La neofilia: cómo vivir satisfecho sin caer en la trampa de lo novedoso

Vivimos en un mundo en el que cada día hay un reclamo comercial nuevo o experiencias inéditas e inolvidables a nuestro alcance. Cuidado, tiene truco

 

En la década de 1960, un sociólogo norteamericano llamado Everett Rogers estudió cómo afectaban los productos nuevos al comportamiento de los consumidores, calificándolos entre aquellos que tenían una penetración temprana en sus costumbres o bien tardaban en calar entre la población. Años más tarde, el escritor de culto y psicólogo Robert Anton Wilson, fue más allá, y siguiendo de cerca las teorías comerciales de Rogers, patentó el término ‘neofilia‘ para designar a todas aquellas personas que sentían una gran afinidad hacia lo nuevo, tanto desde el punto de sentir la necesidad de adquirir objetos nuevos como cosechar experiencias inéditas.

Por ello, ¿te consideras una persona neófita? ¿O ‘neófila’? La primera entraría más en la descripción de personas que se adscriben a una corriente de pensamiento o doctrina, mientras que la segunda es lo que Anton Wilson definió como alguien que posee cierta inclinación hacia lo nuevo. Y a simple vista, parece una manía bastante positiva, pues buscar experiencias y plantearte retos nuevos puede ser una de las maneras más rápidas de aspirar a la felicidad, a no ser que seas un imprudente. De hecho, hay estudios que asocian esta búsqueda constante de nuevas aventuras y apertura hacia lo nuevo como uno de los mayores signos de bienestar mental y emocional. Como es obvio, no por ello debes forzarte a perseguir experiencias radicales o desesperarte si crees que en tu vida últimamente hay poco espacio para la improvisación.

«Las personas políticamente conservadoras son menos neófilas, al menos social y económicamente, que las progresistas»

¿Por qué siempre nos gusta encontrar nuevas experiencias o aficionarnos a nuevas modas o actitudes? En primer lugar, porque seremos más extrovertidos, es decir, tendremos más facilidad para conectar a un nivel superficial o profundo con gente a la que no conocemos demasiado. Y esto es un indicativo de seguridad personal y autoestima. En segundo lugar, porque adoptar una conducta de apertura hacia lo que no conoces demasiado bien activa el motor del interés, una de las emociones más básicas relacionadas con un estado de ánimo alegre y positivo. De ahí también el adjetivo de ‘inquieto‘ que, salvo en contadas ocasiones, es elogioso.

Apertura hacia lo nuevo​

Uno de los aspectos más interesantes de la neofilia es que es fácilmente heredable. Así lo explica el periodista Arthur C. Brooks en un artículo publicado en ‘The Atlantic’. «Un grupo de investigadores japoneses hallaron que hay una enzima mitocondrial llamada monoamino oxidasa A que neutraliza la dopamina, la serotonina y la noradrenalina, la cual es más efectiva en el cerebro de personas con más tendencia a buscar novedades y experiencias, o que tengan ese rasgo de personalidad», asegura. Pero esta actitud de querer buscar cosas nuevas también tiene que ver con la edad. «La apertura hacia lo nuevo tiende a aumentar hasta la edad adulta temprana, pero de los 20 a los 80 años va disminuyendo aproximadamente un 17% de media».

Lo que se vende como nuevo muchas veces no es más que un pequeño beneficio ‘extra’ de algo que realmente llevas haciendo siempre

Por supuesto, hay otros rasgos de la personalidad que influyen en tener una mayor o menor predisposición a probar cosas nuevas. El primero es la ideología política. «Las personas políticamente conservadoras son menos neofílicas, al menos social y económicamente, que las progresistas», asevera Brooks. «Algunos investigadores creen que una mayor inteligencia y conocimiento general aumentan ese grado de apertura hacia lo nuevo». El modelo de educación desde que somos pequeños también influye: si fuiste criado en un entorno cariñoso y positivo, tendrás más tendencia hacia este rasgo de personalidad, mientras que si fuiste educado en un modelo autoritario tenderás a ser más tradicionalista o rutinario.

Personas insatisfechas

Brooks menciona un libro recientemente publicado en Estados Unidos, titulado ‘New‘, en el que su escritora, la psicóloga Winifred Gallagher, alerta de las intensas campañas publicitarias que se hacen hoy en día para promocionar productos nuevos que en realidad no necesitamos o que se venden bajo el disfraz de la novedad. Uno de los ejemplos que pone son los dispositivos electrónicos biométricos, como la típica pulsera de ‘runner’ que mide tus pulsaciones, la cantidad de calorías quemadas o el número de pasos y kilómetros que has hecho.

Esta serie de productos pueden añadir valor a la experiencia, pero nada de ellos modifica realmente la práctica de salir a correr todos los días salvo, quizá, el hecho de estar más informado. Lo que se vende como nuevo muchas veces no es más que un pequeño beneficio ‘extra’ de algo que realmente llevas haciendo siempre, que visto así no tiene nada de malo, salvo por el hecho de que estás pagando un precio desorbitado por algo que realmente no vas a utilizar. Más vale poseer la suficiente fuerza de voluntad en el momento de ponerte las zapatillas antes de salir a correr que el hecho de tener un reloj superinteligente.

Gallagher en su libro no solo denuncia que el mercado se aproveche y venda como supuestas novedades artículos que ya no estén en la vanguardia aunque lo parezcan, sino que también crítica la espiral consumista sin sentido que se apodera de aquel que solo está pendiente de las novedades. Una de las muestras más ilustrativas de este fenómeno es quizás la cantidad de libros nuevos que podemos llegarnos a comprar y que luego nunca acabamos terminando, o quizá sí, pero dentro de nueve meses, cuando ya el ‘hype’ ha pasado o cuando hemos conseguido proseguir la lectura de los otros cinco libros nuevos que han salido simultáneamente o casi a la par y que creímos que nos iban a encantar.

El modo en el que compramos también influye en el modo en el que pensamos; al fin y al cabo, el consumo también es político

«Si bien este comportamiento nos anima a explorar y crear mientras buscamos nuevos estímulos, también nos convierte en personas insatisfechas porque ya desarrollamos una tolerancia excesiva por la novedad con una velocidad asombrosa», asegura Brooks. El modo en el que compramos también influye en el modo en el que pensamos; al fin y al cabo, el consumo también es político, por lo que es muy posible que si posees cierta tendencia a adquirir los productos más nuevos del mercado acabes desarrollando de igual forma una manía por la acumulación. Algo que es nuevo dejará pronto de serlo, y más en estos días en los que se perfeccionan productos con tanta velocidad.

A modo de conclusión, el sistema consumista en el que nos encontramos siempre va a encontrar fórmulas más efectivas de hacer que no paremos de adquirir productos, y cuanto más nuevos mejor. También sucede con las experiencias, pues después de haber pasado un año metidos en casa la mayor parte del tiempo y con el verano a la vuelta de la esquina, todo apunta a que va a crecer el afán por encontrar acontecimientos nuevos o conocer a nuevas personas. En nosotros está sabernos guiar en esta época de tantas novedades al alcance de la mano de la manera más responsable posible, pues si no podremos acabar siendo víctimas de ese desenfreno consumista que, más allá de la euforia del momento, no saciará nuestras ganas de descubrir y vivir cosas inéditas.

 

  1. Zamorano

 

Cómo tener más entusiasmo por las cosas y asombrarte por todo lo que te  rodea

Si has caído en la rutina y no sabes cómo salir de ahí, el primer paso reside en cambiar tu percepción de las cosas y dejarte sorprender por lo de fuera

 

Los seres humanos somos unos animales de costumbres. Necesitamos tener una serie de pautas para saber desenvolvernos en el mundo real con el objetivo de sentirnos cómodos y seguros. Al final, acabamos metidos en un conjunto de rutinas del que parece imposible salir, y cuando se impone la cotidianidad nos asalta el deseo de llevar una vida más emocionante. Tenemos alma de exploradores, pero en el fondo hay una tendencia a acomodarnos que puede acabar prevaleciendo dependiendo de la personalidad de cada uno.

