Por qué lloramos realmente y para qué sirve físicamente

Las lágrimas nunca caen sin razón. Hoy dos expertos psicólogos nos recuerdan su valor y sus funciones en uno de los años más agitados emocionalmente de nuestras vidas

 

«No os diré no lloréis, pues no todas las lágrimas son amargas», enunciaba el mago Gandalf a los ‘valientes hobbits’ al final de la inmortal película ‘El Señor de los Anillos’. Y, efectivamente así es, pues como dijo este sabio personaje de ficción medieval, las gotas de agua salina que caen por el rostro fruto de la emoción no siempre ‘saben’ tristes. Seguramente recuerdes alguna ocasión en la que sentiste una sensación tan plena e intensa que te fue imposible reprimir las lágrimas. Incluso, en mitad de un ataque de risa, en el que la hilaridad era tan fuerte que de tus ojos empezaron a caer goterones incontenibles.

Sea como sea, el hecho de llorar es una de las formas más naturales de soltar toda la emoción que nos embarga en un momento determinado. Pero también hay otras. En realidad, el comportamiento de los humanos se basa principalmente en eso: una continua afectación por las situaciones que vivimos en nuestro día a día que, convertidas en emociones, dejan su impronta en nuestro ser y conciencia. Más tarde, como si se tratara de una presa de agua, necesitan liberarse. Este año, además, todos lo hemos vivido de una forma particularmente intensa a nivel emocional debido a la pandemia. Muchas familias han tenido que lidiar con la tragedia de perder a un ser querido y, lo que han tenido más suerte, enfrentarse al aislamiento al no poder pasar tiempo con sus familiares o amigos.

 

«No todo el mundo llora por los mismos motivos o con la misma frecuencia. En ello se basa lo que aprendemos de pequeños sobre este mecanismo»

 

Ahora, cabe preguntarse: ¿hemos llorado lo suficiente como para sanar todas esas heridas provocadas por el dolor experimentado, sea del tipo que sea? ¿Es cierto que, de algún modo, las lágrimas tienen el poder de aliviar el daño emocional causado? «El llanto es una descarga de hormonas de nuestro cerebro que provocan nuestras respuestas a las situaciones vividas», asegura Mónica Pereira Dávila, psicóloga del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid (COP) a este diario. «Esta descarga hormonal va eliminándose poco a poco a través de la orina o el sudor. Pero cuando es muy grande y la intensidad de la emoción está por encima de lo que la persona es capaz de manejar, tenemos el mecanismo del llanto que nos ayuda a eliminar del organismo todas esas hormonas excedentes, por eso nos sentimos mejor tras un buen rato llorando».

En este sentido, ¿podemos también llorar por una emoción positiva? «Esto es válido también para los momentos de euforia o extremo bienestar, ya que el nivel hormonal está por encima de lo que nuestro cuerpo es capaz de gestionar», asevera Pereira. «Por eso, algunas personas pueden llorar de felicidad, porque es un mecanismo del cuerpo para alcanzar un equilibrio emocional».

Pero evidentemente, no lloramos solamente debido a emociones. También para depurar e hidratar el globo ocular: lo que se conoce como lágrimas basales. «Eso a nivel fisiológico, pero desde el punto de vista emocional tiene también una función comunicativa», comenta por su parte Rafael San Román, psicólogo de la plataforma de atención psicológica online iFeel, a El Confidencial. «Las lágrimas sirven para indicar que la persona que tenemos delante está sufriendo por algún motivo, de ahí que los niños pequeños, al no poder expresar verbalmente lo que les pasa, recurran al llanto. Por supuesto, no todo el mundo llora por igual ni por los mismos motivos o frecuencia, y en ello juega un papel muy importante lo que aprendemos de pequeños sobre este mecanismo».

La importancia de los abrazos

Se trata de uno de los gestos que más hemos echado de menos a lo largo de este año. Y que, por precaución, muchas personas todavía no se atreven a ofrecer a sus seres queridos. No comprendimos la importancia de un buen achuchón en los momentos difíciles hasta que llegó la pandemia y mandó al traste nuestra vida familiar y social.

 

«A veces la gente no sabe escuchar a su mente, no entiende el lenguaje de las emociones y cree estar bien ante los acontecimientos que experimenta»

 

Al igual que las lágrimas, también es una forma de comunicación que sirve para sanar o equilibrar nuestro estado emocional. Pero a diferencia de ellas, que no dejan de ser un mecanismo propio e individual, el abrazo sirve para compensar precisamente la afluencia de las mismas en otra persona, tal y como lo corrobora Pereira: «si cuando lloramos, un ser querido nos da un abrazo, está mandando a nuestro cerebro señales de tranquilidad, protección o seguridad», asegura. «Cuando este lo percibe, automáticamente disminuye la descarga hormonal que nos hacía sentir abrumados y esto contribuye a la regulación emocional».

¿Y el llanto sin motivo?

«Tengo la teoría de que cuando uno llora, nunca llora por lo que llora, sino por todas las cosas por las que no lloró en su debido momento», escribió el poeta uruguayo Mario Benedetti. ¿Acaso se puede llorar sin más, por todo y por nada, o bien en un sentido existencialista, por todas las cosas tristes de este mundo en su totalidad? Pereira cree que se debe a una mera acumulación de emociones no gestionadas. «A veces la gente no sabe escuchar a su mente, no entiende el lenguaje de las emociones y cree estar bien ante los acontecimientos que experimenta», señala. «Mantiene una barrera de control emocional a modo de ‘dique’ que impide que las lágrimas fluyan. Cuando bajan la guardia y relajan ese control, puede que ocurra el llanto y les genere desconcierto al no entender a qué se debe».

 

San Román está plenamente de acuerdo con ella. «Es como cuando a alguien le regañan un poco y rompe a llorar: obviamente lo está haciendo por otra causa», asevera. «No siempre la causa del llanto es el estímulo que lo desencadena». En este sentido, volviendo a Pereira, «es como si hubiéramos abierto las puertas del dique y salieran todos los ‘malestares contenidos'».

 

Cuando las emociones no tiene cómo fluir

Muchas personas, por distintos motivos ya sean culturales o psicosociales, se sienten incapaces de llorar. Esto puede hacerles pensar que no tienen sentimientos, cuando en verdad lo que les pasa es que no saben gestionar ni desplegar esa emoción que les invade y necesita salir para fuera. «A mi consulta vienen muchas personas que tienen problemas de temperamento, se enfadan a la mínima o sienten que su vida está vacía», relata Pereira. «Más allá del carácter de cada uno, muchos de ellos no saben cómo dar rienda suelta a la emoción que les invade, y como sienten que no pueden llorar, ya sea porque se les ha educado así o porque nunca nadie les ha enseñado a llevar una buena gestión emocional de sus sentimientos, acaban recurriendo a la violencia contra sí mismos o los demás»

 

«Históricamente, se ha entendido el llanto como un signo de debilidad porque indicaba la necesidad de apoyo del otro para bregar con las emociones»

 

«De lo que se trata aquí es de tener un buen conocimiento de cuáles son mis emociones», recalca la psicóloga. «Ser capaz de reconocerlas, entender cómo afectan a mi manera de actuar como a la forma de entender el mundo. Una persona con una inteligencia emocional sana no necesita llorar a menudo para regular sus emociones, pero sí que lo usará y le será de gran utilidad esa estrategia para cuando su vida alcance unas cotas de intensidad muy altas que le dificulten ese manejo».

