Cómo disponer de una mente resiliente una vez termine la pandemia

La capacidad de hacerle frente a situaciones traumáticas o de conflicto viene determinada por los genes pero también se puede entrenar. A continuación, veremos cómo

 

Incertidumbre, soledad, trauma, duelo, estrés, ansiedad… son algunos de los síntomas que todos en mayor o menor medida experimentamos desde que comenzó la pandemia y nuestra vida dio un inesperado giro de 180 grados. En este punto, podríamos decir que nos hemos acostumbrado (o no) a vivir con el miedo a contagiarnos o infectar a alguno de nuestros seres queridos más próximos, así como a sustituir las videollamadas por las quedadas familiares o entre amigos.

Tanto es así que en los últimos meses si hay una palabra que aparece en las conversaciones formales e informales esa es la de resiliencia, la cual alude a la capacidad de adaptarse a los cambios bruscos o de recuperarse frente a un acontecimiento adverso. Esta aptitud viene relegada a la personalidad pero también se puede entrenar. Al ser un concepto un tanto abstracto, alude a una capacidad mental que surge cuando nuestro cerebro se ve sometido a situaciones de conflicto o estrés, de ahí que esté focalizada en el hipocampo y la corteza prefrontal, el centro de emociones como el miedo o la memoria.

Padecer episodios de ansiedad crónica puede dañar la conexión entre la corteza prefrontal y la amígdala, haciéndonos menos resilientes

Por un lado, hay una razón genética para ser más o menos resilientes: las variantes genéticas afectan a los niveles y actividad de las hormonas que inducen al estrés, así como aquellas que las contrarrestan. «La resiliencia no es como un interruptor de encendido y apagado», explica Deborah Marin, directora del área del Mount Sinai contra la ansiedad, en un reciente artículo de ‘Medium‘. «Algunas personas pueden nacer con más capacidad de resiliencia, pero también hay mucha influencia del entorno, desde su nivel socioeconómico, su acceso a la atención médica, nivel educativo o el hecho de sentirse apoyado por una comunidad de gente».

Es por ello por lo que no podemos resignarnos y pensar que nuestra capacidad de resiliencia viene determinada solo por nuestra información genética. «Creemos que una gran parte de la resiliencia consiste en saber cómo regular la respuesta al estrés», asegura Steven Southwick, profesor emérito de psicología de la Universidad de Yale. «En muchos sentidos, es un conjunto de habilidades que podemos aprender prácticamente cualquiera de nosotros«. ¿Cómo? Según explica el profesor, fortaleciendo el centro de control ejecutivo del cerebro (la corteza prefrontal) y el centro de excitación (la amígdala) para que no se vea invadido por el miedo y despierte en nosotros emociones negativas.

Al contrario, se trata de activar o potenciar las emociones positivas, las cuales reducen los niveles de excitación, amplían nuestra capacidad de atención y aumentan el espíritu creativo, lo que ayuda a las personas a ser más flexibles en sus pensamientos y actitudes. En general, se trata de ver el estrés no como un problema insuperable, sino como un desafío que hay que resolver. Hay cosas que no podemos cambiar; de hecho, fuimos muy conscientes de esto mismo durante la pandemia, cuando tuvimos que guardar el confinamiento domiciliario durante meses. Muchos se llevarían las manos a la cabeza y vivirían bajo continuas situaciones de estrés, pero también otros tantos otros comprendieron que se trataba de una oportunidad para pasar tiempo en casa o desarrollar alguna habilidad que debían aprovechar.

El «optimismo realista»

Southwick llama a este tipo de reformulación mental como «optimismo realista», que consiste en «tener una actitud orientada hacia el futuro y creer en que las cosas van a salir bien». No es que «el optimista realista» no sepa ver los problemas o tenga mucha capacidad para resolverlos, sino que no vive pegado a una connotación negativa de lo que le pasa, teniendo una «gran capacidad para desconectarse de forma rápida, particularmente de todo lo negativo que no tiene solución».

Este tipo de flexibilidad cognitiva se asocia con un control ejecutivo más fuerte de la corteza prefrontal que surge como respuesta de esa sensación de miedo o incertidumbre que despierta en la amígdala y provocan el estrés. De ahí que padecer episodios de ansiedad crónica pueda dañar la conexión entre la corteza prefrontal y la amígdala, desregulando esta capacidad para hacer frente a los problemas y obviar aquello que no se puede remediar, produciendo trastornos que pueden ir hasta el estrés postraumático.

Respiración profunda

¿Cómo se puede ejercitar la resiliencia? Al ser una cualidad tan abstracta y con cierto componente genético, muchos se preguntarán cómo podemos aumentar nuestra capacidad de sobreponernos a lo malo. Una de las mejores maneras es mediante la meditación, la cual ejercita la corteza prefrontal, ya que ayudará a concentrarnos mejor y a autorregular nuestros propios pensamientos. «El cerebro es mucho más plástico de lo que pensamos, es como un músculo que se puede fortalecer o ejercitar», asegura Southwick. «Concretamente, se llama ‘neuroplasticidad dependiente del uso’, es decir, cuando más lo ejercito, más y mejor responderá mi cerebro y empleará menos esfuerzo en el futuro».

Como decía un proverbio japonés, «si quieres ganar, corre solo; pero si quieres llegar más lejos, corre acompañado»

En este sentido, la respiración profunda que se da en la meditación ayuda a activar el sistema nervioso parasimpático, lo contrario a los sentimientos de lucha o huida, y comenzar a quitarse de encima las sensaciones de estrés. «A corto plazo, respirar profundamente unas cuantas veces en un momento puntual de estrés puede activar este sistema, reduciendo los niveles de noradrenalina, una sustancia química del cerebro que aumenta la excitación», asevera el experto.

Apoyo social

Quizás la forma más esencial de entrenar al cerebro para ser resiliente. Como decía un proverbio japonés, «si quieres ganar, corre solo; pero si quieres llegar más lejos, corre acompañado». En nuestro camino hacia la recuperación de un suceso traumático o de un conflicto, sentirse acompañado en el camino es esencial para salir victoriosos. Aunque bien es cierto que más te vale elegir bien tu compañía, pues si te rodeas de gente que no es adecuada para ti o no sabe escuchar, lo mejor es que optes por hacer el camino solo.

A decir verdad, todos somos potenciales aliados, y no hay más que actuar de forma honesta y sincera con los demás para saber que en ellos te puedes apoyar y a su vez ellos pueden confiar en ti. No somos islas condenadas a soportar la embestida de las olas de forma estoica, sino que estamos rodeados de personas que seguramente estén pasando una situación parecida a la tuya. Y si es demasiado difícil o no encuentras salida a tus problemas, siempre puedes pedir ayuda psicológica a un profesional para trabajar y superar el conflicto en el que te encuentras atascado.

 

  1. Zamorano

 

Tú haz lo que te gusta!": por qué las frases motivacionales pueden ser muy  nocivas

¿Cuántas veces te han inculcado que siguieras tu pasión a toda costa? ¿Y cuántas no? Al final, muchas de nuestras aspiraciones no dependen de nosotros mismos, sino del contexto

 

«Haz lo que te gusta». «Encuentra tu pasión». «Disfruta de lo que haces». Muchas personas, sobre todo las que pertenecen a la generación ‘millennial’, llevan oyendo este tipo de frases motivacionales desde pequeños. Y a juzgar por el significado tan positivo de las mismas, bien es cierto que esconden un reverso negativo. Sin embargo, es evidente que si creces con personas que te apremian a desarrollar una disciplina que te apasiona es mucho mejor que si lo haces entre figuras de autoridad que solo quieren que hagas lo que ellas dicen porque creen que es lo correcto para ti.

A todos nos gustaría pasar el resto de nuestra vida desempeñando aquella actividad que nos agrada y nos motiva. Pero la realidad es muy distinta, pues muchos no pueden permitírselo. Actualmente, la tasa de paro juvenil es del 40,1%, es decir, en España hay casi 600.000 jóvenes menores de 25 años desempleados, sin duda uno de los sectores poblacionales más castigados por el coronavirus. La edad en la que se supone que tienes que pensar en tu futuro es también la edad de la pobreza. Y en estos términos, hay muy poco margen para las aficiones y los sueños, pues muchos jóvenes aunque estén ya titulados tienen que pagarse los estudios o la formación en base a un empleo temporal y generalmente precario.

«La anhedonia se define como la incapacidad de encontrar placer o interés en cualquier cosa, incluso en todo en lo relacionado con las metas que una persona una vez quiso alcanzar»

La que ya llaman «generación atrapada entre dos crisis» es también la que creció justo antes y después de los 2000. Pocos años después, vino la crisis financiera de 2018 y las familias tuvieron que apretarse el cinturón (lo que también repercutió en la imposibilidad de muchas para hacer frente al pago de las matrículas universitarias). Ahora mismo, todos esos jóvenes que siguieron su pasión en su día y se encuentran en la franja de edad que va de los 25 a los 35 años posiblemente estén desarrollando su carrera fuera del país, o bien dedicándose a otra cosa al no encontrar «trabajo de lo suyo», esa odiosa expresión que les ha condenado al empleo temporal, por horas o rotatorio. Más de la mitad de los contratos de los jóvenes menores de 30 años son temporales, según el INE, y el 75% de los menores de 25.

