¿Te gustaría saber cuando alguien te cuenta una trola? Pues, según los psicólogos, hay una serie de signos corporales infalibles que podrán ayudarte a descubrirlo

Seguro que en más de una ocasión habrías querido saber si alguien te la estaba colando. Ya sea una pareja, un amigo o un hijo, probablemente te han engañado en algún momento sin que tú pudieras sospecharlo (y viceversa). Es normal, por otro lado, pues según la Asociación Americana de Psicología descubrir si los demás nos engañan no es que sea nuestra mejor cualidad, precisamente.

Pero, ¿podemos aprender a hacerlo? Desde una mentira piadosa a un engaño con todas sus letras, conocer los signos sin necesidad de utilizar un detector de mentiras es verdaderamente útil. Y posible. Así lo indica en ‘Prevention’ el investigador de engaños (existen, sí) y profesor de la Wharton School de la Universidad de PensilvaniaMaurice Schweitzer: «Para establecer que alguien te está engañando primero debes establecer una base para saber cómo actúa cuando dice la verdad. Por ejemplo, si tu pareja siempre habla, su silencio puede darte una pista«.

Aun así, explica que puede ser increíblemente difícil descubrir una mentira pues no hay una señal clara que apunte al engaño definitivo. «Pero hay ciertos indicadores que puedes tener en cuenta», explica. Ha establecido unos cuantos que si quieres saber cuáles son, solo tienes que seguir leyendo. Nosotros, por nuestra parte, las hemos refutado, simplemente por romper una lanza a favor de los posibles mentirosos.

Las microexpresiones

Se trata de esas expresiones faciales, como pueden ser un ceño fruncido o una sonrisa, que solo duran un segundo. Pueden revelar cuando alguien te miente. Por ejemplo, una persona puede hablar con mucha confianza, pero una vez que deja de hablar quizá su gesto cambie y se torne adusto (entonces esto podría indicar que duda de sí mismo y de lo que acaba de decir), o bien sonríe o suelta una pequeña carcajada, (lo que podría querer decir que se deleita porque crees lo que ha contado). Aunque, claro, si solo duran un segundo quizá sea un poco complicado descubrirlas.

Los ojos

Cuando los ojos de alguien se desplazan hacia la puerta o el reloj, puede ser un indicador de que desea poder escapar de una situación, tal vez porque te está mintiendo. Incluso se puede notar con signos más sutiles, como que alguna parte de su cuerpo (por ejemplo, los pies), apunten hacia la puerta.

¿Tarda mucho en contestar? ¿Utiliza palabras que no suele usar y su postura corporal es sospechosa? Según los expertos podría estar mintiendo

Aunque eso también puede significar, simplemente, que tiene ganas de irse, y, seamos sinceros, ¿alguna vez te fijas en los pies de tu interlocutor?

Esquivan la pregunta

Y no contestan de manera directa. «¿A qué hora saliste del trabajo?», preguntas, y en lugar de contestarte con una respuesta simple, se salen por la tangente: «¿Qué quieres decir? A la misma hora de siempre».

El experto asegura que si evade la pregunta o consigue darle la vuelta hasta que acabe cuestionándote cosas a ti, deberías sospechar, aunque quizá simplemente está cansado de que le preguntes todos los días a que hora salió del trabajo.

Usan palabras inusuales

Maurice explica que los mentirosos suelen cambiar el vocabulario un poco. «Esto se debe a que se piensan mucho las palabras que van a utilizar, las elige con cuidado y por eso algunas de ellas son tan raras», explica el experto. Quizá simplemente sea que está ampliando su vocabulario.

Tardan mucho en responder

Cuando alguien miente, simultáneamente hace malabares con dos historias: lo que realmente sucedió y lo que está inventando. Esto requiere una gran cantidad de poder mental, lo que puede dar lugar a largas pausas y respuestas extrañas a preguntas relativamente simples. Quizá repita tu pregunta, agregue detalles que tú nunca solicitaste, pausas, tartamudeos o más palabras de relleno. O, quizá simplemente sea lento y se piense mucho las respuestas para no meter la pata, ¿quién puede culparle?

ADA NUÑO

 

Resultado de imagen de POR QUÉ A LOS HOMBRES LES CUESTA TANTO PEDIR AYUDA

¿Te avergüenzas o te sientes inferior si necesitas que alguien te eche una mano? Ten mucho cuidado, tu salud mental y física pueden correr muchos riesgos

Desde que nacemos necesitamos ayuda. Es una realidad. Para comer, dormir, aprender. Casi para todo. A medida que vamos creciendo nos gusta realizar las tareas de forma autónoma para sentirnos válidos, pero en muchas ocasiones en las que deberíamos pedir una mano a alguien para facilitar las cosas y resolver un problema de manera más efectiva, no lo hacemos por orgullo.

Lo cierto es que este comportamiento se da mucho más en hombres que en mujeres. Los varones prefieren errar antes que solicitarla porque les parece un sobreesfuerzo innecesario, lo que eleva el nivel de estrés tanto emocional como mental. ¿Por qué sucede esto? ¿Creen que su masculinidad se ve dañada?

 

Dan Bates, psicólogo de ‘Psychology Today‘ tiene la respuesta. «Los hombres tienden a no buscar ayuda y minimizan sus síntomas de salud física y mental. No hace falta ser un profesional de la materia para ver el problema con esta tendencia. Además, las afecciones médicas que no se traten irán empeorando con el tiempo«, asegura.

Vergüenza o debilidad

No es que no tengan la capacidad, es que no creen que puedan hacerlo o que tengan derecho. Tienden a confundir el pedir ayuda con la debilidad, no por decisión consciente, sino porque en algún momento lo han aprendido así. Dependiendo del seno familiar y de la educación que recibamos podemos tener diversas creencias adquiridas que nos perjudicarán a la hora de solicitarla.

Sé conciso y claro con la persona a la que acudas. Intenta explicarte y exponer lo que te pasa siendo cercano

Los hombres asocian la búsqueda de asistencia a un problema psicológico o emocional con la vergüenza. Admitir que no eres tan fuerte como creías o que tienes la necesidad de que alguien interfiera por ti en algo y te eche un mano puede hacerte frágil, pero no es así. Seguramente en tu cabeza esté que ser duro o varonil es sinónimo de superioridad y que con ello eres indemne a todo lo que ocurra, incluso al dolor.

