En su primer libro, una socióloga ha entrevistado a decenas de autónomos y ha distinguido tres tipologías. Tan solo a unos pocos les va a ir realmente bien

Ravenelle. (University of California Press)

Sarah era una joven desempleada de 29 años cuando decidió probar suerte con la opción que un amigo le proponía. Se trata de TaskRabbit, una aplicación estadounidense semejante a otras como Glovo que pone en contacto a trabajadores y potenciales clientes para realizar tareas cotidianas, como limpieza o mudanzas. Lo había intentado en su sector, el audiovisual, pero no le daba para vivir, así que en cuestión de días el 90% de sus ingresos provenía de los encargos de dicha aplicación. Fue entonces cuando un cambio en las condiciones la obligó a aceptar al menos el 85% de trabajos y a contestar en menos de 30 minutos a las peticiones.

De repente, perdió el control de su vida, y se sorprendió a sí misma limpiando un apartamento que muy probablemente era guarida de narcotraficantes: “Todo estaba lleno de polvo y barro, y les dije: ‘Puedo pasar la aspiradora y limpiar el baño”. De estar a punto de firmar un contrato con Netflix, se encontró con que se había convertido en la más precaria de los precarios. Pero, también, en una de las trabajadoras con mejor puntuación de la plataforma, gracias a su disposición por trabajar rápido, bien y, sobre todo, barato. En su cabeza comenzó a tomar forma la idea de que en menos de cinco meses estaría durmiendo en un banco de algún parque de Nueva York.

Es un panorama terrorífico de renuncias a derechos, condiciones de inseguridad y una rampante discriminación y acoso

Esta es la historia con la que da comienzo ‘Hustle and Gig‘, el primer libro de la socióloga Alexandrea J. Ravenelle, del Mercy College neoyorquino. A la manera de Barbara Ehrenreich, se trata de una investigación sobre las nuevas tendencias laborales narrada a partir de docenas de entrevistas con trabajadores de la ‘gig economy’ para conformar lo que ‘The Outline‘ define como “un panorama terrorífico de renuncias a derechos laborales, condiciones de inseguridad y una rampante discriminación y acoso”. Básicamente, un retorno a las condiciones laborales del siglo XIX, anteriores a la adquisición de derechos como la jornada laboral de ocho horas o la huelga.

“Al aceptar un trabajo en lo que ha sido saludado como una utopía futurista de elige-tu-propia-aventura con horarios flexibles e ingresos potencialmente infinitos, estos jóvenes se han encontrado con que trabajan más por menos dinero y una estabilidad menor”, escribe en el primer capítulo del libro. “En lugar de encontrar libertad económica, se han visto atrapados en el bando perdedor de una operación de externalización donde son los responsables de correr con los gastos y la inversión en el servicio”. Las condiciones laborales de la mayoría de ellos no son tan diferentes a las de los albores de la era industrial, añade, “cuando los trabajadores pasaban todo el día trabajando, la seguridad no existía y no disfrutaban de ninguna clase de compensación”.

Dos perdedores, ¿un ganador?

Después de terminar sus entrevistas, la socióloga llegó a la conclusión de que los trabajadores podían clasificarse en tres grupos, a los que ha denominado ‘strugglers’, ‘strivers’ y ‘success stories’. Algo así como sufridores, luchadorese historias de éxito. El último grupo es el que cuenta con menos personal, pero paradójicamente el más visible, gracias a los medios de comunicación que, sirviendo como altavoz para las empresas de la economía de plataforma, suelen promocionarlos como “el futuro del trabajo”, individuos que han conseguido ser sus propios jefes y que, potencialmente, podrían ganar una cantidad ilimitada de dinero. Hay otra dificultad añadida: si preguntas a uno de estos trabajadores, lo más probable es que te responda que le va bien, porque, de lo contrario, puede buscarse un problema con su empresa.