Ahora, con la crisis del coronavirus, el futuro para todos estos jóvenes es más incierto que nunca. Si hace apenas unos años muchos no pudieron desarrollar su pasión por su situación económica, a día de hoy este desafío parece imposible. Más incluso responder ante ciertos deseos propios de la vida adulta, como tener una casa en propiedad o formar una familia. A falta de estabilidad laboral y ecónomica, muchos no ven la ocasión en la que por fin salir de la casa familiar. La edad media en la que un joven se independiza en España es de 29 años.

Una de las opciones que están tomando muchos es la de presentarse a las oposiciones. «Los millennials quieren ser funcionarios como sus padres», reconocía Mariano Urraco Solanilla, doctor en Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, en un artículo de hace unos meses, quien elaboró un trabajo de investigación muy interesante sobre los jóvenes extremeños en el que reveló que ante tal falta de expectativas, la mayoría de ellos percibían a las instituciones públicas como el mayor empleador visible, ya que una vez aprobados tales exámenes, podrían gozar de cierta estabilidad laboral, «la tierra prometida» de nuestros días.

Este contexto que hemos dibujado hace muy poco apropiado el consejo de «haz lo que te gusta». Más todavía si llevas años intentándolo y aún no lo has conseguido, lo que puede generar una gran frustración, como reconoce la periodista especializada en psicología Annelli Focus en un reciente artículo publicado en ‘Psychology Today‘ en el que analiza alguna de las connotaciones negativas de esta clase de expresiones motivacionales. Uno de los puntos más interesantes de su artículo es cuando destaca la sensación de anhedonia que puede venir de no alcanzar esos objetivos vitales que te planteaste en un inicio.

La anhedonia

«Asociada con los síntomas de depresión, ansiedad social y otros problemas, la anhedonia se define como la incapacidad de encontrar placer o interés en cualquier cosa, incluso las cosas más divertidas a simpe vista, y sobre todo en lo relacionado a las metas favoritas que la persona una vez quiso alcanzar», asevera Focus. Muchos expertos en salud mental creen que a la crisis sanitaria le sucederá una epidemia de salud mental, y los jóvenes no se van a librar de ella, más aún cuando, además de sufrir las consecuencias de la pandemia más directas en familiares y amigos, han tenido que seguir posponiendo planes que ya no saben si algún día se podrán realizar.

Todas esas pasiones que en su día fueron inculcadas con buenas intenciones por parte de la comunidad educativa o los padres pueden llegar a convertirse en una pesadilla para muchos jóvenes al no poder alcanzar sus objetivos. Hay una frase popular que viene a decir que mientras eres pequeño, adolescente o joven tienes mucho interés y pasión por lo que haces pero no dinero, cuando te haces más mayor tienes dinero pero no tanto como te gustaría y mucho menos tiempo disponible para poder desarrollar aquello que quieres. Sea como sea, lo peor que puedes hacer es rendirte, pues nunca sabes cuándo llegará la oportunidad y, pese a todo lo malo, cultivar una pasión siempre es más positivo que dejarte caer por la inercia y resignarte a un futuro gris en el que solo ser una pieza más del engranaje.

 

  1. Zamorano

 

Por qué todos somos 'un poco Quijotes': la creación de evidencias según  Maurette

El escritor publica ‘Por qué nos creemos los cuentos’, en el que reflexiona sobre cómo se construye la ficción, y por tanto nuestras creencias, en base a evidencias ciertas o falsas

 

Los cuentos ni se leen, ni se cuentan, ni se escriben, se viven. Si fuéramos conscientes de la cantidad de cuentos que nos contamos a nosotros mismos a cada instante perderíamos la cuenta. “Cuentas tantos cuentos que ni Quentin cuenta tantos”, cantaban con gracia los hermanos rumberos más famosos de Cornellá (paradójicamente, hablaremos de un Quentin más adelante). Nuestra mirada es un libro abierto que delata cansancio, euforia contenida, pensamientos furtivos e incorrectos, pasiones secretas. La novela de nuestra vida se escribe desde que nos levantamos, tras recoger al ‘yo’ que dejamos aparcado la noche anterior al entregarle a los sueños –por cierto, otros cuentos de lo más peliagudos–. Entonces, de manera natural e involuntaria, empezamos a narrar de nuevo. Las fábulas que tejemos sobre nosotros mismos emergen por combustión espontánea, hablándonos de nuestros deseos, miedos y miserias. A veces, cuesta prestar atención a esa voz que surge y que mezcla hechos reales con ficticios. Sin embargo, nunca para de hablar, trazando nuevos desarrollos a nuestra historia común y colectiva.

No es casualidad que la portada de ‘Por qué nos creemos los cuentos. Cómo se construye evidencia en la ficción’ (Clave Intelectual, 2021) del escritor argentino Pablo Maurette sea un libro dentro de un libro cuya portada a su vez enseña una figura humana que abre una puerta insondable a otro mundo, tal vez al de la ficción o al de los cuentos. Como muchos de los autores a los que cita, Borges, Cortázar o el propio Quentin Tarantino, su obsesión filosófica nace de la relación que establecen el espectador o el lector con los personajes de la obra a la que están asistiendo, ya sea una película, una novela o un cuento. Precisamente, si algo tienen en común estos tres autores son sus pretensiones metanarrativas, es decir, reflexionar sobre la propia narración, por qué existe esa especie de “magia” que da pie a que nos compenetremos con los hechos que se suceden en una obra de ficción, y por “compenetración” Maurette se refiere a “la aparición efectiva de una dimensión de la realidad que, a pesar de no estar regida por las leyes naturales, tiene injerencia real (sensorial, afectiva, intelectual, mnemónica) en el mundo cotidiano”.

 

«El que cree que el coronavirus se contagia a través del 5G no es muy distinto de Alonso Quijano, que se cree Don Quijote»

Si este libro estudia la creación de evidencias en la ficción (cuya etimología refiere al sentido de la vista), en 2015 publicó ‘El sentido olvidado’ en el que profundizó en la háptica, la ciencia del tacto, la cual no solo incluye la percepción exterior de las cosas, sino todo el conjunto de sensaciones no visuales y no auditivas que experimenta el ser humano. ¿De dónde viene esta obsesión de Maurette por los sentidos? “Creo que es el tema central de la estética, que viene del griego ‘aísthesis’ que significa ‘percepción’”, recalca. “Los sentidos son nuestra vía de acceso al mundo exterior y, a través de él, a muchos otros mundos. Y, a la vez que compartimos, cada uno de nosotros tiene su relación idiosincrática con sus propios sentidos. La sensibilidad estética se construye y se cultiva en y a través de los sentidos”.

Y es precisamente esta sensibilidad mediante la cual sostenemos nuestras creencias y, por ende, regimos nuestros actos. “Los seres humanos somos anfibios (o polibios); habitamos varias dimensiones de lo real simultáneamente”, asevera Maurette a El Confidencial. “Así estamos configurados. Contar cuentos y creer en ellos nos es tan natural como caminar erguidos. No sé si lo hacemos por la necesidad de huir o de rebelarnos. Hay casos patológicos en los que sí, por supuesto, que se cuelan en la gran literatura como ‘Madame Bovary’La gente que no lee libros, que no escucha cuentos, que no va al cine, participa de la dimensión narrativa y la habita ejerciendo esa cualidad: lee las noticias o navega en esa vorágine de confusión cognitiva que son las redes sociales, cree en determinadas visiones de la realidad, que son en última instancia relatos. De tanto en tanto y en modo controlado nos regodeamos en dar la vuelta a la tortilla, visitar el mundo del revés, fingir que somos otros. Es otra variante de nuestra dimensión lúdica. Es un juego”.

 

«Las redes sociales son mundos de ficción e internet es un universo de fantasía al alcance de nuestra mano»

A lo largo del libro, el autor profundiza en esta condición natural que nos hace creadores de sentido y significado en nuestras vidas, así como habitantes de la dimensión ficticia que también conforma nuestra forma de ver el mundo, de entenderlo y de afrontarlo. Todo a través de la creación de evidencias, tanto acertadas o equivocadas, pero siempre reales y persistentes, aunque sean falsas.

“El que cree que el coronavirus se contagia a través del 5G no es muy distinto de Alonso Quijano, que se cree Don Quijote”, señala, “aunque al menos el pobre Alonso tiene momentos de cordura en los que se sale de su personaje”. ¿Somos, pues, todos un poco Quijotes en una época en la que abundan tantos relatos distintos sobre una misma realidad? “Las redes sociales son mundos de ficción, internet es un universo de fantasía, y lo tenemos siempre con nosotros al alcance de la mano, bajo esa forma de ‘ladrillito luminoso’ que nos acompaña a todos lados”, confiesa. “Además de tener hábitos de lectura, ir al cine o al museo, escuchar música, hoy tenemos esa otra dimensión de la fantasía que nos absorbe en todo momento y que ha llegado para quedarse”.