¿Cuánto hace que no vives un momento inspirador y trascendente que te haga dar un giro de 180 grados a tu vida? Tendemos a creer que vamos perdiendo la capacidad de asombrarnos por las cosas con la edad, pues al principio todo es nuevo y emocionante. En realidad, conservar el entusiasmo por las cosas es uno de los principios más positivos que hay. Si nada llama tu atención eres más proclive a desarrollar algún síntoma de trastorno mental, como ansiedad o depresión. Por ello, siempre hay que mantener la capacidad de ilusionarse y asombrarse por lo más mundano, si no acabaremos cayendo en ese mar de días que conforman la rutina, desapegándonos de nuestra propia vida.

Cuando una persona experimenta uno de estos estados trascendentes tiende a sentirse minúscula, viéndose superada y desbordada

Son muchos los beneficios que trae consigo experimentar asombro de vez en cuando, tanto para la salud física como psicológica. Sin ir más lejos, un estudio de la Universidad de Toronto descubrió que la fascinación es una de la de las emociones positivas que más se asocian con un nivel bajo de citocinas proinflamatorias, un conjunto de proteínas protectoras que se liberan cuando estamos enfermos. En caso de tener índices altos, somos más proclives a desarrollar enfermedades cardiovasculares, diabetes o depresión.

Es evidente que si sentimos más entusiasmo por las cosas que nos rodean disfrutamos más de la vida y gozamos de un mejor estado de ánimo. Y, por otro lado, también nos convierte en seres más sociables, pues un estudio demostró que aquellas personas que se consideraban como más entusiastas tenían una actitud más generosa y cooperativa con los demás.

El «yo pequeño»

Al fin y al cabo, hay un montón de hechos aparentemente cotidianos o de disciplinas a simple vista aburridas que en cualquier momento pueden despertar nuestra atención. Si estamos desilusionados puede parecer que todo es igual y que caminamos en mitad de una inmensa llanura cuyo paisaje siempre es el mismo. Pero si mantenemos nuestros sentidos alerta podremos descubrir cómo la magia está presente en cada cosa que vemos, oímos u olemos. Basta con esforzarse por cocinar un buen plato o bailar con una música pegadiza para darle la vuelta a un día que parecía igual que todos los demás.

«Observa todo lo que te llama la atención: ¿Se intensifican tus sentidos? ¿Se te pone la piel de gallina? ¿Te sientes más curioso o contento?»

Uno de los efectos psicológicos que produce el asombro es lo que algunos investigadores llaman el «yo pequeño». En cierto modo, conecta bastante con cómo vemos el mundo cuando somos niños o adolescentes: extraño, nuevo, salvaje, atrayente… Cuando una persona experimenta uno de estos estados trascendentes tiende a sentirse minúscula, viéndose superado y desbordado por ese objeto de contemplación o idea que recorre su mente. Y es cuando nuestra percepción temporal cambia, haciéndose más grande y expansiva, «permitiéndonos saborear el aquí y el ahora», como expresa Summer Allen, una neurocientífica de la Universidad de California, quien ha publicado un inspirado texto respecto al tema en ‘Aeon‘.

Después de haber vivido una pandemia que nos ha impedido disfrutar de la vida con nuestros seres queridos como solíamos hacer antes, es tiempo de volver a reengancharse con la extraordinaria sensación del asombro y volver a sentir entusiasmo por lo que nos rodea. Ahora que ya no tenemos que pasar tanto tiempo en casa parece relativamente sencillo volver a sentir inquietud por el exterior, así como por conocer a nuevas personas. A la hora de la verdad, parece fácil pero no lo es, pues acarreamos con una fatiga psicológica que puede truncar nuestras expectativas.

Allen aporta cuatro consejos muy sencillos para volver a reconectar con esa parte de nosotros mismos que no quiere ceder ante la rutina ni a pensar que todo es igual o aburrido. En primer lugar, aboga por limitar las distracciones. «Apaga las notificaciones de tu teléfono«, recomienda, algo que efectivamente es difícil si tienes una vida laboral flexible o una vida familiar demasiado sacrificada y en cualquier momento pueden requerir tu atención. No obstante, «pídele a tu pareja, compañero o hijos un espacio para ti». Sí, estás en tu derecho.

«Enfoca tu experiencia de asombro como un ejercicio contemplativo», prosigue. «Comienza dando una respiración profunda y presta atención al sonido y sensación de tu respiración mientras inhalas y exhalas». Al fin y al cabo, ¿qué hay más sorprendente que la emoción de estar y sentirse vivo? En tercer lugar, «dirige tu atención hacia fuera y permanece abierto a la inspiración». Allen aconseja observar todo aquello que llama tu atención. «¿Se intensifican tus sentidos? ¿Se te pone la piel de gallina? ¿Te sientes más curioso o contento?». Por último, también incide en que no te tienes que agobiar si no sientes nada de esto durante períodos prolongados, pues no siempre vas a vivir grandes momentos o instantes trascendentes, por lo que no exasperes en tu intento de sentir más entusiasmo.

«Las 8 maravillas de la vida» de Keltner

Allen cita a Dacher Keltner, uno de los investigadores de la llamada «psicología del asombro», quien ha basado su terapia y estudios en las que él llama «las ocho maravillas de la vida», o las ocho formas más básicas para hallar el entusiasmo en tu día a día, que citaremos a continuación.

  1. Sé testigo de la belleza moral y del coraje de otras personas.
  2. Muévete al unísono con otras personas: baila, haz ejercicio o realiza otras actividades junto con los demás.
  3. Organiza escapadas a la naturaleza.
  4. Escucha o compón música.
  5. Disfruta de las artes visuales o del cine.
  6. Busca experiencias espirituales o religiosas.
  7. Piensa en grandes ideas: sé ambicioso y repara en aquello que crees que no se ve o que a la gente no le llama la atención.
  8. Comprende la vida y la muerte: aunque suene muy profundo, Keltner se refiere a saber reflexionar sobre por qué estamos vivos, el milagro del nacimiento o por qué todos los seres humanos tenemos el mismo destino, primero el fallecimiento y luego el olvido.

 

  1. Zamorano

 

Resultado de imagen de DEMASIADO WHATSAPP PARA LA SALUD: CUANDO EL ESTRÉS TECNOLÓGICO NOS LLEVA A NO CONTESTAR

La ansiedad derivada de tener demasiadas conversaciones abiertas se agrava entre las personas a raíz de la pandemia. Dos psicólogos nos hablan sobre ello para evitar que nos afecte

 

Como si de un huracán se tratase, el coronavirus irrumpió en nuestras vidas transformándolas por completo. A comienzos de la pandemia, si el lector llega a recordar, usamos el teléfono móvil más que nunca. Un estudio publicado en septiembre reflejó que el uso de las comunicaciones digitales aumentó exponencialmente en los primeros días de cuarentena. La demanda de noticias se disparó, así como las ganas de saber cómo se encontraban nuestros seres queridos y cómo iban a afrontar la cuarentena que estaba por venir. Por otro lado, las quedadas sociales con amigos y familiares se redujeron a la pantalla rectangular de nuestro ordenador. Ahora, meses más tarde y en mitad de la tercera ola, son muchas las personas que están sufriendo en sus carnes el efecto contrario: no quieren saber nada del teléfono móvil ni tampoco responder a los mensajes, sobre todo los alojados en grupos con diferentes personas.

«A medida que avanzaba la pandemia, descubrí que las conversaciones grupales agravaban mi estrés, no lo reducían. Mi teléfono se iluminaba constantemente con notificaciones de noticias, y los 50 o 60 mensajes de texto perdidos que podía recibir en una hora en cualquier chat grupal me ponían nervioso al no responder. Me sentí culpable por no contestar de inmediato o no revisar el hilo grupal. Tampoco pude encontrar una buena excusa. ¿Que iba a decir? ‘Perdón por no responder, estaba demasiado ocupado en casa sin hacer nada por octavo mes consecutivo'». Estas son las palabras de Bryan Lufkin, periodista de la ‘BBC’, quien hace poco escribió un interesante artículo en el que documentaba este rechazo hacia la comunicación digital.