 

Peor lo tienen los luchadores y los sufridores. En los primeros, encajaría la Sarah con la que arranca el libro, ya que se trata de aquellos profesionales que necesitan esta clase de empleos a media jornada para completar sus ingresos, puesto de otra forma no podrían llegar a un sueldo mínimo. Son aquellos a los que se les ha prometido que un trabajo en empresas como Uber o Airbnb les serviría para financiar su posterior carrera en ‘lo suyo’. El problema es que ‘lo suyo‘ probablemente no llegue nunca, y termine ocurriéndoles como a Sarah: que la exigencia para trabajar cada vez más y ofrecer un servicio mejor para competir con la creciente bolsa de competidores les arroje a un callejón sin salida.

No es el peor caso. Aún más dolorosa es la situación de los sufridores, a quienes no les queda otra opción que aceptar un empleo de esta índole. Son los más vulnerables, ya que están expuestos tanto a los cambios en las condiciones de los servicios como a una mala valoración por parte de los clientes, que son los que en última instancia deciden si reciben su subsistencia o no. “Las plataformas venden la idea de que participar es una elección, pero hay algunos sufridores en el libro que no tenían otro trabajo o que era su única fuente de ingresos”, explica la autora en la entrevista con ‘The Outline’.

El trabajador gasta una gran cantidad de tiempo no remunerado, por ejemplo, poniéndose en contacto con los clientes, desplazándose o esperando

Hay sucesos que pueden resultar catastróficos para esta clase de trabajadores. Ravenelle pone el ejemplo de Kitchensurfing, una empresa de contratación de chefs que se vio obligada a cerrar en abril de 2016. Lo peor no era simplemente que sus afiliados perdieron la principal vía de rentabilizar todo el dinero que habían gastado en su equipamiento, sino que el capital social que habían acumulado, y que se reflejaba en las reseñas y valoraciones por las que tan duro habían luchado, se perdió instantáneamente. Cuando construyes tu vida alrededor de una de estas plataformas, recuerda la socióloga, eres increíblemente vulnerable.

Trabajando gratis (aunque no lo parezca)

Otra de las características que comparten esta clase de empleos es que obligan al trabajador a destinar una gran parte de tiempo no remunerado a ellos, aunque no lo parezca de forma explícita. Es el caso del esfuerzo destinado a crear el perfil, gestionar las relaciones con las distintas empresas o los clientes, o simplemente a esperar y desplazarte. “Incluso en algo como Airbnb, donde te pagan por dar alojamiento a una persona y no por realizar una tarea, tienes que decorar la habitación, limpiarla, hacer la colada, responder continuamente a la gente a través de la ‘app’ y gestionar la entrega de las llaves”, añade.

 

“Lo que han hecho es dividir a la gente entre los que demandan y los trabajadores que son demandados”, matiza la autora en la entrevista, recordando que la dinámica que ha puesto en marcha estas plataformas ha contribuido a ampliar aún más la brecha entre unos y otros. Un buen ejemplo es lo que ocurre en Airbnb, que ha permitido que aquellos que disponían de una amplia red de pisos en propiedad listos para alquilar disparen fácilmente sus ingresos: uno de los contados casos de éxito que refiere en el libro es el de un huésped que cada noche proporciona cobijo a 25 personas en apartamentos que tiene repartidos por toda Nueva York. Al otro lado del espectro se encuentran aquellos que, como en Glovo, ofrecen pequeños servicios de escaso valor añadido.

Aunque a ratos suene a año 2100, en realidad se parece más a 1860, concluye la autora. “A pesar de su foco en la tecnología emergente —’apps’, ‘smartphones’, sistemas de pago ‘contactless’ y sistemas de evaluación—, la economía colaborativa es un movimiento hacia el pasado”, recuerda. “Los trabajadores se encuentran a la intemperie sin las protecciones laborales más básicas, el derecho a sindicarse, discriminados y acosados sexualmente y sin siquiera el derecho a una compensación por los accidentes vinculados con su trabajo”. En el futuro laboral podrás trabajar cuatro días a la semana, sí, pero en jornadas de 12 horas; ya no dependerás de un único jefe, sino de multitud de ellos que te tendrán al teléfono todo el día; no hará falta que fiches, pero si pasas mucho tiempo sin atender a tus obligaciones, te desconectarán de tu única vía de ingresos y nunca podrás volver

HÉCTOR G. BARNÉS

 

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