El reflejo de Sharon Tate en las gafas de Sharon Tate

Aquellos que conocían la historia que relata ‘Érase una vez en Hollywood’ (2019) esperaban que los discípulos de la secta de Charles Manson acabaran con la vida de la actriz Sharon Tate al final de la película, encarnada por Margot Robbie. Sin embargo, el director decide presentar un desenlace distinto a esta sórdida y sanguinaria crónica de los años 60. Y gracias a ese cúmulo de escenas preliminares de más de dos horas cargadas de extremo realismo en las que parece no pasar nada pero pasa de todo (plagada de repeticiones, símbolos y conversaciones banales y cotidianas, como la vida misma), la realidad se entrecruza con la ficción, generando en el espectador la angustia de no saber con claridad cuáles de los dos mundos, si el histórico o el ficticio, es real.

Tal y como refleja Maurette, existen escenas concretas en las que estos universos superpuestos producen esa magia o compenetración entre el espectador y los personajes de la obra, que también son o fueron personas reales de carne y hueso, como cuando Tate en el cuerpo de Robbie acude al cine a ver su última película ‘‘La mansión de los siete placeres’ (1968), dirigida por Phil Karlson, y en la pantalla emerge la verdadera actriz de Hollywood que fue brutalmente asesinada. “Cuando finalmente llega el clímax y el director nos sorprende destruyendo otro cuerpo en lugar del de Tate, el alivio es abrumador”, explica Maurette en su libro.

 

«Ver ‘Stalker’ en un ‘smartphone’ en fragmentos de 15 minutos no es lo mismo que verla en el cine completamente del tirón»

“Es precisamente a través de esta tensión y esta expectativa que la película obliga al espectador a habitar con plena conciencia ese terreno intermedio entre su mundo y el mundo en la pantalla y aceptar ambos como verdaderos», prosigue. “Al armar una narrativa visual ficticia cuyo efecto estético se sostiene sobre una serie de datos históricos conocidos en mayor o menor detalle por el espectador, Tarantino de un lado afirma la autonomía de la dimensión estética que tiene la capacidad de trastocar y corregir la historia y del otro reconoce que esta autonomía se logra necesariamente en directa oposición, pero en fluida interacción, con el mundo real”.

Por eso, más allá de los artificios pistoleros del final que caracterizan la estética cinematográfica del director, el espectador abandona la sala de cine con una sensación de haber vivido un cuento (el propio título de la película lleva la coletilla “érase una vez”) demasiado real, tan real que, para aquellos que vivieron la época de Sharon Tate y Charles Manson, seguramente les deje un poso de inquietud basada en lo que pudiera o debiera haber sido y no en lo que realmente fue. Un cuento que acaba bien y rivaliza con una realidad trágica y funesta. Un cuento que consigue transportar al espectador de la manera más realista posible gracias a todos esos pequeños detalles y recursos fílmicos autorreferenciales al cine clásico y a las películas del propio autor, que establecen la idea metanarrativa de que ficción y realidad pueden llegar a ser la misma cosa, si se quiere, como una matrioska, tanto como Robbie observa a Tate actuar en aquel cine localizado dentro de otro cine, el cine de nuestra época, el cine de Tarantino.

Lo verdadero y lo falso

La cuarentena en la que nos sumergimos hace poco más de un año sirvió para poner en evidencia la capacidad que tiene el arte y la cultura para ‘salvarnos la vida’ en los momentos difíciles. La mayoría de las personas aprovecharon para leer todos los libros que tenían pendientes o empezar nuevos tomos que nunca llegaron a terminar, o bien sumergirse en el mundo ficticio de las series y las películas. Y, a su vez, ejercer su vida social de manera telemática a través de videollamadas o redes sociales. Todo ello por y a través de las pantallas y la infinidad de imágenes que suceden en ellas.

 

«Las trompetas del apocalipsis las suelen tocar personas cortas de vista; el milenarismo es la forma más grosera del provincianismo histórico»

“Hay una facilidad de acceso a todo tipo de imágenes que hace que perdamos poco a poco la capacidad de admiración y sorpresa”, reconoce Maurette. “En los 70, Susan Sontag hablaba de la omnipresencia de la imagen y de su obsesión por la fotografía. Si viera lo que el mundo es hoy en día…” A propósito de ello, nuestra capacidad para sumergirnos de lleno en cada una de estas imágenes ha menguado, cuando antes un cuadro representaba una ventana a otros mundos ahora solo es una imagen más rodeada de otros millones de imágenes. Una de las consecuencias que conlleva es la patología colectiva que ha ido manifestándose en los últimos años, sobre todo en los niños que han sido expuestos a las pantallas desde el comienzo de sus vidas: la falta de atención. ¿Irá este síndrome a más y con él nuestra concepción del arte cambiará, además de nuestras capacidades cognitivas?

“Estamos en la era de la distracción, de eso no hay duda”, reflexiona Maurette. “Muchas obras de arte visuales, literarias o musicales exigen atención. Ver ‘Stalker’ en un ‘smartphone’ en fragmentos de 15 minutos no es lo mismo que verla en el cine del tirón. Irán cambiando las costumbres de consumo del arte y con ella los productos. Siempre fue así. Cuando los poetas empezaron a escribir en lengua vernácula a muchos les pareció que era la muerte de la cultura. Lo mismo cuando se inventó la imprenta. Las trompetas del apocalipsis las suelen tocar personas muy cortas de vista; el milenarismo es la forma más grosera del provincialismo histórico. Apuesto lo que sea a que en cien años los cines serán una reliquia del pasado. Quedarán algunos para excéntricos y exquisitos, como hoy quedan los teatros de ópera para minorías nostálgicas. Pero habrá nuevas formas narrativas, cambiarán los criterios sobre lo que es bueno y malo, lo que es alta cultura y cultura popular”, y a este respecto cabe acordarse de la explosión de fenómenos de la cultura ‘pop’ actual como C. Tangana o la telebasura y los debates que generan entre el público más culto.

 “Me resisto a creer en la teoría de la senescencia del mundo”, concluye Maurette. “Me resisto a adoptar la visión escatológica de que la historia es un proceso de deterioro general que lleva indefectiblemente a la destrucción completa de todo. Tal vez me resisto con tanto ahínco porque en el fondo tengo la sospecha de que sí, el mundo cambia siempre para peor, el genio artístico ya es cosa del pasado, somos cada vez más vanos, más estúpidos y más superficiales”. ¿Y tú, cuáles son los cuentos que te estás contando ahora mismo, y cuáles tomas por verdaderos o por una mera invención?

 

Enrique Zamorano

 

Psiquiatría: Así son los lenguajes de la soberbia

La inteligencia hace un juicio deformado de sí en positivo, que arrastra a sentirse el centro de todo, un entusiasmo que es idolatría personal. Son personas que han destacado en algo

 

La soberbia es la pasión desenfrenada sobre sí mismo. Apetito desordenado de la propia excelencia. Es un amor de la propia persona que descansa sobre la hipertrofia de la propia excelencia. Es fuente y origen de muchos males de la conducta y es ante todo una actitud que consiste en adorarse a sí mismo. Sus notas más características son prepotencia, presunción, jactancia, vanagloria, estar por encima de todos los que le rodean. La inteligencia hace un juicio deformado de sí en positivo, que arrastra a sentirse el centro de todo, un entusiasmo que es idolatría personal.

Tipos de soberbia

Hay dos tipos de soberbia: una que es vivida como pasión, que comporta un afecto excesivo, vehemente, ardoroso, que llega a ser tan intenso que nubla la razón, pudiendo incluso anularla e impedir que los hechos personales se vean con una mínima objetividad. La otra es percibida como sentimiento; cursa de forma más suave y esa fuerza se acompasa y la cabeza aún es capaz de aplicar la pupila que capte la realidad de lo que uno es, aunque solo sea en momentos estelares.

Entre una y otra deambula la soberbia, transita, circula, se mueve y, según los momentos y circunstancias, hay más de la una que de la otra.

 

«La soberbia emerge en alguien que realmente tiene una cierta superioridad en algún plano destacado de la vida»

La soberbia emerge en alguien que realmente tiene una cierta superioridad en algún plano destacado de la vida. Se trata de un ser humano que ha sobresalido en alguna faceta y sobre una cierta base, el balance propio saca las cosas de quicio y pide y exige un reconocimiento público de sus logros. Para un psiquiatra, estamos ante lo que se llama una deformación de la percepción de la realidad de uno mismo por exceso.

Ante la soberbia dejamos de ver nuestros propios defectos, quedando estos diluidos en nuestra imagen de personas superiores que no son capaces de ver nada a su altura, todo les queda pequeño.

Las tres estirpes

Hay una gradación entre las tres estirpes, soberbia-orgullo-vanidad, que van de más a menos intensidad, tanto en la forma como en el contenido. Entre la soberbia y el orgullo hay matices diferenciales, aunque el ritornelo que se repite como denominador común puede quedar resumido así: apetito desordenado de la propia valía y superioridad. Es una tendencia a demostrar la superioridad, la categoría y la preeminencia que uno cree que tiene frente a los de su entorno. En general, estos dos conceptos se manejan como términos sinónimos, aunque se pueden espigar algunas diferencias interesantes.

