica de Nanyang, en Singapur. «A veces, la ingeniería cuqui, como lo llaman muchos investigadores, es mínimamente sutil como para hacerse obvia. Los programadores de robots la usan, sin ir más lejos, en el campo de la robótica: cuanto más mono sea el robot, más humanos querrán interactuar con él».

En todas partes

Lo mismo sucede con los móviles o las fundas que lo recubren. Desde hace unos años, los productos tecnológicos que usamos pueden personalizarse de acuerdo a aquello que más ternura nos dé o sentimientos de cuidado y protección. Hasta el propio fondo de pantalla de los chats o la inmensa cantidad de filtros que tenemos para elegir según cómo queramos adornar las fotos que subimos a las redes sociales.

 

Vivimos en una época en la cual importa más el aspecto, lo superficial, que el valor real de la experiencia de uso

 

El ‘kawaii’ está por todas partes. Esta suerte de ‘capitalismo cuqui’ ha penetrado tanto en nuestras vidas y en la forma que tenemos de mirar el mundo que nosotros sin querer o por defecto también somos parte de él y le damos forma. Atrás quedaron los productos sobrios y sencillos pero útiles que jamás se estropeaban. Vivimos en una época en la cual importa más el aspecto, lo superficial, que el valor real de la experiencia de uso.

«En una sociedad madura y a menudo estresada, la gente comienza a buscar algo que le reconforte, algo tierno y suave que pueda calmarlos», asegura Nittono con lucidez. No sabemos si esta tendencia proseguirá en el futuro y surgirán más criaturas fantásticas en formato bebé de ojos grandes y semblante tierno, pero lo que sí es seguro es que los consumidores y usuarios necesitarán cada vez más de ese descanso mental y emocional que nos proporciona esta estética frente a una vida en la que los trastornos mentales y afectivos, como bien pueden ser la ansiedad o la depresión, se hacen más frecuentes.

 

Enrique Zamorano

 

Cómo afrontar estas Navidades 'el síndrome de la silla vacía'

Se trata de la sensación de ausencia tras la pérdida de un ser querido que se hace más tangible en fechas señaladas

 

En estos días nos vamos a enfrentar a las Navidades más extrañas de nuestra vida. Las familias no se podrán juntar como tradicionalmente, desaparecen los reencuentros con los amigos y en muchas mesas la ausencia de un familiar no se podrá solventar con una videollamada. La pandemia del covid-19 ha segado miles de vidas en nuestro país desde marzo y muchos hogares tendrán que enfrentarse al ‘síndrome de la silla vacía’.

Este síndrome es “la sensación de ausencia tras la pérdida de un ser querido que se hace más tangible en fechas señaladas como las fiestas navideñas u otras reuniones sociales de mucha importancia simbólica para nuestra sociedad”, explica a El Confidencial el psicólogo especialista en duelo, José González Fernández.

González lleva 18 años acompañando a dolientes en procesos de duelo y formando a profesionales psicosociosanitarios en España. El coordinador y psicoterapeuta de Apertus Psicólogos ha trabajado con más de 18.000 dolientes, de manera individual, grupal o supervisando grupos de duelo y trabajando en más de 200 hospitales.

El psicólogo explica que en estas fechas se puede acrecentar este sufrimiento por la ausencia de un ser querido porque “son fechas donde al sentimiento de pérdida se le une el de audiencia”. “Los seres humanos somos una especie eminentemente social, necesitamos a los otros para poder subsistir, necesitamos también ciertos rituales para poder entender el paso del tiempo y nuestra pertenencia al grupo, a la familia. En Navidad, volvemos a conectar con nuestro orígenes, con nuestra familia, reseteamos el año y valoramos lo que y a quién tenemos y quién falta”, desarrolla.

La pandemia lo acrecienta

“La pandemia nos ha privado o dificultado los rituales de despedida. También nos ha impedido, participar en el cuidado de nuestros familiares, estos dos factores correlacionan con duelos más complicados y fases de negación y culpa más intensas y prolongados”, apunta el experto en duelo.

 

“Nuestra sociedad es tanatofóbica, no queremos mirar, no aceptamos la muerte. Si tenemos mayores alrededor podemos expresarles lo que sentimos por ellos. Lo que queremos agradecerles para que no nos queden asuntos pendientes, que es lo que normalmente se trabaja en terapia cuando no se ha podido tener esa última conversación”, añade.

Cómo afrontar el ‘síndrome de la silla vacía’

El psicólogo especialista en duelo transmite una serie de consejos para podar enfrentarse al ‘síndrome de la silla vacía’ esta Navidad:

  • Permitirte conectar con las emociones desagradables aparejadas al proceso de duelo, negación, rabia, ira, envidia, tristeza, etc. Las emociones no son negativas, son desagradables pero útiles.
  • Darle cabida a que cada miembro del sistema familiar, incluidos los niños, puedan expresar qué sienten,sus temores, dudas y anhelos hacia la persona que ha fallecido. Darle cabida, espacio y voz al duelo.
  • Recomienda el libro ‘El duelo: crecer en la pérdida’ (RBA, 2020), escrito durante la pandemia y con multitud de ejercicios para elaborar y acompañar en procesos de duelo.