¿Tienen género las lágrimas?

«This is why you never see your father cry», cantan la banda británica Idles en ‘Colossus‘ (que podría traducirse como «esto es por lo que nunca ves llorar a tu padre»). Expresiones como «la vida es un valle de lágrimas», que parten de la tradición religiosa al asociar el perentorio dolor que supone la vida en comparación con ‘la vida eterna’ parecen ir dirigidas al género humano en su totalidad, pero también y más exclusivamente a las mujeres. «Obviamente este sesgo existe y es ancestral», confirma San Román. «No por causas religiosas tampoco, sino psicológicas, ya que el llanto del hombre se castiga y en la mujer se refuerza o se ve como algo natural. Luego, en las personas se aplica de distinta forma, claro que todo el mundo llora, hombres y mujeres, mayores y jóvenes, ricos y pobres, guapos y feos. A pesar de ser una generalización, en las mujeres se da con mayor naturalidad o espontaneidad que en los hombres».

 

«Si un guerrero lloraba, mostraba al enemigo que no estaba preparado para afrontar el combate»

 

Pereira va más allá. «Históricamente, se ha entendido el llanto como un signo de debilidad porque indicaba la necesidad de apoyo del otro para bregar con las emociones», señala. «Si un guerrero lloraba, mostraba al enemigo que no estaba preparado para afrontar el reto del combate, de ahí que durante cientos de años se ha enseñado a los hombres que llorar es una debilidad. Las mujeres, en cambio, tenían asignadas otras funciones, las de cuidar a la prole y recolectar. Las funciones sociales que han asumido ambos géneros a lo largo de la historia son las que han favorecido o impedido la expresión de las emociones mediante el llanto».

Una de las figuras históricas y culturales más curiosas que reafirma esta tendencia a asociar el llanto con lo femenino es la de las plañideras. Desde tiempos inmemoriales, se retribuía a un grupo de mujeres para que fueran a los entierros a llorar a muertos con los que no tenían ningún lazo emocional. De alguna forma, usaban a estas personas para fingir un enorme dolor «con el objetivo de construir una imagen de estatus social del fallecido y un relato sobre el duelo», asegura San Román. En este sentido, no solo llama la atención que fueran mujeres las encargadas de generar lágrimas a propósito en los funerales, sino que también servía para reafirmar la capacidad de las lágrimas como justificación máxima de la existencia (o pervivencia) del sufrimiento.

A propósito de esta idea, Pereira asegura que «si una persona se ve abrumada por la tristeza de perder a un ser querido y se encuentra con que los demás presentes en el funeral tienen cara de póker, se va a sentir muy sola, y quizás hasta enfadada con los demás por no compartir su dolor». Así, «ver a otras personas llorar legitima su dolor y favorece que se sienta comprendida, por lo que podrá aceptar la emoción y avanzar en su proceso de duelo».

En conclusión, gestionar las emociones a través del llanto es una parte muy importante de los cuidados que nos podemos ofrecer a nosotros mismos, como a su vez los abrazos sirven a los demás cuando es el prójimo quien llora. La crisis sanitaria provocada por la pandemia ha puesto a la salud en el centro de nuestras vidas, no solamente la física, sino también la psicológica. Es por ello por lo que debemos aprender a saber gestionar y cuidar los afectos que nos atraviesan y no dejar que estos necrosen por vergüenza o por no querer mostrar signos de debilidad. No es que tengamos que llorar más, sino preguntarnos si hemos llorado lo suficiente, y en ese caso, tener la fuerza y energía para salir de todos los baches emocionales en los que nos podamos hallar en estos tiempos tan difíciles.

Enrique Zamorano

Cómo tener un buen día aunque te levantes triste o de mal humor

Para que existan días pletóricos en los que todo te sale bien y tienes buenas noticias, también deben existir los malos. Qué hacer en caso de que hoy sea uno de esos

Hay días en los que te levantas más legañoso que de costumbre y, nada más acudir a tu puntual cita con el café, echas sal en vez de azúcar en la taza. No te das cuenta hasta que de repente le metes un tímido trago y te dan ganas de vomitar. Entonces piensas algo así como: «oh Dios, hoy no va a ser un buen día». O, directamente, aplicado a estos tiempos pandémicos, cruzas el portal dispuesto a hacer la compra y justo cuando llegas a las puertas del supermercado te das cuenta de que no llevas puesta la mascarilla. O algo mucho más simple: has tenido una noche de espanto en la que ya sea por el frío, las pesadillas o el insomnio, no pudiste descansar, y te arrastras por la acera como un zombi, llegas tarde a tu puesto de trabajo y tu jefe te echa la bronca.

 

En definitiva, hay mil maneras de empezar la jornada y no todas son buenas. ¿Cómo revertir esto para no tirar la toalla a los pocos minutos y recuperar la energía y fuerza necesarias para sacar adelante el resto del día? En general, se trata de un poder subjetivo más que objetivo, por lo que cada persona tendrá que desarrollar su propio método para sacar las fuerzas de flaqueza ante un día en el que todo parece ser negativo.

 

«Detente y respira hondo. Puedes observar con atención algo hermoso o escuchar música que te guste y te ponga de buen humor»

 

«Muchas personas se lo tomarán con humor, haciendo de lo malo algo divertido hasta el punto de reírte de lo mal que está», asegura Cathy Allsman, psicóloga de Miami, en un interesante artículo sobre el tema publicado en ‘Mel Magazine’. «Otras, sin embargo, tienden a quedarse congeladas como si se tratara de un dolor físico. Sin embargo, quedarse parado no es efectivo, ni para las molestias físicas ni las emocionales».

 

Entonces, ¿cuál es la mejor manera de recuperar la confianza en ti mismo y en tu suerte? De algún modo, deberás tomarte tu tiempo para hacer algo que te conecte contigo mismo y con lo del exterior de forma sensorial, asegura la experta. «Detente y respira hondo», prosigue Allsman. «Observa con atención algo hermoso o escucha música. Cuando los adolescentes acuden a terapia, les pido que traigan las canciones que escuchando cuando quieren centrarse en los dramas que hay en su vida y sentirse molestos, así como la que oyen cuando su estado anímico está disparado: siempre hay una clara diferencia entre ambas».

 

«La gente puede volverse adicta al drama, aferrándose a todo lo que va mal»

 

En este sentido, la psicóloga argumenta que para deshacernos de todos esos pensamientos negativos que nos asolan nada más despertar, lo mejor es buscar una maniobra revulsiva positiva. Puede ser intentar conectar con aquellas canciones que te ponen contento o de buen humor, o bien realizar ejercicio físico, ya que este es un potente liberador de endorfinas que nos hará sentir más relajados después. Cualquier cosa con tal de no retroalimentarnos en nuestra amargura y poder continuar con nuestro día a día en plenas facultades y sin temer a la mala suerte.

Haz que todo mejore

Por otro lado, no te boicotees más de lo necesario. Después de todo, para disfrutar de nuestra vida siempre harán falta días malos de tal manera que podamos ver el contraste o notar la diferencia. Por ello, no desesperes ni caigas en la trampa del pesimismo, pero tampoco del optimismo; tan solo razona que es un mal día y que solo has de esperar hasta mañana o pasado para que la situación mejore.

