Síndrome del intestino irritable: Biología y Emociones | Área Humana

El cerebro y el intestino están estrechamente conectados y lo que ocurre en uno afecta al otro. Esa conexión se llama eje intestino-cerebro. Hoy sabemos que una de las variables que más afecta a ese eje es la tensión

Existe una relación directa entre la parte psicológica -conducta, pensamientos, sentimientos y emociones- con nuestro aparato digestivo. Cuando no gestionamos bien una, la otra se ve afectada y viceversa. ¿Cómo sucede esto?

El intestino tiene su propio sistema nervioso -llamado sistema nervioso entérico-, conocido popularmente como nuestro segundo cerebro. Se calcula que hay más de 100 millones de neuronas y terminaciones nerviosas en él, más que las que contiene la médula espinal. Con este sistema nervioso, el intestino es capaz de autorregular sus funciones.

Comunicación bidireccional

Este segundo cerebro se comunica con el sistema nervioso central o ‘primer cerebro’ a través del nervio vago, una red intrincada de vías nerviosas muy compleja. A esta comunicación se le llama eje intestino-cerebro. Estos dos órganos están en continua comunicación. Lo apasionante de esta comunicación es que es bidireccional, es decir, no es solo el cerebro el que le manda órdenes al intestino, sino que el intestino a su vez le manda información al cerebro. De hecho, parece ser que la mayoría de los ‘mensajes’ que se transmiten por esta vía son del intestino hacia el cerebro y no al revés. ¿Qué le estará contando?

El sistema nervioso simpático se activa en situaciones de peligro, activando funciones de alerta y apagando otras, como la digestión

Esto explica por qué antes de una primera cita sentimos ese cosquilleo en la tripa o por qué tenemos que salir corriendo al baño antes de hablar en público. O se nos cierra el estómago ante una mala noticia. Estas situaciones suceden en momentos puntuales y una vez pasado el estrés, la función del intestino vuelve a la normalidad. ¿Qué pasa cuando el estrés se mantiene en el tiempo?

El estrés en el sistema digestivo

El estrés es un mecanismo de defensa que activa recursos adicionales del organismo, es el modo en que prepara el cuerpo para defenderse de las amenazas. Nuestros ancestros vivían a la intemperie, tenían que defenderse de los animales salvajes, de las luchas territoriales y de otras adversidades que afrontaban huyendo, peleando y de muchas maneras. Que te persiga un oso, ¡eso sí que es estrés!

En esta respuesta ante el peligro intervienen diferentes hormonas, neurotransmisores, órganos y sistemas que tienen que entrar en acción para salvarnos. Se activa lo que se llama el sistema nervioso simpático, poniendo en marcha ciertas funciones de alerta y ‘apagando’ otras que cree que en ese momento no son importantes para superar esa situación peligrosa.

 

Entre las funciones que se apagan se encuentra la digestión. Es como si el cuerpo dijera: primero voy a salvar mi vida, ya digeriré después. Pero, a diferencia de la vida moderna, en la antigüedad las amenazas estaban limitadas en el tiempo. Había una situación con una alta carga de estrés y luego se acabó. Volvíamos a una situación de tranquilidad en la que sanábamos nuestras heridas, nos nutríamos, descansábamos y seguíamos adelante. Hoy no es así. Vivimos en un estado de continuo estrés, quizás no tan intenso pero sí mantenido en el tiempo. Y el problema es que nuestro cuerpo pone en marcha los mecanismos necesarios para echar a correr, luchar o huir de manera permanente. Esto supone que deja de lado otras funciones igual de importantes para atenderlas cuando la amenaza pase -sanar, digerir, reproducirse, descansar, etc-. Cuando esto sucede pueden surgir las consecuencias.

Cuando estamos estresados, desde el sistema nervioso central se produce una cadena reactiva en el organismo y las glándulas suprarrenales generan cortisol, que actúa como neurotransmisor en nuestro cerebro. Un nivel elevado crónico de esta hormona es perjudicial para nuestra salud física y cognitiva.