 

 

Fran Sánchez Becerril

 

Se te olvidan mucho las cosas? Esto es lo que tienes que hacer

Una de las secuelas psicológicas del estrés generado por la crisis sanitaria es la ‘niebla mental’. Un grupo de expertos aportan consejos para saber afrontarla

 

Seguramente este otoño te hayas sentido un poco más despistado de lo normal. Incluso, has tenido una dificultad añadida para concentrarte, aunque fuera una actividad tan cotidiana como ver una película o una serie. Se trata de uno de los síntomas psicológicos que más se están reportando después de haber pasado ya casi un año de pandemia. ¿La causa? Muy posiblemente se deba a los episodios de estrés generados por la crisis sanitaria, según reconocen de forma mayoritaria un grupo de expertos psicólogos en un artículo de la revista ‘Prevention‘.

«Estar agotado mentalmente crea toxinas que pueden acumularse en el cerebro y afectar a tu capacidad para concentrarte», asegura Sandra Bond Chapman, directora del Centro de Salud Mental de la Universidad de Dallas. «Todos hacemos cosas que desgastan la capacidad del cerebro y luego nos preguntamos por qué no estamos tan lúcidos como de costumbre. Cuando nos sentimos cansados físicamente, solemos descansar, pero cuando el cerebro está cansado, la respuesta es que tendemos a esforzarnos más».

 

«Al dormir, el cerebro revisa nueva información y consolida la antigua, de tal forma que genera una memoria a largo plazo más estable»

 

Pero a un nivel biológico más profundo, ¿cuál es la causa principal de que suframos lo que se conoce como ‘niebla mental? «De los billones de neuronas que hay en el cerebro, solo de 10.000 a 20.000 secretan un neuropéptido llamado orexina que nos mantiene despiertos y en alerta», explica por su parte Gayatri Devi, neurólogo de la Universidad de Nueva York. «La buena noticia es que estamos programados para mantenernos atentos, es lo que nos ayuda a reaccionar tan rápidamente a cualquier imprevisto de nuestro entorno».

Aunque esta falta de atención general no está en la lista oficial de síntomas de coronavirus, sí que es cierto que la niebla mental puede ser provocada si estamos contagiados. «Es especialmente común en las infecciones que afectan al sistema respiratorio superior, ya que la reducción del flujo de oxígeno al cerebro y la fiebre pueden provocar deterioros cognitivos«, asegura Devi. A continuación, veremos cuáles son las principales causas por las que se nos olvidan tanto las cosas.

Cuando percibimos que estamos ante una situación altamente exigente, el cerebro humano debe adaptarse de inmediato a la tensión, por lo que segrega una cascada de hormonas y neuroquímicos para ellos. Pero evidentemente, este cóctel hormonal solo se genera durante un tiempo limitado, de ahí que rápidamente se agotan. El cerebro de repente siente que ya no tiene que generar más hormonas, por lo que cesa de inmediato en su empeño, y entonces pasamos al estado contrario, en el que la situación de alerta ha cesado y no somos capaces de concentrarnos ni estar atentos.

El papel del hipocampo

Cuando el estrés se vuelve crónico, el cerebro permanece en modo de protección y no recibe el mensaje para desconectarse. Por ello, el hipocampo (el área encargada de recibir nueva información y almacenarla en la memoria a largo plazo) se cansa y, con el tiempo, sus células comienzan a morir, haciendo que esta parte de la mente ‘se encoja’ y generando confusión mental.

Otra de las posibles causas es no dormir lo suficiente, ni tan bien como nos gustaría. Efectivamente, como te habrás podido imaginar esta es una de las causas más probables de que seas incapaz de recordar a corto y largo plazo. No obtener suficiente cantidad ni calidad de sueño provoca que tu cerebro no tenga la capacidad de gestionar y almacenar toda la información que ha recibido. «Al dormir, el cerebro revisa nueva información y consolida la antigua, de tal forma que genera una memoria a largo plazo más estable», admite el psicólogo. «Es cuando los detalles innecesarios se borran de la mente».

Toma el control del estrés

Aunque parece muy fácil decirlo pero muy difícil llevarlo a cabo, hay una serie de estrategias y técnicas para relajarse cuando nos sentimos nerviosos y ansiosos. Desde ejercicios de respiración hasta prácticas como el yoga son muy útiles para combatir al estrés cuando estamos agobiados. Del mismo modo, otro método es saber reconocer el motivo por el que te sientes tan nervioso para así desarrollar maneras de afrontarlo.

Establece una rutina de sueño

Al principio te costará coger un horario, pero en el momento en que te acostumbres, ya irá rodado. Una de las mejores técnicas es evitar echarse la siesta. Esto, además, evitará que nos despertemos cuando ya es de noche, lo que mejorará nuestro estado de ánimo y por tanto nuestra concentración. También hay que establecer una serie de hábitos saludables para antes de dormir: nada de revisar nuevas notificaciones en el móvil una vez nos hayamos metido en la cama. En su lugar, apuesta por una actividad relajante como leer un buen libro.

