Alimentos: Los carbohidratos son adictivos y estos son los más peligrosos

La literatura científica demuestra que promueven la activación de regiones del cerebro que están asociadas con los antojos y las recompensas

Para muchos, entre los mayores placeres cotidianos está morder un donut, acabar con una bolsa de patatas fritas, cenar día sí, día también pizza… y así hasta cerrar una larga lista de alimentos ricos en carbohidratos.
En parte porque son ‘alimentos confort’. ¿Quién en un momento de ansiedad o de estrés se lanza a un plato de judías verdes antes que hacia un pastel? Pero su mala fama hay que buscarla en la literatura científica.

Lo que se convierte en adictivo es su efecto sobre la neurotransmisión, concretamente sobre la serotonina y su precursor, el triptófano

La teoría de que los carbohidratos refinados son adictivos fue propuesta por primera vez en los años 70 por R.J. Wurtman y Fernstrom, investigadores del Departamento de Neurociencias del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés). Posteriormente el mismo R. J. Wurtman continuó explorando esta hipótesis. Según un estudio publicado en ‘American Journal of Obstetrics and Gynecology’, las mujeres con trastorno disfórico premenstrual (TDP) comían compulsivamente chocolates y otros productos con azúcar y carbohidratos. Según ellos, la propiedad distintiva que convierte a estos últimos en adictivos está en su efecto sobre la neurotransmisión, y específicamente sobre la serotonina y su precursor, el aminoácido triptófano.
Su papel
De todos los macronutrientes, los carbohidratos son posiblemente la fuente de energía más importante para las células, tejidos y órganos del cuerpo. No solo producen energía, sino que también ayudan a almacenarla. Sirven también como precursores del ácido ribonucleico (ARN) y el ácido desoxirribonucleico (ADN), transportan datos moleculares y ayudan a los procesos de señalización celular.
Cuando piensas en ellos, a menudo los primeros tipos de alimentos que te vienen a la mente son los carbohidratos refinados, como pasteles, galletas, pan blanco, pasta y arroz.
Su composición química incluye tres elementos primarios: carbono, hidrógeno y oxígeno. Pero, como aclara la Clínica Mayo, “la mayoría de ellos se encuentran en la naturaleza, en alimentos de origen vegetal, como los cereales. También los puedes encontrar en la leche, legumbres, frutas, vegetales, nueces o semillas”.
Los carbohidratos altamente procesados (el pan blanco, la pasta y/o las rosquillas normales, por ejemplo) producen rápidos aumentos y caídas del nivel de azúcar en la sangre, lo que puede resultar en aumento de peso. También pueden producir el llamado síndrome metabólico, asociado con un aumento del riesgo de sufrir enfermedades del corazón, accidentes cerebrovasculares y diabetes.
El problema es que cuantos más carbohidratos procesados y refinados comemos, más adictos a ellos nos volvemos.
¿Son los carbohidratos adictivos?
El impulso por la comida basura o por los alimentos con alto contenido en azúcar refinada, sal y grasa es algo que a todos nos sucede de vez en cuando, y es posible que hayas notado que a veces puede ser difícil resistirse. Muchas personas se han preguntado si esto es una cuestión de fuerza de voluntad, rasgos conductuales o psicológicos, o incluso química cerebral.
Un estudio, publicado en ‘Neuroscience & Biobehavioral Reviews’, constató el estrecho vínculo entre las comidas altas en carbohidratos y el cerebro. Al parecer, promueven la activación de regiones del cerebro que están asociadas con los antojos y las recompensas. La investigación encontró que los hombres con obesidad o exceso de peso mostraron una mayor actividad cerebral y más apetito después de comer una comida con índice glucémico (IG) alto, en comparación con una comida con IG bajo.
El IG es una medida de cómo los carbohidratos en una comida afectan a los niveles de azúcar en la sangre. Un alimento con un IG alto aumenta los niveles de forma más marcada que un alimento con un IG bajo. Esto sugiere que la necesidad humana de carbohidratos refinados podría tener mucho más que ver con la química del cerebro de lo que inicialmente se creía.
Tan adictivos como el alcohol
Algunos investigadores han llegado al extremo de sugerir que los carbohidratos refinados en forma de fructosa tienen propiedades adictivas que se parecen mucho a las del alcohol. Así, una investigación que ha visto la luz en el ‘Journal of American Dietetic Association’ ha constatado que, como el etanol, la fructosa promueve la resistencia a la insulina, los niveles anormales de grasa en la sangre y la inflamación del hígado. Además, estimula la vía hedónica de tu cerebro.
Esta vía desencadena el apetito e influye en la ingesta de alimentos a través de un sistema de placer y recompensa en lugar de basarse en la verdadera hambre física o las necesidades reales de energía.

La resistencia a la insulina, la inflamación y los niveles anormales de grasa no solo aumentan el riesgo de enfermedades crónicas, sino que la estimulación repetida de la vía hedónica puede restablecer el nivel de masa grasa que tu cuerpo desea preservar, lo que contribuye a aumentar el peso corporal.
Los carbohidratos de alto IG que promueven cambios rápidos en los niveles de insulina y azúcar en sangre también parecen afectar los niveles de dopamina, el neurotransmisor en tu cerebro que envía mensajes entre las células e influye en la forma en que sientes placer, recompensa e incluso motivación.
Además, algunas investigaciones en ratas muestran que otorgar acceso periódico a la mezcla de alimentos con azúcar y comida puede producir un comportamiento que refleja de cerca la dependencia a menudo vista con el abuso de drogas.
Es importante tener en cuenta que la mayor parte de la investigación experimental realizada hasta ahora sobre los carbohidratos y la adicción ha tenido lugar en animales. Por lo tanto, se necesitan estudios en humanos adicionales y más rigurosos. Sin embargo, un ensayo publicado en ‘Psycopharmacology’, llevado a cabo con 61 mujeres de 18 a 45 años que eran propensas a episodios de alimentación emocional, constató que tenían más probabilidades de elegir una bebida rica en carbohidratos que una rica en proteínas después de ser inducidas a un estado de ánimo triste.
En contra
En el otro lado de la balanza se sitúan los investigadores que no están convencidos de que los carbohidratos sean realmente adictivos. Argumentan que no hay suficientes estudios en humanos y creen que la mayor parte de la investigación en animales sugiere comportamientos similares a la adicción del azúcar solo en el contexto del acceso periódico a la misma en lugar del efecto neuroquímico de los carbohidratos. Así un trabajo en ‘Appetite’, realizado con 1.495 estudiantes universitarios en el que se evaluaron signos de adicción a la comida, se demostró que las calorías totales en un alimento y las experiencias alimentarias únicas influyeron más en la ingesta de calorías que el azúcar solo.
Cuáles son los más adictivos

En 2009, los investigadores de Yale desarrollaron la Escala de Adicción a los Alimentos de Yale (YFAS) para proporcionar una herramienta de medición validada para evaluar comportamientos adictivos de alimentación. En 2015, investigadores de la Universidad de Michigan y del Centro de Investigación de Obesidad de Nueva York utilizaron la escala YFAS para medir los comportamientos alimentarios similares a la adicción en los estudiantes. Concluyeron que los alimentos con alto IG en grasas y procesados estaban más asociados con la adicción a los alimentos.