Todo esto nos dice que la energía producida por el estrés tiene que salir o canalizarse de una manera adecuada, porque si no, es muy probable que la manifestemos a través de reacciones emocionales desproporcionadas, o a través del cuerpo, pudiendo ocasionar el desarrollo de nuevas enfermedades o agravar las ya existentes.

Ahora sabemos que el estrés afecta al intestino de muchas maneras: disminuye la producción de ácido por el estómago y de otras sustancias necesarias para el buen funcionamiento, altera la motilidad e incluso puede modificar la composición de la flora intestinal. Nos encontramos con muchas personas con problemas digestivos crónicos como enfermedad de Crohn, colitis ulcerosa o colon irritable, que en situaciones de estrés sus síntomas empeoran. Pero la respuesta al estrés es bidireccional y se está comprobando que en este tipo de pacientes se presentan con mayor frecuencia algunos trastornos psicológicos.

No es por ello sorprendente que muchas afecciones como la ansiedad, la depresión, TDAH (trastorno de déficit de atención) o el autismo tengan manifestaciones intestinales específicas.

Influencia de la microbiota en nuestras emociones

Estudios recientes comprobaron que las bacterias de nuestro intestino producen sustancias químicas que pueden afectar directamente al comportamiento y el desarrollo cerebral. Conocerlas nos dará pistas para equilibrar la microbiota intestinal, modular el estrés y las emociones.

Serotonina

El 90% de la serotonina de nuestro cuerpo se produce en el intestino. La serotonina es la sustancia responsable de mantener el equilibrio de nuestro estado de ánimo, e influye en factores como la inhibición de la ira, la agresión, el humor, el sueño y el apetito. Una microbiota alterada por estrés crónico dejaría de producir tanta serotonina que podría llegar a producir depresión y otros trastornos mentales.

Dopamina

Además de la serotonina, en el sistema nervioso entérico se produce dopamina, otro neurotransmisor que regula los niveles de placer en nuestro cerebro. Su secreción se da durante situaciones agradables y nos estimula a buscar actividades placenteras.

Hay un tipo de bacterias lactobacillus y bifidobacterium, a las que podemos llamar grandes aliadas, ya que se encargan de regular muchos procesos psicológicos cuya disfunción está relacionada con la ansiedad y la depresión. Estas bacterias sintetizan por sí mismas serotonina, dopamina, GABA y noraledralina, y son muy utilizadas como probióticos. También se encuentran en algunos alimentos que podemos incluir en nuestra dieta.

Alimentos para la felicidad

Si un intestino bien alimentado puede corresponder a un buen humor y equilibrio emocional, entonces podemos influir en la composición de la microbiota con lo que comemos y sentirnos más felices.

Los alimentos ricos en triptófano son buenos estabilizadores para la serotonina. Como hemos apuntado, la serotonina es la hormona de la felicidad y el 90% se sintetiza en el intestino. Los más abundantes:

  • Carne blanca: pavo, pollo
  • Yema de huevo
  • Lácteos: yogur, queso bajo en grasa y leche desnatada
  • Cereales: trigo, avena, maíz y centeno
  • Frutos secos: pistachos, almendras y nueces
  • Semillas: ajonjolí y de calabaza
  • Pescados azules: salmón, atún y sardinas
  • Verduras: espárragos y espinacas
  • Legumbres: soja, alubias blancas y garbanzos
  • Frutas: piña, plátano, aguacate
  • Chocolate puro

Para sintetizar serotonina, el cuerpo necesita además ácidos grasos omega 3, magnesio y zinc. Por tal motivo, alimentos ricos en magnesio -plátanos, nueces, legumbres, verduras y germen de trigo- también son considerados antidepresivos naturales y ayudan a la producción de serotonina.