Haz más ejercicio

Lo que repercute positivamente en tu corazón, también lo hace en tu mente. Al fin y al cabo, más del 40% de la sangre de tu corazón circula por la cabeza. Por ello, si tu corazón no bombea la sangre de forma adecuada, tu cerebro no obtendrá el suficiente oxígeno como para estar más atento y memorizar más las cosas. Además, el ejercicio físico también mejora tu estado de ánimo y reduce el estrés.

 

ACyV

 

La curiosa relación entre los propósitos vitales y los sueños

¿Alguna vez te has despertado y has recibido una especie de ‘llamada’? No eres el único, pues a diversas personas en la historia ya les pasó y redirigieron su vida

 

La mayoría de los profetas que aparecen en la Biblia recibieron la llamada de Dios en los sueños. Pero seguramente también multitud de músicos y artistas hayan soñado de repente con que componían la que sería la pieza cúspide de su carrera. Incluso los hermanos Estopa, que en aquella famosa canción recibían la llamada del ‘del medio de Los Chichos’ para llevar la rumba a todas partes.

Los sueños están conformados por nuestros más inconfesables deseos, nuestras más anheladas aspiraciones y también por nuestros mayores temores y miedos. ¿Qué ves cuando cierras los ojos todas las noches? Cuando tienes un problema que quieres resolver o tienes que tomar una decisión respecto a un tema piensas: «lo consultaré con la almohada». Y es cuando se apaga la luz y nos dejamos mecer en los brazos de Morfeo cuando sentimos la llamada y aquello que más necesitamos o queremos aparece.

 

«Es como si el sueño permitiera al individuo ser poseído por algún propósito primordial y diera objetivo a su existencia»

 

De ahí que el término ‘sueño’ también se asocie con el de ‘propósito’, ‘meta’ u ‘objetivo’. Patrick McNamara, neurólogo de la Facultad de medicina de la Universidad de Boston y escritor de varios libros sobre los sueños, ve clara esa asociación entre propósitos vitales y mundos oníricos, afirmando que en muchas ocasiones es el inconsciente quien guía nuestros más privados anhelos. «La mayoría de las veces se siente como un verdadero propósito o misión si se recibe en un sueño», afirma en un artículo publicado en ‘Psychology Today’.

Incluso, «los efectos sobrenaturales de la llamada o sensación de ser enviado por alguien superior se experimenta con mayor frecuencia cuando nos llega a través de un sueño», recalca, refiriéndose a los pasajes bíblicos en los que los ángeles visitan a los profetas. «La potencia de cumplir ese sueño y hacerlo real radica de la experiencia de haber sido enviado: recibir la delegación de un poder superior para realizar algún tipo de servicio».

«Este ‘poder superior’ puede sentirse como una especie de deseo irreprimible, silencioso y persistente de cara a corregir un error, crear una obra de arte o de liderar a un grupo de personas», recalca McNamara. «O tal vez tener éxito donde otros han fallado. También puede servir para fines más nefastos, como objetivos religiosos o fanatismos religiosos. Es como si el sueño permitiera al individuo ser poseído por algún propósito primordial y diera objetivo a su existencia».

La sombra del inconsciente en el mundo

Los sueños son tan misteriosos como los propósitos vitales que pueden aparecen en ellos. Pero aún es más llamativa la posibilidad de dejarnos llevar por ellos y acabar cumpliéndolos, o simplemente pasar y tomarlos como una mera anécdota curiosa. «Científicos, santos, héroes, líderes, inventores, curanderos, escritores, constructores, filósofos, exploradores, maestros, poetas o artistas… todos ellos seguramente un día tuvieron un sueño que les llevó a crear y cambiar lo establecido», admite el profesor.

Pocas teorías científicas pueden explicar con claridad cómo funciona el inconsciente, de ahí que sea tan difícil verificar hipótesis que relacionan el mundo de los sueños con los propósitos cumplidos. Además, tratándose de algo tan subjetivo como es dibujar imágenes mientras dormimos, resulta muy difícil llegar a una serie de conclusiones objetivas y confiar en que el sujeto no esté mintiendo.

 

ACyV

 

Te quejas o te enfadas mucho? Así repercute en tu cerebro y en tu salud

Hay muchas razones para lamentarnos por todas las cosas malas que nos pasan. Pero también otras muchas para estar agradecido y gozar de una mejor salud mental

Este año 2020 ha sido, sin lugar a dudas, uno en los que más nos hemos quejado de toda nuestra vida. La causa mayor, evidentemente, ha sido la pandemia de coronavirus, la cual ha trastocado toda nuestra vida cotidiana y herida a nuestro sistema sanitario, por no hablar de todas las vidas que se ha llevado por delante. Vivimos unos tiempos sumamente complicado en los que lo único que podemos hacer es tener el máximo cuidado para frenar la transmisión del virus, y eso implica aislarse de nuestros seres queridos y cumplir con las medidas de seguridad dictadas por las autoridades sanitarias.