 

«La gente puede volverse adicta al drama», asevera la psicóloga. «Puede llegar a ser muy difícil salir del mal humor y aferrarse a lo que va mal. Por ello, tiene que haber una decisión propia y ejecutiva de que preferirías estar bien que mal». Obviamente, si tu malestar tiene una justificación lo que deberás hacer será reflexionar sobre el problema para ponerle solución, y en caso de que no la haya o sea imaginaria y de verdad interfiera en tu día a día, acudir a un psicólogo para que te eche una mano, ya que si encadenas muchos días con el estado de ánimo en niveles bajos puedes padecer algún tipo de trastorno mental con rasgos depresivos del que ni siquiera eres consciente.

 

«Como persona que casi siempre está de mal humor, mi propio método es no presionarme demasiado para salir de ese estado de ánimo y compensarlo con cualquier cosa», asegura por su parte Magdlane Taylor, periodista de ‘Mel Magazine’. «A menudo he intentado hacer algo productivo para remediarlo, como limpiar, pero en el momento en el que me sale algo mal me rindo. Todo consiste en no establecer unas expectativas demasiado altas para que si alguna otra cosa sale mal, no perder los papeles».

 

Para concluir, no pasa nada por tener uno o varios días consecutivos malos. Tan solo hace falta tener paciencia y, en la medida de lo posible, intentar remediarlo con alguna actividad que te motive o te despeje la mente para salir de estas recaídas en el mal humor, la tristeza o el aburrimiento. Después de todo, y como decíamos antes, para que existan días pletóricos también debe haber días en los que lo mejor sería no salir de la cama.

 

  1. Z.

 

Cómo dejar de comer por estrés, elimina el hambre emocional

¿Sientes que no te puedes resistir a abrir el frigorífico y darle un bocado a cualquier cosa? No te preocupes, afortunadamente hay maneras de atajar esta manía compulsiva.

 

Muchas veces, el hambre que sentimos no proviene de una sensación física real, sino que tiene un componente irracional o emocional. Seguramente lo hayas experimentado en más de una ocasión con la cuarentena. Abrir el frigorífico cada poco para pillar cualquier cosa es un síntoma fruto de esa presión psicológica que supuso el hecho de estar encerrados.

Para atajar este hambre irracional, el primer paso es saber reconocer la causa psicológica que da pie a esos atracones. En el caso del confinamiento, estaba totalmente claro: la ansiedad que nos producía el hecho de no salir a la calle y perder el contacto físico con nuestros amigos y familiares, sumada a la normal preocupación por la crisis sanitaria, produjo que nuestro inconsciente pidiese comida para atajar estos pensamientos negativos recurrentes. Pero son muchas las personas que conviven día a día con este hambre irracional sin conocer cuál es el desencadenante psicológico por el que aparece.

 

Al encontrar una nueva forma de lidiar con tus sentimientos, ya no necesitarás depender del hambre o la comida

 

Al igual que las adicciones, el hambre emocional funciona como un mecanismo de respuesta frente a esos pensamientos negativos que nos asolan, aliviándolos para más tarde hacerlos más intensos. En este sentido, los psicólogos coinciden en ver estas dos polaridades: «funciona como un ‘amigo’ y un ‘enemigo’ a la vez, ya que proporciona alivio temporal, pero a la par daña tu cuerpo y a tu autoestima», asegura Nina Savelle-Rocklin, psicoanalista estadounidense, quien ha publicado un artículo muy interesante sobre el tema en ‘Aeon‘.

«De manera similar, tenemos emociones y pensamientos ocultos en nuestra conciencia que motivan muchas de nuestras acciones», asevera la experta, siguiendo muy de cerca las teorías sobre el psicoanálisis. «Los comportamientos autodestructivos, como la alimentación emocional, pueden no tener un sentido consciente, por lo que hay que buscar una explicación subyacente».

Una «desconexión vital»

¿Cuál es el primer error que cometemos al ser plenamente conscientes de nuestro problema e intentar atajarlo? Empezar a hacer dieta, lo que se traduce en restringir cierto tipo de alimentos que nos gustan. «Las dietas implican privaciones«, explica Savelle-Rocklin. «La experiencia de no poder tener lo que deseas puede conseguir el efecto contrario, que lo desees más, lo que a su vez conduce a la ingesta excesiva o a los atracones. Centra la atención en lo que estás comiendo, no en el por qué. Un primer paso es establecer el vínculo entre tus emociones y la alimentación. Cada vez que percibas que tienes hambre emocional, toma nota de cómo te sentías antes de que sucediera e intenta identificar algún patrón psicológico como desencadenante».

 

Comer puede ser un intento de llenar un vacío interior, pero también por aburrimiento o sensación de impotencia

 

Savelle-Rocklin pone de ejemplo a una paciente que tuvo aquejada de esta serie de episodios. Tras muchas sesiones con ella, descubrió que su hambre emocional venía de haber sido educada por sus padres bajo el imperativo de no mostrar las emociones. Entonces, recurría a la comida para calmar toda esa angustia interior causada por esa constricción emocional. El trastorno «puede ser una forma de salir del mundo y escapar temporalmente de aquello que les molesta», observa. «Mis pacientes a menudo describen la experiencia del hambre emocional como una desconexión vital en la que ya no existen esos pensamientos ni emociones».

«Cuando encuentres una nueva forma de lidiar con tus sentimientos, ya no necesitarás depender de la comida», recalca la experta. «Cultiva formas saludables de expresar lo que sientes, desde hablar con un ser querido hasta escribir un diario. También construye un diálogo interno contigo mismo que sirva de apoyo: ‘Estoy haciéndolo lo mejor que puedo, voy a ser amable conmigo mismo en estos momentos».

«Recurrir a la comida puede ser un intento de llenar un vacío interior, pero también contra el aburrimiento y la sensación de impotencia», asegura Savelle-Rocklin. «A menudo, es una forma de brindar consuelo o recompensa. Para hacer las paces con la comida, es necesario cambiar la forma en la que te hablas a tí mismo. Desafía a tu crítico interior y háblate de una manera mucho más amable, tranquilizadora o comprensiva». La experta también recomienda encontrar formas alternativas de afrontar la sensación de hambre, a través de «un ejercicio que te haga tomar tierra para centrarte en el presente o de relajación muscular progresiva en caso de que estés estresado».

Consejos prácticos

Más allá de investigar en los detonantes psicológicos, los cuales llevan un tiempo bastante largo, podemos establecer una serie de rutinas y hábitos que alejen la tentación de volver a abrir el frigorífico. Una de ellas, la más básica, es conseguir frenar el impulso y saber esperar. Se trata de un método parecido a cuando tratamos alguna adicción: cuando te entre el hambre, reflexiona en que es una sensación de necesidad temporal que tan pronto como ha venido, se va a volver a ir.

Si sientes hambre emocional, ponte a leer, ver la televisión o llama a un ser querido por teléfono. Todo con tal de evadirte y entretenerte

 

Otro de los consejos que aportan ciertos expertos es mantener el cuerpo bien hidratado, ya que algunas veces confundimos las ganas de comer con la sed. Una buena manera de hacerlo es sustituir ese alimento al que tienes tantas ganas de hincar el diente por una infusión caliente, que además en esta época del año, con los cambios de temperatura, viene de maravilla.