¿De dónde sacan esta idea? La mayor parte del tiempo de otros hombres. Entre ellos son los peores cuando se trata de juzgar o avergonzar a otros. Hacer daño y humillar al de al lado a veces se convierte en un deporte. El deseo de ser un superhéroe es su propia kryptonita. Unos a otros se dan golpes y muchos corren el riesgo de que la ansiedad, el estrés o el consumo de alcohol, provocados por toda esta ruleta, produzcan problemas en el sistema cardiovascular.

¿Qué se puede hacer?

En España, los últimos datos sobre muertes por fallos cardíacos son de 2015, con un total de 422.568 personas, un aumento del 6,8% respecto a años pasados, según informa el Instituto Nacional de Estadística (INE). Además, por sexo, fallecieron más hombres que mujeres. Una investigación publicada en el ‘Journal of Personality and Social Psychology’ muestra una relación entre los varones que evitan o niegan problemas médicos y de salud mental y un aumento en los comportamientos autodestructivos.

La prevalencia generalizada de los riesgos para la salud asociados con el tabaquismo, el abuso del alcohol y la obesidad son motivo de continua preocupación pública. Cuando ellos dejan a un lado los problemas y sus emociones, tienden a actuar abusando de sustancias, comiendo en exceso o fumando. Sin embargo, estas actividades son habilidades de afrontamiento deficientes. No rectifican los problemas. En el mejor de los casos, son distracciones. En el peor, intensifican los problemas existentes.

Dependiendo del seno familiar y de la educación podemos tener diversas creencias adquiridas que nos perjudicarán a la hora de solicitar ayuda

No podemos ignorar las implicaciones negativas de nuestro comportamiento. Nuestras elecciones afectan a los demás. Nuestras parejas, hijos o compañeros de vida sufrirán también las consecuencias. No solo nos vemos afectados con las elecciones que tomamos, todos se ven afectados si no pedimos ayuda. ¿Qué ejemplo les estamos dando a las futuras generaciones?

Lo primero es ser sincero contigo mismo. Valora el problema y tu capacidad para poder resolverlo solo o para realizar una tarea sin tener que invertir un tiempo valioso en innecesario si pidieses ayuda. Sé conciso y claro con la persona a la que acudas. Intenta explicarte y exponer lo que te pasa siendo cercano. Olvida los pensamientos negativos y date cuenta de que somos seres humanos que se interrelacionan de modo bidireccional. Si no lo haces todo será peor, machote.

  1. LÓPEZ

 

Resultado de imagen de LA DIFERENCIA ENTRE LA GENTE ABIERTA Y LA CERRADA, SEGÚN RAY DALIO

¿Cómo abordas los desafíos? ¿Eres intransigente o reconoces tus errores? Pocas personas se conocen realmente a sí mismas. El inversor Ray Dalio te pone frente a un espejo

¿Por qué hay personas que cambian de opinión como una veleta y otras que se mantienen tozudas ante la adversidad? ¿Por qué unas personas llegan a una fiesta y hablan con todo el mundo mientras que otras se apartan y colocan en una esquina? Y, lo más interesante, ¿por qué algunos parecen progresar en su vida profesional y personal mientras que otros parecen estar condenados a repetir los mismos errores una y otra vez?

Bueno, no es tan raro entender que cada persona es diferente. Cómo abordamos los obstáculos y desafíos tiene poco que ver con nuestra suerte, se reduce a la mentalidad. No es casualidad que las personas exitosas tienda a acercarse a la vida con una mentalidad abierta, frente a aquellos que preferirían morir antes de equivocarse (e, irónicamente, cavan así su propia tumba). Ahora bien, tú, como individuo, ¿sabes distinguir qué tipo de mentalidad tienes?

Ray Dalio, inversor multimillonario estadounidense, filántropo y creador de Bridgewater Associates, presenta en su libro ‘Principios‘ siete formas de saber si eres una persona de mentalidad abierta o cerrada. Quizá la tengas abierta, enhorabuena, entonces, en tus éxitos venideros. Si no es así no te preocupes. Nadie quiere admitir que tiene una mentalidad cerrada, pero tiene una ventaja: la habilidad para cambiar tu forma de ser.

Las ideas

Dalio asegura que aquellos que tienen una mentalidad cerrada odian que sus ideas sean desafiadas. No quieren entender por qué hay personas que piensan de manera contraria. Piensan que eres idiota si opinas otra cosa, ¿te suena? No hacen preguntas y tratan de hacerte entender por qué estás equivocado.

Una persona con mentalidad cerrada jamás te pedirá opinión. La de mente abierta, sin embargo, trata de ver el mundo poniéndose en otras pieles

Por otro lado, las personas con una mentalidad abierta ven el desacuerdo y les parece un medio reflexivo para ampliar su conocimiento. No se enojan sino que quieren identificar el desacuerdo para poder corregir sus percepciones erróneas. Esto se ve muy bien representado en las discusiones, donde siempre hay alguien más intransigente que no da su brazo a torcer. ¿Eres tú?

Declaraciones y comprensión

Scott Fitzgerald dijo en una ocasión que «la prueba de una inteligencia de primer nivel es la capacidad de tener en mente dos ideas opuestas al mismo tiempo y aún así conservar la capacidad de funcionar». ¿Te gusta hablar o preguntar? Según el autor, es otra característica por la que podrás saber a qué tipo perteneces en este particular test. Las personas de mente cerrada son más propensas a hacer declaraciones, se sientan en las reuniones y están más que dispuestas a ofrecer su opinión, pero nunca pedirán a otro que amplie o explique sus ideas. Además, esta clase de gente se enfoca mucho más en ser entendidas que en entender a los demás.

 

El caso de aquellos con una mentalidad abierta es diferente. Siempre tienen curiosidad por conocer la visión de las demás personas y sopesan sus opiniones en consencuencia. Se prestan a ver el mundo a través de los ojos de los demás.