La soberbia es más intelectual. Se da en alguien que objetivamente tiene una cierta superioridad, que realmente sobresale en alguna faceta de su vida. Hay una cierta base. Facetas concretas de su andadura tienen un relieve que las realza sobre los demás.

Hay una evidencia por la que puede ser tentado por la soberbia, no necesitando del halago de los otros y haciendo él mismo su propio y permanente elogio de forma clara y difusa, rotunda y desdibujada, a tiempo y a destiempo, con ocasión y sin ella. Sus manifestaciones son más internas y privadas, aunque pueden ser observadas por una atmósfera grandiosa que él crea sobre su persona, y además, a través de sus máscaras: hay arrogancia, altanería, tonos despectivos hacia los demás, que se mezclan con desprecio, desconsideración, frialdad en el trato, distancia gélida, impertinencia e, incluso, tendencia a humillar.

Otras veces, esas máscaras son de una insolencia cínica, mordaz, con un retintín de magnificencia que provoca en el interlocutor un rechazo frontal. En los casos algo más leves, baja la hoguera del engreimiento y entonces la relación personal se hace más soportable.

El orgullo

El orgullo es más emocional. Puede ser lícito y hasta respetable. Puede ponerse de manifiesto en circunstancias positivas, en donde el lenguaje coloquial se mezcla con hechos e intenciones: el orgullo de ser un buen cirujano, un buen padre, un excelente poeta, de una región concreta, de un país… Todo eso está dentro de unos límites normales. Puede encuadrarse dentro del reconocimiento a una labor bien hecha.

Vanidad

La palabra vanidad procede del latín ‘vanitas -tatis’, que significa falso de sustancia, hueco, sin solidez. Se dice también de algunos frutos cuyo interior está vacío, en donde solo hay apariencia. Mientras la soberbia es concéntrica, la vanidad es excéntrica. La primera tiene su centro de gravedad dentro, en los territorios más profundos de la arqueología íntima. La segunda es más periférica, se instala en los aledaños de la ciudadela exterior. La soberbia es subterránea, la vanidad está en la pleamar del comportamiento.

En la soberbia, uno tiene una enfermedad en el modo de estimarse uno a sí mismo, en una pasión que tiene sus raíces en los sótanos de la personalidad, en donde brota el error por exceso de autonivel. En la vanidad, la estimación exagerada procede de fuera y se acrecienta del elogio, la adulación, el halago, la coba más o menos afectada y obsequiosa que lleva a dilatar alguna faceta externa y que de verdad tiene un fondo falso, porque no contempla más que un segmento de la conducta.

En la soberbia y en la vanidad hay una sublevación del amor propio, que pide un reconocimiento general. La primera es más grave, porque se suele añadir la dificultad para descubrir los defectos personales en su justa medida y apreciar las cosas positivas que hay en los demás, al permanecer encerrado en su geografía ampulosa; la vanidad es más leve.

«Todo el edificio de la persona equilibrada se basa en una mezcla de humildad y autoestima»

Se pueden distinguir dos modalidades clínicas de la soberbia, entre las cuales cabe un espectro intermedio de formas soberbias. Una es la soberbia manifiesta, que es notarial y que se la registra a borbotones, con una claridad absoluta, lo cual suele ser poco frecuente. La otra es la soberbia enmascarada que es la más habitual y que se camufla solo a veces por los entresijos de la forma de ser y que es más propia de las personas inteligentes y teniendo un sentido amplio y desparramado que asoma, se esconde, salta, bulle y revolotea por su geografía personal.

Lo contrario de la soberbia es la humildad. Todo el edificio de la persona equilibrada se basa en una mezcla de humildad y autoestima. Entre la soberbia, el orgullo y la vanidad hay grados, matices, vertientes y cruzamientos recíprocos. Solo el amor puede cambiar el corazón de una persona.

 

Dr. Enrique Rojas

 

Lo que realmente dice de ti hacer una pausa antes de responder, según los  psicólogos

Una respuesta inmediata se percibía como más sincera, mientras que una respuesta tardía, incluso una demora tan breve como dos segundos, se consideraba menos sincera

 

Al responder una pregunta, tu silencio puede decir más que tus palabras. Un nuevo estudio de psicología ha descubierto que hacer una pausa antes de responder, aunque sea por unos pocos segundos, puede hacer que parezca más insincero o deshonesto.

Incluso cuando se les dice a los oyentes que ignoren tus pausas, es más probable que juzguen una respuesta más lenta como una «mentira lenta», recoge ‘Science Alert’.

Esa percepción de deshonestidad tampoco puede ser demasiado inexacta. Numerosos estudios en el laboratorio y en la vida real sugieren que las personas tardan más en responder cuando no son sinceras, posiblemente porque se necesita más trabajo mental para inhibir una respuesta veraz o fabricar una alternativa.

Lo que ha quedado menos claro es lo bien que nuestras mentiras engañan a la gente. Algunos estudios sugieren que las respuestas tardías parecen poco sinceras para el oyente. Otros no encuentran ninguna relación entre los dos, y aún más han encontrado lo contrario: que un poco de vacilación aumenta nuestra percepción de sinceridad.

Estos hallazgos son inconsistentes y confusos. También se basan principalmente en correlaciones. Incluso los pocos estudios que realmente han analizado las relaciones causales a menudo no consideraron los factores de confusión que también podrían delatar a un mentiroso o un hablante insincero.

7.500 personas

La nueva investigación busca remediar algunas de esas limitaciones al examinar a miles de personas en una variedad de condiciones. En conjunto, involucra a más de 7.500 personas de los Estados Unidos, el Reino Unido y Francia en un total de 14 experimentos.

Cada una de estas pruebas se diseñó para determinar cómo los participantes calificaron las respuestas lentas en dos contextos diferentes. La primera respuesta se basó en si a alguien le gustaba o no un pastel que había hecho un amigo. La segunda respuesta fue sobre un delito que había ocurrido en el lugar de trabajo.

Los participantes escucharon estas preguntas y respuestas como un fragmento de audio, vieron un video o leyeron una cuenta. Luego calificaron la sinceridad del actor que dio la respuesta.

En general, los autores encontraron que una respuesta inmediata se percibía como más sincera, mientras que una respuesta tardía, incluso una demora tan breve como dos segundos, se consideraba menos sincera.

«La evaluación de la sinceridad de otras personas es una parte omnipresente e importante de las interacciones sociales», apunta el investigador de comportamiento del consumidor Ignazio Ziano de la Grenoble Ecole de Management en Francia. «Nuestra investigación muestra que la velocidad de respuesta es una pista importante en la que las personas basan sus inferencias de sinceridad».

Los hallazgos fueron consistentes en todas las culturas y contextos, aunque algunas situaciones tuvieron efectos menores. Esto sugiere que las personas tienen una «comprensión sofisticada» de lo que significa la velocidad de respuesta en diferentes contextos, señalan los autores.

En el escenario del pastel, por ejemplo, donde una de las respuestas se consideró socialmente insultante («No, no me gusta tu pastel»), la velocidad de respuesta no importaba tanto.

Esto sugiere preguntas como «¿Te gusta mi pastel?» tener una respuesta esperada. Por lo tanto, es probable que el oyente descarte una pausa más corta.

La vacilación implicaba engaño

Por otro lado, en un entorno más serio, donde se le preguntó a alguien sobre robar algo en el lugar de trabajo, se descubrió que la vacilación implicaba engaño o culpa en un grado mucho más rápido. En otras palabras, había menos espacio para excusar las dudas.

Dicho esto, incluso en un entorno criminal, hubo algunas diferencias sutiles en el contexto. Si se justificaba una respuesta más lenta, por ejemplo, si un crimen había ocurrido hace muchos años y requeriría un esfuerzo mental recordarlo, la velocidad de la respuesta de alguien era menos importante para tu sinceridad percibida.

En este caso, los participantes no pensaron que la respuesta lenta indicaba la supresión de la verdad, simplemente que la persona dudaba en encontrar la verdad.

Estos hallazgos tienen implicaciones importantes en una variedad de interacciones sociales, pero una de las más obvias es nuestra comprensión de las reacciones del jurado ante los testimonios judiciales.

«Sería injusto para el personal de respuesta, como un sospechoso de un delito, si la demora en la respuesta se atribuyera erróneamente a la supresión del pensamiento o la fabricación de la respuesta cuando en realidad fue causada por un factor diferente, como simplemente estar distraído o pensativo», explica Ziano.

Desafortunadamente, incluso cuando los participantes recibieron instrucciones de ignorar los retrasos en la respuesta en uno de los experimentos, solo redujo su percepción de falta de sinceridad; no lo eliminó por completo.

En general, sin embargo, Ziano apunta que su estudio muestra que cuando hay una pregunta que requiere una respuesta, como en una entrevista de trabajo, las respuestas rápidas parecen más sinceras.