Del mismo modo, intenta mantener la mente distraída. Si sientes el hambre, procura leer, ver la televisión o llamar por teléfono a algún ser querido. Todo con tal de evadirnos y hacer que pase ese momento de debilidad lo antes posible. Y, por último, si no te puedes resistir y necesitas llenar el estómago con algo, apuesta por la comida sana en vez de por los snacks para picar. Sin ir más lejos, las manzanas son uno de los alimentos más saciantes que hay y además contienen muchas beneficios para tu organismo. Y ante todo, evita los productos con demasiado azúcar.

 

ACyV

 

Qué es realmente un déjà vu y qué significado tiene en psicología

Se produce con un pequeño retraso a la hora de percibir el estímulo externo. De esa manera da la sensación de que está sucediendo algo ya vivido

 

Te encuentras cenando con un grupo de amigos, reís y comentáis algo, cuando de repente tu cerebro te da una señal de aviso y proclamas las palabras que todo el mundo ha dicho alguna (o varias) veces en su vida: «Esto ya lo he vivido antes». Exactamente, acabas de vivir un Déjà Vu, una extraña experiencia que sentimos los humanos cuando un momento determinado nos parece estar repitiéndose, como si lo rescatáramos de un pasado lejano.

Son muchas las teorías al respecto en relación a los Déjà vu. Los más filosóficos o especulativos gustan de mencionar las profecías, la Teoría del Eterno Retorno, creen en la idea de que vivimos en un sinfin de multiversos o incluso mencionan las vidas pasadas. A la hora de la verdad, la opinión más compartida dentro de la comunidad científica para explicar estos sucesos está relacionada con el proceso de almacenamiento de la memoria. Más concretamente se afirma que ocurre un pequeño lapsus o retraso a la hora de percibir el estímulo externo y por ello da la sensación de que ante nuestros ojos está apareciendo algo que ya hemos vivido.

 

Carl Jung, que experimentó un extraño Déjà Vu estando en Nairobi, explicó que se trataba de un reconocimiento de lo que era «inmemorialmente conocido»

 

Además, los expertos señalan diferentes variedades dentro del Déjà vu dependiendo del tipo de vivencia. Estos son los Déjà Senti (ya sentido), Déjà Vecu (ya vivido) y Déjà Visité (ya visitado). Aunque las similitudes entre ellos son más que notables. Por ejemplo, como cuenta la psicóloga Judith Orloff en ‘Psychology Today’: durante un viaje a África, Carl Jung describió una sensación de déjà vu cuando vio a un hombre apoyado en una lanza mirando hacia abajo en un tren mientras giraba alrededor de un acantilado camino a Nairobi. Él escribe: «tenía la sensación de que ya había experimentado este momento y siempre había conocido este mundo». Aunque este mundo y este hombre eran algo ajeno a él, vio todo como perfectamente natural. Llamó a esto un reconocimiento de lo que era «inmemorialmente conocido».

«En psicología», explica Judith Orloff, «la sensación de Déjà vu también puede ayudar a las relaciones sociales. A veces, conocemos a personas que sentimos que las conocemos desde hace años. Pero, ¿cómo distinguir entre una simple obesión y esta extraña sensación? Lo cierto es que muchas personas acuden a consulta porque experimentan el amor de una forma obsesiva, adictiva. El hecho de que un encuentro se sienta como algo inmediato o conocido no significa necesariamente que sea sano», añade.

Déjà vu crónico

¿Los experimentas a menudo? Hace años, los medios recogieron la historia de un joven británico que vivía una sensación de ‘Déjà vu’ constante, hasta el punto de que había dejado de ver las noticias o leer los periódicos para evitarlo, como si se hubiera convertido en algo crónico. Los médicos explicaron entonces que, tras revisar sus ondas cerebrales y comprobar que todo era normal, deducían que el problema era más de tipo psicológico que neurológico, y relacionado con el estrés. Aunque no se trataba del primer caso que habían tratado.

Al parecer, según las investigaciones, los Déjà vu suceden más cuando somos jóvenes, y a partir de los 40 o 50 años se vuelven mucho menos frecuentes. Además, algunos estudios realizados por el doctor Chris Moulin (doctor del paciente británico) hay una relación entre los viajes y esa experiencia (recordemos de nuevo la historia de Jung): «Se sienten con mayor intensidad en sitios que nunca antes se han visitado», explicó. Además, también se ha informado que ciertas drogas incrementan las posibilidades de experimentarlo. Sea como fuera, piensa que más del 60% de la población los ha experimentado al menos una vez en la vida, por lo que no son nada extraordinario. Y si realmente te preocupa sentirlos a menudo, consulta con un neurólogo.

ACyV

 

Frases que (bajo ningún concepto) debes decirle a alguien con ansiedad

A veces, cuando intentamos ayudar a alguien que está pasando un mal momento, no sabemos cómo reaccionar y caemos en tópicos que solo complican más las cosas

La ansiedad es uno de los trastornos mentales más comunes entre la población. Y más en una época como esta, de tanta incertidumbre en la que nos enfrentamos a un enemigo microscópico, invisible, que puede estar en cualquier sitio e infectarnos, ya sea a nosotros o a nuestros seres queridos. Si sientes que tus nervios están pudiendo contigo y has pasado por varios episodios severos de ansiedad, lo mejor es que acudas a un profesional para que te indique los pasos que debes dar en aras de recuperar la paz y la tranquilidad.

Una de las recomendaciones más básicas que siempre se suelen dar desde las terapias psicológicas es no perder el contacto con tu familia y amigos. Al fin y al cabo, cuando estamos mal, es muy probable que acabemos cayendo en pensamientos negativos y se te quiten las ganas de interactuar con aquellos a los que quieres, además de sentir que no queremos salir a calle ni socializar.

 

Lo mejor que puedes hacer es asegurarte de que la otra persona sepa que estás ahí para ayudarla si te necesita. Y, sobre todo, no agobiar con el tema

 

Por ello, si tienes un amigo o familiar que actualmente está atravesando por estos procesos, lo mejor será no agobiarle ni reprender en exceso su actitud. En ese sentido, muchas veces no sabemos qué decir a aquellas personas que lo están pasando mal y la frustración que ello supone puede distanciarnos más aún, lo que no sería nada bueno. Hoy te ofrecemos una serie de consejos, recopilados por la revista ‘The Healthy‘ sobre esa clase de cosas que no deberías decir a alguien que está atravesando un mal momento o que no tienen demasiada utilidad.

«No te preocupes»

En primer lugar, no va a servir de nada, ya que por mucho que se lo digas, su problema no se va a solucionar. «La ansiedad comporta más o menos gravedad dependiendo de la persona o de sus circunstancias», asevera Sanam Hafeez, neuropsicólogo de la Columbian University de Nueva York. «Según su situación, su historial o las repercusiones que tiene en su vida diaria, puede volverse abrumadora». Por ello, no se trata simplemente de elegir el camino de la no preocupación, ya que el trastorno es en muchos casos irracional o no se puede controlar. Lo mejor que puedes hacer, en este caso, es asegurarte de que la otra persona sepa que estás ahí para apoyarle. Y, sobre todo, no agobiar con el tema, dejando claro que estás ahí para cuando quiera hablar.