Unos de los alimentos preferidos de las bacterias son las fibras fermentables, presentes principalmente en frutas, verduras, hortalizas, legumbres y cereales integrales. Los fermentados por ácido láctico como yogur, yogur de soja (fermentado), el kéfir (de leche, de agua y de té), chucrut y kimchi son ricos en las bacterias probióticas lactobacillus y bifidobacterium, que ayudan a evitar y reducir los estados de estrés y depresión.

Comida y también mente

Como sabemos, esto es un eje bidireccional, por lo que no solo comiendo adecuadamente mejoraremos nuestra microbiota, también debemos tener nuestra mente en calma. Para ello, es recomendable tener en cuenta otras técnicas como el Mindfulness.

La práctica del Mindfulness estimula la actividad en zonas que están muy asociadas al bienestar y a la serenidad, y a la vez disminuye la actividad de la amígdala cerebral, que es el centro integrador de las emociones. Con su práctica, la mente se va apaciguando, nos proporciona un espacio para ver las cosas con más perspectiva y que no seamos tan reactivos. Es una herramienta de autocontrol del estrés muy eficaz.

El estrés crónico, ya sea físico o psíquico fruto de la ansiedad, podría tener efectos muy perjudiciales en el cuerpo y el cerebro. Cuidando de nuestro intestino a través de una alimentación adecuada mejoramos nuestras emociones, pero si además practicamos terapias de reducción del estrés, mejoraremos la regulación de la microbiota y de la función cerebral.

Ana Esteban

Los rasgos que caracterizan a una persona con nula inteligencia emocional

No está reñida con ser mala o buena persona, pero sí que es un atributo necesario para cuando surgen los problemas. Un psicólogo explica lo que define a este tipo de personalidad

 

La inteligencia emocional es la capacidad que tenemos para saber expresar, gestionar y aceptar nuestras emociones y las de los demás. Puede confundirse con la empatía, aunque la diferencia más notable es que esta alude a la implicación emocional que sentimos hacia las situaciones ajenas. En cambio, la inteligencia emocional se trata de una práctica cotidiana y continua, que apunta hacia el manejo de las emociones propias y de las personas a las que queremos.

Esto se traduce en el plano afectivo como la habilidad para reflexionar sobre nuestros propios sentimientos hacia nosotros mismos o hacia alguien y nuestra manera de expresarlos. En otras palabras, aquellos que tienen una buena inteligencia emocional destacan por saber gestionar muy bien los problemas de índole emocional y, por supuesto, evitan a toda costa que las relaciones afectivas se vuelvan tóxicas; una persona con alta capacidad de gestión emocional entenderá cuándo es el momento de cortar una relación antes de que una ruptura se vuelva traumática, por poner un ejemplo.

 

Una persona con inteligencia emocional apreciará las emociones negativas como mensajes, nunca como amenazas

 

Por el contrario, lo que es bastante difícil de identificar es a una persona que escasea de inteligencia emocional. Sobre todo si esta persona la acabamos de conocer y nos llama poderosamente la atención. ¿Cómo saber si esta persona estará ahí para hacernos bien o realmente es incapaz de gestionar una situación complicada en la que se trastoquen los lazos afectivos? Nick Wignal, un famoso psicólogo bloguero, ha descrito una serie de atributos en ‘Medium‘ que reúnen esta clase de personas que precisamente no presumen por saber gestionar las emociones propias y ajenas.

Evita hablar sobre cómo se siente

Presta atención a cómo habla sobre cómo se siente. Algunas personas con una inteligencia emocional muy baja se niegan a abrirse o, en cualquier caso, no son nada buenas a la hora de comunicar sus emociones. A menudo, utilizan un lenguaje vago o metafórico para describir cómo se sienten. En general, temen las repercusiones que pueda traer lo que verdaderamente piensan o sienten, de ahí a que se lo callen por miedo, vergüenza o simplemente incapacidad para hacer frente a las emociones.