 

«Las personas más cerradas o tozudas dicen cosas como ‘quizá me equivoque, pero esta es mi opinión y no la voy a cambiar'», señala Dalio. «Es una señal clásica todo el tiempo, como una manera de protegerse para que parezca que realmente tienen una mentalidad abierta. Impiden que otras personas hablen, no quieren escuchar nada más que su propia voz».

La humildad

¿Cómo se obtiene? Por lo general, según el autor, a partir del fracaso, que es un choque tan terrible que nadie quiere repetirlo. «Las personas de mentalidad abierta tienen un temor profundo de que pueden equivocarse, y eso los hace crecer» explica. «Si reconoces algún patrón de comportamiento de los señalados anteriormente en ti, no te preocupes. No estás solo. No todo es blanco y negro, sino que nos encontramos en algún lugar entre ambas mentalidades. Pero sí puedes inclinar la balanza».

Cuando te encuentres exhibiendo alguno de estos comportamientos reconócelo y corrígete. No tienes por qué culparte a ti mismo, simplemente intenta hacerlo mejor la proxima vez, aunque, por supuesto, eso requiere trabajo. «He de añadir una cosa más», explica Dalio. «Tener una mentalidad abierta no significa considerar también las ideas que son malas. Pero debes estar activo en el proceso para cambiar tu forma de ver la vida. No sucederá por accidente ni de un día para otro».

ADA NUÑO

 

 

Resultado de imagen de POR QUÉ EL CAMBIO DE HORA NOS PONE DE MAL HUMOR

No hay escapatoria. La madrugada del sábado al domingo de este fin de semana, a las tres de la mañana serán las dos. A pesar de que la longitud de la Península Ibérica se rige según el Meridiano de Greenwich y que son muchos los que han manifestado sus quejas sobre este hábito, el cambio de hora para adaptarse al horario de invierno es una realidad. Sin embargo, esto tiene unos efectos, y es que al retrasar una hora el reloj anochecerá antes, los días serán más cortos y la intensidad luminosa disminuirá y con ello llegarán los temidos síntomas de la depresión estacional o trastornos del sueño.

Está demostrado que las variaciones de la intensidad de luz afectan a nuestro reloj biológico y provoca lo que llamamos depresión estacional. Tal y como ha explicado el profesor de la Universidad Oberta de Catalunya, Diego Roldán, los síntomas son: «Falta de energía, disminución de la motivación, torpeza física, aumento del apetito (en especial de carbohidratos y dulces), cansancio excesivo, irritabilidad, falta de libido o trastornos del sueño que provocan desajustes en nuestro organismo alterando nuestro ritmo de vida».

La disminución de las horas de luz, debido a este cambio de hora, da lugar también a cambios hormonales, entre los que destaca el aumento de producción de melatonina durante el día. La melatonina es una hormona producida en la glándula pineal, situada en el cerebro, que participa en numerosos procesos celulares y neurofisiológicos.

 

Ácido lipoico o por qué un suplemento quemagrasas te puede matar

Se sintetiza y segrega en función de la cantidad de luz que recibimos. La falta de luz provoca que la concentración de melatonina sea mayor durante esta época del año. Por norma general, la falta de esta hormona produce insomnio, mientras que su aumento produce somnolencia. Por este motivo, parece que tenemos la necesidad de querer quedarnos todo el día en casa y no hacer ningún plan, la también llamada “inactividad estacional”. A esto hay que sumarle que el aumento de melatonina, reduce los niveles de serotonina, fundamental en la regulación del estado anímico.

«Esta sustancia puede afectar la sensibilidad del núcleo supraquiasmático del hipotálamo a los sincronizadores y puede alterar los ritmos circadianos. Se ha comprobado que la administración de melatonina en el momento adecuado (en la mayoría de los casos justo antes de acostarse) reduce significativamente los efectos adversos tanto del desfase horario como de los cambios de turno del trabajo. En los momentos de poca luz del año (otoño e invierno) parece ser que niveles adecuados de melatonina nos podrían ayudar a regular nuestros ritmos biológicos, lo cual redundaría positivamente en la calidad del sueño, entre otros aspectos», explica Diego Roldán.

¿Cuánto tiempo necesita para adaptarse? En realidad, como regla general muy poco, tal y como explica Redolar: «Por cada hora de desfase horario se necesita un día de adaptación». Así, el lunes 28 de octubre ya se debería estar totalmente adaptado al nuevo horario. Sin embargo, esta no es una regla exacta y hay quien requiere más tiempo, como los niños, las personas con ciertas patologías y los mayores.

¿Qué viene después del cambio de hora?

Para ayudar a adaptarnos a este cambio de hora, la Asociación para el Autocuidado de la Salud (anefp) ha elaborado un vídeo con recomendaciones y consejos para evitar los pequeños desajustes que el nuevo horario puede provocar como somnolencia, fatiga, falta de atención o cambios de humor.

Cuando los signos de decaimiento no desaparecen a los pocos días, sino que persisten a lo largo de los meses, «puede que ya no estemos hablando del típico “letargo del invierno”, sino de un trastorno afectivo estacional (SAD en sus sigla en inglés, o winter blues)», explica Marta Calderero, profesora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la de la Universidad Oberta de Catalunya.

Este trastorno afecta a entre el 1 % y el 10% de la población, según se explica en el estudio «Trastornos afectivos estacionales, winter blues», publicado en junio de 2015 en la Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría. Sin embargo, no tiene la misma incidencia en unas zonas que en otras, puntualiza Redolar. En el norte de Europa, en países como Noruega, por ejemplo, tiene una incidencia mayor que en España.

Entre los síntomas del trastorno afectivo estacional se encuentran la fatiga o sensación de tener poca energía, un estado de ánimo triste o deprimido todos o casi todos los días, la pérdida de interés por actividades, la dificultad para dormir o sueño excesivo, los cambios en el apetito y muchas ganas de comer alimentos ricos en hidratos de carbono, sentirse inquieto o tener dificultades para concentrarse o sensibilidad al rechazo de amigos y familiares y, como resultado de ello, retraimiento.

 

CAROLINA ÁLVAREZ ALBALÁ 

 

Resultado de imagen de LUIS ROJAS MARCOS: “LA ESPAÑOLA VIVE MÁS PORQUE HABLA MUCHO”

Según el psiquiatra sevillano, las mujeres pronuncian al día 15.000 palabras más que los hombres, y eso les hace vivir más.