«Tienes que superarlo»

Otra de las peores cosas que le puedes decir a alguien que está atravesando por momento complicado. Suficiente tiene con responder a las demandas de la vida cotidiana como para que encima le eches más peso encima y le exhortes a que se recupere inmediatamente. Tratar la ansiedad es un proceso largo que necesita de tiempo y paciencia. Si fuera tan fácil, nadie la sufriría. Un buen comentario sería preguntarles lo que sienten cuando aparece. «¿Cuál es la razón por la que te sientes así?», podría ser una buena forma de intentar llegar hasta ellos. «¿Qué haces para sentirte mejor?». En definitiva, ayudarles a que se dén cuenta de las herramientas de las que disponen para hacer frente al problema.

«Vas a acabar enfermo»

Quizás es una de las frases más nocivas que puedes decir a alguien que sufre ansiedad. Si encima les haces ser aún más conscientes de la gravedad de su problema, este se hará más grande a sus ojos, pudiendo llegar a pensar que jamás lograrán recuperarse del todo. Además, resulta ser un comentario bastante negativo y pesimista. Por el contrario, si les intentas animar de otra forma, como por ejemplo haciéndoles ver lo fuertes que son y minimizando sin llegar a invisibilizar o no tener en cuenta el problema, podrán enfrentarse a él de una mejor manera.

«Relájate»

Al igual que el «no te preocupes», por mucho que uses esta palabra con alguien que sufre ansiedad, no va estar más relajado por más que se lo digas. Decirle a alguien con ansiedad que se relaje es como pedir que no estornude a una persona que tiene un resfriado. Lo mejor, en estos casos, es hacerle recordar momentos bonitos que vivió en los que se sintió más relajado, especialmente si fue un momento divertido o emocionante que pasasteis juntos.

«Piensas demasiado»

La ansiedad pone en alerta a las personas, además de hacer que su cabeza vaya a mil por hora y no pueda dejar de pensar, de ahí que si le dices a alguien esto le pueda sentar peor al no poder evitar obsesionarse con su situación. En estos casos, lo mejor es intentar dirigir la atención de la persona a otra cosa, que no tiene por qué ser demasiado compleja. Tal vez necesite ver una película tranquilamente o jugar a algo, todo con tal de alejarle de esos pensamientos ansiosos y reiterativos que no dejan de pasársele por la cabeza.

 

ACyV

 

Por qué nos acordamos a la perfección de una canción pero olvidamos cosas  más importantes

El neuropsicólogo José Antonio Portellano nos da unas pinceladas sobre la forma en que nuestro cerebro puede almacenar las melodías

Puede ser que no te acordases de que tu aniversario era el 19 de mayo u olvidaste felicitar a tu madre el 23 de junio. A pesar de ello, si en la radio recuperan una canción de La Oreja de Van Gogh de hace 20 añosrecuerdas la letra a la perfección.

Lo mismo nos puede pasar con los estudios. Aunque no seamos capaces de recordar la lección estudiada a conciencia el día anterior, tenemos muy clara esa canción que hace unos meses escuchaste un par de veces.

El motivo por el que algunas canciones se quedan en nuestra memoria de forma permanente es un misterio. Sin embargo todo apunta a tres direcciones del funcionamiento de nuestro cerebro.

La memoria emocional

“La memoria siempre tiene un doble componente cognitivo y emocional. El cognitivo corresponde al proceso de grabación y almacenamiento de la información que retenemos y el emocional se refiere a los sentimientos que acompañan a la memoria”, explica a El Confidencial José Antonio Portellano Pérez, neuropsicólogo y profesor de Psicobiología en la Universidad Complutense de Madrid.

“En el proceso de archivo cognitivo de la memoria intervienen determinadas estructuras como el lóbulo temporal y el hipocampo, mientras que en la memoria emocional intervienen otras estructuras cerebrales como el núcleo amigdalino y el sistema límbico, que ‘deciden’ el significado emocional positivo o negativo del material a memorizar”, desarrolla el doctor en Psicología.

En términos generales, cuanto más intenso es el componente emocional, mayores posibilidades existen de retener lo aprendido y que la memoria perdure más, especialmente si la memoria se acompaña de emociones positivas. “Sin embargo, puede haber excepciones, ya que los acontecimientos con carga emocional muy negativa pueden ser bloqueados y en ocasiones se produce dificultad para el recuerdo de los eventos desagradables. Este hecho podría explicar por qué no recordamos con la misma facilidad unos acontecimientos que otros”, apunta.

Exposición repetida a una canción

La exposición repetida que vivimos a una canción en tiendas, bares, radio y televisión también es un factor importante que hace que retengamos esa melodía: “Para memorizar es necesaria la repetición sucesiva de los estímulos que deseamos archivar y, por tanto, la exposición repetida de una melodía puede facilitar su memorización. Pero es necesario que el estímulo que queramos memorizar (la canción) nos motive, ya que en caso contrario las posibilidades de generar nuevos circuitos cerebrales, es menor”.

Después de asimilar esa canción que hemos escuchado por todas partes hasta la extenuación somos capaces de recordarla durante años por la forma en que se consolida en nuestro cerebro.

El neuropsicólogo explica que todo cuanto memorizamos se archiva en el cerebro en forma de ‘engramas’, que son circuitos neurológicos consolidados que contienen el material memorizado. Por tanto, la memoria consolidada se acompaña de circuitos cerebrales más consistentes y duraderos. “La memoria se asemeja a una carretera: cuanto más eficientemente memorizamos algo, mayores posibilidades existen de que generemos una ‘carretera neural’ más consolidada en el interior del cerebro, mientras que si el proceso de memorización es más liviano, no se llegan a construir ni consolidar los circuitos o ‘carreteras’ cerebrales que permiten retener el material memorizado”, señala.

La memoria semántica

Cuando aprendemos y memorizamos cualquier tipo de información –como una poesía, la letra de una canción o la alineación completa de un equipo de fútbol– activamos la memoria semántica, que implica el archivo y recuerdo de todas las informaciones que adquirimos, explica Portellano. Pero cuando recordamos en qué momento y en qué lugar se produjo un hecho o en qué momento aprendimos algo nuevo, ponemos en marcha la memoria episódica, que requiere de la activación del lóbulo frontal.

“La memoria semántica nos permite memorizar mientras que la memoria episódica nos permite archivar en qué momento aprendimos algo. Por esa razón, es más probable que recordemos la letra de una canción que no el momento y lugar donde la aprendimos, ya que supone un mayor nivel de exigencia”, señala el neuropsicólogo.

 

Fran Sánchez Becerril

 

Un octubre gris y aburrido? Levanta el ánimo con estas siete actividades

Ya hemos empezado a notar cómo los días duran menos tiempo y hace más frío. Este año, más que nunca, recupera tu optimismo gracias a estos consejos de un psicoterapeuta

 

Llegan los últimos compases de 2020, sin duda un año de infarto. Nadie tenía por seguro que todas las sociedades del mundo deberíamos lidiar con una pandemia como la del coronavirus. Esta ‘nueva normalidad’ nos está pasando a todos factura, y este otoño más aún, ya que una vez pasado el verano parece que nos va a tocar lidiar con el hecho de estar más en casa que otros años para evitar que los contagios se vuelvan a disparar.

Y con el cambio de estación también llegan los típicos bajones anímicos que este año sin duda se harán más acusados debido a la complicada situación sanitaria que atravesamos. En el mes de octubre los días se van haciendo progresivamente más cortos hasta que llega el cambio de hora que nos sume ya de inmediato en el ambiente invernal.