«Al habernos acostumbrado a usar WhatsApp hemos naturalizado algo que en la vida real no ocurre, que es hablar con cinco personas a la vez»

 

Teniendo en cuenta las palabras de Lufkin y lo expuesto anteriormente, ¿por qué nos hemos vuelto un tanto pasivos a la hora de comunicarnos con otros en nuestros chats privados y grupales? ¿Puede haber sido a raíz del empacho que sufrimos meses atrás, cuando tuvimos que guardar una cuarentena estricta que solo podía romperse para realizar tareas mínimas y de primera necesidad?

Una retroalimentación negativa

«Al comienzo de la pandemia, los chats grupales se podían sentir como una buena forma de compadecimiento recíproco», asevera Elias Aboujaoude, psiquiatra de la Universidad de Stanford, al diario británico. «Contábamos con que todos los miembros de nuestros grupos virtuales tenían en común esa experiencia altamente estresante. El problema es que el estrés y la ansiedad se pueden llegar a magnificar exponencialmente en los chats grupales». Bien es cierto que en aquella época ninguna de las noticias eran buenas. Tal vez por ello todos y cada uno de nosotros nos retroalimentábamos en un sinfín de informaciones y opiniones que no hacían más que constatar que nuestra vida no volvería a ser como antes y que todos estábamos en peligro de contraer el virus.

«Mucha gente siente fatiga psicológica, no solo por las informaciones relativas al virus y las restricciones, sino también tecnológica de tener que mantener el contacto con sus amigos, familiares y conocidos por vía digital», asegura Rafael San Román, psicólogo de la plataforma de atención psicológica online iFeel, a El Confidencial. «Detrás de esa conducta de dejar de responder a los chats puede haber varios motivos: puede ser una persona que esté desarrollando una aversión a los móviles y la tecnología o también porque decide ejercer un control sobre su conducta hacia el teléfono para no tener que depender tanto de él a la hora de comunicarse».

«Tras casi un año de pandemia, en donde la comunicación a través de nuestro teléfono móvil se ha vuelto más intensa y notoria que nunca, es lógico entender que haya personas que estén cansadas de permanecer constantemente conectadas», explica a este diario por su parte Enrique Carravilla, psicólogo colegiado miembro de la comisión de las TIC del Colegio Oficial de Psicológos de Castilla y León (COPCyL), quien además redactó un trabajo de investigación sobre uso, abuso y dependencia a las nuevas tecnologías. «Esto podría deberse a una fatiga causada por la interconexión casi constante».

«Hay que reflexionar sobre la utilidad que le damos al móvil para tomar responsabilidad y cambiar aquello que sospechamos que no nos gusta»

 

San Román incide en que «al habernos acostumbrado a usar herramientas como WhatsApp y compaginarlo con otras tareas, hemos naturalizado algo que en la vida real, en la comunicación auténtica, no ocurre, que es hablar con cinco personas a la vez». En esta clase de plataformas «hablamos con muchas personas de forma simultánea, y esto no es natural, aunque la herramienta lo permita. En algunos casos, puede suponer que nos saturemos ante tantos estímulos, hasta el punto de desear que te dejen en paz».

 

Paradójicamente, el sentido de la ansiedad provocada por los medios de comunicación telemáticos digitales (chats y videollamadas) puede cambiar y mostrarse de forma invertida. Es decir, sentir estrés al no disponer de una fuente suficiente de contactos con los que hablar. Aquí es donde entraría el efecto FOMO (acrónimo de la expresión inglesa «fear of missing out»), el cual como su propio nombre indica alude al miedo de perdernos algo en las redes sociales, aunque también puede aplicarse a las conversaciones digitales con nuestros contactos. Tanto como nos puede generar ansiedad el hecho de tener que responder los mensajes pendientes también podemos sentir malestar si no disponemos de una cantidad suficiente de coinversaciones abiertas o pendientes, temiendo porque nuestra vida social cibernética colapse y quedarnos aislados.

«¿Por qué yo no?»

«El hecho de que esté normalizado que una persona tenga muchas conversaciones en su teléfono móvil hace que aquellos que no las tengan (sea de forma momentánea o continua) puedan sufrir un efecto nocivo de comparación que en algunos casos puede derivar en FOMO», recalca Carravilla, por su parte. «Ante una ausencia de conversaciones en sus chats, el individuo se pregunta: ‘¿Y por qué yo no?’, lo que le conduciría a sentirse aislado o más solo. También puede suceder que sientan que hay un montón de cosas que están ocurriendo sin que ellos se enteren, lo que genera malestar». Esto último también puede ser la causa abierta a desarrollar algún tipo de adicción al teléfono, que aunque no esté reconocida como una patología mental real, puede llevar a la persona a revisar constantemente las últimas notificaciones en el móvil a riesgo de perderse algo importante.

Pero, ¿qué es el FOMO en realidad? ¿Una mera sensación, un síntoma o una patología? Carravilla pone un ejemplo que lo ilustra muy claro: «Una persona abre el WhatsApp tras varias horas sin consultarlo y nadie le habla. Se siente molesto y triste por ello, pero no manifiesta enfado ni decepción. Si al cabo de un tiempo por fin tiene notificaciones, ese malestar desaparece sin mayor interferencia. Aquí el FOMO está entendido como una sensación que hace que la persona se sienta aislada pero que no conlleva más problemas para ella», relata.

«Sin embargo, a otra persona le sucede lo mismo pero esta vez se pone mucho más nerviosa y abre otras redes sociales, como por ejemplo Instagram, para ver qué hacen sus amigos o si le ha llegado algún mensaje», prosigue. «Entonces, piensa que sus amigos le han dejado de lado, que están hablando por otros grupos de chat en el que él no está, entre otros pensamientos negativos. En este segundo caso, el FOMO podría ser síntoma de un problema mayor de dependencia al ‘smartphone’ o a las redes sociales. Por tanto, creo que no es posible calificar ‘a priori’ como enfermedad, trastorno o síndrome al FOMO, sino que debe entenderse como un fenómeno que puede ser o no síntoma de un problema mayor».

Una vida tecnológica «útil»

Por último, cabe destacar algunos consejos para un uso del teléfono móvil sano y útil de la mano de los dos expertos. «Lo primero, reflexionar sobre la utilidad que le damos al móvil y para qué lo usamos con el objetivo de tomar responsabilidad y cambiar aquello que sospechamos que no nos gusta», incide San Román. «No abandonarme al estrés, sino cambiar algo, no seguir actuando igual. Si usamos la tecnología de una manera eficiente e inteligente y no intensiva, no tiene por qué haber problema. Prestar atención a las señales que me alertan de que no estoy dándole un buen uso y saber qué necesito para que fuera bueno o de calidad. No se puede eliminar la tecnología de la vida, por tanto, hay que reflexionar sobre el uso que le damos».

«Lo más importante es saber que lo que hay detrás de esa pequeña pantalla no es la realidad, sino una representación de la misma», concluye Carravilla. «El ‘smartphone’ no deja de ser una herramienta que existe para facilitarnos la vida, pero nada de lo que nos pueda ofrecer puede reemplazar al contacto social. Lo mejor que se puede hacer es vigilar el uso que se hace del teléfono. Si una persona sufre ansiedad por él, se debe intentar que esta reconstruya sus acontecimientos y vivencias fuera de estos dispositivos. Es decir, que la sensación de gratificación que obtiene a través del móvil se asocie a la realidad del momento, y no a lo que hay reflejado en la pantalla. Finalmente, y como último consejo, tratar de recuperar aquello que es posible que el teléfono móvil nos haya quitado, como por ejemplo ese breve rato de lectura antes de dormir».

 

Enrique Zamorano

 

Resultado de imagen de QUÉ ES EL 'BIENESTAR EPISTÉMICO' Y POR QUÉ AHORA ES TAN IMPORTANTE

Nunca fueron tan necesarias las certezas. De ahí que a las habituales condiciones para llevar una vida digna se las una el hecho de poseer un conocimiento verdadero sobre lo que pasa

 

A la hora de hablar de bienestar, pensamos directamente en una serie de atributos que tienen que ver con una vida saludable. Sobre todo, adquirir buenos hábitos, como por ejemplo comer mejor y hacer ejercicio físico regular. Pero también padecer menos estrés y estar más satisfechos con la vida que tenemos. Sin embargo, los últimos meses tan agitados y distópicos que hemos vivido a raíz de la pandemia y de sus consecuencias han puesto de manifiesto la necesidad de incluir en esta categoría de bienestar un nuevo factor a tener en cuenta de ahora en adelante: el conocimiento.