Y estos son los alimentos con más adictivos:
• Pizza
• Chocolate
• Chips
• Cookies
• Helados
• Patatas fritas
• Hamburguesa con queso
• Sodas
• Pasteles
• Queso

A excepción del queso, cada uno de ellos contiene niveles significativos de carbohidratos. Si bien la mayoría de los quesos también los posee, no en las elevadas cantidades de los otros productos. El reto, por tanto, es superar los antojos y llevar una dieta sana. ¿Cómo? Aumenta las proteínas, consume más frutas, mantente hidratado y haz ejercicio.

Patricia Matey

Nutrientes: Una nueva razón para comer aguacate que ni te imaginas

El denominado ‘oro verde’ se ha ganado su buena reputación a fuerza de exhibir sus cualidades saludables. Además de ser beneficioso en las dietas de pérdida de peso, también mejora la capacidad de concentración de las personas obesas

La fiebre por el aguacate no remite. Al contrario, la demanda aumenta, no tanto en Estados Unidos, el primer mercado mundial de este alimento, como en Europa, que de seguir con esta tendencia alcanzará al mercado estadounidense dentro de unos siete años, prevé la Organización Mundial del Aguacate (WAO, por sus siglas en inglés). En España nos hemos subido al carro de la producción (somos el cuarto país suministrador de aguacate a Europa) y también del consumo: cada español nos comimos un kilo de aguacate al año en 2018, no está mal, pero mucho menos que los 2,5 kilos de nuestros vecinos del norte de Europa.

Es importante conocer si los enfoques dietéticos tienen beneficios en la salud cognitiva a edades medias de la vida

Hay razones de fuerza que justifican este interés. Casi a diario, se difunde un nuevo hallazgo acerca de los beneficios que tiene para la salud incluir aguacate en la dieta. Entre los últimos, el encontrado entre las páginas del ‘International Journal of Psychophysiology’, es que mejora la atención en adultos con sobrepeso y obesidad, según ha encontrado un equipo de investigadores de la Universidad de Illinois.
Los autores partieron de la premisa de que la adiposidad excesiva aumenta el riesgo de deterioro cognitivo. Por ello, «estamos interesados en saber si los enfoques dietéticos pueden tener beneficios para la salud cognitiva, especialmente en edades medias», dice Naiman Khan, director el estudio.
Una pieza al día
El aguacate es rico en luteína, un carotenoide que se encuentra en vegetales y frutas al que se le asocian beneficios cognitivos (un estudio anterior ya había encontrado este efecto en ancianos). Para evaluar si el aguacate tiene impacto sobre las capacidades mentales en personas con sobrepeso y obesidad, los científicos reclutaron a 84 adultos obesos, con edades comprendidas entre los 25 y los 45 años, y 47 comieron un aguacate fresco diario en la dieta, durante 12 semanas, y el resto (grupo control) siguió una dieta con el mismo número de calorías y macronutrientes pero sin este alimento.
Al principio y al final del estudio, los participantes completaron tres pruebas cognitivas para medir la atención y la inhibición (prueba de Flanker, que consiste en la capacidad de suprimir respuestas inadecuadas en un determinado contexto). Además, los investigadores midieron los niveles de luteína en el suero de los participantes y en sus retinas, ya se asocian a la concentración de luteína en el cerebro. Encontraron que los resultados eran superiores entre los que habían tomado aguacate.
Khan tiene diferentes explicaciones para justificar los resultados. Por una parte, «podría ser que los nutrientes en los aguacates tengan una acción específica en el cerebro que respalda la capacidad de realizar esta tarea en particular”. También considera posible que con un estudio más largo o pruebas diferentes se puedan ver otros efectos.
Sin embargo, este científico no atribuye todo el beneficio observado en los niveles de luteína, y recuerda que «los aguacates también son ricos en fibra y grasas monoinsaturadas. Es posible que estos otros nutrientes hayan jugado un papel en los efectos cognitivos que hemos encontrado”. Pero será en un análisis futuro, centrado en otros nutrientes del aguacate, en el que se evalúe la influencia sobre otros parámetros, como el peso, la inflamación y los posibles cambios en el microbioma».
Opciones dietéticas
Los aguacates no son los únicos alimentos que contienen luteína, fibra y ácidos grasos no saturados. También se encuentran en otros vegetales de hoja verde, las zanahorias y los huevos. Por eso, lo importante de este nuevo estudio es, según su director, que demuestra que pequeños cambios en la dieta, como comer aguacates, pueden tener impactos medibles en el rendimiento cognitivo, incluso cuando otros comportamientos de salud siguen siendo los mismos.
«Nuestra misión es dar opciones a las personas. Hay varias formas en que las personas pueden comer para optimizar la salud del cerebro», apunta Khan. «Lo que estamos aprendiendo es que los aguacates pueden ser un alimento neuroprotector”.
Una duda razonable, dado que el aguacate tiene un alto contenido en grasa es que incluir este alimento en la dieta puede contribuir a ganar más peso. Al contrario de lo que cabría suponer, el aguacate ayuda a no engordar porque, como recoge un estudio publicado en ‘Nutrition Journal’, tiene capacidad saciante y reduce el hambre hasta 5 horas después de haber comido.

Ángeles Gómez

La influencia que tienen las horas que dormimos en la facilidad para engordar está demostrada en diversos estudios científicos. Ahora un nuevo trabajo ha encontrado una conexión entre la grasa corporal y las células cerebrales implicadas en el sueño.

En España, entre el 20 y el 30% de la población tiene dificultad para dormir, una cifra que es aún mayor en Estados Unidos, donde unos 70 millones de adultos duermen mal y el Centro para el Control de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) lo considera un problema de salud pública. Curiosamente, estas cifras son similares a las del sobrepeso y obesidad, otras de las grandes preocupaciones sociosanitarias, que afectan a cerca de la mitad de la población (el 39% de los adultos tiene sobrepeso y el 13% obesidad), según los datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Cruzando datos se deduce que ambas cosas, sueño y obesidad, van a la par y así lo confirman diferentes estudios científicos, y hoy en día se admite que una mala calidad del mismo se relaciona con más riesgo de aumento de peso al alterar el apetito y consumir más calorías.