 

Piensa en adoptar una serie de rutinas que te ayuden a retener la atención al menos durante cinco minutos al día para que te mantengas en equilibrio

 

Contando con todos estos malos augurios, mantener una actitud positiva frente al futuro más inmediato se convierte en una necesidad más que en una opción. Por ello, hoy vamos a enunciar algunas actividades para permanecer fresco y en buena sintonía con todo lo que te rodea. Bryan E. Robinson, un prestigioso psicólogo y periodista, ha elaborado una inspirada lista de actividades, publicada en ‘Psychology Today’, que puedes hacer en caso de que la abulia y el tedio vengan a visitarte más a menudo en los próximos meses.

Mira a tu alrededor

Algo tan simple como el hecho de ser consciente de todo lo que te rodea. Muchas veces pasamos por alto cosas que vemos todos los días y que nos resultan de lo más anodinas o cotidianas. Sin embargo, si ponemos un poco de atención al detalle y miramos aquellos elementos comunes con otros ojos, nuestro nivel de bienestar puede incrementarse sin que nos demos ni cuenta.

 

«En octubre, las hojas de los árboles caen y cambian los colores del paisaje», analiza Robinson. «Los días empiezan a acortarse, hace más frío». El ambiente otoñal es de lo más inspirador para realizar alguna actividad artística. ¿Qué tal si intentas plasmar en un folio con acuarela todos esos colores que ves a diario por la ventana? A lo mejor hay un gran pintor dormido en ti.

Dedica tiempo a meditar

«Piensa en crear una serie de rutinas que capten la atención al menos durante cinco minutos al día para mantener el equilibrio mental y vital», recomienda el psicólogo. «La meditación de plena atención ayuda a calmar a la mente. Puede ayudar a aliviar y reducir el dolor crónico, así como los síntomas de depresión. También estimula tu sistema inmune, mejora tu estado de ánimo y aumenta tu productividad».

Conócete más a ti mismo

«Presta atención a las reacciones que tienes a las cosas que te pasan a diario», aconseja Robinson. «Cuando no puedes controlar lo que sucede, desafíate a ti mismo en cambiar la forma en la que reaccionas a lo que ocurre. Ahí es donde reside tu poder». La visión del psicólogo es bastante simple: si en vez de lamentarnos por lo que sucede, le plantamos cara e intentamos reaccionar ante ello de una manera positiva, habremos conseguido mucho más que si nos rendimos ante la más mínima señal o indicio de dificultad. Es muy importante, en este sentido, ser compasivo y amable contigo mismo.

Mira hacia el futuro

Llegó la hora de visualizar cómo queremos que sea nuestra vida una vez toda esta pesadilla de la pandemia termine. ¿Cómo te ves de aquí a unos meses o años? ¿Qué deseos te gustaría cumplir? En resumidas cuentas, «deja de preocuparte por el pasado y mira hacia el futuro«, como asegura el psicólogo. «No puedes cambiar a los demás, pero sí a tí mismo», observa.

Aleja el estrés

A veces, es precisamente esta obsesión por el futuro la que nos lleva a sufrir episodios de estrés o de ansiedad. Lo peor es acabar demasiado preocupado por problemas que todavía no existen o no puedes remediar en el corto plazo. Sobre todo, aleja los pensamientos reiterativos que tienen un contenido negativo. Y deja de hacer de un grano de arena una montaña, pues hasta el más complejo de los problemas tienen solución.

Reduce la velocidad diaria

Estos tiempos pandémicos exigen paciencia y tranquilidad. Posiblemente te encuentres teletrabajando y ya no tengas que recorrerte media ciudad con prisas para llegar puntual a la oficina. Por ello, tómate las cosas con más calma y respira profundo. «Acaba con tus horarios de trabajo frenéticos y apuesta por una alimentación sana», asegura Robinson. «Establece un horario para las tareas y negocia plazos de entrega razonables que reduzcan el estrés laboral y mejoren, a la par, tu productividad».

Aleja los pensamientos negativos

«Cuando ocurra algo malo, muestra curiosidad en vez de juzgarlo desde el prisma negativo y pregúntate: ‘¿Cómo puedo vencer esta dificultad de una manera eficiente y darle la vuelta para salir beneficiado?'», recomienda el psicólogo. A veces, las mayores crisis son también los momentos en los que más oportunidades salen. ¿Quién sabe? Si lo haces bien y encuentras tu camino, cuando acabe la pandemia serás una persona completamente renovada. Tal vez todas estas pruebas del destino traigan una ventaja para ti más tarde que pronto.

Manténte en forma y cuídate

Tu resistencia física y mental debe ser alta para combatir la incertidumbre de estos tiempos que corren. Adopta una buena alimentación sin restringir muchísimo aquellos platos que te gustan, cocina más por ti mismo y desarrolla tu faceta deportista. Si mantienes una dieta baja en calorías y grasas y además realizas ejercicio físico, estarás haciendo mucho más de lo que crees por tu salud. Y tal vez acabe la pandemia y hayas adelgazado unos cuantos kilos sin darte cuenta. «Solo cinco o diez minutos de autocuidado al día pueden servir de mucho para reducir el estrés y cargar tu batería, así como elevar tus niveles de bienestar y productividad».

 

  1. Z.

 

Sentir repugnancia hacia ciertas cosas es algo universal pero también diferente según la cultura y la persona. ¿A qué se debe esta curiosa y repulsiva sensación?
Arañas, cucarachas… cualquier tipo de insecto lo suficientemente feo o fuera de lo común nos puede inspirar algún tipo de repugnancia. Pero también un plato de comida que no nos gusta y que declinamos comer con la consabida frase: «¡Qué asco!» Uno de los aspectos más curiosos del ser humano es la capacidad de sentir asco por ciertas cosas que nos rodean. ¿De dónde viene esta desagradable sensación?
La neurocientífica Aditi Subramaniam, doctora en el Instituto de la Salud Mental y la Neurociencia de la India, publicó un artículo en ‘Psychology Today’ en el que exploraba cómo nuestra sensación de asco proviene de un mecanismo evolutivo para proteger al cuerpo de los patógenos infecciosos. Pero también de una forma social que creaba sus propias reglas sobre lo que es y no es asqueroso, apuntando a un sentido moral.

Cuando algo provoca repugnancia, solemos tener una reacción de repulsión hacia el objeto que concentra ese rechazo

«A finales del siglo XIX, el surgimiento de la teoría microbiana de la enfermedad, la cual postulaba que ciertos microorganismos pueden producir enfermedad, proporcionó una justificación científica para las respuestas de asco a patologías que ya estaban presentes en varias culturas», explica la doctora. «Sin embargo, fue después de la última parte de este siglo cuando se produjo una unión entre las creencias comunes que propiciaban el contagio y la teoría de los gérmenes».

Evidentemente, nuestras sensaciones de asco no tienen un fundamento científico. Más bien responden a las emociones. Dicho de otro modo, cuando te ponen delante un plato que no te gusta y por el que sientes repulsión no es porque estás pensando en la cantidad de gérmenes que pueda tener, sino que parte de una sensación propia de incomodidad muy visceral.

«Lo que hace que el asco fascinante como emoción es que, aunque tiene su origen en proteger al cuerpo de la ingestión de patógenos, sus implicaciones van mucho más allá», reconoce Subramaniam. «Desde una profunda desconfianza hacia los inmigrantes con hábitos diferentes a los nuestros», que el lector piense por ejemplo en los animales salvajes que se venden en el mercado de Wuhan, «pasando por las comidas exóticas y hasta un malestar hacia personas que tienen preferencias sexuales distintas a las nuestras. El asco está en todas partes».