Esto es precisamente el llamado ‘bienestar epistémico’: la capacidad de un individuo de saber diferenciar entre lo que es verdad y lo que es mentira, descartando falsas verdades y encontrando respuestas verdaderas. Aunque pueda parecer trivial, el bombardeo de información al que nos hemos visto sometidos desde el comienzo de la crisis sanitaria, la gran variedad de fuentes de información y la propia desrealización personal causada por el nuevo contexto surgido a raíz de la pandemia han socavado cualquier humilde aspiración de aproximarse al conocimiento de la verdad. Al fin y al cabo, si no disponemos de una fotografía real de lo que está pasando no podemos abordar de manera apropiada lo que está por venir, tanto a nivel individual como colectivo.

 

«El ‘bienestar epistémico’ es tener la certeza de poder conocer aquello que es misterioso para ti para que tu vida progrese»

 

Estas son algunas de las conclusiones que se desprenden de un reciente artículo publicado en la revista ‘Aeon‘ y escrito por Kenneth Boyd, investigador de la Universidad del Sur de Dinamarca y líder de un ambicioso proyecto llamado ‘Scientific Testimony in a Diverse Society‘, que como su nombre indica intenta analizar la diversidad de discursos científicos y anticientíficos en esta época y sus consecuencias para la cognición social y lo que él llama «injusticia epistémica», que luego veremos detenidamente.

«El ‘bienestar epistémico’ es tener la certeza de poder llegar a conocer aquello que es misterioso para ti en un determinado momento para que tu vida progrese», define Boyd- «Esto podría implicar el hecho de adquirir conocimientos de manera general al sentir que deseas encontrar respuestas a preguntas que son importantes para ti, para tu curiosidad, pero también para conocer aquello que necesitas saber en aras de lograr tus proyectos personales. Si tienes acceso a múltiples fuentes de información y eres capaz de obtener respuestas cuando las necesitas, entonces tienes un alto grado de ‘bienestar epistémico’. Si por el contrario estás rodeado de mentirosos o simplemente no tienes tiempo de averiguar aquello que necesitas saber, careces de él».

Tres factores

Boyd distingue tres condiciones para que un individuo posea ‘bienestar epistémico’: el acceso a fuentes de información que cuenten la verdad, que se pueda confiar en dichas fuentes y, en tercer lugar, participar en un diálogo productivo con el resto de su entorno. «El acceso a la verdad es la base del ‘bienestar epistémico'», explica el investigador. «Puede verse frustrado de muchas maneras: no hay conexión o posibilidad de conectarse a Internet o que haya una censura editorial». Este factor por sí mismo no implica que haya un conocimiento, pues el acceso a las fuentes de información puede estar ahí, pero si no son fiables, no estarás gozando de dicho bienestar.

 

No sirve de nada disponer de información cierta si no tenemos a nadie con quien reflexionar sobre ella o contrastar diversos puntos de vista

 

Ahí estriba la diferencia entre lo que se conoce como Sociedad de la Información y Sociedad del Conocimiento, siendo ambas correlativas pero pudiendo no venir juntas. Por mucha información que un colectivo social tenga no quiere decir que conozca más del entorno en el que vive o las cosas que pasan, sino al contrario: se produce lo que la OMS denominó ‘infodemia’, término surgido al calor de los bulos, conspiraciones y noticias falsas que han surgido desde el comienzo de la pandemia y que, a juzgar por la situación actual, nunca tuvieron un papel tan determinante ni estuvieron tan ligados al contexto social como ahora.

Para que esta ‘infodemia’ no se produzca, debemos distinguir el grano de la paja, lo científicamente demostrado de la falsedad argumental, la verdad de la mentira. Y aquí es donde entran en juego la calidad y veracidad de nuestras fuentes y el nivel de confianza que tenemos hacia ellas. El auge de las teorías de la conspiración se debe, en este sentido, a esa tendencia social a desconfiar del relato oficial y acudir a fuentes alternativas que dan pábulo a ideas de lo más disparatadas. Cuanta más confianza se ponga en estas fuentes, sean buenas o malas, mayor será el grado de engaño o conocimiento.

Por último, no sirve de nada disponer de la información cierta, contrastada y veraz si no tenemos a nadie con quien comentarla, reflexionar sobre ella o contrastar diversos puntos de vista. Aquí es donde entra en juego la tercera condición para que se cumpla ese ‘bienestar epistémico’: la sensación de que un individuo puede participar de un diálogo productivo y constructivo. Al fin y al cabo, si no tienes un círculo social sobre el que barajar tus informaciones no podrás gozar de una visión más amplia o general de las mismas. Esta condición no solo alude al más estricto sentido ideológico o político, sino también a su vertiente más cotidiana:

La «injusticia epistémica»

¿A quién no le gusta compartir con otra persona de confianza aquello nuevo que conoce o ha aprendido? Si no disponemos de un grupo social que apoye y estimule nuestro conocimiento en cierto asunto o materia, así como también que lo refute y discuta, estaremos en una posición muy desfavorable. De hecho, Boyd asume que las personas que no gozan de esta condición son víctimas de lo que él denomina ‘injusticia epistémica’.

 

La ‘injusticia epistémica’ alude a sectores de la población que no son escuchados ni informados, pero también a la cultura de la cancelación

 

Esta se produce cuando a un sujeto se le niega la oportunidad de defenderse o escuchar su opinión. El investigador alude a ciertos grupos marginados o minorías que son los que más sufren ese desprecio argumentativo, pero también es inevitable acordarse de la cultura de la cancelación y todo lo que supone en nuestros días. Vivimos en unos tiempos inciertos que despiertan mucha pasión y vehemencia en los debates, de ahí que en ocasiones se sobrepasen las formas y las discusiones acaben en ataques personales y descalificaciones cuando no la censura o el boicot a ciertas personas por no estar de acuerdo con una opinión. Esto puede derivar en intentos de hundir la reputación de alguien por sus opiniones impopulares sobre un tema.

Por ello, el ‘bienestar epistémico’ se ha vuelto más necesario que nunca para llevar una vida digna y satisfactoria en medio de toda la incertidumbre que impera en nuestros días. Llevándolo a una esfera más profunda y obviando todo lo que supone su carencia a nivel social, podemos argumentar que también existe cierto desconocimiento de nosotros mismos y de las personas que nos rodean, el cual se ha agudizado por esta situación tan excepcional como es una pandemia.

El fenómeno psicológico de desrealización es uno de los más frecuentes hoy en día, manifestado en ciertos episodios de estrés o ansiedad, el cual alude a la imposibilidad de reconocerse a uno mismo y a las personas más cercanas. La falta de interacción social física y las sucesivas cuarentenas han provocado que sea más difícil vernos reflejados en el otro, lo que acaba derivando en un sentimiento de extrañeza frente al mundo y a nosotros mismos. En conclusión, debemos hacer un esfuerzo conjunto para afrontar esta situación en la cual nunca fueron tan necesarias las certezas.

 

Enrique Zamorano

 

Se han ofrecido distintas explicaciones para esta sensación de fugacidad temporal tan común. Un experto psicólogo aporta una nueva teoría sobre por qué lo percibimos así

Una de las grandes obsesiones del mundo contemporáneo es el tiempo. «No tengo tiempo» era una de las frases más pronunciadas antes de la pandemia, y ahora, después de 2020, tenemos una sensación aún más extraña respecto a nuestra percepción del paso de los días, semanas o meses. No hay más que antender al recuerdo que tenemos del gran confinamiento de marzo del año pasado, el cual en el momento presente se nos hizo eterno, pero ahora que ya han pasado los meses lo hemos acabado percibiendo como un episodio muy raro de nuestra vida que no recordamos muy bien.

¿Por qué cuantos más años cumplimos más rápido parece que pasa el tiempo? Tan pronto estabas en la escuela como en la universidad y, de repente, un día te levantas y ya tienes más de 30 años. Aunque evidentemente en épocas en las que no nos encontramos muy bien de ánimo o estamos enfermos la sensación temporal tiende a ralentizarse, al final el balance que podemos hacer es que efectivamente se ha pasado volando. ¿A qué se debe esto?