«Si se ayunara un día, aumentaría el sueño pues las reservas energéticas se están agotando»

Ahora, un equipo de investigadores de las universidades de Pensilvania y de Nevada le han dado la vuelta a esta relación y han demostrado lo contrario, es decir, que la obesidad impide dormir, un hallazgo que ha publicado la revista ‘PLOS Biology’. «Creemos que el sueño es una función del cuerpo que intenta conservar la energía en un entorno donde los niveles energéticos están bajando. Nuestros hallazgos sugieren que si se ayunara durante un día, aumentaría el sueño porque las reservas energéticas se están agotando”, explica David Raizen, profesor asociado de Neurología y miembro del Chronobiology and Sleep Institute en Penn.
Dieta y sueño
En las personas, la interrupción aguda del sueño puede aumentar el apetito y la resistencia a la insulina, y quienes habitualmente duermen menos de seis horas por noche son más propensas a ser obesas y diabéticas. Y a la inversa, la inanición afecta al sueño, una consecuencia que, según los científicos, se ha demostrado en los humanos y también en ratas, moscas de la fruta y gusanos, “lo que indica que el sueño está regulado, al menos en parte, por la disponibilidad de nutrientes”.

Comprobadas estas relaciones, lo que los investigadores querían era dilucidar el conjunto, es decir, el mecanismo conjunto de dormir y comer. «El insomnio y otras patologías crónicas, como la diabetes, están relacionadas, pero es solo una asociación”, apunta Alexander van der Linden, profesor asociado de Biología en la Universidad de Nevada y coautor del estudio de ‘PLOS Biology’. “No está claro si dormir poco predispone a la obesidad, o viceversa”, añade.
Para desentrañar los mecanismos que relacionan el metabolismo y el sueño, los investigadores utilizaron el C. elegans, un pequeño gusano (nemátodo), en el que también se estudia el envejecimiento (entre otros fenómenos fisiológicos). Los investigadores modificaron genéticamente el C. elegans para ‘apagar’ una neurona que controla el sueño, pero que no impide que puedan seguir comiendo, respirando y reproduciéndose. Con la neurona del sueño apagada, los investigadores comprobaron que se produjo una caída severa en los niveles ATP, la molécula que suministra energía al organismo. «Eso sugiere que dormir es un intento de conservar energía; en realidad no está causando la pérdida de energía», aclara Raizen.
Más grasa
Un hecho que sorprendió a los científicos es que esos C. elegans mutantes (sin el gen del sueño) acumularon un exceso de grasa, similar a la condición de obesidad humana, a pesar de que sus niveles de ATP disminuyeron.
Los investigadores plantearon la hipótesis de que liberar depósitos de grasa es un mecanismo por el cual se promueve el sueño, y que la razón por la que los gusanos mutantes no dormían es porque no podían liberar su grasa. Para probar esta hipótesis, los investigadores volvieron a manipular a estos animales para que actuara una enzima que la liberó. Con esa manipulación, los gusanos pudieron dormir nuevamente.
Para Raizen, esto puede ser una razón por la que las personas obesas tienen dificultades para dormir. «Podría existir un problema de señalización entre las reservas de grasa y las células cerebrales que controlan el sueño», conjetura.
El neurobiólogo admite que quedan muchas cosas que descubrir sobre el sueño, pero este trabajo contribuye a despejar una de sus funciones: «En este campo, está implantada la idea de que lo que rodea al sueño depende del cerebro o las células nerviosas, y nuestro trabajo sugiere que esto no es necesariamente cierto. Hay una interacción compleja entre el cerebro y el resto del cuerpo que se conecta para regular del sueño»

A. Gómez

Sueño: Cuánto dura la siesta perfecta y por qué deberías echarte una todos  los días

Parece que no ha término medio: cinco minutos no alivian a nadie y una hora te deja mareado para el resto del día. ¿Cómo afrontamos esas cabezadas tan necesarias?

Los españoles podemos estar orgullosos de varias cosas provenientes de la Madre Patria: la sangría, las fiestas, la gastronomía, el sol y, por supuesto, las siestas. Nada mejor que esa cabezada necesaria después de comer, que tanto se ha mitificado (para algunos extranjeros dura tanto que literalmente la empalmamos con la hora de dormir por la noche), y que nos permite afrontar el resto de la tarde despejados y mucho más contentos.

 

Pero abramos un melón necesario: ¿cuánto tiene que durar realmente una siesta? Todos nos hemos despertado alguna vez tras dos horas durmiendo sin saber muy bien qué día era, en qué país nos encontrábamos o quiénes éramos nosotros. Ahora bien, es bastante probable que tras esas dos horas no te encontrases especialmente descansado, sino más bien mareado y con la cabeza un poco abotargada, y sin embargo tras 15 minutos de sueño rápido experimentes un descanso absoluto.

 

La duración perfecta para una siesta sería una suficientemente larga para conseguir que descanses pero suficientemente corta para prevenir el aturdimiento

 

Lo cierto es que es una cuestión que la ciencia lleva tiempo tratando de resolver. Una siesta de cinco minutos o menos es demasiado corta para que el cuerpo se ‘mueva’ a través de las diversas etapas del sueño que pueden producir un beneficio notable. Por otro lado, una de 30 minutos o más sí que le proporciona a tu cuerpo tiempo suficiente para entrar en un sueño profundo y revitalizante (de ondas lentas). Sin embargo, y este es el gran problema, dormir una siesta por mucho tiempo (una hora o más) o despertarse de un sueño de ondas lentas puede hacer que te sientas atontado (lo que mencionábamos antes). Un fenómeno al que se conoce como «inercia del sueño» que puede durar hasta una hora, lo que, por supuesto, anula el propósito de la siesta por completo.

 

Por lo tanto, si nos basamos en estos hallazgos la duración perfecta para una siesta en la mayoría de los casos sería una suficientemente larga para conseguir que descanses pero suficientemente corta para prevenir el aturdimiento, es decir, entre 10 y 20 minutos. Eso sí, como informa ‘Mel Magazine‘, hay un par de excepciones. Cuando estás enfermo, por ejemplo, tu cuerpo necesita dormir más de lo habitual y, por lo tanto, es posible que necesites siestas más largas. Los niños y adolescentes también necesitan dormir más en general que los adultos y, por lo tanto, pueden requerir siestas más largas: un estudio de 2019, por ejemplo, descubrió que la duración ideal de la siesta para los adolescentes es entre 30 y 60 minutos.