 

ACyV

 

Por qué a la gente le gusta el ASMR: su psicología explicada

Las siglas se refieren a un fenómeno en el que los sonidos suaves, como los susurros, provocan un efecto de hormigueo o relajación en el oyente

 

Te acurrucas en tu cama por la noche, te pones los cascos y esperas para poder relajarte. En lugar de escuchar música, sonidos profundos o incluso poner una aplicación para meditar, lo que vas a escuchar es algo diferente: en el vídeo, un desconocido se acerca a un micrófono y comienza a susurrar, hacer ruidos con la boca (masticar, hacer pompas), cepillarse el pelo o utilizar sus uñas o dedos para golpear el micrófono. Eso se llama ASMR y, aunque pueda parecer raro, miles de personas en todo el mundo pagan incluso por escucharlo.

ASMR (siglas de Respuesta Autónoma Sensorial Meridiana) se refiere a un fenómeno en el que los sonidos suaves, como los susurros, provocan un efecto de hormigueo o relajación en el oyente. En muchas ocasiones se utiliza para que el que lo escucha pueda dormir. Se ha convertido en una subcultura en YouTube. A veces, el que está al otro lado del micrófono no es más que un niño el que lo hace. Más allá de la dudosa moralidad que esconde esta especie de explotación infantil, los que se ganan la vida haciéndolo pueden llegar a convertirse en millonarios. Es el caso de Makenna Kelly, de 13 años, que cuenta con 1.3 millones de seguidores en su canal y puede generar más de 1000 euros en ingresos publicitarios.

Este tipo de vídeos distraen al que los ve de sus malos pensamientos, además, les da una falsa sensación de atención personal

 

El ASMR surgió en 2007. Algunos apuntan que en la novela ‘La señora Dalloway’ de Virginia Wolf se incluye un pasaje que bien podría hablar de una sensación parecida a la experimentada mediante el ASMR: un enfermero le habla a su paciente “de manera profunda, suave, como un órgano suave, pero con una dureza en su voz parecida a la de un grillo, que hace que recorra por su espalda una sensación de cosquilleo deliciosa y corra hacia su cerebro causando un sonido armonioso». Como una imagen vale más que mil palabras, ahí va un ejemplo.

¿Te ha gustado? ¿Te ha dado repelús? Según cuenta el doctor John Cline en ‘Psychology Today‘: «Estos vídeos, al igual que las técnicas de comportamiento cognitivo, como la relajación guiada y la meditación, distraen al espectador de pensamientos preocupantes al proporcionar un conjunto de sonidos reconfortantes y familiares. También les da la sensación de ser atendidos directamente a pesar de que el espectador individual es quizás uno de los cientos o miles de personas que están mirando el vídeo», en general, según los estudios realizados hasta la fecha, los espectadores recurren a estos vídeos para relajarse, aliviar la depresión o el insomnio.

De hecho, un estudio de 2015 llegó a la conclusión de que, en una muestra amplia de hombres y mujeres que consumían ASMR, el 98% lo hacía para relajarse, el 82% con idea de luchar contra el insomnio y otro 82% también para librarse del estrés, según Cline. Lo que preferían eran los susurros, la atención personal o los movimientos lentos y repetitivos, aunque no todo el mundo respondió a los mismos estímulos.

Según un estudio, las personas a las que les gusta escuchar ASMR sacaban puntuaciones significativamente más altas en apertura a la experiencia y neuroticismo

 

En otra investigación llevada a cabo en 2017 se decidieron analizar las características de personalidad que son proclives a sentir cosquilleos y relajación durante la ASMR. Se descubrió que, por lo general, estas personas sacaban puntuaciones significativamente más altas en apertura a la experiencia y neuroticismo, así como niveles más bajos de escrupulosidad, extraversión y amabilidad. Las puntuaciones más altas en la escala de apertura a la experiencia indicaron que las personas que experimentan ASMR tienen mayor sensibilidad y receptividad a las sensaciones. En general, con base en estos resultados, parece que la ASMR se asocia con rasgos de personalidad específicos. Esto puede ayudar a explicar por qué algunas personas la experimentan más profundamente que otras.

«En resumen, la ASMR puede tener alguna aplicación en el tratamiento del insomnio para algunas personas, y será necesario investigar más para ver si, y para quién, es realmente eficaz» explica el doctor. Mientras tanto, si tú eres una de esas personas que disfrutan escuchando sonidos relajantes con unos cascos, quizá estos estudios te hayan aportado un poco de luz sobre por qué lo hacen.

  1. N.

 

Resultado de imagen de POR QUÉ SENTIMOS TANTA NOSTALGIA AL VOLVER A CANCIONES QUE ESCUCHÁBAMOS SIENDO ADOLESCENTES

La música es el arte que más fácilmente destapa todas las emociones y sensaciones que teníamos en el pasado. De hecho, hay varios estudios psicológicos que hablan de ello

 

«El arte de la música es el que más cercano se halla de las lágrimas y los recuerdos», escribió en algún momento de su vida Oscar Wilde. Al final, las canciones remiten a lo más universal y común que tenemos los humanos, que no es más que la emoción. Desde tiempos inmemoriales, los grandes filósofos y artistas han visto en la música una plataforma de acceso a lo sublime, aquello que no se puede explicar con palabras pero que vive en nosotros con fuerza. Es por ello que da igual lo muy melómano que seas, aunque nunca te hayas obsesionado con ciertas melodías y armonías, seguramente has sentido más de una vez ese escalofrío de placer por tu espina dorsal al darle al ‘play’ o de forma aleatoria, escuchando la radio.

 

La música destapa los recuerdos y los devuelve a la vida. De pronto, un día escuchas una canción que ya ni siquiera recordabas pero que conoces demasiado bien: se trata de aquel ‘hit’ que sonaba sin parar en aquel año tan intenso en el que te enamoraste por primera vez o empezaste a pasar noches fuera de tu casa. Entonces, tu cuerpo y tu mente viajan a ese instante concreto y preciso, tan remoto ya, y sientes que no se trata de un mero recuerdo anecdótico o fortuito, sino que por unos segundos (o incluso décimas) eres la persona que eras en esos momentos.

La añoranza es un producto rentable, y más en esta época, en la que el presente parece haberse paralizado y el futuro es más incierto que nunca

Esta breve transfiguración a quienes éramos hace años, posibilitada gracias a la música, se le conoce en psicología como ‘golpe de reminiscencia’. Como decíamos, se diferencia de la mera nostalgia en que esta forma de recordar es mucho más intensa, hasta el punto de poder experimentar las sensaciones que nos recorrían el cuerpo entonces. Se han ofrecido muchas explicaciones teóricas en relación a este fenómeno. Una de ellas es que durante esos años de juventud tendemos a experimentar un gran número de experiencias nuevas y en ocasiones irrepetibles, de ahí que podamos recordarlas con mayor profundidad. Los estudios realizados también aluden a los factores biológicos y hormonales, que en esos momentos estaban en su apogeo.

Por esta razón, los adultos tienden a recordar con perfecta claridad en ese ‘golpe de reminiscencia’ no solo a sí mismos dentro de su pasado, sino todas y cada una de las canciones que escuchaban en aquellos instantes de juventud. De ahí que los programas de televisión que apelan a esa nostalgia propia y compartida a partir de la música no se agoten en la parrilla televisiva: la añoranza es un producto rentable, y más en esta época en la que estamos inmersos, en la que el presente parece haberse paralizado y el futuro es más incierto que nunca.

Aquellos maravillosos 14 años

Uno de los últimos estudios realizados sobre este curioso efecto psicológico ligado a la música es el de Kelly Jakubowski, profesora de psicología de la Universidad de Durham. En él, la experta analizó cómo respondían mentalmente 470 adultos entre 18 y 82 años a más de cien canciones de pop diferentes recogidas en una horquilla temporal de 65 años (desde 1950 a 2015). En la encuesta que les hizo rellenar, les pidió medir cuánto les gustaba una canción del uno al diez o si el sencillo les resultaba familiar (incluso si su fecha de lanzamiento era anterior a su nacimiento). Al final, los sujetos debían evaluar qué canciones estaban más asociadas con recuerdos autobiográficos.

Muchos de los sujetos más jóvenes sintieron una vinculación emocional con canciones que eran de la época de sus padres

Jakubowski y sus colegas descubrieron que los ‘hits’ que figuraban en la listas de éxitos de sus años adolescentes obtuvieron las calificaciones más altas, tanto por familiaridad como por estar asociadas a recuerdos autobiográficos intensos. «Este aumento de la reminiscencia relacionado con la música alcanzó su punto máximo alrededor de los 14 años, edad en la que los participantes evocaban una mayor cantidad de recuerdos», concluye la psicóloga, quien además publicó un artículo en ‘The Conversation’ para explicar sus hallazgos.