«Nuestra experiencia subjetiva del paso del tiempo está relacionada con la suma total de nuevas experiencias que tenemos que recordar»

Se han ofrecido infinidad de explicaciones para entender este curioso fenómeno subjetivo que sin duda parece compartido. Una de las últimas es la de Loren Soeiro, psicólogo neoyorkino en ‘Psychology Today’, quien establece una distinción en relación a la edad del sujeto que experimenta ese paso del tiempo. «Cuando somos jóvenes, nuestras circunstancias tienden a parecer únicas o más especiales, de ahí que los niños tengan recuerdos mucho más específicos», asegura. «Sin embargo, los adultos agrupan sus experiencias en recuerdos más grandes y menos concretos». Es decir, los niños o adolescentes atienden más a un cúmulo de detalles que las personas más mayores, quienes tienden a agruparlos en una especie de ‘pack’.
Una sucesión de recuerdos… ¿infinita?
Otra de las razones por las que quizás cuantos más años llevas vivo más rápido parece que pasa el tiempo es porque los recuerdos tienden a sumarse y agolparse, de ahí que la tarea de ordenarlos o si quiera recordarlos sea más compleja. «Nuestra experiencia subjetiva del paso del tiempo está relacionada con la suma total de nuevas experiencias que tenemos que recordar», afirma, parafraseando un artículo de investigación que trataba el tema publicado en ‘Scientific American’. «Cuantos más recuerdos generes de un período de tiempo en particular, más tiempo parecerá haber durado una vez se haya terminado».

Cuando somos más pequeños, nuestra capacidad cognitiva está en plena expansión, al igual que nuestras experiencias. Conoces a infinidad de personas, te aprendes sus nombres, vas a la escuela donde te enseñan a descubrir el mundo y aprender todo lo necesario para funcionar en la sociedad, haces amigos y ves por primera vez sitios únicos como el mar o las montañas de vacaciones. «Cognitivamente, estamos preparados y diseñados para absorber toda esa información de pequeños: nuestros cerebros están creciendo, haciendo nuevas conexiones neuronales, absorbiendo los estímulos a los que estamos expuestos», asegura Soeiro. «La infancia puede durar poco tiempo, pero con toda esa información nueva para procesar, se percibirá como un período muy largo en retrospectiva».

Y así es. ¿Quién no recuerda los veranos que pasaba de pequeño como si fueran eternos? Esos agostos en el pueblo o jugando en la calle que parecían durar años y años. «La edad adulta, por el contrario, viene caracterizada por una serie de rutinas», reconoce el psicólogo. «Vivir experiencias frescas y nuevas es cada vez más raro, con lo que puede ser cada vez más difícil aprender cosas nuevas o crear recuerdos únicos». Evidentemente, esto varía según el modo de vida que lleves, y teniendo en cuenta además que el mundo adulto también trae cosas inéditas a tu vida, como por ejemplo tener hijos, cambiar de ciudad o vivir solo o acompañado de amigos o pareja. Pero al final, es obvio que ya no te resulta nada tan sorprendente como lo hacía cuando eras un niño.
Una razón logarítmica
Pero más allá de la psicología, la ciencia más pura como es la lógica y las matemáticas tiene otra explicación para la sensación de que cuanto más vives, más rápido se te pasa el tiempo. Ernest Weber, matemático y pionero de la psicología experimental, formuló en 1834 una teoría que asegura que nuestra percepción temporal cumple una función logarítmica que atiende a dos variables: la intensidad y la sensibilidad.

En un experimento realizado por Hannah Fry en YouTube, divulgadora matemática, se retó a varias personas a sostener dos pesos en cada mano. Uno de ellos pesaba 100 gramos y el otro 120. Al preguntarle por el más pesado, el individuo acierta. Pero justo después, le sirve otros dos pesos más grandes, uno de 200 y otro 220 gramos. A pesar de tener la misma diferencia de peso, la percepción le juega una mala pasada y acaba eligiendo el ligero. De la misma forma, esto sucede con los años. Cuando llevamos muy pocos sobre la Tierra, parece que hemos vivido un sinfín de experiencias. Pero a medida que ese número de años crece, tendemos a equivocarnos respecto a su verdadera duración. Por tanto, experimentamos los años más deprisa a medida que envejecemos y sumamos más y más.

Esto también puede explicarse con las penas de prisión. Un periodo de seis meses encerrado se siente mucho mayor que un período de tres, hasta ahí todo bien. Pero si subimos la cantidad y hacemos una comparativa de penas de diferencias mínimas, esto ya no se cumple. En otras palabras, si pasas 20 años en la cárcel no te resultará menos tiempo que si pasas 20 años y tres meses. Por ello, al aumentar la cantidad o el tamaño, cada vez apreciamos menos diferencias de tiempo.

E. Zamorano

La situación actual está plagada de dudas y no sabemos bien cuándo llegará a su fin. Para las personas con altos niveles de ansiedad esto puede ser frustrante
Aestas alturas, todo el mundo está harto de la pandemia por coronavirus que el pasado mes de marzo azotó nuestras vidas y las cambió para siempre.
Eso no significa que el peligro haya pasado, pero como somos humanos, es normal que el desgaste vaya haciendo mella en nosotros. Las malas noticias continuadas nos han sumido en un estado de hastío constante, y los que no están concienciados y preocupados han optado por dejar de creer en la enfermedad y pensar que es todo un complot ideado por ‘los de arriba’ (sean quienes sean).
Nuestras vidas han cambiado, es innegable, pero es difícil saber cómo será el futuro próximo. Son cambios sustanciales, pero afectan: llevamos mascarilla a todas partes, practicamos el distanciamiento social, teletrabajamos, nos ocupamos de no saludar de manera demasiado afectuosa teniendo en cuenta las condiciones actuales y, lo más importante, ya no planificamos nada. El futuro ha desaparecido, no podemos pensar en viajes que haremos o conciertos a los que asistiremos en los próximos meses, porque solo importa el aquí y el ahora.
Quizá lo más preocupante sea que no sabemos cuándo terminará todo. El fin de la pandemia no está claro, pese a que la llegada de las vacunas ha abierto un escenario más esperanzador, pero la incertidumbre continúa, ¿cuándo se conseguirá la inmunidad de rebaño? ¿Tendremos que seguir llevando mascarillas? Igual que no todo el mundo respondió igual frente a las medidas adoptadas durante el confinamiento, tampoco sabe hacer frente de la misma manera a la incertidumbre.

Ha sido un año plagado de incertidumbre, y cada persona desarrolla una tolerancia diferente ante las situaciones que están plagadas de dudas

De hecho, según explican las psiquiatras Sandra Llera y Michelle Newman en ‘Psychology Today’, en general las personas con más ansiedad suelen tener más intolerancia a la incertidumbre (UI en inglés), un rasgo que varía extremadamente de una persona a otra y se ve diferenciado por su situación vital y sus niveles de estrés actuales. Por supuesto, el año 2020 ha supuesto un problema grave para todas aquellas personas que no se sentían con fuerzas para poder superar una situación plagada de dudas y con muy pocas certezas.

Las incertidumbres no solo han pasado por nuestra salud (desde la posibilidad de habernos contagiado a tener familiares o amigos enfermos o incluso en el hospital, sin saber cuándo podremos volver a verlos o si lo haremos), también han estado y están relacionadas con la situación económica actual, los ERTES, el trabajo o la vuelta al mismo. No es nada nuevo, las investigaciones ya han demostrado que el confinamiento ha tenido un impacto grave en nuestra salud mental (agorafobia, dolores de cabeza, bruxismos…).

Tenemos que ser realistas y asumir que el final de la pandemia no llegará con pancartas, fiestas y anuncios en la televisión

¿Cómo luchar contra la incertidumbre? Primero tenemos que asumir que el final de la pandemia no llegará con pancartas, fiestas y anuncios en la televisión. Según las psiquiatras, es útil tener una visión realista de cómo será el fin, y también es importante la aceptación, es decir, entender que la incertidumbre es algo completamente normal en la vida y que no debemos luchar contra ella. Además, ellas aseguran que hay tres cosas que nos ayudarán mientras continúe el problema:
• Mantén tu conexión con los demás. Nunca es mal momento para acercarte a o conectarte con tus seres queridos, ya sea en persona o de manera virtual, para contarles tus miedos o preocupaciones y que te escuchen.
• Sigue cuidándote. Quizá suena a tópico, pero el ejercicio y la comida saludable están estrechamente relacionados con la salud mental. Si en el momento actual te da miedo pisar un gimnasio hay otras alternativas que van desde hacer ejercicio en la calle a utilizar el ordenador para ese fin.
• Mantente positivo. Es difícil cuando estás estresado, pero debes buscar aspectos positivos de tu forma de vida actual. Recuerda que preocuparte, al fin y al cabo, es poco productivo y generalmente no sirve de nada. Quizás el mejor consejo de todos sea dejar ir la sensación de que debes controlar una situación incontrolable.