«Si bien a la gente le gusta decir que «la confianza acaba dando asco», cuando se trata de analizar la psicología de esta misma sensación, en realidad debería ser exactamente lo contrario», aduce la doctora. «Cuanto más cerca estoy emocionalmente de una persona, menos propenso soy a ver la repugnancia de sus actos o acciones cotidianas».
Las categorías del asco
Como bien dice Subramaniam, existen dos tipos de asco: el emocional y el moral. Y ambos se relacionan entre sí hasta el punto de confundirse. «Cuando algo provoca una sensación de repugnancia, solemos tener una reacción de repulsión hacia el objeto que concentra ese rechazo. De manera similar, los científicos han sugerido que cuando algo nos repugna a niveles morales, tendemos a proteger ‘nuestras almas’ dede la contaminación moral manteniéndonos alejados de dichas personas».
De todas formas, más allá de esta diferenciación existen una serie de categorías para distinguir a los tipos de asco. La doctora cita a Paul Rozin, uno de los científicos que más a fondo han estudiado el tema. Él y sus colegas agrupan a esta molesta sensación en cuatro categorías: el asco central (que viene a ser el más irracional y general, atribuido principalmente a los alimentos), el asco de naturaleza animal (cualquier elemento que nos recuerde a nuestra naturaleza animal o mortal, como los excrementos, la muerte o el sexo), asco interpersonal (cuando te sientes incómodo al llevar ropa de otra persona u objetos que han estado durante mucho tiempo próximos a ella) y el asco moral (cuando existe una afrenta de categoría moral, como viene a ser un asesino en serie o un violador).
Factores culturales y de edad
El asco es universal, pero no todos los ascos son los mismos. Además de factores evolutivos y morales, también destacan los culturales. ¿En qué se diferencian de estos? Básicamente en que el asco no es una emoción automática o innata, sino que es algo que se aprende según pasan los años. De ahí que a veces, según sea nuestro momento vital, algunas cosas que antes nos provocaban un profundo malestar más tarde esa sensación puede desaparecer.

Una de las razones por las que el asco no se desarrolla hasta que lo niños alcanzan cierta edad es que la sensibilidad a la contaminación o el rechazo de la suciedad de los adultos es realmente compleja. «Debe haber un esfuerzo en la imaginación para concebir la contaminación en algo que realmente no parece contaminado: después de todo, no podemos ver microorganismos en la comida», asevera Subraniam. «Los niños no pueden dar este salto tan fácilmente como los adultos, lo que podría explicar por qué las respuestas aparecen más tarde».

E. Z.

Si no dejamos aflorar todas nuestras emociones, estas pueden volver de una manera mucho más intensa e incluso generarnos ansiedad
La «happy era», tal como se refiere el psicólogo Buenaventura del Charco a los años que estamos viviendo, parece haber llegado para quedarse. Y las redes sociales podrían haber sido un importante factor para que a día de hoy la tristeza y otros sentimientos reconocidos como «negativos», no sean bien vistos en nuestra sociedad.
Digamos que para aquellos mensajeros promotores de la felicidad, el lema de vida sería: «si la vida te da limones, haz una limonada». Sin embargo, para personas como Buenaventura del Charco, psicólogo sanitario y psicoterapeuta, para el que la vida no está siendo del todo fácil, no sabe qué tipo de limonada hacerse: «Ese tipo de mensajes hacen un flaco favor a la sociedad, que cada vez es menos tolerante con las emociones que conocemos como negativas. En vez de ser compasivos y ayudar a las personas que están pasando por un mal momento, o simplemente dejarles estar mal, conseguimos hacerles sentir culpables por sentirse como se sienten, como si no ser felices fuera culpa de ellos».
Con el término «happy era» el psicólogo intenta hacer ver que se trata de una negación a la realidad: «Intentar ser felices y estar bien no consiste en cerrar los ojos a la realidad, sino en hacer frente a lo que no va bien». Para él, primero hay mirar el problema para poder entenderlo y después encontrarle una solución: «Esa idea de centrarse en lo positivo no deja de ser un componente cobarde en el que cuando tenemos un problema nos dedicamos a darle la espalda y mirar a otro lado, como si nada ocurriese. Lo que necesitamos es tratarnos con respeto y hacer frente a las adversidades, la vida no va de estar montado en un unicornio expulsando arcoiris», expone.
La evitación emocional
Pero vayamos por partes. Lo primero que hay que entender es que la evitación emocional (intentar cambiar nuestras emociones «negativas» por unas que creamos mejores) no son en absoluto un cambio positivo. Para Buenafuente del Charco, sacarnos las emociones de tristeza o rabia, por ejemplo, e intentar distraerlas con otras cosas nos alarga el proceso e incluso desembocaría en ansiedad: «Si no dejamos aflorar esas emociones, nos puede generar ansiedad y estas pueden volver de una manera mucho más intensa, por eso cuando nos permitimos sentirlas, nuestra emoción se gasta y ese sentimiento desaparece, como cuando se tiene sueño y se duerme, nuestro cuerpo no necesita seguir generando sueño porque ya ha descansado».
Por ello desahogarse y compartir nuestros sentimientos nos hará liberarnos antes y de mejor manera de esas sensaciones negativas que tenemos, porque todas las emociones tienen una función en el ser humano y nada de lo que nos ocurre ocurre «porque sí». Por ejemplo, según explica el psicólogo, cuando nuestro cuerpo tiene un déficit de nutrientes, genera una emoción que es el hambre y lo que hace es empujarnos a comer. En el momento en que comemos el cuerpo ya no tiene esa sensación porque ha cumplido esa función. Pues cuando tenemos déficit de emociones, ocurre igual.
«Si reprimimos la tristeza, rabia o culpa, no dejarán de aparecer. Es su forma de decir que hay algo que no cubrimos, y ese estado nos empuja finalmente a lamernos las heridas y pararnos a descansar o pedir ayuda. Al ser sensaciones desagradables nos mueven a hacer cosas que no nos gustan como llorar, lamentarse…», cuenta el psicólogo, que anima a que estas emociones afloren por su propio cauce: «A mis pacientes les intento explicar que cuando tenemos una pérdida o decepción, el cuerpo genera dos litros de lágrimas que van a estar ahí hasta que lo llores; la única manera de sacarlo es llorando. Si esa emoción no sale por su cauce la terminaremos sacando con otra emoción: enfado, malestar…», advierte Buenaventura del Charco.
El papel de las redes sociales
Tan positivas en muchos aspectos y tan dañinas en otros. Redes sociales como Facebook, Twitter o Instagram han cambiado la forma de mostrarnos al mundo, pero también lo han hecho YouTube, Pinterest, Snapchat… El llamado postureo se ha asentado en nuestras vidas, y a veces dudamos de si estamos en medio de una competición por ver quién aparenta estar más feliz. Buenaventura del Charco lo tiene claro: «Parece que hay que demostrar a todos que estamos bien y felices, y creo que se ha dado un mensaje erróneo sobre la felicidad, entendida por muchos como centrarse única y exclusivamente en lo que funciona. En cambio, esto ha conseguido que muchos finjan y aparenten una vida idílica».
Para él se trata de una especie de lealtad hacia uno mismo. Alerta el psicólogo de que tapar y esconder esos malos momentos solo nos hace más vulnerables. «La parte que está mal es la que más atención necesita por nuestra parte, y nos dejamos solos en ese dolor porque queremos demostrar a los demás lo felices que estamos. Al final, la felicidad parece que es algo de lo que hay que fardar», concluye el experto en psicología.
Melissa González