El psiquiatra Luis Rojas Marcos está convencido de que los españoles “hablamos bien” y lo mantiene en su libro Somos lo que hablamos, pero tiene aún más claro que ellas son más aliadas de la comunicación, y eso hace que la mujer pronuncie, de media, 15.000 palabras más al día, y que viva más.

Es lo que sostiene este sevillano, que en 1968 emigró a Nueva York y que en la actualidad es profesor de Psiquiatría en la universidad y miembro de la Academia de Medicina de la misma ciudad, un referente allí y aquí que saca nuevo libro, Somos lo que hablamos. Y escribe sobre este tema porque, según sostiene en el libro y cuenta en una entrevista a Efe, hablar está íntimamente relacionado con la buena salud y la satisfacción con la vida en general. “Hablar -dice-, en cualquiera de sus formas, no sólo añade vitalidad a los años, sino también años a la vida”.

P.- ¿Los españoles hablamos bien?

R.- Los españoles hablamos bien y mucho, que es muy sano. Hay muchos estudios que demuestran que la persona extrovertida habladora vive una vida mejor, con más satisfacción, más sana y vive más también. Forma parte de la personalidad de la longevidad el hablar.

P.- Y dentro de que hablemos bien, las mujeres, según dice, utilizan más palabras, hablan más, entendemos antes lo que nos dicen que los hombres. ¿Por qué?

Hay muchos estudios que demuestran que la persona extrovertida habladora vive una vida mejor”

R.- Porque las niñas tienen la zona del cerebro que regula el lenguaje más desarrollada que los niños. Luego con los años, eso va cambiando, pero lo normal, lo más general es que las niñas con cinco, seis o siete años, e incluso durante la adolescencia hablen más y tengan un vocabulario más diverso que los niños. Además, cuando los hijos e hijas estudian vemos que en general tanto el padre como la madre se comunican con ellas especialmente en temas de emociones y personales con más frecuencia que con ellos.

P.- Usted mantiene que los niños avanzan en su desarrollo psicológico más si están rodeados de personas que hablan y usan más variedad de palabras. A los niños, ¿les podría haber pasado factura la crisis? Lo digo porque la angustia por el trabajo podría conllevar menos comunicación.

R.- Sí. Hay numerosos estudios epidemiológicos que demuestran que niños que crecen en un ambiente parlanchín, no solo por el número de palabras, sino por la variedad, avanzan intelectualmente más rápidamente. Incluso durante la adolescencia les va mejor en los colegios porque aprenden mejor. El hecho de que crezcan en un ambiente de menos palabras, más depresivo, de más introversión, no es bueno para los niños en los primeros años de vida.

P.- En estos días en los que se acerca la campaña electoral, ¿cómo recomendaría a los políticos utilizar “la palabra” para llegar a una sociedad que en buena medida está decepcionada con ellos?

Niños que crecen en un ambiente parlanchín avanzan intelectualmente más rápidamente”

R.- Por mi experiencia con políticos sobre todo en EEUU, donde llevo 50 años, les recomendaría que fueran optimistas, que hablen con esperanza, de la parte positiva, que si traen recuerdos del pasado que sean positivos, que den explicaciones que la gente entienda y que no lleven mucha carga de culpabilidad que tengan un elemento de esperanza importante. El optimismo la esperanza, los buenos recuerdos y ejemplos son fundamentales.

P.- Los españoles dice que hablamos bien, pero ¿nos tratamos bien?

R.- Algo debemos hacer bien cuando la esperanza de vida en España es la tercera del mundo, cuando los índices de satisfacción con la vida en general en España son de los más altos del mundo.

P.- ¿Somos felices entonces?

R.- Los españoles están entre las poblaciones más satisfechas con la vida del mundo indudablemente, aunque no lo parezca en el sentido de que la queja es el instrumento fundamental. Nos quejamos, observamos los problemas y como es el tema principal de conversación pues parece que los españoles y españolas estamos preocupados con los problemas del mundo. Pero nuestra satisfacción con la vida es notable.

P.- Posiblemente sería mejor que nos tratáramos mejor nosotros mismos, ¿cómo nos hablamos?

R.- Es curioso, pasamos más tiempo hablándonos a nosotros mismos que hablando con los demás, sin embargo desde pequeños no nos enseñan a ello. Nos dicen: “Luis pide las cosas por favor, da las gracias”. Nos enseñan el lenguaje social, pero el lenguaje privado hacia mí, no. Es muy importante hablarnos a nosotros mismos.

P.- ¿Cómo hablarnos bien?

R.- Háblate a ti misma como te gustaría que te hablasen los demás. Trátate razonando, sé consecuente con tus propias ideas, sé compasiva contigo misma, alégrate cuando algo sale bien, y luego aprende a hablarte a ti misma para ayudarte a tomar decisiones. El autocontrol es importante en la vida, y depende mucho del lenguaje interior.

 

EL INDEPENDIENTE

 

Resultado de imagen de NO INFRAVALORES LA ACTITUD: LA CIENCIA AFIRMA QUE LOS OPTIMISTAS VIVEN MÁS (Y DICE CUÁNTO)

Lo dijo el psiquiatra Luis Rojas Marcos en su discurso de investidura como doctor honoris causa en la Universidad de Burgos, que “el optimismo es un excelente protector de nuestra salud y satisfacción con la vida”.

Son muchas las referencias a la importancia de la actitud positiva en el curso de la vida, pero ahora un gran estudio con más de 70.000 estadounidenses le pone cifras: los optimistas viven entre un 11 y un 15% más y tienen entre un 50 y un 70% más de posibilidades de llegar a los 85 años.

El estudio dice que los optimistas tienen entre un 50 y un 70% más de posibilidades de llegar a los 85 años

El estudio, que se publica en Proceedings of the National Academy of Sciences, lo han realizado investigadores de la Escuela Universitaria de Medicina de Boston, el Centro Nacional de Trastornos de Estrés Postraumático del Sistema Público de Salud Británico y la Escuela T.H. Chan de Salud Pública de Harvard.