A. N.

Te sientes triste? Este hallazgo podría cambiarte la vida

Un grupo de científicos de la Iniciativa NIH BRAIN han rediseñado una proteína bacteriana que puede monitorear los niveles de serotonina en el cerebro en tiempo real

 

El pasado mes de agosto, una encuesta reveló que 1 de cada 3 españoles catalogaba su estado de ánimo tras el coronavirus como ‘malo’ o ‘muy malo’. El encierro, la incertidumbre del futuro, el duelo de la pérdida de seres queridos o la situación general son algunos de los motivos que han hecho que las cifras aumenten considerablemente.

Pero ¿cómo se regula el estado de ánimo? A través de la interacción de neurotransmisores que se encargan de ello como, por ejemplo, la dopamina, la noradrenalina y la serotonina. En el caso de esta última, tradicionalmente se la ha conocido como el neurotransmisor de la felicidad, por este motivo.

Ahora, un grupo de investigadores financiados por los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos han descrito en un artículo publicado en la revista ‘Cell’ unas novedosas técnicas de ingeniería genética con las que han conseguido monitorear los niveles de serotonina en el cerebro a tiempo real frente a factores como el descanso, el miedo o las interacciones sociales, así como la eficacia de nuevas drogas psicoactivas en el cerebro. Estos hallazgos constituyen una auténtica revolución en el conocimiento del cerebro y sus estados.

Atrapando nutrientes

En este estudio, dirigido por el laboratorio de Lin Tian, ​​investigador principal de la Escuela de Medicina Davis de la Universidad de California, los científicos transformaron una proteína bacteriana con forma de ‘atrapamoscas’, que captura nutrientes, en un sensor altamente capacitado que se ilumina con fluorescencia cuando captura serotonina. La proteína, llamada OpuBC, normalmente atrapa el nutriente colina, que tiene una forma similar a la acetilcolina.

Mientras tanto, los experimentos con células en placas de Petri sugirieron que el sensor podría monitorear los cambios en estas señales causadas por drogas, incluida la cocaína, MDMA (éxtasis) y varios antidepresivos de uso común.

Este equipo también presenció un aumento significativo en los niveles de serotonina cuando los ratones estaban despiertos y una caída cuando los ratones se dormían, y una caída mayor cuando los ratones entraron en estado de sueño REM más profundo (el sueño REM ocurre por primera vez aproximadamente 90 minutos después de quedarse dormido).

 

Los genes pueden jugar un papel importante en la cantidad de sueño que necesitamos. Los científicos han identificado varios genes implicados en el sueño y los trastornos de este, incluidos genes que controlan la excitabilidad de las neuronas y genes reloj como Per, Tim y Cry, que influyen en nuestros ritmos circadianos y el momento del sueño.

Además, los científicos vieron que los niveles de serotonina aumentaban de manera diferente en dos circuitos de miedo cerebral separados cuando un timbre advirtió a los ratones de una descarga en el pie.

Ingredientes activos clave en el estado de ánimo

El triptófano es clave para que exista la serotonina. Los alimentos ricos en triptófano actúan como antidepresivos naturales, produciendo un aumento de la serotonina, sin necesidad de psicofármacos.

¿De qué alimentos hablamos? Carnes como el pavo y el pollo, leche, queso, pescado, huevos, tofu, soja, semillas de ajonjolí y de calabaza, nueces, maní y mantequilla de maní. Sin embargo, para sintetizar serotonina, el cuerpo necesita, además de triptófano, ácidos grasos omega 3, magnesio y zinc, por lo que los plátanos, las nueces, las legumbres, las verduras y el germen de trigo se incorporan a la lista.

Las vitaminas del grupo B también son necesarias para la regulación de estos neurotransmisores, porque son las que más influyen en el buen funcionamiento del cerebro y del sistema nervioso en su conjunto. La vitamina B1 juega un papel fundamental en el metabolismo de los hidratos de carbono y la vitamina B12 interviene en el buen funcionamiento del sistema nervioso.

Juan Montagu

 

Dieta: Dime cuánto te mueves y te diré cómo eres de feliz

La actividad física cotidiana es primordial para sentirnos bien de cuerpo y mente y mantener el equilibrio entre ambos. Nos hace felices y mejora el estado de quienes sufren trastornos psíquicos

Juan Montagu

 

Todos los días realizamos múltiples movimientos, muchos de ellos de manera mecánica o casi inconsciente. Nos movemos, pero no sabemos el beneficio que pueden aportarnos cosas tan simples como subir escaleras o caminar. Se ha demostrado que la práctica de actividad física diaria, combinada con el deporte, ayuda a mejorar nuestro sistema inmunitario.

 

Los adultos que ven más de 4 horas de televisión al día presentan un 80% más riesgo de padecer problemas cerebrovasculares

 

Un estudio del Instituto de Tecnología de Karlsruhe (KIT) y el Instituto Central de Salud Mental (CIMH) en Mannheim, publicado en la revista ‘Science Advances’, revela que las actividades cotidianas favorecen el bienestar del individuo. Mantienen nuestra mente en estado de alerta y aumentan nuestra energía, dos factores que contribuyen a un correcto funcionamiento de nuestro organismo.

Cerebro y actividad

Los resultados de estos análisis concluyen que determinadas partes del cerebro tienen un papel esencial en nuestras emociones. Uno de los últimos estudios, realizados en el Instituto Central de Salud Mental, evaluó a un grupo de 83 personas para determinar el impacto de la actividad en su vida diaria. Se sometieron a una tomografía combinada con resonancia magnética, con el fin de medir el volumen de materia gris del cerebro y averiguar qué áreas desempeñan un rol importante en las actividades cotidianas. Se descubrió que la corteza cingulada subgenual (esta región regula las emociones y la resistencia a los trastornos psiquiátricos) es determinante para la interacción entre la actividad y el bienestar afectivo.

Por otra parte, la tecnología se ha convertido en aliada del movimiento. Podemos evaluar nuestra actividad física y medir sus resultados mediante una app que impulsa a los usuarios a estar activos cuando se evidencia una disminución de energía.

 

La mayoría de las personas se sienten mejor cuando realizan alguna actividad física de manera regular. Introducir este hábito en nuestra rutina diaria se convierte en una especie de salvoconducto saludable y satisfactorio, que puede aliviar el estrés, la ansiedad y la depresión. Por el contrario, la inactividad nos hace perder fuerza y resistencia. Está demostrado que los adultos que ven más de 4 horas de televisión al día presentan un 80% más riesgo de padecer patologías cerebrovasculares.

Pero no hay que confundir la práctica del deporte con la actividad física, son conceptos diferentes, aunque ambos son claves para mejorar nuestra calidad de vida. Cuando la persona sigue un modo de vida sedentario, la posibilidad de sufrir enfermedades cardiovasculares y crónicas aumenta.

Mens sana in corpore sano

Una mente y un cuerpo sanos mantienen a punto la máquina de nuestro organismo. La Asociación Americana del Corazón recomienda realizar al menos 150 minutos de actividad aeróbica moderada a la semana. Estar activo proporciona innumerables ventajas:

  • Reduce la presión arterial
  • Aumenta los niveles de colesterolbueno
  • Mejora el flujo sanguíneo
  • Controla el peso
  • Evita la pérdida de masa ósea
  • Promueve una actitud positiva
  • Ayuda adormir mejor
  • Fomenta la estancia al aire libre

El papel de las hormonas

El deporte ayuda a reducir el estrés, facilita la concentración, mejora la actividad físicaaumenta la autoestima, eleva el estado de ánimo y potencia la productividad, entre otros beneficios y todo gracias a las hormonas. Y es que mientras hacemos ejercicio físico, nuestro cuerpo puede generar hasta 50 hormonas diferentes. Las más conocidas son: endorfina, serotonina, dopamina y oxitocina.