 

Dormir durante 90 minutos o más hace que tu cuerpo atraviese todo el ciclo de sueño, lo que debería ayudar a que te sientas mejor a largo plazo

 

Si realmente deseas echarte una siesta más larga, que nada te prive de hacerlo. Si tu cuerpo lo necesita, adelante. Dormir durante 90 minutos o más hace que tu cuerpo atraviese todo el ciclo de sueño, lo que debería ayudar a que te sientas mejor a largo plazo. Solo asegúrate de no tener nada importante que hacer directamente después de tu larga siesta, porque es muy posible que al despertar no recuerdes si estás en la Tierra o en Mercurio y necesites un poco de tiempo para ‘resetear’ y recordar cómo se hacen las cosas en este mundo.

 

ACyV

 

Así es como un aguacate al día mejora la microbiota intestinal

Un nuevo estudio llevado a cabo por la Universidad de Illinois descubre el gran impacto que tiene el consumo diario de uno de estos frutos en los microbios intestinales

 

Leemos sobre la importancia de cuidar la microbiota intestinal constantemente, pero ¿sabemos realmente el impacto que tiene en la salud? Nuestra microbiota se compone de un ejército diverso de bacterias que actúan conjuntamente para mantenernos sanos. Entre sus funciones están la de ayudar a la absorción de nutrientes o a la síntesis de determinados compuestos, como la vitamina K y algunas vitaminas del grupo B.

Se calcula que el ser humano tiene en su interior unas dos mil especies bacterianas diferentes, y cuanto más diversa sea esa población, más salud tenemos. Así de simple. “Tenemos que considerar la microbiota intestinal sana como un ecosistema tropical en el que flora, fauna y seres humanos y sus actividades cohabitan pacíficamente, con acceso a una alimentación adaptada. La mejor forma de conservar esta diversidad es una alimentación variada, con aportes de origen animal y vegetal, alimentos fermentados con probióticos, fibras alimentarias (algunas de ellas con propiedades probióticas), hacer ejercicio, gestionar el estrés y, por último, hidratarse adecuadamente”, explican desde Gut Microbiota for Health, la plataforma de divulgación de la Sociedad Europea de Neurogastroenterología y Motilidad.

El impacto del aguacate en el intestino

Éramos conscientes de que el aguacate tiene múltiples beneficios en la salud, ya que es un alimento denso en energía, rico en nutrientes y en micronutrientes importantes como el potasio y la fibra.

 

Sabíamos también que ayudaba a perder peso porque daba sensación de saciedad y que sus propiedades nutricionales eran la clave para reducir el colesterol malo en el organismo, pero nadie había descubierto el impacto que tenía esta fruta en nuestros microbios intestinales hasta ahora, cuando un grupo de investigadores de la Universidad de Illinois han demostrado que la introducción de un aguacate al día mejora la salud intestinal.

«Sabemos que comer aguacates te ayuda a sentirte lleno y reduce la concentración de colesterol en la sangre, pero no sabíamos cómo influye en los microbios intestinales y los metabolitos que producen los microbios», dice Sharon Thompson, autora principal del artículo publicado en el ‘Journal of Nutrition’ .

 

El alto contenido en fibra y las grasas monoinsaturadas son dos de las claves de sus propiedades saludables. Aunque es en la diversidad donde está la clave, ya que los investigadores vieron cómo las personas que comían aguacate todos los días tenían una mayor diversidad de microbios intestinales, encargados de descomponer la fibra y de producir los metabolitos que ayudan en el correcto funcionamiento del intestino. Y no solo vieron que aumentaba la diversidad, sino que la cantidad era mucho mayor que en aquellos que no habían consumido aguacate durante el estudio.

«Los metabolitos microbianos son compuestos que producen microbios que influyen en la salud. El consumo de aguacate redujo los ácidos biliares y aumentó los ácidos grasos de cadena corta. Estos cambios se correlacionan con resultados beneficiosos para la salud», señala Thompson.

Un aguacate al día

En este estudio se contó con 163 adultos de edades comprendidas entre los 25 y los 45 años, con sobrepeso u obesidad (es decir, un IMC de al menos 25 kg/ m2), pero sanos, es decir sin otras patologías asociadas. Todos recibieron una comida al día (como reemplazo del almuerzo, comida o cena). Uno de los grupos consumió un aguacate en cada comida, mientras que el grupo de control tomó una dieta parecida, pero sin esta fruta.

Los participantes proporcionaron muestras de sangre, orina y heces durante el estudio de 12 semanas e informaron de qué cantidad de las comidas recibidas consumieron, y cada cuatro semanas registraron todo lo que ingirieron. En este sentido, no se les pidió que cambiaran su dieta o su forma de comer, sino que solo debían añadir una pieza de aguacate diaria.

 

“No podemos descomponer las fibras dietéticas, pero ciertos microbios intestinales pueden hacerlo», explica Holscher

 

A pesar de que la mayoría de investigaciones relacionadas con el aguacate se han centrado en sus propiedades para la pérdida de peso, en este caso, lo que quería conseguir el grupo de la Universidad de Illinois es explorar los efectos del consumo de aguacate en la microbiota gastrointestinal. «Nuestro objetivo era probar la hipótesis de que las grasas y la fibra de los aguacates afectan positivamente a la microbiota intestinal. También queríamos explorar las relaciones entre los microbios intestinales y los resultados de salud», subraya Hannah Holscher, profesora asistente de Nutrición en el Departamento de Ciencia de los Alimentos y Nutrición Humana de la Universidad de Illinois y autora principal del estudio.

Más grasa excretada

Los investigadores encontraron que, si bien el grupo de aguacate consumió un poco más de calorías que el grupo de control, excretó un poco más de grasa en las heces. «Una mayor excreción de grasa significa que los participantes de la investigación estaban absorbiendo menos energía de los alimentos que estaban comiendo. Esto probablemente se debió a la reducción de los ácidos biliares, que son moléculas que nuestro sistema de digestión secreta y que nos permiten absorber grasa. Descubrimos que la cantidad de ácidos biliares en las heces fueron más bajos y la cantidad de grasa en las heces fue más alta en el grupo del aguacate», argumenta Holscher.

Los diferentes tipos de grasas tienen efectos diferenciales sobre el microbioma. Las grasas de los aguacates son monoinsaturadas, por lo tanto, saludables para el corazón. Aunque también es importante el contenido de fibra. “Comer fibra no solo es bueno para nosotros, sino también para nuestro microbioma. No podemos descomponer las fibras dietéticas, pero ciertos microbios intestinales sí pueden hacerlo. Cuando consumimos fibra dietética, todos ganamos: los microbios intestinales y nosotros», concluye la profesora.