Las instituciones contaron con los datos de 69.744 mujeres a las que se siguió durante 10 años y 1.429 hombres que fueron seguidos durante tres décadas. De todos ellos se evaluó su nivel de optimismo, y el resultado confirmó que los individuos más optimistas vivieron, de media, entre un 11 y un 15% más. Se tuvieron en cuenta los datos de edad y otros factores de enfermedad, nivel educativo o hábitos saludables.

Pero, ¿qué es el optimismo? Es la capacidad de esperar que ocurran cosas buenas y creer que el futuro será favorable porque tenemos capacidad para controlarlo. “Mientras que las investigaciones han identificado factores de riesgo para desarrollar enfermedades o muerte prematura, sabemos muy poco de factores psicosociales que pueden favorecer un envejecimiento saludable”, afirma Lewina Lee, profesora asistente de Psiquiatría en la Universidad de Boston.

“Este estudio tiene relevancia en Salud Pública porque apunta a que el optimismo tiene potencial para ampliar la esperanza de vida. Además, el optimismo se puede modificar con técnicas o terapias relativamente simples”, añade Lee.

Tener una actitud positiva del envejecimiento reduce el riesgo de demencia

Aunque no está claro cómo actúa el optimismo para alargar la vida, los autores apuntan a que los optimistas “son capaces de regular las emociones y el comportamiento y dominar el estrés y las dificultades de forma más efectiva”, afirma Laura Kuzbansky, de la Universidad de Harvard. Los autores del estudio destacan, además, que los optimistas tienden a llevar hábitos más saludables, lo que también incidiría en una mayor esperanza de vida.

Y si uno no es de naturaleza optimista, empezar por rodearse de gente que sonría le puede ayudar a ser más feliz. Así lo recogía un análisis de estudios publicado hace unos meses en Psychological Bulletin y en el que un equipo de investigadores de la Universidad de Tennessee-Knoxville y Texas A&M analizó casi 50 años de pruebas de datos para ver si las expresiones faciales pueden llevar a las personas a sentir las emociones relacionadas con esas expresiones.

La sonrisa hace que la gente se sienta más feliz, el ceño fruncido los hace sentir más enfadados y tristes a quienes están mirando, fue su conclusión. Con una técnica estadística llamada meta-análisis, Coles y su equipo combinaron datos de 138 estudios que evaluaron a más de 11.000 participantes de todo el mundo.

“No creemos que la gente pueda sonreír en su camino a la felicidad”, dijo Coles. “Pero estos hallazgos son emocionantes porque proporcionan una pista acerca de cómo la mente y el cuerpo interactúan para moldear nuestra experiencia consciente de la emoción. Todavía tenemos mucho que aprender sobre estos efectos de retroalimentación facial, pero este metanálisis nos acerca un poco más, a entender cómo funcionan las emociones”.

CRISTINA CASTRO

 

Resultado de imagen de el asco es repugnante pero sirve para algo

Heridas con pus, personas con mal olor corporal, comida podrida…  El asco es un mecanismo de defensa y está relacionado con las que históricamente fueron las mayores amenazas de enfermedades infecciosas, según un estudio.

Si te da asco, es por algo. Ver una herida abierta con pus supurante era hace unos siglos, más allá de la estética, un riesgo de peste o viruela. Y los alimentos podridos, una posible fuente de cólera.

Ya se sabía que el asco había servido a nuestros antepasados para evitar infecciones, pero lo que acaba de descubrir una nueva investigación de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres (LSHTM) es que la sensación de repugnancia se ha mantenido y aún hoy nos sigue poniendo alerta ante personas, prácticas u objetos que podrían suponer un riesgo de enfermedad.

Lo que ha realizado esta investigación, la primera que trata el asco desde la perspectiva de la enfermedad, es identificar las principales categorías de desencadenantes y que son lesiones en la piel, comida podrida o la deformidad.

Las emociones cambian el color de la cara

Para ello, se valieron de más de 2.500 encuestas online que recogían 75 escenarios potencialmente repugnantes, desde personas con signos evidentes de infección, lesiones cutáneas llenas de pus y objetos repletos de insectos, estornudos o heces al aire libre. A los participantes se les pidió que calificaran el nivel de asco que les daba en cada uno.

De todas las situaciones, las que más asco generaron fueron las heridas con pus. La falta de higiene, como el mal olor corporal, también resultó ser particularmente repugnante. Las principales categorías se relacionaban con las amenazas históricas de enfermedades infecciosas, como el contacto cercano con personas sin higiene podía conducir a la lepra o las relaciones sexuales arriesgadas a la sífilis.

El autor principal del estudio, Val Curtis, asegura que aunque sabían que “la emoción de la repugnancia era buena para nosotros, aquí se ha dado un paso más, mostrando que el asco está estructurado, reconociendo y respondiendo a las amenazas de infección para protegernos”.

El contacto cercano con personas sin higiene podía conducir a la lepra

El asco se comporta diferente en hombres y mujeres, y en la encuesta ellas calificaron todas las categorías como más repugnantes que ellos, algo coherente – explican los investigadores – con el hecho de que el comportamiento de los hombres se asocia a conductas más arriesgadas.

Se trata de la “teoría de la evitación del parásito”, según la cual el asco se desarrolló en los animales, alentándolos a adoptar comportamientos para reducir el riesgo de infección. Este comportamiento se repite en humanos donde el asco nos indica que debemos actuar de maneras específicas, lo que minimiza el riesgo de contraer enfermedades.

La ciencia manipula tu forma de comer

“Aumentar nuestra comprensión de la repugnancia de esta manera podría proporcionar nuevos conocimientos sobre los mecanismos de comportamiento de evitación de enfermedades, y nos ayudará a desarrollar nuevos métodos para mantener nuestro medio ambiente, nuestros compañeros animales y nosotros mismos sanos”, afirma Curtis.

Micheal de Barra, codirector de la investigación, concluye: “A pesar de que realmente solo llegamos a comprender cómo se transmiten las enfermedades en el siglo XIX, está claro que la gente tiene un sentido intuitivo de qué evitar en su entorno. Nuestra larga coevolución con la enfermedad ha “conectado” este sentido intuitivo de lo que puede causar la infección”.