He aquí lo que cada una significa para nuestro organismo:

Endorfina: es la responsable de los estados de calma y alegría. También tiene un efecto analgésico sobre el organismo, mitiga el dolor, disminuye la ansiedad y da sensación de placer.

 

Serotonina: es la hormona de la felicidad. Regula los estados de ánimo manteniéndolos estables, además de controlar la temperatura corporal. Gracias a ella, después de hacer ejercicio aeróbico, podemos obtener una sensación de calma que nos permite conciliar mejor el sueño y regular la ingesta de alimentos.

Dopamina: también llamada la hormona del placer. Aporta una sensación placentera y de bienestar. Se asocia con la creatividad, la curiosidad, el aprendizaje, la regulación del sueño y los deportes de alta intensidad.

Oxitocina: facilita la unión emocional y el vínculo afectivo con los que nos rodean. El deporte aumenta su presencia en el cuerpo, mientras que el yoga refuerza sus efectos proporcionando una sensación de calma y profundo bienestar.

 

Descubre de verdad por qué dormir es tan sumamente vital para ti

Entre las muchas cosas que el covid-19 nos ha robado, está el sueño. Sin embargo, la literatura científica ha constatado de forma reiterada el impacto en la salud física y emocional de mantenerse en vela.

 

No corren buenos tiempos para conciliar el buen sueño. El covid-19 ha llegado con ‘ganas’ de insomnio y pesadillas. Pero tienes que saber doblegarle para ganarle parte de la batalla. La razón: diversas investigaciones indican que dormir menos de lo adecuado afecta a nuestra salud física, a nuestro estado emocional y sistema inmunológico.

«Dormir es de vital importancia porque durante el sueño desintoxicamos nuestro cerebro»

 

De hecho, no dormir lo suficiente aumenta el riesgo de padecer distintas enfermedades, desde depresión hasta enfermedades cardiovasculares, o incluso neurológicas como el alzhéimer.

Mientras duermes

Muchos procesos de nuestro cuerpo tienen lugar solo durante el sueño: ahorramos energía, reparamos los tejidos fabricando nuevas proteínas y nuestro sistema inmunitario origina defensas. Un descanso reparador activa los procesos de aprendizaje y de memoria, además de equilibrar nuestras emociones y reducir el estrés. Por si fuera poco, uno de los últimos hallazgos revelan que dormir es de vital importancia porque durante el sueño desintoxicamos nuestro cerebro.

Función detox

El cerebro es el órgano más complejo de los seres vertebrados y forma parte del sistema nervioso central (SNC). Un sistema conformado por el cerebro y la médula espinal, que tiene la importante misión de integrar y coordinar las funciones de nuestro organismo. El cerebro se encarga tanto de recibir y procesar los estímulos del exterior como de controlar lo que sucede en nuestro interior.

Estamos ante un órgano muy activo, ya que a pesar de que representa solo el 2% de nuestro peso corporal, consume el 20% de nuestro gasto total de calorías. Este indicador pone en evidencia su alta actividad metabólica, teniendo en cuenta que el corazón realiza únicamente el 4% de gasto calórico.

 

La cuestión es que cuanta más alta es la actividad de un órgano más ‘desperdicios’ genera. Esto quiere decir que el cerebro produce muchas más sustancias tóxicas o inservibles que cualquier otro órgano de nuestro cuerpo.

Los desperdicios

La eliminación de desperdicios es un problema básico que todos los órganos tienen que resolver, para ello el cuerpo humano tiene un sistema especializado de drenaje llamado sistema linfático. El sistema linfático se extiende por todo el cuerpo y está compuesto por un tipo de arterias muy pequeñas que recogen los desechos que se generan en todo el organismo, como proteínas inutilizables, bacterias muertas, grasas y otros tóxicos que se vierten en la sangre y son conducidos a las vías de salida principales, como a los riñones y al hígado, para ser finalmente expulsados.

 

Pero el sistema linfático no cubre el cerebro ni la médula espinal, por lo que no drenan sus desechos por esta vía. Entonces, siendo el cerebro el órgano con más actividad y el prioritario de nuestras funciones vitales, ¿por dónde expulsa toda la cantidad de toxinas que acumula a lo largo del día?

La ciencia

Esta incógnita no se resolvió hasta el año 2015, cuando neurocientíficos de la Universidad de Rochester descubrieron que existe un sistema de tuberías especializado en los vasos sanguíneos del cerebro que permite ‘limpiar’ los residuos e incorporarlos al sistema circulatorio. Residuos que acaban transportándose principalmente al hígado y terminan siendo eliminados.

 

A este sistema de tuberías se le denomina sistema glinfático, y fue nombrado así porque está basado en el uso de las células gliales, que son células que ayudan al sistema nervioso central a sacar los tóxicos. Así que ahora sabemos que tanto el cerebro como la médula espinal tienen su propio mecanismo de depuración.

 

Curiosamente, el sistema glinfático funciona principalmente durante el sueño y se desconecta durante la vigilia, es decir, solo eliminamos la enorme cantidad de toxinas que produce nuestro cerebro cuando dormimos. Este descubrimiento es muy revelador, porque no solo descansamos para preservar energía como se pensaba antes, sino que una de las funciones que desempeña el sueño es la limpieza cerebral. Durante el sueño, las células se expanden y reordenan para ayudar a la eliminación de toxinas.

 

Este hallazgo ayuda a mejorar la comprensión de los efectos biológicos del sueño y señala nuevas formas de tratar los trastornos neurológicos. Se está comprobando que dormir mal de forma sostenida en el tiempo puede derivar en el desarrollo de enfermedades como el alzhéimer.

Tu memoria

Un cerebro que descansa es un cerebro plástico. La plasticidad sináptica se refiere a la capacidad de nuestro cerebro de cambiar y lo hace trasladando información de unas neuronas a otras. Parece un concepto simple, pero es relativamente nuevo en neurología. Los científicos creían que nuestro cerebro no cambiaba mucho durante nuestra vida adulta, sin embargo, nuestro cerebro es flexible y fabrica conexiones neuronales todo el tiempo. Esta capacidad está influida por determinadas actividades mentales y lo fascinante es que nosotros podemos influir en la manera en que nuestras neuronas se relacionan entre sí, por ejemplo, mediante actividades que realicemos, como pueden ser la lectura o el cálculo.

Los nuevos descubrimientos científicos van encaminados a demostrar la relación entre un sueño adecuado y el afianzamiento de la memoria, sobre todo la memoria a largo plazo. Cuando estamos despiertos, aprendemos constantemente y se ha comprobado que el sueño consolida los nuevos conceptos adquiridos.

Codificar lo que es importante

 

Por un lado, la plasticidad cerebral nos ayuda a codificar lo que es importante y fijar los recuerdos, pero por otra parte dormir reduce la potenciación, que es como olvidar lo aprendido y este olvido se produce de forma selectiva. Durante el descanso, las conexiones neuronales que se han fortalecido más durante el día se protegerán y se debilitarán menos, y las que se han fortalecido menos se debilitarán mucho más y se borrarán de nuestra memoria.

En definitiva, las memorias desaparecen cuando ya no las usamos para ser reemplazadas por las nuevas, y el sueño modera este proceso en nuestro cerebro. De esta manera, podemos aprender a lo largo de toda nuestra vida.

El ansiolítico natural

Parece que el sueño profundo también podría ser importante para reorganizar las conexiones cerebrales que nos ayudan a mantenernos calmados durante el día. Una noche de buen descanso estabiliza las emociones y ayuda a reducir el estrés, mientras que el sueño insuficiente puede producir niveles de ansiedad elevados al día siguiente y provocar un aumento del estrés emocional.

 

La relación entre la falta de sueño y el estrés es clara. Con el estrés aumentan los niveles de cortisol, la hormona que estimula el estado de alerta. El cortisol es responsable de la reacción de lucha o huida ante el peligro, incrementando el ritmo cardiaco en anticipación a la huida, y cuando sus niveles suben se hace difícil conciliar el sueño y más aún lograr dormir profundamente. Por si fuera poco, el cortisol también interfiere en la liberación de melatonina, que es una hormona esencial para la regulación del sueño.