 

Juan Montagu

 

Dieta: Los cinco dogmas nutricionales 100% avalados por la ciencia

Con respecto a nuestra alimentación existen un sinfín de teorías cuyos partidarios defienden a capa y espada. En un terreno en el que tantas voces discuten entre ellas, en la literatura científica encontraremos la verdad

 

En este mundo en el que es prácticamente imposible que nos pongamos de acuerdo entre nosotros, una de las áreas en las que esto queda más patente es la nutrición. No hace falta adentrarse mucho en internet, lugar en el que las más viscerales y absurdas discusiones tienen lugar, para descubrir que los defensores de diferentes dietas o teorías nutricionales mantienen una encarnizada guerra. Que si el veganismo es lo mejor, o el flexitarianismo, que si la dieta keto es la que funciona, que si es la paleo… No son escasas las opiniones.

 

«Los porcentajes de población en riesgo de ingesta inadecuada de vitamina D alcanzan valores entre el 80 y el 90%»

 

Pero si algo nos ha enseñado este año 2020 es que la ciencia suele traer de la mano la verdad. Fiarse o basar lo que pensamos en la mera opinión de un desconocido en la red es más infructuoso que arremangarnos y bucear en el complicado mundo que forma la literatura científica. Como es del gusto de muy pocos llevar a cabo este arduo trabajo, desde Alimente actuamos como intermediarios para exponer cuáles son las cosas completamente irrebatibles (al menos en lo que a la alimentación se refiere).

  1. Los azúcares añadidos son una calamidad

Esto no debería sorprender a nadie. La industria alimentaria los utiliza simplemente para hacer más sabrosos sus productos e incitar al consumidor a ingerirlos. No suponen un aporte nutricional que tenga el más mínimo valor, al menos no si no somos un explorador ártico que deba consumir 6.000 kcal al día.

 

Aparte de tratarse de calorías completamente vacías, su excesivo consumo se ha vinculado en multitud de estudios científicos con diversidad de enfermedades, entre las que destacan las metabólicas como la diabetes tipo II, la obesidad y la enfermedad cardiaca. El más completo de esos estudios es el publicado por investigadores del Children’s Hospital en Boston, Estados Unidos.

  1. Los ácidos grasos omega 3 son fundamentales

Por una parte, son fundamentales para determinados órganos. Como se expone en este estudio, el DHA es una grasa omega 3 que supone entre el 10% y el 20% del contenido graso total de nuestro cerebro. Sin ella este órgano no funcionaría como debería. Esta puede ser una de las causas por las que otros estudios científicos han relacionado la carencia de este tipo de lípidos con un menor coeficiente intelectual, depresión y otros problemas mentales, a la vez que el desarrollo de enfermedades cardiovasculares.

  1. Las grasas ‘trans’ son malísimas

Estas se forman cuando una grasa ‘normal’ se altera químicamente por un proceso llamado hidrogenación. La industria alimentaria lo lleva a cabo para conseguir que aceites que serían líquidos a temperatura ambiente se vuelvan sólidos. Uno de los mayores ejemplos, aunque su uso se ha reducido, es la margarina, que sin este proceso sería líquida a temperatura ambiente.

Un alto consumo de estas grasas trans se ha asociado a diversas enfermedades crónicas por una gran cantidad de estudios científicos. Las más comunes son la obesidad, la inflamación y las enfermedades cardiovasculares.

  1. Los vegetales sí son buenos

De nuevo, este punto no resulta una gran sorpresa. Son alimentos muy ricos en vitaminas, fibra, minerales, antioxidantes… De hecho, en una enorme cantidad de estudios observacionales se ha demostrado con creces que el consumo de vegetales se asocia claramente con una mejor salud y, además, un menor riesgo de enfermedades.

  1. Es imperativo evitar la deficiencia de vitamina D

En realidad, lo ideal, por supuesto, es evitar la deficiencia de cualquier nutriente esencial para nuestro cuerpo (como todas y cada una de las vitaminas), pero el caso de la D es particular. Esto se debe a que, a efectos prácticos, esta molécula se comporta además como una hormona en nuestro organismo.

El cuerpo humano es capaz de ingerirla, claro, pero también de fabricarla por su cuenta. Logra llevar a cabo esta reacción química en la piel gracias a la intermediación de los rayos solares. El problema es que, aunque ese diseño tuviera sentido hace 15.000 años, cuando todavía el ser humano era una especie nómada en África y no estábamos especialmente bien vestidos, hoy en día no es suficienteTomamos muy poco el sol y cuando lo hacemos nos aseguramos de protegernos de los rayos UV que este produce (y bien que hacemos, pues el cáncer de piel no es ninguna broma) gracias a multitud de cremas que actúan como filtros solares.

 

Esto supone que debemos ingerir la vitamina D que nos falta. La literatura científica ha relacionado su carencia con diversas enfermedades como la diabetes, el cáncer o la osteoporosis. Esto supone que una gran parte de la población española está en riesgo, como se ve en la encuesta sobre la alimentación y la nutrición de la población española llamada ENIDE que elabora el Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar. En ella se específica qué nutrientes escasean en nuestra dieta. Gran parte de los españoles no consumen toda la vitamina D que deberían. De hecho, en el estudio se subraya que «los porcentajes de población en riesgo de ingesta inadecuada alcanzan valores entre el 80 y el 90%». En efecto, nuestra dieta es muy deficiente en este micronutriente.

 

Álvaro Hermida

 

Quieres ser más feliz? Eleva tu serotonina con estos alimentos | ¡ Revista  Agrollanos !

Esta hormona necesita del triptófano para existir y es clave para gozar de ánimo y bienestar emocional. Los huevos, la piña o el plátano son algunos alimentos que estimulan su producción

 

Como bien es sabido, el estado de ánimo varía según el día, pues depende de múltiples factores como el entorno, las circunstancias personales, la genética, el clima, el estado físico o la alimentación. Lo que está claro es que ser positivo y estar contento proporciona una agradable sensación de bienestar y, por lo tanto, una salud más reforzada. Por el contrario, mantener un estado negativo y de desasosiego de manera continuada puede desembocar en la aparición de depresión.

 

Según la Asociación Nacional de Ayuda al Enfermo de Depresión (ANAED), «asistimos a un aumento importante de la depresión en nuestras sociedades occidentales y desarrolladas. […] Las estadísticas sobrecogen. Más de 300 millones de personas en el mundo padecen depresión y 20 millones de norteamericanos padecen esta enfermedad. En nuestro país, 2,5 millones de personas sufren depresión, casi el 5,5% de la población. Se prevé que, en 2020, sea la enfermedad más discapacitante del mundo, con los costes económicos que ello comportará. En 2025, podría convertirse en la enfermedad más prevalente del mundo».

La relación con el estado de ánimo

 

Aunque hay factores que se escapan a nuestro control, como las condiciones climáticas o las genéticas, lo cierto es que hay otros desencadenantes sobre los que sí podemos influir, como la alimentación. Sin ir más lejos, un estudio realizado por la Universidad de Binghamton de Nueva York (Estados Unidos) comprobó que los adultos mayores que consumían menos cantidad de carbohidratos y más frutas sufrían menos episodios depresivos y de ansiedad.