En este contexto, la queja, el lamento o el disgusto están justificados. Pero más allá de este problema colectivo que debemos intentar resolver lo antes posible para minimizar sus consecuencias, muchas personas tienen cierta tendencia a vivir quejándose constantemente. Y más en una época como esta, en la existen tantos canales de comunicación a nuestra disposición para descargarse y dirigir el odio contra desconocidos a los que solo vemos tras una pantalla. En definitiva, no merece la pena pasarse toda la vida enfadado con los demás o en actitud defensiva. Pero más allá de esta consideración lógica y banal, ¿qué efectos puede producir en el cerebro el hecho de pasar demasiado tiempo al día con el ceño fruncido?

 

«En lugar de cambiar nuestra química cerebral a mejor, los enfados crónicos crean vías neuronales que refuerzan esas formas negativas de pensar»

 

«Si una persona se queja mucho de sus relaciones personales, posesiones materiales o problemas laborales, puede convertirse en un asunto serio, sin duda», asegura Amanda Levison, terapeuta y psicológa norteamericana, en un interesante artículo sobre el tema publicado en ‘Mel Magazine’. «A largo plazo, puede convertirse en un pensamiento automático y reiterativo en el que ya no existe ninguna conciencia sobre lo que dicen».

El reverso de la gratitud

Y como es evidente, «esto puede conducir a discusiones frecuentes y problemas con los demás, lo que a su vez causará estrés y ansiedad añadidas, afectando a nuestra salud mental y física», recalca la psicóloga. Hay que entender en este punto que por mucho que te quejes de algo que te molesta, ello no va a mejorar ni cambiar de ninguna forma. «Quejarse es el reverso de la gratitud», afirma Lauren Vinopal, redactora de ‘Mel Magazine’. «En lugar de cambiar nuestra química cerebral a mejor, los enfados crónicos crean vías neuronales que refuerzan esas formas negativas de pensar: tu pareja no te aprecia, tu jefe te explota y nada sale bien. Con el tiempo, cada vez se vuelve más difícil internalizar algo positivo».

«El enfado sirve positivamente para obtener una validación externa y afrontar el problema de una manera colectiva»

 

Del mismo modo, vivir enfadado con todo el mundo y por todo tipo de razones no solo te perjudica a ti, sino también a los que te rodean. «Escuchar todo el tiempo a una persona quejarse tiene un claro impacto negativo en tus relaciones», señala por su parte el psicólogo Brian Wind. Tu cuerpo genera mucho más cortisol, las hormonas del estrés, lo que a su vez puede provocar problemas digestivos, insomnio, depresión, hipertensión o un mayor riesgo de sufrir algún tipo de enfermedad cardíaca.

Pero la queja también, muchas veces, es más que necesaria. En sus justas dosis, es la forma más natural de desahogarse y expresar una emoción, además de servir para detectar cuáles son las áreas de tu vida que debes cambiar. «Puede ser una buena forma de liberar la tensión y la frustración que sufrimos», confirma Wind. «En algunos casos, sirve para obtener una validación externa de aquello que nos hace sentir mal. A veces, es una forma de abrirse para afrontar el problema de una manera colectiva».

 

¿Cuál es el momento en el que la queja empieza a volverse tóxica? En el punto en el que la diriges hacia aquello que supuestamente está bien. «No porque exista un problema subyacente, sino porque las relaciones personales, la carrera profesional o la salud mental y física requieren un gran trabajo para que se mantengan», asegura Vinopal. Es evidente que si no haces nada más que quejarte empiezas a desarrollar una manera de vivir muy negativa que te cierra en ti mismo y te aleja de aquellas personas que te quieren o simplemente te rodean. «Con el tiempo, las pequeñas cosas como las películas, la comida y hasta la ropa te parecen malas», señala la periodista.

¿Cómo corregirlo?

En general, la forma en la que aprehendemos el mundo es difícil de modificar. Las cosas que nos suceden nos afectan y ya está, parece muy difícil cambiar el enfoque y de la noche a la mañana verlo todo de otro color. Una de las técnicas que ofrecen los psicólogos es hacer un seguimiento de estos pensamientos negativos escribiéndolos en un papel. ¿La razón? Si formulas de manera consciente aquella cosa que te molesta, podrá volverse de algún modo constructiva y motivarte a cambiar aquello que crees que está mal.

 

Tan solo hace falta cambiar la perspectiva para apreciar las cosas buenas que tenemos o que nos han pasado en algún momento de nuestra vida

 

Por otro lado, hay que reconocer que si cada vez que te sientes molesto por algo tienes que apuntarlo, es posible que el hábito te dure un par de días. Lo mejor, en estos casos, es apostar por escribir un diario todas las noches, antes de dormir, a modo de carta que dirigirte a ti mismo. Solo así podrás comprobar, al cabo del tiempo, cómo ha cambiado tu perspectiva a mejor. En el caso de que haya sido a peor y cada vez estés más enfadado con todo el mundo, lo mejor será que acudas a una cita psicológica para desentrañar un posible problema mucho más profundo del que tal vez ni siquiera eres consciente.

Aunque la pandemia nos haya afectado a un nivel psicológico a todos en mayor o menor medida, como dice el refrán «es de buenos ser agradecido». Por muchos problemas que tengas o contra los que estés luchando, seguramente haya algo bueno, y tan solo hace falta cambiar la perspectiva o mirar en derredor para apreciar las cosas buenas que tenemos o que nos han pasado en algún momento de nuestra vida. Ya sea un trabajo, la familia, los amigos, un amor (aunque la relación ya haya terminado) o el simple hecho de salir a la calle y encontrarte sano en estos tiempos tan difíciles.