Los investigadores creen que sus hallazgos podrían ayudar a elaborar mensajes en campañas de salud pública, como para fomentar el lavado de manos o contrarrestar el estigma asociado a la enfermedad.

 

EL INDEPENDIENTE

 

Resultado de imagen de TRIANGULACIÓN: LO PEOR QUE TE PUEDEN HACER TUS COMPAÑEROS (PERO TÚ TAMBIÉN LO HACES)

Según los expertos que han realizado el estudio es probable que la visión sobre llorar que tiene cada uno esté influenciada por sus creencias y expectativas sobre el llanto

Llorar en público puede ser una situación que resulte embarazosa para alguna gente, pero para otra, podría llegar a ser una muestra de sensibilidad y de cercanía para con las demás personas más que algo de lo que avergonzarse. A lo largo del tiempo se han estudiado los efectos que tiene el llanto en los humanos, incluso se ha llegado a descubrir que puede ser un truco que ayuda al organismo a perder peso.

Ahora, un grupo de psicólogos de la Universidad de Queensland (Australia) ha elaborado un estudio sobre lo que motiva el llanto y lo que provoca este. Según han escrito Leah Sharman y su equipo, autores de dicho trabajo, y ha recogido BBC, «la frecuencia con la que una persona se pone a llorar, cómo se siente después y si esto le ayuda a sobrellevar un evento emocional» es «probable que esté influenciada por sus creencias y expectativas sobre el llanto, el contexto social y la experiencia pasada».

Tres tipos de creencias

Los investigadores, en primer lugar presentaron preguntas abiertas a un pequeño grupo de voluntarios para después crear un conjunto de 40 posibles cuestionarios que se distribuyeron ‘online’ a dos grupos de más de cien voluntarios cada uno. En ellos se abordaban ideas como «después de llorar, siento una liberación emocional» o «llorar rodeado de los demás me hace sentir vulnerable» a los que posteriormente los encuestados añadirían una valoración indicando, con un número de entre el uno y el siete, su conformidad o no con las cuestiones planteadas. Con estas cifras los voluntarios calificaron su acuerdo o desacuerdo con las ideas que les plasmó la investigación, y gracias a ellas, los expertos pudieron especificar que hay tres tipos principales de creencias sobre el llanto:

  • Llorar en privado es útil:Muchas personas estuvieron de acuerdo con declaraciones como «llorar me ayuda cuando me siento abrumado» o «a la larga, sé que me sentiré mejor porque he llorado». Los participantes tendían a estar en desacuerdo con la idea de que llorar en privado no ayuda por lo que parece que la creencia es que llorar solo es poco probable que te cause mucho daño, e incluso que puede ser útil.
  • Llorar en privado no ayuda: Otros encucestados aceptaron afirmaciones como «llorar me hace sentir peor cuando estoy solo» o «me siento peor inmediatamente después de llorar». Para fundamentar esto, los expertos dejan un ejemplo, y es que en un estudio elaborado por la psicóloga Kauren Bylsma, publicado en 2011, encontraron que el estado de ánimo general de las personas era peor de lo normal en los días en que lloraban.
  • Llorar en público no sirve de nada: afirmaron algunas respuestas como «me da vergüenza cuando lloro con personas que no son mis amigos o familiares» y «me siento juzgado cuando lloro con mis compañeros de trabajo”. En diversos estudios se ha determinado que las personas que lloran en público en ocasiones son juzgadas como menos competentes, y en otras ocasiones hasta se les ha definido como manipuladoras.

Otros detalles que deja el estudio

Las personas que estaban más en contacto con sus emociones, que las expresaban más y eran más dependientes de otros para recibir apoyo personal, eran las que solían considerar que es beneficioso llorar, tanto en privado como público. Por otro lado, las personas que creían que el llanto no es útil también eran las que aseguraban estar menos en contacto con sus emociones.

La creencia sobre el llanto podría cambiar a lo largo de la vida, dependiendo de las vivencias personales

Sharman y su equipo consideran que «es posible que aquellos que perciben el llanto como inaceptable tienen más probabilidades de suprimir sus emociones en un esfuerzo por reducir la expresión externa de esa emoción». Por lo que se deduce que es muy probable que haya una interacción entre nuestra visión del llanto, nuestro comportamiento y nuestras experiencias.

En cuanto a estos resultados, los expertos que han realizado el trabajo aseguran que «las creencias sobre el llanto se podrían ir actualizando a lo largo de la vida a medida que uno experimenta diferentes resultados sociales e interpersonales. Estas creencias actualizadas podrían influir en el llanto futuro hasta el momento en que estas ya no sean funcionales y necesiten actualizarse nuevamente».

MIGUEL MUÑOZ

 

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La sensación de que el tiempo se acelera conforme van pasando los años es uno de los mayores misterios ​de la percepción humana

Cuando éramos niños, las vacaciones de verano parecían no terminar nunca. Y qué decir de la espera antes de las navidades, una eternidad. Ahora en cambio parece que estas fiestas de invierno llegan cada vez más pronto. Los días, semanas y meses se suceden a una velocidad pasmosa y desechamos calendarios como quien cambia de camisa. No hace falta, por tanto, acudir a Einstein o a su reloj en movimiento para confirmar la relatividad del tiempo, pues basta con nuestra peculiar percepción humana.

Durante once meses al año tragamos con nuestras obligaciones esperando que lleguen las ansiadas vacaciones. Y, una vez es verano, nos damos cuenta de lo que nos hemos perdido

Desde que el fenómeno fue acreditado por los psicólogos Marc Wittmann y Sandra Lenhoff en 2005, según ‘Scientific American‘, la sensación de que el tiempo se acelera a medida que envejeces es uno de los mayores misterios. Pero afortunadamente, los intentos de la ciencia por desentrañarlo ya han dado sus frutos. Por un lado, se dice que podría ser una alteración gradual de nuestro ritmo circadiano, comúnmente denominado biológico o interno. En efecto, la ralentización del metabolismo conforme envejecemos coincide con el bajón del ritmo cardíaco y la respiración, lo que significa que si cada vez notamos menos latidos y tomamos aliento con menos frecuencia, podría parecer que el tiempo fuese más despacio.