Muchos de los participantes más jóvenes sintieron una vinculación emocional con canciones que eran de la época de sus padres, lanzadas mucho antes de que ellos nacieran. «Algunos temas musicales pueden llegar a trascender los límites generacionales», sentencia Jakubowski. Esto es sumamente curioso, pues de alguna forma hay un punto de unión entre padres e hijos, como si compartieran una pequeña parte de su pasado a pesar de haber nacido en tiempos muy diferentes. «Vimos un aumento general en la cantidad de personas a las que les encantaban las canciones que iban de finales de los 70 hasta principios de los 80, incluso entre aquellas que no habían nacido durante ese período de tiempo».

«En cascada»

A este efecto de recordar partes de su juventud a partir de las mismas canciones a pesar de no tener en común las circunstancias vitales y temporales de la época se denomina ‘golpe de reminiscencia en cascada’, un concepto introducido en 2013 por los autores Carol Lynne Krumhansl y Justin Adam Zupnick. «De forma inesperada, encontramos que las mismas medidas alcanzaron su punto máximo para la música de la generación de los padres de los participantes», reconocen los autores en su investigación publicada en ‘Psychological Science’. «Este hallazgo demuestra el fuerte impacto de la música en la infancia y su prevalencia en el entorno familiar. El pico ocurre en la música de los 70, lo cual puede explicarse en base a su calidad o por su facilidad de transmisión entre dos generaciones distintas».

En este sentido, es curiosa la percepción de géneros como el ‘reguetón’ entre los adolescentes de principios del nuevo milenio. Por aquella época, los jóvenes considerados como ‘más puristas musicales’ rechazaban a este género urbano por sus letras machistas y su ritmo machacón. Ahora, años más tarde, el estilo ha evolucionado hacia otros géneros como puede ser el trap, y su percepción ha mejorado notablemente entre los que fueron jóvenes en aquel entonces. ¿Tiene que ver con la nostalgia este desplazamiento del gusto para las personas que en sus años de juventud criticaban las canciones de Daddy Yankee o Wisin y Yandel? ¿O más bien de una especie de doctrina comercial dirigida desde los grandes medios de masas y alternativos para considerar a esta música como ‘cool’?

Sea como sea, tal vez en el futuro se hagan estudios como el anteriormente citado y los hijos de los que éramos jóvenes en los 2000 escuchen ya de adultos el ‘Baila Morena‘ y sientan ese ‘golpe de reminiscencia’ con la misma intensidad con la que nos golpea a nosotros las baladas de Led Zeppelin.

 

Enrique Zamorano

 

Resultado de imagen de "¿QUÉ HAGO AHORA CON MI VIDA?": CÓMO DEBEN AFRONTAR LOS JÓVENES LAS DUDAS EXISTENCIALES Y LA INCERTIDUMBRE

Charlamos con el psicólogo Óscar Pérez Cabrero sobre cómo deben abordar los jóvenes el miedo a la incertidumbre, los efectos de la crisis del coronavirus en sus inquietudes o cómo deben afrontar los cambios

 

¿Qué hago con mi vida? ¿Qué me espera en el futuro? ¿Necesito cambiar de trabajo? Todo el mundo se ha enfrentado a estas y otras tantas preguntas a lo largo de su existencia. Son cuestiones bastante difíciles de resolver, pero necesarias para seguir adelante con nuestras vidas.

La juventud es el momento en el que surgen más dudas de este tipo, que realmente pueden ser trascendentales para nuestra vida. Son años de muchos cambios, un salto de la niñez al mundo adulto, en el que nos enfrentamos a decisiones que pueden determinar cómo será el resto de nuestro paso por el mundo.

Para tratar de ayudar en este momento tan difícil de la vida, un grupo de especialistas del Centro de Psicología Álava Reyes acaba de sacar ‘¿Qué hago con mi vida? De la revolución de los 20 años al dilema de los 30’ (La esfera de los libros). Los experimentados psicólogos quieren ayudar en estas páginas a los jóvenes a identificar sus emociones, superar sus miedos, afrontar los conflictos, manejar las relaciones con los amigos y la familia, desarrollar recursos para conocerse a fondo… En pocas palabras, a ser la persona que quieran ser.

El Confidencial ha entrevistado a uno de los autores del libro, Óscar Pérez Cabrero, psicólogo del citado centro, docente del Máster en Psicología General Sanitaria (MPGS) de la Universidad Alfonso X El Sabio y especialista en Terapia de Conducta. Charlamos con el experto sobre cómo deben abordar los jóvenes el miedo a la incertidumbre, los efectos de la crisis del covid-19 en sus inquietudes, cómo deben afrontar los cambios y la importancia de mostrar las emociones, entre otros asuntos.

PREGUNTA. Cuando un joven se plantea su futuro, la incertidumbre es un sentimiento inherente, ¿qué tienen que hacer los jóvenes para gestionar ese miedo a la incertidumbre que surge cuando tienen que tomar decisiones trascendentales?

 

RESPUESTA. La incertidumbre es algo con lo que tenemos que aprender a convivir. No podemos esperar tener todo resuelto, ni tener certezas respecto a lo que va a ocurrir; sino que nos toca apostar y arriesgarnos tomando decisiones que estén sustentadas en algo razonable.

 

Eso sí, por muy razonable que sea una decisión tenemos que tener en cuenta que siempre va a haber un riesgo que estás asumiendo. Por ejemplo si te lanzas a estudiar una carrera, eso tampoco te garantiza que vayas a encontrar tal trabajo.

El problema que podemos encontrar es que esa incertidumbre genere miedo. El miedo sí que puede ser un mal compañero de viaje, porque el miedo nos puede bloquear, nos puede impedir dar pasos o nos puede cohibir de tomar decisiones interesantes.

Se trata de aprender a convivir con esa incertidumbre y evitar los miedos.

  1. Aunque la incertidumbre siempre ha estado más presente en el grupo de edad más jóven, ¿se ha visto agravada por culpa de la crisis del covid-19?
  2. Total y absolutamente. Se ha visto en todas las edades, pero en particular en la juventud. Tenemos que tener en cuenta que la franja de edad que más ha sufrido la destrucción de empleo por la pandemia ha sido la juvenil. Esto genera un escenario que redunda en más incertidumbre en los jóvenes en el salto al mercado laboral.

Estamos hablando de una juventud que ya viene de superar las consecuencias de la crisis económica de 2008. Además ahora viene una que ni siquiera tenemos una idea concreta de cuál va a ser la dimensión que tendrá a nivel económico en el medio-largo plazo. Nadie lo sabe, no hay más que previsiones cortoplacistas y ha generado más incertidumbre en los jóvenes.

 

  1. ¿Qué consejos daría a los jóvenes para afrontar los cambios que se presenten en sus vidas?
  2. Los cambios son generadores de incertidumbre, como comentábamos anteriormente, y estos cambios hay que afrontarlos con la prudencia propia, ajustando expectativas, pero sin dejar que el miedo impida a uno enfrentarse a esos cambios que a veces son necesarios.

Cuando ese cambio se produzca tenemos que tener en cuenta que necesitamos un tiempo para adaptarnos. Tenemos que concedernos el derecho a entender que cuando nos enfrentamos a un cambio vamos a tener que superar una etapa de adaptación. Una etapa de acomodación a esos cambios en la que vamos a estar más estresados, puede llegar incluso a afectarnos a algo tan básico como el sueño, pero no por ello debemos evitarlo. Al final hasta a los cambios nos acostumbramos.

  1. ¿Cómo deben manejar los jóvenes sus expectativas de futuro que se presenta volátil?
  2. Lo primero de todo es la paciencia y después ser consecuente con las aspiraciones que uno tiene. Si uno se plantea unas aspiraciones muy altas tiene que saber que le van a llevar un tiempo muy largo. De hecho, tampoco tiene mucho sentido plantearse las cosas tan a largo plazo, sino que interesa plantearse simple y llanamente el próximo paso que voy a dar.

Por ejemplo, si quieres ser astronauta, algo especialmente difícil y harto improbable, se trata de manejar las expectativas. Pues bueno, si quiero ser astronauta posiblemente lo que me guste sea la astronomía o me plantee estudiar física, algo perfectamente abordable; y en la medida que me vaya focalizando mis planes pueden cambiar porque igual descubro que lo que me atrae no es tanto subirme al trasbordador espacial como dar clases.

 

Es un error habitual plantearse que aquel trabajo al que voy a aspirar tiene que ser algo perfecto, un frenesí constante

 

Una de las primeras herramientas es la paciencia y no obsesionarse con metas a largo plazo. Debemos centrarnos sobre todo en los pasos más inmediatos que voy a dar a la hora de planificarme.

Asimismo, a la hora de ajustar expectativas diría que es un error habitual plantearse que aquel trabajo al que voy a aspirar tiene que ser algo perfecto, un frenesí constante que no voy a hacer más que disfrutarlo… Esto ocurre porque le damos a los jóvenes el mensaje de que hay buscar un trabajo que te guste, pero llegando a cometer el error de idealizarlo. Hay que entender que cuando hablemos de un trabajo que te guste hay que contar también que cualquier empleo va a tener su componente de rutina, de sacrificio, de aspectos que no me gusten.