 

No obstante, existen ciertos componentes en los alimentos que también pueden ayudar a mejorar el ánimo. El más relevante es la serotonina, un neurotransmisor que se sintetiza a través del triptófanoel cual desempeña un papel fundamental en el funcionamiento del sistema nervioso, el sueño y el estado de ánimo. En otras palabras, sin triptófano no hay producción de serotonina. Su carencia conlleva el aumento del riesgo de depresión, tristeza, angustia, irritabilidad o ansiedad. Es decir, actúa como un antidepresivo natural, de ahí que se le conozca como la ‘hormona del humor’.

 

Tal y como apunta otro estudio, esta vez publicado por la revista ‘Nutrients’, «un nivel bajo de serotonina puede contribuir a un estado de ánimo reducido, sin embargo, esto no puede ocurrir de manera aislada; debe estar en concierto con algún otro sistema desconocido (tal vez neurotransmisor o genético) que interactúe con la serotonina reducida para disminuir el estado de ánimo».

Su papel en la alimentación

Por lo tanto, la serotonina es un antidepresivo natural de lo más interesante, cuya presencia en el organismo está intrínsecamente ligada a una mayor sensación de felicidad. Una vez más, la dieta se revela como una gran aliada, pues hay alimentos que ayudan a incrementar los niveles de serotonina en el organismo. Sin embargo, como hemos comentado anteriormente, esta no existe sin el triptófano, por lo que también debemos recurrir a productos que sean ricos en este aminoácido esencial. ¿Cuáles son?

  • Leche, queso y yogur.Tomar un vaso de leche para conciliar el sueño es un hábito muy extendido, además de acertado, puesto que contiene generosas cantidades de vitamina D y triptófano, los cuales no solo promueven el sueño, también ayudan a aumentar los niveles de serotonina. Por su parte, el yogur y el queso también incluyen ambos nutrientes.
  • Huevos. Han logrado salir airosos de la encrucijada que les acusaba de incrementar el nivel de colesterol en sangre, de modo que ahora presumen de ser un alimento muy completo y saludable. Además, mejoran el estado de ánimo, en tanto que atesoran una buena cantidad de triptófano, además de proteínas de alta calidad, vitaminas y minerales.
  • Pescado. Los pescados se caracterizan por aportar una buena dosis de omega 3, los ácidos grasos poliinsaturados necesarios para la síntesis del triptófano. El salmón, el atún, las sardinas, el mero y el bacalao son algunas de las especies con mayor proporción de dicho compuesto.
  • Frutos secos. Las almendras, las nueces y los anacardos son los frutos secosmás ricos en magnesio, un mineral que interviene en la producción de triptófano y, por lo tanto, en el aumento de los niveles de serotonina.

En nuestro país, 2,5 millones de personas sufren depresión, casi el 5,5% de la población total

  • El pavo, el conejo y el pollo ostentan el honor de atesorar una gran suma de triptófano. A priori, una dieta en la que estén presentes dichas carnes, siempre con moderación, debería ser suficiente para mantener la serotonina en una cota aceptable.
  • Piña y plátano. La primera es rica en compuestos activos como la bromelina, que promueve la producción de serotonina generando una sensación de optimismo y vitalidad. Por su parte, el plátano es copioso envitamina B6, otra precursora de la serotonina. Además, ayuda a relajar el sistema nervioso y promueve un estado de ánimo más distendido.
  • Pimientos picantes. Contienen capsaicina, una sustancia que, además de conferirles ese picor tan característico, tiene efectos analgésicos y antioxidantes y promueve la creación de endorfinas y serotonina.
  • Chocolate. Hablar del estado de ánimo lleva implícito mencionar este dulce, cuyo vínculo se pierde en la noche de los tiempos. El azúcar y la manteca de cacao que contiene provoca que el cuerpo esté más receptivo a absorber el triptófano, aumentando así el nivel de serotonina en el cerebro.
  • Legumbres. Son ricas en zincy magnesio, dos minerales implicados en la síntesis del triptófano y, por tanto, en la producción de serotonina. La soja, las alubias, los garbanzos y las lentejas son las más copiosas.

Aunque algunos productos pueden determinar nuestro estado de ánimo, lo hacen a corto plazo. Para cuidar nuestra salud mental de manera más concluyente es necesario mantener una dieta equilibrada que contemple todos los grupos de alimentos, haciendo un hueco especial a los ya citados, pues nos ayudan a ser más felices. Sin olvidar el apoyo de un profesional de la salud cualificado.

Sonia Fernández

 

La microbiota intestinal influye en el cerebro”

En nuestro tracto digestivo se concentran más de 100 millones de neuronas cuyo ‘humor’ depende de lo que pasa en el interior del mismo. Y si la cosa va mal ahí, pueden comunicarse con nuestro cerebro y llegar a producirnos ansiedad y depresión

Nuestro cuerpo esconde secretos que todavía escapan en gran medida de la comprensión que tenemos de él. Uno de los más notables es la conexión intestino-cerebro. También conocido como el segundo cerebro, es un cúmulo de terminaciones nerviosas autóctonas situadas en nuestras tripas. Su nombre científico es sistema nervioso entérico (SNE). Está compuesto por más de 100 millones de células nerviosas, desde el esófago al recto (pero situadas principalmente en el intestino).

 

Como explica el doctor Jay Pasricha, director del centro Johns Hopkins de Neurogastroenterología en Estados Unidos, «su función principal es controlar la digestión, desde la deglución hasta la liberación de enzimas que descomponen la comida, pasando por el control del flujo sanguíneo que se encarga de la absorción de nutrientes». Pero, aunque se trate de un segundo cerebro, el propio doctor indica que no es capaz de pensar, tal y como nosotros entendemos este concepto. Lo que sí hace es «comunicarse continuamente con nuestro ‘primer’ cerebro, lo que tiene importantes consecuencias«, asegura.

 

«Cómo funciona nuestro intestino puede provocar problemas como depresión y ansiedad»

 

Se cree que esta conexión es la responsable directa de que nuestro estado de humor tenga una repercusión tan severa en nuestro tránsito intestinal. El mayor ejemplo de esto son los pacientes que sufren el síndrome del intestino irritable (IBS, por sus siglas en inglés), que provoca problemas como diarrea, estreñimiento, inflamación o dolor estomacal. Como señala el doctor Pasricha: «Desde hace décadas los investigadores y los médicos creyeron que la ansiedad y la depresión contribuían directamente a estos problemas. Pero nuestro estudio (entre otros) muestra que puede ser al revés. Lo que sugiere el doctor es que nuestro tránsito y salud intestinal pueden tener un efecto en nuestro estado de ánimo y nosotros podemos no comprender por qué nos sentimos así. «Esto explicaría por qué un porcentaje mayor de lo normal de gente con IBS desarrolla ansiedad y depresión«, apunta el investigador. Y concluye: «Esto es algo muy importante dado que entre el 30% y el 40% de la población tiene problemas de intestino disfuncional en algún momento de sus vidas».