Almacenamos entre seis y nueve recuerdos en dos semanas cargadas de rutina. Los mismos que en solo un día durante las vacaciones

En cambio, otra teoría sugiere que está relacionado con la cantidad de información que absorbemos. Nuestros cerebros tardan más en procesar los nuevos estímulos, por lo que el tiempo podría parecer más largo. A su vez, registramos recuerdos más ricos y detallados al enfrentarnos a nuevas situaciones. Esta hipótesis explicaría por qué hay gente que ha tenido un accidente de coche o que ha experimentado una caída libre (por ejemplo, practicando puenting) que asegura que todo parecía haber pasado “a cámara lenta”. También por qué el primer día de trabajo se hace eterno o por qué no recuerdas lo que comiste hace tres días pero sí esa comida tan especial durante tus vacaciones.

Tempus fugit

Como dice el escritor y periodista Martín Caparrós, viajar es la mejor manera de engañar al tiempo, algo que la psicóloga Claudia Hammond ha denominado como la “paradoja vacacional”. Durante dos semanas cargadas del confort de la rutina y experiencias ordinarias, una persona puede almacenar entre seis y nueve recuerdos. Pero en tan solo un día de asueto podemos alcanzar un número equiparable. Es cierto, por tanto, eso de que el tiempo vuela cuando uno se divierte. Todo es inédito, fresco y merece la pena atesorarlo en la mente.

¿Y esto qué relación tiene con el envejecimiento? A medida que pasan los años, nos familiarizamos con nuestro entorno, sobre todo si tenemos una rutina definida. En cambio, para los más jóvenes el mundo es un lugar desconocido lleno de experiencias nuevas, por lo que deben dedicar mucho más esfuerzo cerebral a procesarlas. El elemento clave que sostiene este supuesto es la dopamina que se libera cuando percibimos estos estímulos inéditos. Al parecer, una vez superamos la barrera de los 20, los niveles van decayendo, lo que hace que los días pasen más y más deprisa.

Según esta teoría, tendría más sentido dividir la vida de una persona en cuatro etapas: de cinco a diez, de diez a 20, de 20 a 40 y de 40 a 80 años

En un intento por racionalizar la percepción del tiempo, los científicos aseguran que se podría dar con una escala logarítmica que lo explicase, que sería parecida a la de Richter, que se utiliza para medir la intensidad de los terremotos. Es decir, el paso de la nueve a diez no corresponde necesariamente a un aumento del 10%. Para un niño de dos años, 365 días son la mitad de su vida. Para uno de diez, un 10%. Para uno de 20, un 5%. Algo que se entiende a las mil maravillas con la línea de tiempo interactiva realizada por el diseñador Maximilian Kiene.

Por lo tanto, consideran que es un error entender nuestras vidas en términos de décadas, pues esto sugiere que cada periodo tiene un peso equiparable. Bajo esta teoría, la vida de una persona se tendría que dividir en cuatro etapas: de cinco a diez, de diez a 20, de 20 a 40 y de 40 a 80 años. Sea como fuere, de todo este galimatías podemos sacar en claro que la rutina hace que los días pasen más rápido, así que el mejor método para aprovechar el tiempo finito que se nos da sería llenarlo de eventos únicos y memorables, como lo haría un niño

MIGUEL SOLA

 

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 La música disminuye la ansiedad en los enfermos de cáncer Los hospitales madrileños incorporan coches eléctricos para reducir la ansiedad de los más pequeños Hailey Baldwin: “Confieso que sufro ansiedad y así la combato día a día

La ansiedad es un fenómeno normal. Pero para algunas personas, se vuelve permanente y debe ser aliviada. Nick Karvounis/UnsplashDominique ServantI-site Université Lille Nord Europe (ULNE)

Todos sentimos ansiedad ante las incertidumbres de la vida. Nos da miedo ponernos enfermos o perder a seres queridos. Esta emoción es normal y se puede considerar que desempeña una función en nuestra capacidad de adaptarnos a lo que nos sucede.

Pero para muchos de nosotros, la ansiedad deja de ser razonable y no obedece a la lógica, nos domina y nos hace vulnerables. Entonces, nos cuesta conciliar el sueño o concentrarnos. Nuestra mente se aferra a pensamientos de los que no logramos distanciarnos. La ansiedad aparece sin avisar y de repente el pánico se cierne sobre nosotros.

Nuestros familiares y amigos no siempre comprenden ese sufrimiento que no responde a una anomalía que pueda observarse o a un problema concreto. Pero la ansiedad está claramente ahí y nos arruina la vida.

Cuando la ansiedad se vuelve enfermiza

En algunas personas, en ciertas situaciones y en momentos concretos de la vida, la ansiedad se vuelve enfermiza. Para poder calificarse como tal, deben cumplirse cuatro condiciones:

  • Cuando es desproporcionada y surge en relación con aspectos que no son peligrosos en sí mismos. En este caso, adquiere un carácter irracional, ilógico y no responde al sentido común. Somos conscientes de que no existe nada grave, pero no podemos entrar en razón.
  • Cuando es demasiado intensa. En lugar de ayudarnos a adaptarnos mejor a la situación, la ansiedad se convierte en algo improductivo e inútil. Cuando se supera el límite de la ansiedad moderada y se intensifica, obstaculiza lo que estamos haciendo y la sentimos como un verdadero sufrimiento.
  • Cuando se prolonga. La ansiedad se puede volver permanente y dominante. Nos impide vivir con normalidad y no nos da un respiro. Tenemos la impresión de que no acabará jamás, de que nunca veremos el final del túnel.
  • Cuando se vuelve incontrolable. Cuando no podemos dominarla, cuando sentimos impotencia, a veces incluso ira contra nosotros mismos. Nos culpamos por no poder reaccionar.

Afecta a una de cada cinco personas

De este modo, los trastornos de ansiedad se diferencian de la ansiedad normal por la presencia de varios síntomas intensos, duraderos, que generan un verdadero malestar y entorpecen la vida diaria, el trabajo o los momentos de ocio. Estos trastornos afectan a alrededor de una de cada cinco personas y existen diversos tipos.