  1. Esto puede sonar muy poético, pero ¿cómo de importante es aprender a caer y a levantarse?
  2. Aprender a caer no es que sea importante, es imprescindible, porque lo normal es que uno en su vida se caiga. Caerse es algo que necesariamente va a ocurrir, de hecho si no nos caemos tenemos que plantearnos que a lo mejor no estamos lanzándonos a nada, a lo mejor este es el problema, que estamos llevando una estrategia excesivamente conservadora o estática. Si queremos alcanzar alguna meta, necesariamente nos vamos a caer.

 

Aprender a caer no es que sea importante, es imprescindible, porque lo normal es que uno en su vida se caiga

 

Tenemos que permitirnos el derecho a ello porque forma parte de la vida y si nos caemos lo que tenemos que sacar de ahí es una enseñanza. Aprender de la caída, no caer en el mismo error otra vez, no fustigarse por ello, no creerse peor persona por ello, ni dejar que eso mine la autoestima.

Esta es la manera de aprender a levantarse, si uno es consciente que las caídas pueden ocurrir y van a ocurrir. Lo que se trata es de sobreponerse a ellas y aprender a levantarse.

  1. Estas caídas, en el fondo, son fracasos, ¿cómo deben los jóvenes lidiar con el fracaso?
  2. Fracaso es una palabra que suena fatal, quizá ese sea el problema en la medida en que tenemos tan estigmatizado el concepto de fracaso, quizás ese sea el primer paso que tenemos que dar.

Una vez que he fracasado, ¿ahora qué hago? Me quedo de brazos cruzados o trato de resolver la situación que se me ha planteado, buscar una alternativa, tomar una decisión trascendental para mi y superar el fracaso.

 

Cuando uno cae hace falta moverse, no dejar que ese fracaso frene en seco la trayectoria, sino seguir adelante

 

En definitiva lo que hace falta es moverse, no dejar que ese fracaso frene en seco la trayectoria de uno, sino seguir adelante. Por supuesto, para salir adelante lo que necesitamos es concedernos el derecho a sentirnos mal y también saber pedir ayuda a los demás.

  1. Muchas veces los jóvenes tratan de evitar las decisiones más difíciles, ¿qué herramientas o pasos pueden seguir para elegir en un momento complicado de la vida?
  2. Lo primero de todo es concederse un tiempo para tomar esa decisión, pero sin caer tampoco en posponerla demasiado, que en algunos casos puede ser dramático porque se agota la posibilidad de tomar esa determinación.

Por ejemplo, planteemos el caso de un alumno de segundo de bachillerato que en el mes de febrero se está planteando si estudiar una carrera en otra ciudad. Debe ponerse un plazo realista para pensar qué quiere, hacer un análisis más racional de cuáles son sus posibilidades y a partir de ahí lanzarse a tomar la decisión, sea cual sea.

Cabe destacar que igual de válido es tomar la decisión de renunciar a un cambio. Es igual de valiente haberse enfrentado a una decisión.

Una vez tomamos esa determinación es cierto que viene el vértigo de los cambios, pero a la postre genera mucha satisfacción.

  1. Y si la difícil decisión fuese emigrar, ¿cómo deberían afrontarlo los jóvenes?
  2. Ten en cuenta que a la hora de irse fuera, lo que más facilita las cosas es tener un contrato laboral encima de la mesa. Esto ayuda a que la vida eche a andar, pero la realidad es que la mayoría de los jóvenes no se van con un contrato firmado, sino a la aventura.

Lo que tienen que hacer es darse un tiempo para tomar esa decisión, que no es fácil, pero una vez tomada la determinación hay hacer una previsión realista y marcarse un plazo. ‘Me voy a tal sitio donde voy a ser capaz con mi presupuesto mantenerme tanto tiempo, si en este tiempo no he conseguido un trabajo tendré que cambiar mis expectativas’. Para esto hay que tener en cuenta las prioridades de cada uno.

Hace poco atendí en la consulta un caso de una persona que ya había tenido la experiencia de vivir en un sitio concreto al que quería mudarse de nuevo. Ya había hecho un plan muy metódico de presupuesto, tenía una previsión muy realista de las cosas y estaba marcándose unos plazos.

  1. ¿Cómo de importante para un joven es saber organizarse para conseguir sus objetivos?
  2. Nuestras responsabilidades, ya sea trabajar o estudiar, ocupan un tiempo muy importante en nuestro día a día, son protagonistas. Tener unas buenas herramientas para saber cómo organizarse el tiempo y cómo motivarse es muy importante.

Por ejemplo, si dedico mucho tiendo a intentar estudiar, pero no es tiempo efectivo… ahí es donde vienen los agobios y los malos resultados. A menudo los malos resultados académicos no se deben tanto a problemas de capacidades de uno sino simplemente el bien o mal que se organizan de cara al estudio.

  1. Hablemos de emociones, ¿son tan importantes las lágrimas como las risas?
  2. Con las emociones caemos en etiquetarlas como positivas o negativas. Los humanos tendemos a simplificar las cosas y las emociones no iban a ser menos. En el momento que caemos en estas clasificaciones perdemos de vista que además de ser adaptativas, son necesarias, que sean negativas no significa que debamos huir de ellas.

Muy a menudo lo que encontramos en consulta apropósito del tema de las emociones es que uno no quiera concederse el derecho a sentirse mal; me refiero a que cuando ‘no quiero mostrarme triste’ me estoy privando de algo que es necesario como es esa emoción que necesitamos comunicar.

 

Las lágrimas son esa manera que tenemos de aprender a superar los fracasos que tenemos

 

Las risas son la sal de la vida, pero digamos que las lágrimas son esa manera que tenemos de aprender a superar esos fracasos que tenemos. Las emociones son una manera de expresarnos, de ofrecer a los demás señales de que necesitamos ayuda, por eso las lágrimas son tan importantes como las risas.

  1. En el cambio de la vida adulta, de estudiar a trabajar, ¿existe alguna fórmula para afrontar satisfactoriamente la incorporación al mundo laboral?
  2. Somos una juventud hiperinformada. Hace 100 años tener una carrera universitaria era algo excepcional y ahora es mucho más generalizado; pero no solo tener una carrera universitaria, también un postgrado. Esto termina generando la sensación de que uno debe llegar al trabajo ya resuelto, sabiendo hacer y, de repente, te encuentras con que por mucho que te hayas formado en la universidad, luego el trabajo es otra cosa. Es un entorno donde de repente tienes que aprender cosas que a lo mejor no te han enseñado en la carrera, que ni siquiera están en los manuales.

La primera herramienta que hay que seguir es ajustar expectativas, contar que uno va a llegar a un entorno nuevo y que va a exigir una serie de nuevos aprendizajes. Ya no solo en la primera incorporación al mercado laboral, también en un cambio de empresa va a haber algo nuevo que aprender, aunque sea semejante. Para ajustar estas expectativas hay que permitirse cometer errores, porque eso es lo que va a ocurrir, lo que caracteriza a un novato es que la probabilidad que cometa errores es mayo. Esto es lo primero que tenemos que tener bien atado para gestionar bien nuestro lado emocional.

Eso no quiere decir que si se comete un error no siente mal, ni que de igual, pero sí que sepa permitírmelo y tomar esos errores como enseñanzas.

También es importante saber pedir ayuda, saber integrarse con los compañeros, entender que el trabajo es un espacio donde voy a compartir espacio con otras personas y darme permiso para apoyarme en quien esté dispuesto a ofrecerme su ayuda en ese salto.

 

Fran Sánchez Becerril

 

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Lo más parecido a esta supuesta memoria es la conocida como eidética, con la cual se establece una imagen mental y se recuerdan muchos detalles

 

Muchas personas tienen una memoria prodigiosa, comparable en ocasiones a la de los elefantes (que tienen un gran cerebro y, por tanto, sí, también una gran memoria). Parecen recordar datos, momentos o frases aprendidas mucho tiempo atrás, y todo el mundo ha compartido pupitre alguna vez con esos molestos compañeros que aseguraban no haber estudiado la lección y sin embargo sacaban sobresaliente mirándose los apuntes un rato antes. Vale, quizá mentían, pero, ¿acaso no es cierto que hay gente con más memoria que otra?

Muchos atribuyen su capacidad para recordar cosas de manera inaudita a la llamada ‘memoria fotográfica’. Lo habrás escuchado más de una vez. El concepto de memoria fotográfica remite a la capacidad que tendrían algunas personas de recordar una situación determinada o una imagen concreta con todo lujo de detalles, lo que aportaría un máximo realismo a esa imagen. Por eso quizá tú no recuerdas nada de cuando estabas cursando el bachillerato y tu mejor amigo te cuenta anécdotas olvidadas como si hubieran sucedido ayer (o viceversa). Pero, ¿realmente existe la memoria fotográfica?