El descubrimiento

Habíamos observado la relación, pero nunca la habíamos explicado, hasta ahora. Un grupo de investigadores del Weill Cornell Medical College for Medicine en Estados Unidos, en colaboración con la Universidad de Harvard, el Boyce Thompson Institute y el MIT, ha encontrado una posible argumentación química de los procesos que tienen lugar y que provocan esta relación intestino-cerebro.

 

Todo, una vez más, tiene que ver con la microbiota. Esta es el conjunto de bacterias con las que mantenemos una relación de simbiosis. Para llevar a cabo su investigación, los investigadores crearon una cepa de ratones que tenían poblaciones reducidas (o nulas) de bacterias intestinales y vieron sus efectos en la capacidad de aprendizaje que mostraban. Para su sorpresa, a los ratones que tenían una microbiota reducida, les costaba mucho más aprender qué peligros evitar.

Foto: iStock.

Según los investigadores, todo se debe a unas células inmunes llamadas microglía, que son las encargadas de ‘representar’ al sistema inmune en el cerebro. Estas células, al parecer, tienen una gran repercusión en la remodelación de las conexiones de las células cerebrales. Como afirma el doctor Conor Liston, «los cambios en la expresión genética de la microglía podrían interrumpir la ‘poda’ de sinapsis, la conexión entre las neuronas, interfiriendo así con la formación normal de nuevas conexiones que ocurren durante el aprendizaje».

 

Además, los investigadores descubrieron que los ratones con microbiotas impedidas mostraban ciertos metabolitos en su sistema directamente relacionados con determinadas enfermedades psiquiátricas como la esquizofrenia y el autismo. «La química cerebral determina cómo nos sentimos y de qué manera respondemos a nuestro entorno. Se acumula la evidencia que indica que los compuestos generados por la microbiota juegan un papel fundamental en este fenómeno«, concluye el doctor Frank Schroeder.

La recuperación

Tras llegar a estas conclusiones, los investigadores decidieron ver si estos efectos eran reversibles. La respuesta es sí, pero con condiciones: «Nos sorprendió que pudiéramos salvar a los ratones de sufrir los efectos de deficiencia en el aprendizaje, pero solo si interveníamos justo después del nacimiento, lo que sugiere que la señalización de la microbiota es necesaria a una edad muy temprana«, explica el doctor Liston.

 

Sea como sea, la flora intestinal cobra cada día más relevancia, y su relación con nuestro sistema nervioso promete dar sus frutos en la investigación tanto de problemas gástricos e intestinales como en áreas de nuestro cuerpo muy alejadas, como el cerebro.

 

Álvaro Hermida

 

El estrés influye en la pérdida de peso, aunque intentes hacer dieta

La proporción de población estresada se ha incrementado de forma exponencial en los últimos años. Se trata de un claro factor de riesgo de obesidad y de grasa abdominal. Alimente te desglosa los alimentos para combatir la tensión

 

 

El estrés es un problema presente en la sociedad actual sobre el que cada día se estudia más, conociéndose así las posibles consecuencias que puede tener en nuestra salud. Estas investigaciones nos indican que, como muchísimos aspectos de la vida, el estrés puede tener una repercusión en nuestro estado nutricional y en la composición corporal, algo que debemos tener en cuenta los nutricionistas.

¿Qué es el estrés?

Se puede definir como una experiencia emocional negativa acompañada de cambios bioquímicos, fisiológicos y de comportamiento. Existen numerosos sucesos que pueden provocar estrés, relacionado con todo tipo de ámbitos (social, laboral, personal…) y afectando a gran parte de la población, como está sucediendo ahora con la pandemia. Cada día se estudian más los posibles efectos que puede acarrear, entre los que destacan posibles tipos de depresión.

¿Han aumentado los casos de estrés los últimos años?

El estrés ha aumentado de forma alarmante en los últimos años en la mayoría de países del mundo. Existen estudios que han comparado grupos de poblaciones de 1969 con los de 2005, arrojando resultados muy claros: la proporción de mujeres que a veces se sentían estresadas se duplicó del 29 al 59%, y la proporción que se sentía estresada continuamente aumentó del 6 a 15,6%.

En la encuesta sobre estrés laboral de 2013 realizada por Harris Interactive, más del 80% de los estadounidenses con empleo informaron que estaban estresados en el trabajo, por la carga laboral y los bajos salarios.

 

Este último estudio representa un gran aumento desde una encuesta similar de 2001 donde el 35% respondió que su trabajo estaba dañando su bienestar físico o emocional.

 

Ya hemos visto que el estrés afecta a un porcentaje bastante alto de la población, pero ¿qué posible relación puede tener con la obesidad? En primer lugar, hay que decir que en los últimos años ha aumentado la incidencia del estrés de manera paralela a la obesidad y a la grasa abdominal. Este hecho nos puede hace indicar que puede haber una respuesta fisiológica por la que las personas que sufren estrés sean más propensas a acumular grasa.

 

Existen estudios que ponen de manifiesto dos mecanismos que retroalimentan esta relación.

Apetencia por ‘alimentos de confort’

Los estudios sobre la materia advierten que durante episodios de estrés, existe una preferencia mayor por alimentos altamente palatables (altos en calorías, azúcar o grasas). El consumo de este tipo de alimentos aumenta la ingesta energética, provocado una mayor posibilidad de aumentar la grasa abdominal y el peso del individuo.

 

Este hecho se explica debido a que el estrés produce una activación cerebral de las áreas de recompensa, así como un aumento del cortisol (también llamada hormona del estrés).

Mayor acumulación de grasa abdominal

A causa del estrés, la activación prolongada del eje hipotalámico-hipofisario-adrenal, que provoca a su vez la liberación de cortisol u hormona del estrés, puede provocar la acumulación de grasa abdominal y visceral, así como un aumento del peso corporal.

 

La liberación en exceso de la misma podría no solo influir en esta acumulación, pudiendo llegar más allá predisponiendo al organismo a contraer males mayores como la diabetes tipo 2, la hipertensión, dislipemias u otras enfermedades cardiovasculares.

¿Hay nutrientes que pueden provocar estrés?