El trastorno de pánico: se define por la repetición de ataques de pánico (crisis agudas de angustia), algunos de los cuales son imprevisibles y suponen molestias diarias y una ansiedad anticipada («miedo a tener miedo») casi permanente.

Las fobias: se caracterizan por un temor intenso y percibido como excesivo ante objetos o situaciones que no son peligrosos realmente. Cualquier enfrentamiento (real o imaginario) con el objeto o la situación que las causan provoca una ansiedad que puede ser grave y llegar a desembocar en un ataque de pánico. No obstante, la angustia desaparece en el momento en que la persona se siente «a salvo».

Se distinguen dos formas de fobia:

  • las fobias específicas relativas a un solo tipo de objeto o a una situación simple (a los animales, a la sangre, al avión, etc.),
  • la agorafobia, definida por el miedo y la evitación de situaciones en las que a la persona le resultará difícil huir o encontrar ayuda, como las multitudes, grandes almacenes, salas de concierto o transportes públicos.

Temor a la opinión de los demás y a ser juzgados

Las fobias sociales (también denominadas trastornos de ansiedad social) se caracterizan por un temor intenso a la opinión de los demás y a que nos juzguen. La persona teme exponerse a actividades diarias como hablar o actuar en público. Las fobias sociales responden a un verdadero trastorno de ansiedad que no hay que confundir con simple timidez.

El trastorno de ansiedad generalizado se caracteriza por una preocupación prácticamente permanente y duradera (al menos seis meses), relativa a distintos motivos de la vida diaria (riesgo de accidentes o de enfermedades de uno mismo o de familiares, anticipación de problemas financieros o profesionales, etc.), sin que sea posible «entrar en razón» y controlar estos pensamientos. Estos generan un estado de tensión permanente, tanto física como psíquica.

La ansiedad, en las distintas formas citadas anteriormente, constituye el problema psicológico más frecuente. Diversos estudios realizados sobre un gran número de sujetos en todo el mundo demuestran que entre el 15 y el 20 % de los encuestados sufre un trastorno de ansiedad en algún momento de la vida, según un estudio publicado en 2005. Las fobias específicas son las más frecuentes (11,6 %), seguidas de la ansiedad generalizada (6 %), las fobias sociales (4,7 %), el trastorno de pánico (3 %) y la agorafobia (1,8 %).

Afecta a más mujeres que a hombres

Los estudios han demostrado que los trastornos surgen en los adultos jóvenes (personas de 18 a 35 años) y a veces incluso en niños (ansiedad por separación, fobia social…). Tras un periodo de estabilidad en la mediana edad, se observa un nuevo repunte a partir de los 65 años. Todos los estudios indican que la ansiedad afecta al doble de mujeres que de hombres. Esta particularidad no tiene una sola explicación y se han planteado varias hipótesis, como características biológicas y hormonales, factores sociológicos (la función social de las mujeres) o psicológicos (sensibilidad).

Los trastornos de ansiedad afectan a todas las categorías sociales y a personas de todos los orígenes. La ansiedad parece ser más frecuente en ciudades que en entornos rurales. Esto se atribuye al estrés de las ciudades relacionado con la urbanización. La contaminación también podría desempeñar una función en el sistema neurobiológico de la ansiedad.

¿Por qué sentimos ansiedad? Durante mucho tiempo, la ansiedad se atribuyó a una naturaleza débil y emotiva o a una falta de voluntad, antes de que se reconociera que tenía causas tanto médicas como psicológicas y que no se han precisado todavía.

¿Exageración de un funcionamiento biológico normal?

En cuanto a la biología, los investigadores no han encontrado ninguna anomalía y apuntan más bien una exageración del funcionamiento biológico normal. No se ha encontrado ningún gen que codifique un neurotransmisor o una enzima implicada en la biología de la ansiedad.

Los nuevos métodos de exploración del cuerpo y del cerebro como el diagnóstico por imagen (escáner, resonancia magnética), la neurobiología y la genética demuestran alteraciones cuando se produce ansiedad. Al sufrir ansiedad, las estructuras del cerebro implicadas en la reacción del miedo muestran sensibilización, como indica este estudio publicado en 2016.

Por lo tanto, para las personas que presentan una vulnerabilidad genética, la intervención en los factores de estrés y sus consecuencias psicológicas sigue siendo la mejor forma de prevenir la aparición o la evolución de un trastorno de ansiedad.

Sabemos que la ansiedad no puede explicarse únicamente por la biología y la genética. También existen causas psicológicas, como los acontecimientos vividos en la infancia, la educación y las experiencias que han dado forma a nuestra personalidad. La ansiedad es una emoción fundamental, necesaria en el desarrollo del niño, en la construcción de su personalidad y su adaptación al mundo y a sus peligros.

La ansiedad no solo se trata, sino que también se gestiona y podemos aprender a aceptarla para que deje de ser un obstáculo en la vida. Se puede actuar sobre la propia ansiedad. Cuando se tiene un carácter ansioso, no se va a cambiar, pero, poco a poco, podemos reaccionar de forma totalmente distinta ante circunstancias que antes fomentaban la mecánica de la ansiedad. Con el tiempo, podemos llegar a comprender mejor nuestras reacciones.

Cuando la ansiedad es más fuerte y más resistente, podemos recurrir a tratamientos. Los medicamentos ansiolíticos calman de forma transitoria la ansiedad, pero exponen a la dependencia. Como tratamiento de fondo, se recomiendan los antidepresivos que actúan como un verdadero filtro emocional. No obstante, hay que limitar el consumo de medicamentos y proponer otros métodos igualmente eficaces, sobre todo las psicoterapias.

Los medicamentos se prescriben cuando es necesario mitigar los síntomas y cuando no es posible hacerlo de forma inmediata con otros medios. No hay que considerarlos como un fin en sí mismos, sino que se debe recibir otro tratamiento que implique un compromiso personal, como las terapias cognitivas y conductuales (TCC). Con técnicas de relajación y de meditación se pueden aliviar también los síntomas. Las TCC y la meditación de conciencia plena tienen una eficacia equivalente a los medicamentos, con la ventaja de que sus efectos son más estables y, además, evitan la recaída.

Artículo traducido gracias a la colaboración con Fundación Lilly.

Paula Dumas