 

  1. Z.

 

El curioso comportamiento del ser humano en los peores momentos posibles

¿Por qué en mitad de un desastre o una tragedia aflora en las personas un sentido del humor inigualable y la ambición creativa? Una filósofa explica esta llamativa actitud

¿Qué harías en caso de saber que en cuestión de días, horas o minutos vas a morir? Esta sin duda es una de las preguntas más típicas sobre las que reflexionamos en algún momento de nuestra vida. ¿Qué hacer cuando eres consciente de que todo va a desaparecer en cualquier momento? Una de las escenas más inmortales del cine de los últimos años es cuando, justo cuando el Titanic está a punto de hundirse, en la famosa película de James Cameron, la banda de música del buque no cesa de tocar hasta que el agua ya ha anegado todo el barco y los intérpretes no tienen ninguna opción de salvarse.

Ahora, cabe preguntarse: ¿por qué nos emociona tanto esta escena? Según narra el libro ‘El Titanic: La extraordinaria historia del barco a prueba de naufragios’ de Geoff Tibballs, el director de la orquesta quiso liberar a sus músicos, pero ellos se negaron y siguieron tocando, tal y como también muestra la película. Y según las especulaciones, no interpretaron baladas tristes ni con un componente trágico, sino piezas de ‘ragtime’, un estilo hermano del jazz o del swing muy popular en los salones de baile por su ritmo rápido y marcadamente alegre. Estas anécdotas, que no dejan de ser una mezcla de mito y realidad, apuntan a que el ser humano en sus últimos momentos o en las horas más fúnebres en las que ya solo les queda presagiar el final, desisten de su empeño de sobrevivir y se afanan en labores artísticas que ya nadie estará dispuesto a escuchar, leer o contemplar.

 

«Había canciones, poemas y bromas sobre el campo de concentración. Todos estaban decididos a ayudar a los demás a olvidar, y así lo hicieron»

 

Esta actitud del ser humano frente a lo irreparable que tiene la muerte también ha estado presente en otras muchas escenas trágicas de la historia. Sin ir más lejos, en los campos de concentración nazis. Como relata el filósofo Viktor Frankl en ‘El hombre en busca de sentido’, los judíos hacinados en Auschwitz por las noches se lanzaban a compartir creaciones musicales, poéticas y humorísticas. «Venían a reír o quizás llorar un poco; sea como sea, para olvidar», escribió Frankl. «Había canciones, poemas, bromas y sátiras sobre el campo. Todos estaban decididos a ayudar a los demás a olvidar, y así lo hicieron. Las reuniones tuvieron tanto éxito que algunos presos se lanzaron a bailar cabaret a pesar de su inmensa fatiga, aunque no hubieran recogido su porción diaria de alimento».

Arte y humor para los últimos momentos

Frankl sentenció así que el sentido del humor entre todos ellos «era una de las armas del alma humana para luchar por la supervivencia«, tal y como viene recogida la cita en un interesante artículo de Sarah Fine, filósofa del King’s College de Londres, en ‘Aeon‘. No sabemos cómo, pero en nuestros peores momentos, además de aflorar la mejor versión de uno mismo por norma general (el lector seguro que recordará algún momento trascendental y complejo en su vida personal en el que comprobó el decisivo apoyo de sus seres queridos) también emerge un sentido estético o artístico muy potente y crucial, que invade el cuerpo y el alma haciendo mucho menos pesadas las duras circunstancias que le ha tocado experimentar.

En otras palabras, el arte y el humor está presente en nuestros peores momentos, ahí donde ya la desesperación es tal que no atisbamos a ver ninguna luz en el camino. Así lo corrobora Fine en su artículo, quien también habla del escritor Elie Wiesel, otro superviviente más del Holocausto nazi quien, nada más entrar en el campo de concentración, presenció los mayores horrores que un ser humano podía cometer. Tal y como cuenta en ‘La noche’, tenía 15 años cuando fue llevado a Auschwitz y, nada más llegar, le separaron de su madre y sus hermanas después de haber presenciado cómo los nazis arrojaban niños pequeños a las llamas. «Mi propia alma fue invadida y devorada por una llama negra», escribió.

«Nunca antes había oído un sonido tan hermoso»

A los pocos días, el escritor fue trasladado al campo de trabajo de Buna. «Mientras el ejército soviético avanzaba, Wiesel describe cómo las SS les sacaron del campo de concentración al frente de batalla, siendo obligados a correr durante horas y horas en la oscuridad de la noche, a través de la nieve y el hielo», asegura Fine. «Aquellos que no podían mantenerse en pie fueron disparados, pisoteados o se congelaron hasta morir. Al llegar al campo de concentración de Gleiwitz, los prisioneros fueron metidos en barracones en los que las personas caían una encima de otras y eran aplastadas. Wiesel reconoció la voz de Juliek, un violonista judío de Varsovia».