Aunque falta más investigación para sacar conclusiones sobre este aspecto, sí que hay estudios observacionales que han relacionado déficits de ciertas vitaminas del grupo B, minerales como el calcio y el magnesio o ácidos grasos omega 3 a un mayor riesgo de sufrir estrés.

 

La combinación de vitaminas del grupo B y minerales como el calcio o el magnesio tuvo efectos beneficiosos contra el estrés percibido y la ansiedad en 8 estudios, así como el omega 3 demostró tener un efecto positivo contra la depresión. Por otro lado, también hay investigaciones que han demostrado que una suplementación durante 6 semanas con aceite de pescado redujo la concentración en el organismo de cortisol.

 

Existen investigadores que aseguran que las recomendaciones dietéticas para personas con estrés podrían estar aumentadas en ciertos nutrientes, por lo que las guías de recomendación general para población normal no servirían para estos casos, por lo que es necesario seguir investigando para conocer más sobre esta relación.

¿Y la falta de sueño?

Como ya hablamos en este otro artículo sobre la falta de sueño y su relación con la obesidad, sabemos que mantienen una estrecha relación. El cambio hormonal que produce esta privación del sueño se traduce en un aumento del apetito, una mayor apetencia por alimentos de confort y un menor efecto saciante por parte de los alimentos. Al igual que el estrés, la falta de sueño provoca un aumento en las concentraciones del cortisol, con todas las consecuencias que hemos visto que conlleva.

¿Y la dieta?

Pocos estudios han evaluado el efecto del estrés en personas que siguen un plan nutricional para la pérdida de peso, pero sí que existen estudios que indican que sí que hay una relación. Un nivel de estrés alto podría tener efectos negativos en la pérdida de peso, así como aumentar las posibilidades de abandono del plan.

 

Por otra parte, terapias contra el estrés resultaron en una mayor pérdida de peso que la dieta únicamente en mujeres que lo sufrían.

Conclusión

Como hemos visto, el estrés es un problema que afecta a gran parte de la sociedad actual y que puede tener repercusiones más que preocupantes en nuestra salud. Mejorar el estado nutricional aportando los nutrientes necesarios, así como dormir la cantidad de horas necesarias, puede reducir la posibilidad de sufrir estrés y otros desórdenes mentales.

Fernando Carrasco Galán

Las verdaderas consecuencias del consumo de ultraprocesados

Un estudio sugiere que consumir muchos ultraprocesados se relaciona con un aumento del 26% de muerte por cualquier causa y del 58% por enfermedades cardiovasculares.

 

Chips, galletas, refrescos, bollería industrial, comidas preparadas… El ritmo vertiginoso al que estamos expuestos en nuestro día a día hace que los alimentos ‘listos para comer’ ocupen el top ventas. No tenemos tiempo y el que tenemos no lo invertimos en cuidar nuestra alimentación y esto beneficia a la industria de los ultraprocesados, que se ha convertido en un mercado rentable.

 

¿Por qué son tan populares los ultraprocesados? La facilidad, accesibilidad, el atractivo de los productos, el marketing asociado o los aditivos como los potenciadores del sabor son algunos de los factores que podrían justificar el aumento de la demanda de estos productos. Según un estudio publicado en el año 2018 por la revista ‘Public Health Nutrition’, más del 20% de los alimentos que consumen los españoles son productos ultraprocesados.

Productos alimenticios que enferman

Una nueva investigación llevada a cabo por el Departamento de Epidemiología y Prevención del IRCCS Neuromed, en Italia, publicado en el ‘American Journal of Clinical Nutrition’, ha puesto encima de la mesa las consecuencias reales del consumo de los ultraprocesados en la salud.
En este estudio, se analizaron los hábitos alimenticios -durante 8 años- de más de 22.000 ciudadanos que participaron en un proyecto llamado Moli-sani, y pudieron comprobar la relación entre las enfermedades y el consumo de estos productos. Concretamente, observaron que quienes consumían una gran cantidad de alimentos ultraprocesados ​​tenían un 26% más riesgo de muerte por cualquier causa y un 58% mayor por enfermedades cardiovasculares.

 

Para hacer el seguimiento se utilizó la clasificación internacional NOVA, que define los alimentos en función de su extracción, purificación o alteración.

“Aquellos con mayor nivel de procesamiento industrial entran en la categoría de alimentos ultraprocesados. Según nuestras observaciones, las personas que consumen grandes cantidades de estos alimentos tienen un mayor riesgo de morir por enfermedades cardiovasculares y cerebrovasculares», explica una de las autoras del estudio Marialaura Bonaccio.

El azúcar, el principal culpable

El azúcar es uno de los ingredientes más utilizados en la formulación de los ultraprocesados y, según el análisis de este equipo de investigadores, podría ser uno de los culpables de estas enfermedades. Según detalla Augusto Di Castelnuovo, epidemiólogo y coautor del estudio, “el exceso de azúcar juega un papel, pero representa solo el 40% del aumento del riesgo de muerte”. En este sentido, otorga importancia al papel del “procesamiento industrial” que, en sus palabras, “es capaz de inducir modificaciones profundas en la estructura y composición de los nutrientes”.

Cada año se producen aproximadamente 160 millones de toneladas de azúcar, lo que se traduce en unos ingresos de 70.000 millones de dólares en todo el mundo, según los datos de la FAO. Por su parte, la Organización Mundial de la Salud recomienda que “el consumo de azúcar libre no sobrepase en adultos y niños el 5% de la ingesta calórica, lo que equivale a 25 gramos al día”.

El realfooding gana terreno

A pesar de las cifras que damos, las últimas investigaciones sobre hábitos alimenticios abren una puerta a la esperanza. Según una encuesta llevada a cabo por la consultora Nielsen, un tercio de los españoles rechaza los ultraprocesados, lo que demuestra que la conciencia social sobre la importancia de la alimentación para la salud ha crecido en los últimos años.

En esta misma línea, seis de cada diez consumidores están dispuestos a pagar más por lo que comen siempre que sea saludable y un tercio de ellos no toma ya ultraprocesados. El estudio Descubriendo al realfooder señala que nos encontramos ante un nuevo consumidor que no se compromete con marcas o productos y que tiene ganas de probar alimentos nuevos sin perder de vista el principal objetivo de su búsqueda: la salud.

 

Esther Rivera, directora de Horeca de Nielsen España, explicó durante la XI Edición del foro Restaurant Trends, que «el realfooding es una tendencia alimentaria que fomenta el consumo de productos reales y restringe el de ultraprocesados”. Y destacó que “actualmente una cuarta parte de la población, un 27%, está castigando al ultraprocesado y que un nada despreciable 9% sigue el movimiento realfooding”.

¿Cuáles son los expulsados de las despensas? El informe de la consultora es tajante: rebozados, bollería, azúcares, galletas, comida rápida y salsas envasadas.