A veces minusvaloramos las situaciones cotidianas en las que no hay nada más interesante que preguntar por el tiempo que hace. Pero en realidad, son la puerta a oportunidades y relaciones profundas
«¿Qué tal?». Es incontable el número de veces que has hecho y te han hecho esta pregunta. Como experimento, cualquier día podríamos sorprender a nuestro interlocutor y contar toda una serie de catastróficas desdichas que nos pasaron recientemente para intentar dejarle con la boca abierta. Sin embargo, por norma general, la contestación rápida, simple y automática viene a ser: «Bien, ¿y tú?».
Las conversaciones simples, cotidianas e intrascendentes inundan nuestro día a día. Cada vez que vamos al mercado, con los compañeros de trabajo o como primer contacto con un desconocido. Su función viene a ser la de algo tan llano y sencillo como pasar el rato con los demás, una serie de momentos que no pasarán a la historia pero por los que se intuye una buena educación y saber estar. Pero, ¿qué ocurriría si de repente esa conversación que has iniciado y que a priori parecía insignificante se convierte en una gran historia?

La gente acaba juzgando a los demás en pocos minutos, de ahí la importancia de mostrar confianza y respeto al otro en el primer contacto

En el mundo anglosajón le dan mucha importancia a este tipo de encuentros dialécticos en los que se formulan preguntas retóricas con respuestas automáticas. Tanto es así que se han realizado diversos estudios para analizar en profundidad este peculiar fenómeno de interacción social que ellos llaman «small talk». Por ejemplo, uno de la Universidad de Michigan que aseguraba que este tipo de conversaciones pueden aumentar tu capacidad de resolver problemas. «Algunos de estos diálogos inducen a las personas a leer la mente del otro y tomar más perspectiva de las cosas», afirma Oscar Ybarrra, autor del estudio, en declaraciones recogidas por la revista ‘Forbes’.

Uno de los aspectos más llamativos de estas conversaciones intrascendentes es que nunca sabes dónde te van a llevar. Puede que duren menos de un minuto, pero también puede que aquella persona con la que acabas de entablar unas breves palabras acabe por conectar contigo y… ¿quién sabe? Tal vez entabléis una bonita amistad o te ayude a resolver un problema que tienes desde hace tiempo.
La enorme dificultad de romper el hielo
«En el mundo de los negocios, llegar a un punto común es fundamental», explica Scott Hoover en su exitoso libro ‘How To Get A Job On Wall Street’. «Lo que no es tan obvio es que una conversación simple y aparentemente intrascendente pueda significar mucho más. Las empresas quieren contratar personas que sepan capaces de pensar con rapidez y agilidad». Lo que viene a resaltar Hoover es lo crucial que supone el hecho de tratar bien a desconocidos en las distancias cortas, ya que este es un proceso que servirá para todo, desde ser el mejor agente comercial del mundo hasta caer bien a un jefe de Recursos Humanos que esté buscando gente para incorporar a su equipo. Hagas lo que hagas, vas a tener que dominar las ‘small talks’ si quieres apañártelas.

Al fin y al cabo, las ‘small talks’ orientadas al mundo de los negocios son la otra cara de la moneda de las ‘softs skills’ o habilidades blandas que se han hecho muy populares en los últimos años. Las empresas de ahora buscan empleados que tengan excelente capacidad de trabajo en equipo, y para ello es necesario desarrollar la empatía, lo que sin duda da pie a estas conversaciones cotidianas.

«Estos diálogos abren la puerta a conversaciones auténticas y relaciones profundas en un futuro», observa por su parte Lindy Pegler, doctora en Psicología, en otro reciente artículo sobre el tema publicado en ‘Medium’. «Es una ventana de oportunidad. Si preguntamos a alguien tan solo por cómo está, esto puede hacernos querer saber más sobre esa persona si realmente estamos interesados. La gente acaba juzgando a los demás en pocos minutos. Las investigaciones señalan la importancia de ofrecer la sensación de confianza y respeto en el primer contacto si queremos causar una buena impresión».
Una de las mejores formas de enganchar a la otra persona es revelar pequeños detalles personales: lo suficiente como para despertar su curiosidad

Pero no solo nos es de utilidad de cara a poder socializar mejor o conectar con personas que aún no conocemos. También son una vía de acceso a nosotros mismos. «Con una pequeña charla intrascendente, revelamos la capa exterior de nuestra personalidad», prosigue Pegler. «La usamos para proteger nuestro mundo interior, permitiendo que otros solo vean un poco de nosotros mismos. Usamos los temas triviales y sin controversia así como las bromas ligeras para mantener escondida una gran parte de nosotros mismos».
Consejos
¿Se puede practicar el noble arte de las ‘small talks’? En la web hay infinidad de artículos que ofrecen consejos sobre cómo mejorar estos momentos incómodos en los que hay que romper el hielo con cualquier cosa. Lo primero, obviamente, es conseguir que la otra persona se sienta cómoda, algo que también resulta de lo más difícil al principio. A veces tan solo basta con sonreír y ser amable, y otras veces la situación exigirá algo más allá que una simple cara bonita. Otro detalle muy importante es prestar atención a lo que te está diciendo y no solo eso, sino demostrarlo. «Debes concentrarte en lo que está diciendo el otro en lugar de planificar lo que dirás tú a continuación», recuerda Pegler. «Hacer preguntas interesantes es una excelente manera de demostrarlo, las personas deben saber que te importa lo que te están diciendo».

«Cíñete a temas seguros», aconseja la psicóloga. «Cuando conocemos a gente nueva, muchas veces lo que decimos no tiene mucha importancia. En realidad, el tema es indiferente, lo que es verdaderamente relevante es la charla que entabláis». Sin ir más lejos, el tema más seguro con el que más fácil es estar de acuerdo es el tiempo. Si llueve o hace frío, tu interlocutor no te lo negará, sino que lo refrendará.

Otro recurso es dialogar sobre hechos que han ocurrido recientemente. Sin ir más lejos, en la actualidad el tema del coronavirus copa todas las conversaciones y es inevitable no sacarlo con alguien a quien acabas de conocer. Sin embargo, no te metas en política, ya que aquí es muy probable que puedan surgir discrepancias. «Si no sabes lo que decir, tan solo mira a tu alrededor», recomienda Pegler. «Encuentra algo nuevo que está pasando desapercibido en tu entorno o en tu pensamiento. Nunca sabes cuál es el tema que acabará prevaleciendo en la conversación».

Una de las mejores opciones para enganchar a la otra persona a lo que estás diciendo es revelar pequeños detalles personales sobre ti. Nada demasiado denso o profundo, pero lo suficientemente interesante como para despertar la curiosidad en tu interlocutor. De esta forma, el otro querrá saber más y esto favorecerá que el diálogo prosiga con más naturalidad. Y lo más importante de todo: no estés pendiente del teléfono. Al margen de ser de mala educación es la prueba más significativa de que lo que está sucediendo ahí mismo, en ese preciso momento, carece de interés para ti y estás pensando en otras personas.

E. Zamorano