 

«Las únicas personas que pueden sobreponerse y sobrevivir a todo el sufrimiento infligido por la prisión son los que ejercen artes creativas»

 

«Esa noche, en una barraca oscura donde había cadáveres apilados encima de los vivos, Wiesel escuchó a Juliek tocar parte de un concierto de Beethoven en su violín», prosigue la filósofa de ‘Aeon’. Wiesel dejó escritas estas palabras sobre este episodio tan turbio y terrible de su vida: «Nunca antes había oído un sonido tan hermoso. La oscuridad nos envolvió. Solo podía escuchar el violín, y era como si el alma de Juliek se hubiera convertido en su arco. Estaba jugándose la vida interpretando esas notas. Todo su ser se deslizaba sobre las cuerdas. Sus esperanzas incumplidas. Su pasado, carbonizado, su futuro, extinguido. Tocó aquello que ya nunca más volvería a tocar». El violinista murió esa misma noche.

El arte de los refugiados

Pero no hace falta remontarse tanto para hallar ejemplos similares en los que el arte emerge durante las peores (o últimas) horas del ser humano. Sarah Fine también habla en su texto de los refugiados de Calais a raíz de una exposición en el Migration Museum de Londres en la que se pueden ver cómo se organizan entre ellos para estimular la creatividad. Asimismo, la filósofa menciona la obra del escritor y periodista Behrouz Boochani, quien estuvo encarcelado durante años en la isla de Manus, en Australia, donde presenció cómo sus compañeros se las arreglaban para tocar música. Uno de ellos, el músico Mostafa ‘Moz’ Azimitabar, le lanzó unas palabras al escritor que sirven como explicación definitiva de por qué surgen estas respuestas artísticas en los peores momentos: «La música es una herramienta para preservar mi sentido de persona, es para que no se me olvide que ante todo sigo siendo humano».

Boochani describe que cuando huyó de Irán y fue detenido como prisionero en un campo de inmigrantes, solo llevaba «ropa, unos cigarrillos y un libro de poesía». Tanto es así que en su libro ‘No Friend but the Mountains‘ asegura: «He llegado a un buen conocimiento de esta situación: las únicas personas que pueden sobreponerse y sobrevivir a todo el sufrimiento infligido por la prisión son los que ejercen artes creativas».

Si extrapolamos estas anécdotas al presente, nos damos cuenta de que en este mismo año, en las horas más desesperanzadas que vivimos a raíz de la pandemia, fue la cultura la que nos salvó o, al menos mitigó la sensación de estar encerrados o el miedo a que la enfermedad provocada por el coronavirus impactara en nuestra vida y en la de nuestros seres queridos. Así también se puso en valor que, gracias a las series, libros y obras musicales, como a los bailes que se originaban en torno a ellas y que fueron subidos a la red, pudimos sobrellevar mejor el hecho de enfrentarnos a un problema colectivo tan grave como es una pandemia.

 

Enrique Zamorano

 

 

Por qué las emociones reprimidas entran en nuestros sueños (y qué puedes  hacer)

En un estudio, las personas que suprimían pensamientos en estado de vigilia afirmaron tener sueños relacionados con sentimientos de tristeza, ira o ansiedad

Los sueños son ese lugar extraño, onírico y recóndito a los que escapamos cuando decidimos descansar durante un rato de las emociones del día. Aunque algunos no los recuerden, en realidad todos los tenemos, y duran mucho menos de lo que imaginabas (alrededor de cinco minutos, aunque parezcan horas). Cumplen una función importantísima: desechar y seleccionar los recuerdos, además dramatizan, por decirlo de algún modo, nuestras preocupaciones.

 

¿Por qué hay sueños universales? No eres la primera ni la última persona que sueña que se le caen los dientes o que está desnudo en un examen de la facultad. Hay varias teorías al respecto: algunos científicos apuntan que son simulacros de amenazas, es decir, nos sirven para practicar cómo sobrellevarlas, otros apuntan que aprendemos o acumulamos muchos temores cuando estamos despiertos y, cuando dormimos, reducimos esos temores al soñar sobre lo que nos da miedo pero en un contexto diferente.

 

Algunos científicos apuntan que los sueños son simulacros de amenazas, es decir, nos sirven para practicar cómo sobrellevarlas

 

¿Pueden las emociones reprimidas entrar en nuestros sueños? Algunas investigaciones apuntan que sí. Puedes correr, pero no esconderte. Un estudio reciente se basa en ese trabajo previo para analizar si hay una diferencia en el rebote del sueño (es decir, cuando soñamos algo más de una vez) para quienes suprimen emociones, si esto afecta la calidad del sueño y si se relaciona con experimentar depresión, ansiedad o estrés, informa ‘Psychology Today’.

72 mujeres con una media de edad de 27 años participaron en un estudio en el que tenían que responder una serie de preguntas de un cuestionario, relacionadas con sus sueños: aquellas personas que suprimían en estado de vigilia algunos pensamientos, afirmaron tener sueños de índole más negativa relacionados con sentimientos de tristeza, ira o ansiedad. Además, tenían una peor calidad de sueño con más problemas para conciliarlo o alteraciones durante el mismo.