Triptófano para dormir

El triptófano permite a nuestro cuerpo obtener serotonina, conocida como la hormona de la felicidad. La serotonina, además de modular el estado de ánimo, regula funciones como la digestión o el sueño. Parte de esta serotonina se transforma en melatonina, que se trata de una hormona que también favorece el dormir.

 

Nuestro cuerpo no puede generar por sí mismo triptófano, por eso es importante que nuestra alimentación sea rica en este aminoácido esencial, así el organismo podrá sintetizar de forma natural las cantidades idóneas de serotonina y de melatonina.

Alimentos ricos en triptófano

  • El pavo,el pollo y el conejo. Las carnes blancas son fuentes excelentes de triptófano.
  • La yema de huevo. La proteína animal de los huevos está formada en gran parte por triptófano.
  • El yogur, el queso bajo en grasa y la leche desnatada. Losproductos lácteos pueden ayudar a dormir por su alto contenido en triptófano.
  • La avena, el arroz y el maíz. Los cerealesson fuentes naturales de melatonina.
  • Lospistachos, las almendras, las nueces y los piñones. Los frutos secos son alimentos que ayudan a producir serotonina, además son ricos en magnesio, potente agente antiestrés.
  • Los espárragos y las espinacas. Estas verdurastienen buena cantidad de triptófano en su composición.
  • Las pipas de girasol y las semillas de calabaza. Las semillas también podemos incluirlas en nuestra dieta y poseen un alto contenido en triptófano.
  • El salmón, el atún y las sardinas. Lospescados azules tienen un alto contenido de ácidos grasos omega 3 y tienen un papel importante en la regulación de la concentración de serotonina.
  • Las semillas de soja, las habas, las lentejas o los garbanzos. Estas legumbres son las que concentran mayor contenido en triptófano.
  • Losplátanos son ricos en triptófano, melatonina y  Otra fruta recomendable es el kiwi, por su contenido en serotonina.
  • El chocolate y el cacao puro son ricos en triptófano.

Para sintetizar serotonina, el cuerpo necesita ácidos grasos omega 3, magnesio y zinc. Por tal motivo, alimentos ricos en magnesio como plátanos, nueces, legumbres, verduras y germen de trigo ayudan a la producción de serotonina.

 

Un cerebro sano es un cerebro que duerme bien; si no, la capacidad de concentración, la memoria, la habilidad de resolver problemas y toma de decisiones se ven afectadas. Nuestro sistema inmune no funciona tan bien cuando estamos cansados y sin un número adecuado de horas de descanso profundo las toxinas se acumulan y a la larga deterioran nuestra función cerebral. Lo importante es cuidarse para lograr un sueño reparador y no tener problemas.

 

Ana Esteban

 

Así varían los sueños que tienes dependiendo de la fase en la que aparecen

Los investigadores encontraron que los informes de sueños REM eran mucho más complejos y llenos de información conectada en comparación con los sueños durante el sueño no REM

 

Un nuevo estudio de investigadores brasileños ha llegado a la conclusión de que la calidad y la complejidad de los sueños parecen cambiar con las diferentes etapas de sueño que vivimos cuando dormimos.

El estudio de los sueños humanos ha estado lleno de complicaciones a lo largo de la historia. Antes del siglo XXI, se pensaba que únicamente soñábamos durante la etapa REM del sueño, caracterizada por movimientos oculares rápidos.

Sin embargo, investigaciones más recientes muestran que la gente a veces recuerda los sueños incluso cuando se despierta de las etapas no REM del sueño.

No solo en la fase REM

En diversas investigaciones, se ha demostrado que los pacientes que se despiertan durante el sueño REM pueden recordar sueños elaborados, vívidos y emocionales, como una historia. Por el contrario, los que se despiertan durante las etapas no REM recuerdan menos sus sueños, y los sueños en sí tienden a ser más parecidos a los pensamientos.

 

«Sabemos que los sueños REM son más largos y se parecen más a las películas. La automatización del proceso de análisis hizo posible la primera medición cuantitativa de esta diferencia»

 

Estos son hallazgos importantes, pero también se basan en informes subjetivos. Si estos dos tipos de sueños son intrínsecamente diferentes es algo que los neurocientíficos todavía están tratando de averiguar.

 

Investigadores de Brasil han desarrollado ahora una herramienta de análisis de alta velocidad que puede tomar estos informes cualitativos y mostrarlos en una forma gráfica más objetiva, teniendo en cuenta los sesgos tanto de longitud como de lenguaje.

«Sabemos que los sueños REM son más largos y se parecen más a las películas», explica a Science Alert la neurocientífica Sidarta Ribeiro, de la Universidad de São Paulo (Brasil). «La automatización del proceso de análisis, como hicimos en el estudio, hizo posible la primera medición cuantitativa de esta diferencia estructural«.

Comparado con los métodos tradicionales, que se basan en analizar el significado de las palabras, este análisis gráfico no semántico fue capaz de centrarse en el tono general de lo que se dijo.

Convirtiendo informes en gráficos

Centrándose en 133 informes de sueños previamente recogidos de 20 participantes, que fueron despertados en diferentes etapas del sueño, los investigadores, que han publicado sus descubrimientos en la revista científica ‘PLOS ONE‘, graficaron las palabras, sustituyéndolas por nodos en un gráfico.

 

«Este es el primer estudio que utiliza la teoría de gráficos para mostrar que los informes de sueños REM tienen más conexión estructural que los informes de sueños no REM»

 

Analizando su organización estructural, la nueva herramienta encontró que los informes de sueños REM eran mucho más complejos y llenos de información conectada en comparación con los sueños durante el sueño no REM.

«Este es el primer estudio que utiliza la teoría de gráficos para mostrar que los informes de sueños REM tienen más conexión estructural que los informes de sueños no REM», afirma el neurocientífico Joshua Martin, de la Universidad Humboldt de Berlín (Alemania).

 

«No es por menospreciar la relevancia de los métodos tradicionales, pero estos resultados son importantes porque muestran que los métodos computacionales pueden ser aplicados a los estudios de los sueños», añade.

 

Aunque se sospecha que el sueño no REM tiene alguna función reconstituyente, aún no estamos seguros de por qué existe el sueño REM. Si soñar durante esta etapa es realmente de una calidad diferente, como sugiere esta nueva investigación, entonces el sueño REM y el no REM podrían ser impulsados por distintos mecanismos subyacentes que podrían desempeñar diferentes papeles en nuestra biología.

En comparación con los sueños REM, los sueños de la etapa N2, un sueño profundo, no REM, de ondas lentas, eran más cortos, menos frecuentes, menos intensos y más parecidos a los pensamientos.

Por supuesto, los estudios del sueño tienen muchas limitaciones más allá de la mera subjetividad. El hecho de ser despertado continuamente durante la noche podría estar afectando la calidad del sueño entre los voluntarios.

El gran problema de evaluar el sueño

Aunque las narraciones complejas de los sueños pueden seguir ocurriendo en el sueño no REM, los autores sospechan que la propia fisiología del sueño REM, que muestra una gran actividad cortical y atonía muscular, es un mejor momento para que las narraciones interactivas se desarrollen de forma ininterrumpida.

«Estos resultados son importantes porque muestran que los métodos computacionales pueden ser aplicados a los estudios de los sueños»

 

«En este sentido, las experiencias oníricas que son coherentes, inmersivas y similares a una historia pueden organizarse más fácilmente en un informe con mayor conexión, mientras que las experiencias oníricas que son fragmentadas y aisladas son relativamente más difíciles de organizar mentalmente y por lo tanto están estructuralmente menos conectadas», explican los autores.

Un estudio publicado en 2020, por ejemplo, utilizó un algoritmo para cribar 24.000 sueños y encontró varios «marcadores estadísticos» que apoyan la hipótesis de que nuestros sueños son una continuación de la vida cotidiana.

Un algoritmo no es suficiente para resolver este misterio, pero herramientas matemáticas como estas podrían ser útiles cuando se trata de evaluar nuestro sueño y nuestros sueños con el menor sesgo y con tantos factores considerados como sea posible.