 

La memoria funciona como los archivos de una biblioteca y no como una cámara: guarda registro de todos los recuerdos pero no con detalles precisos

 

Cuando Marcel Proust desayunaba su famosa magdalena, volvía a recordar Combray y su infancia perdida. Es un fenómeno muy común este, en realidad. Si estás escuchando a tu grupo favorito en la radio y a la vez cocinas croquetas, las neuronas en tu cerebro relacionadas con ambas actividades (cocinar y escuchar) están interactuando, lo que significa que la próxima vez que escuches esa música es probable que pienses irremediablemente en el momento en que cocinabas, por la conexión entre las neuronas mencionadas.

Quizá te lleves un chasco pero no. No hay evidencias de que exista la memoria fotográfica como tal. Nunca se han descubierto casos de personas cuya memoria trabaje perfectamente, como si se tratase de una cámara de vídeo. Más bien es como una biblioteca, que guarda registro de todos los recuerdos pero no con detalles precisos de los mismos. Esos detalles que se olvidan para formar una imagen más general son reemplazados por otros recuerdos o conocimientos generales del mundo en el que vivimos.

 

La memoria eidética

Lo más parecido a la supuesta memoria fotográfica es la eidética. Aquellos que dicen tenerla aseguran que al observar brevemente una imagen que no han visto previamente, pueden «ver» una imagen mental y recuerdan detalles sumamente específicos, como el número de las ventanas en una calle o de pétalos en una flor, informa ‘BBC’. Además, sus ojos se mueven como si estuvieran escaneando la imagen o escena que ven. Sin embargo, esta memoria dista de ser perfecta, como si lo sería la fotográfica, que además guardaría registro y conservaría los recuerdos perfectos durante mucho más tiempo.

 

La memoria eidética dista de ser perfecta, como si lo sería la fotográfica, que además guardaría registro y conservaría los recuerdos perfectos durante mucho más tiempo

 

Este tipo de memoria, además de ser muy rara, no está relacionada en absoluto con el coeficiente intelectual. Un porcentaje que varía entre 2 y 10% de los niños a temprana edad experimenta este tipo de memoria, pero tiende a desvanecerse cuando alcanzan los seis años. Para saber si la tienes se utiliza la prueba conocida como ‘Método de Extracción de Fotos’, que consiste en presentarle a una persona una foto desconocida sobre un caballete para que la mire cuidadosamente durante 30 segundos. Cumplido ese período, se retira la foto y se le pide que describa lo que observó. Casos sonados como el de George Harrison, que siempre afirmó que no quiso compiarse de la melodía de ‘He’s so fine’ para escribir ‘My sweet lord’, podrían estar relacionados con este tipo de memoria, según los expertos.

Por supuesto, aunque no haya pruebas de que exista la memoria fotográfica, no significa que no se pueda tener una memoria prodigiosa, como la de los elefantes. Por ejemplo, Kim Peek, de 53 años, (la inspiración para el personaje de Dustin Hoffman en ‘Rain Man’), memorizó cada página de los más de 9.000 libros que había leído, o Stephen Wiltshire, conocido como «la cámara humana», tiene la habilidad para crear bosquejos de escenas vistas durante solo unos segundos.

  1. N.

 

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¿Te consideras una persona con capacidad para distinguir entre lo que resulta fruto del azar o es parte de una serie de causas y consecuencias? Te interesará saber a qué se debe

Los seres humanos tenemos el cerebro programado para ver sentido en secuencias impredecibles de hechos que muchas veces tan son solo fruto del más puro azar. Es algo obvio, pues en cierta forma nuestro mapa mental siempre tiende a apuntar hacia alguna dirección, ya sea para adelantarnos a la consecución de una acción (pronóstico) o a la hora de reflexionar sobre un incidente ocurrido (retrospectiva). De algún modo, tenemos cierta reticencia a movernos y pensar desde el desorden, imponiendo lógica y sentido en cada momento cotidiano, aunque en ocasiones lo que nos sucede no responde a ninguna intención interna o externa, sino más bien es producto de la más impersonal aleatoriedad.

¿Cuántas veces has creído ver nubes con forma de corazón o de pájaro? Y a la hora de jugar al póker o a un juego de azar, ¿qué es lo que te dice que, después de tantos intentos fallidos, esta vez sí es la tuya, debes apostar todo porque vas a ganar? Incluso, en el plano emocional, cuando conoces a alguien nuevo como fruto de la casualidad y te sientes atraído por esta persona después de haber pasado años sufriendo tu soledad en silencio, seguro pensarás: “ya era hora”. La conclusión es que ya sea en un sentido positivo (este último ejemplo), negativo (la apuesta definitiva que sale mal aún con todas las probabilidades a favor) o neutro (ver cómo las nubes hacen formas), le damos absolutamente igual al destino, pues este se rige en la mayoría de los casos por el más puro azar.

 

Nuestros sentidos solo pueden brindarnos información limitada sobre el entorno, el cerebro rellena los huecos que faltan

 

“El cerebro tiene una capacidad excepcional para identificar patrones y encontrar significado en un mundo complejo”, asevera Eva M. Krockow, psicóloga británica, en la revista ‘Psychology Today’. “A menudo, nuestros sentidos físicos solo pueden brindarnos información limitada sobre nuestro entorno. Por ejemplo, cuando nuestra visión se ve obstruida y no podemos ver ciertas partes de una imagen completa. Sin embargo, utilizando nuestros conocimientos previos y la información del contexto, nuestro cerebro podrá llenar los vacíos y proporcionar una imagen mucho más completa”. En resumen, el mundo es como un puzzle en el que siempre faltan piezas y nuestro cerebro se encarga de intentar juntarlas todas o, en caso contrario, inventárselas.

¿Casualidades o causalidades?

Hay que indicar que todo depende de la forma de ser cada uno y su predisposición a pensar más en causalidades o casualidades. Del mismo modo, también de sus aspiraciones religiosas, pues las grandes preguntas filosóficas como Dios o la muerte acaban siendo respondidas por una teología particular o heredada que nos hace pensar que hay un destino más allá de todo el caos e incertidumbre, o que al menos alguien muy poderoso se encarga de ordenar el caos y darle un sentido. Si vamos más allá, encontraremos a grandes padres del pensamiento occidental como Nietzsche, quien vio perversa la moral cristiana al fundamentar todos los sufrimientos terrenales en la esperanza de una vida eterna, tal y como el que ha tenido mala suerte durante varias veces consecutivas cree que en algún momento obtendrá la redención y por fin el destino le tendrá reservado algo bueno como premio a todo su padecimiento anterior.

Pero antes de entrar en esta serie de reflexiones tan herméticas y profundas, merece la pena echar un rápido vistazo a la llamada “falacia del jugador” por la que siempre tendemos a caer sobre la misma piedra y errar en nuestros razonamientos al pronosticar hechos futuros. Se trata de una trampa lógica que se suele dar en los juegos de azar, pero como es obvio puede aplicarse a otras tantas situaciones. Viene regida por este postulado equivocado: un suceso aleatorio tiene más probabilidad de ocurrir porque no ha ocurrido durante cierto período.

«Los dados no tienen memoria»

Es decir, las posibilidades de que se dé un fenómeno a continuación no están reñidas con los que ya se han dado de antemano, ya que son aleatorios. Esto suele resumirse con la frase: “Los dados no tienen memoria”, pues por muchos que los lances y analices sus resultados anteriores, nunca podrás saber de qué lado caerán la próxima vez, pues la probabilidad de que salga uno u otro sigue siendo la misma. Al igual que cuando tiras una moneda y sale dos o tres veces cara, nada te dice que a la cuarta saldrá cruz, pues los resultados anteriores no afectan al próximo.

Precisamente, este puede ser uno de los incentivos para que la persona con más propensión a ser adicta al juego desarrolle ludopatía, ya que se autoengaña pensando que a más tiempo jugado, más probabilidades de llevarse un premio. O que por muy mala suerte que haya tenido en sus últimas jugadas, el cálculo de probabilidades apunta a que en breves le llegará su turno y podrá ganar.

 

«Nuestra tendencia innata a encontrar patrones y dar sentido a nuestro entorno puede convertirse en una habilidad a la que sacar mucho provecho»

 

Krockow pone otros ejemplos para entender este cálculo erróneo de las probabilidades: «Una pareja decide formar una familia. Tienen la suerte de tener muchos hijos, pero todos resultan ser varones. En un inicio, la pareja solo planeaba tener dos hijos. Sin embargo, desesperados por tener una hija, continúan intentándolo hasta que la mujer ha dado a luz a seis hijos. ¿Su próximo bebé será una niña? Deciden intentarlo de nuevo».

«La ‘falacia del jugador’ es un sesgo generalizado que tiene una solución muy rápida», concluye la psicóloga. «Después de todo, nuestra tendencia innata a encontrar patrones y dar sentido a nuestro entorno puede convertirse en una habilidad a la que sacar mucho provecho. Puede ayudar a ralentizar las cosas y adoptar un enfoque más reflexivo para tomar mejores decisiones. Esto también puede ayudarnos a identificar correctamente aquellos contextos donde se aplica la ‘falacia del jugador’. El sesgo solo es relevante en situaciones caracterizadas por cadenas de eventos completamente aleatorias, como resultados de juegos de azar o sorteos de lotería».

 

  1. Zamorano