 

Los esfuerzos terapéuticos dirigidos a involucrarse con pensamientos negativos de manera saludable pueden tener efectos positivos en la salud mental y la calidad del sueño

 

Esta investigación es interesante por varias razones e informa el pensamiento clínico. Primero, sugiere que los esfuerzos terapéuticos dirigidos a involucrarse con pensamientos negativos de manera saludable pueden tener efectos positivos en la salud mental. En segundo lugar, tiene implicaciones para mejorar la calidad del sueño directamente.

Una buena idea, es abordar estos pensamientos antes de conciliar el sueño. Algunos psicoterapeutas abogan por escribir estas emociones reprimidas y hacer así planes para abordar los problemas, de manera que nos dejen libres durante el tiempo de descanso. Esta investigación también sugiere que la práctica de trabajar con los sueños durante la vigilia puede ser valiosa, ya sea por sí misma o durante la terapia que incluye el análisis de los sueños.

 

ACyV

 

Ansiedad: seis preguntas con respuesta para entender lo que le pasa a la mente

Yolanda Morant, psiquiatra, sexóloga y terapeuta de pareja, revela las señales que indican que estamos sufriendo este trastorno

De las diez últimas conversaciones que he mantenido con personas tanto del entorno profesional como personal, seis de ellas confesaron sentirse «raros», «temerosos», «ansiosos», «nerviosos» o con una cierta «angustia». El concepto «ansiedad» planea sobre estas rarezas, temores, nerviosismos o ansias (quizá puedas hacer la prueba en tu entorno para comprobar si obtienes un mejor o peor balance) y las búsquedas en Google de la palabra «ansiedad» se dispararon a mediados de marzo, se mantuvieron en niveles altos pero estables durante el verano y desde finales de octubre parecen haber iniciado una nueva escalada.

La ansiedad, por tanto, parece preocuparnos como concepto y de forma generalizada, aunque quizá no sepamos o no seamos conscientes de qué significa exactamente sufrir ese trastorno. Desciframos las claves en torno a la ansiedad con la ayuda de Yolanda Morant, psiquiatra, sexóloga y terapeuta de pareja, que da respuesta a seis preguntas que afloran en estos días de pandemia.

  1. ¿Qué es la ansiedad?

La ansiedad es una reacción física, emocional y comportamental que nos da información sobre la existencia de un cambio en el medio o en las circunstancias que pueden poner en peligro nuestra integridad física o mental. Es decir, el compendio de sensaciones y/o de síntomas que podamos presentar sirve para prepararnos ante el cambio o la adversidad, bien sea mediante la lucha o mediante la huida.

No obstante, cuando aquello que creemos que puede alterar nuestro bienestar no existe en realidad, es decir, es un miedo supuesto o imaginado; o bien nuestros síntomas son de una intensidad excesivamente elevada, en lugar de prepararnos para el cambio de una forma evolutiva, nos bloquea, impidiendo que usemos nuestro compendio de herramientas adaptativas para enfrentarnos al problema.

En definitiva, la ansiedad es equivalente al miedo, pero ante algo o alguien que no es real, o al menos no debería generarnos tal desasosiego. Al no ser real y no poder «controlarlo» nos vemos desprovistos de estrategias defensivas resolutivas, generando en nosotros una autopercepción de escasa suficiencia y capacidad.

  1. ¿Existen distintos tipos de ansiedad?

No exactamente. Ya hemos definido que la ansiedad es una reacción psicofisiológica, pero sí que podríamos decir que se puede presentar de varias maneras.

Algunas personas tienen ansiedad en forma de «crisis» ante situaciones o ante objetos específicos, y es lo que conocemos como «Fobias Específicas».

En otras ocasiones la ansiedad se presenta como una sensación de inquietud interna que permanece todo el día en el interior del cuerpo y que nos lleva además a estar preocupados continuamente por cualquier cosa que pueda ocurrir, pero sin que sea ninguna preocupación concreta. Esto se conoce como «Trastorno de Ansiedad Generalizada». En este caso el componente más evidente es el cognitivo o rumiador.

Puede ocurrir que suframos «crisis» de ansiedad repetitivas, que aparecen y desaparecen sin motivo aparente. Es lo que denominamos «Trastorno de pánico» o «Ansiedad Paroxística Episódica». Esta forma de presentación es una de las más invalidantes, dado que no existe un factor que la persona pueda identificar como disparador de la crisis, por lo que quien lo sufre va limitando sus actividades por miedo a sufrir una crisis en cualquier circunstancia. A esto lo denominamos «Ansiedad Anticipatoria».

Como podemos observar, aunque no siempre ocurre así, la «crisis de ansiedad» es uno de los elementos fundamentales de estos trastornos. Sufrir una crisis de ansiedad es una situación muy desagradable ya que la sensación física percibida es de «muerte inminente», siendo el componente fundamental el físico.

  1. ¿Cómo sé si estoy viviendo un episodio de ansiedad?

Tal y como ya hemos adelantado, en la ansiedad aparecen tres componentes que no siempre son fáciles de diferenciar:

El componente físico hace referencia a todos los síntomas percibidos en el cuerpo: sudoración, taquicardia («el corazón va más rápido o parece que vaya a explotar»), dificultad para respirar, mareo, temblores, etc.

El componente cognitivo hace referencia a todas esas creencias o pensamientos que aparecen de forma repetitiva y que nos suman en una sensación de inquietud interna, como pueden ser: pensar que vamos a sufrir un ataque al corazón, creer que vamos a volvernos locos, tener miedo a desmayarse, etc.

El componente conductual hace referencia a la actitud que tomamos ante estas sensaciones, que suele ser la evitación o huida de todas aquellas situaciones que nosotros relacionemos con aquello que nos pueda generar malestar.

Lo que sí sabemos a día de hoy es que tal cual aparece una «crisis» de ansiedad, posteriormente y sin hacer nada desaparece, es decir que es autolimitada administremos o no tratamiento. No obstante, no nos podemos olvidar de que el momento de mayor expresión clínica es muy angustiante y genera mucho malestar, tanto a quien lo sufre como a quien está a su lado.

Por ello es fundamental incluir la psicoeducación en el tratamiento de la misma: explicar qué es una crisis, cómo y porqué aparece, qué vamos a sentir y qué podemos hacer ante la misma, de manera que de forma progresiva el o la paciente sea consciente de «señales» físicas y emocionales que le indiquen que puede aparecer una crisis para poder gestionarla de una forma más eficaz, dotando así de mayor seguridad y capacidad para el manejo de la misma y para la autorregulación.

  1. ¿Cuándo deberían preocuparnos los episodios de ansiedad?

Todas las emociones nos dan información sobre el contexto que estamos viviendo o sobre qué podemos necesitar para adaptarnos a los requerimientos del contexto, por lo que, en general, es saludable y necesario tener dicha información para modular y adecuar nuestra respuesta a la situación que se nos presente.

No obstante, habrá contextos que nos sobrepasen por la carga emocional que conlleven (por ejemplo, una noticia inesperada como una pérdida) o porque en ese momento otros ámbitos de nuestra vida requieran toda nuestra atención y nos encontremos menos preparados para hacerle frente y nuestras estrategias de afrontamiento están «bajas de batería».

Cuando nos sintamos bloqueados, embotados, con dificultades para gestionar dichas situaciones, démonos cuenta de ello (ser conscientes quizá es la parte más compleja porque implica reconocer una vulnerabilidad) y solicitemos ayuda profesional (aunque conlleve exponer nuestra fragilidad ante otros). En cualquier caso recordemos que no se trata de «no ser capaces», «no ser lo suficientemente fuertes» o «ser débiles»; más bien en esos momentos necesitamos un sostén externo, un apoyo que nos ayude a reducir niveles de angustia para poder desenterrar o aprender herramientas y enfrentarnos a la situación estresante.

  1. ¿Hay más casos de ansiedad en el contexto actual?

Claramente hay un aumento de la ansiedad en el contexto de pandemia actual. No obstante, se puede considerar congruente y adecuado al contexto. Recordemos que la ansiedad es la reacción psicofisiológica equivalente al miedo, y de lo que nos informa es de que hay «algo» que pone en peligro nuestra integridad supervivencia, permitiéndonos estar en alerta para defendernos de dicho peligro.

La pandemia nos ha puesto en jaque, nos ha mostrado nuestra vulnerabilidad como seres vivos y por tanto ha destapado una vez más nuestra indefensión. De ahí que se despierte el miedo y la ansiedad, porque nos enfrentamos a algo que aún es una incógnita, que da lugar a la incertidumbre, y nuestro cuerpo y mente se preparan para ello. No obstante no podemos olvidar que el miedo mal gestionado deja de ser adaptativo para bloquearnos, siendo imposible abordar la situación que tengamos que afrontar.

  1. ¿Cómo podemos ayudar a alguien que sufre ansiedad?

Es muy frecuente escuchar frases del tipo «no te preocupes», «ya se te pasará», «seguro que se soluciona solo», «no te pongas así». Son frases que más bien ayudan poco porque los mensajes que le devolvemos a la persona que sufre son muy invalidantes. Estos mensajes son:

1) Aquello que estás sintiendo no es tan importante.

2) Aquello que están sintiendo es excesivo ante la situación.

3) Aquello que estás sintiendo no deberías sentirlo.

La cuestión es que nadie puede decir si lo que siente otra persona es o no adecuado a la situación, puesto que las emociones son propias de cada uno.

Cuando una persona sufre ansiedad solo necesita que estemos presentes, que realicemos esa función de sostén y que devolvamos esa mirada de comprensión. La mayoría de veces no es necesario decir ni hacer nada, sino solo estar. Una vez pasado el episodio de angustia, sí podemos ofrecerle buscar alternativas y ayuda profesional de cara a poder resolver aquello que le atormenta o que nos aterra y así poder trabajar la ansiedad.

Si lo que tenemos que hacer es ayudarnos a nosotros mismos tendremos que hacer algo similar, aunque es más complejo. Lo más importante será «darnos cuenta», es decir, hacernos conscientes de que estamos en una situación de fragilidad y que un soporte para estas piedras en el camino serán de gran ayuda.