Controla sus emociones

Siempre creen que todo lo malo que sienten debe resolverse cuanto antes. En vez de afrontar un problema, tomándose su tiempo y analizando todos los pormenores, lo atajan restándole importancia, escondiéndolo de los demás y de sí mismos. Lo peor, según indica Wignal, es que al tratar sus emociones como problemas, su mente las niega, de ahí que perciban que son incorrectas. Por el contrario, una persona con inteligencia emocional apreciará estas emociones negativas o dolorosas como mensajes que se le envían, no como amenazas. La mejor manera de liberarse de las emociones dolorosas es validarlas y dejar que se resuelvan en lugar de intentar controlarlas a toda costa.

Se critica a sí mismo

Hay ciertas emociones como el miedo o la tristeza que ellos aprecian como muy malas, de ahí que nunca quieran reconocerlas. Esto a menudo ocurre porque de pequeños fueron penalizados por mostrar sus emociones en público. Otro de los rasgos que caracteriza a una persona con baja inteligencia emocional es el autosabotaje o las críticas que se dirigen hacia sí mismas, lo que denota su profunda falta de autoestima.

 

Cualquier signo propio de debilidad lo perciben como algo negativo, entonces intentarán obviarlo a toda costa. En cambio, aquellas personas que son inteligentes emocionalmente entienden que no tienen que avergonzarse de algo malo que les ocurre o sienten, tratándose a sí mismos con compasión y bondad cuando están afligidos.

Cree que sus emociones son verdaderas

A lo largo de nuestra vida, nos damos de bruces con pensamientos negativos que nos distraen y hacen sufrir. Como decíamos antes, las emociones son útiles porque nos envían mensajes sobre cómo nos sentimos en un momento concreto; sin embargo, también son engañosas. Las personas que realizan una buena gestión emocional de su vida destacan por escuchar a esas emociones, pero nunca confían completamente en ninguna de ellas.

Finge estar bien y ser feliz todo el tiempo

Aquellas personas con baja inteligencia emocional nunca muestran sus preocupaciones, tristezas o miedos, sino que aparentan estar siempre en el mismo estado de ánimo. Por otro lado, también se les puede aplicar a aquellos que fingen estar felices todo el tiempo, incluso que presumen de ello. En consecuencia, las personas con poca inteligencia emocional viven negándose todos esos sentimientos negativos, y esperan que si se repiten a sí mismos que están bien y que no se sentirán mal jamás, esto se cumpla

 

ACyV

 

Los beneficios desconocidos para la mente de leer en voz alta

¿Cuánto hace que no lees a voz en vivo un cuento antes de dormir? Hoy repasamos algunas investigaciones que dan cuenta de los buenos efectos que tiene para la memoria

Cuando te retiras a ese momento de paz y tranquilidad que inspira la lectura, es muy probable que no te dé por verbalizar las líneas que aparecen en el libro. En general, solo se recurre a la lectura en voz alta cuando hay una tercera persona a la que le interesa o quieres que le interese, como por ejemplo leer un cuento a tus niños antes de dormir.

Sin embargo, un grupo de investigaciones recientes da fe de los enormes beneficios para la salud mental y el bienestar la actividad de leer en voz alta: desde mejorar la memoria y mejorar nuestra comprensión de textos complejos hasta fortalecer los lazos emocionales que tienen las personas entre sí. Pues desde que el mundo es mundo, siempre se han contado historias junto al fuego que ayudaban no solo a coger el sueño, sino también a compartir y construir la cultura de una comunidad.

 

Leer en voz alta estimula la memoria en niños y ancianos, además de mejorar su nivel de bienestar

 

Una de las personas que más ha indagado en las virtudes de esta lectura en voz alta es Colin MacLeod, psicólogo de la Universidad de Waterloo en Canadá, quien ha demostrado a base de investigaciones que aquellas personas que lo practican recuerdan mucho mejor las palabras y los textos si los leen en voz alta. En ese sentido, se trata de un efecto que estimula la memoria que tiene una fuerte influencia sobre todo en los niños, pero también para las personas de edad avanzada. «Es beneficioso para cualquier rango de edad», asegura un artículo sobre el tema de la ‘BBC‘.

«Efecto de producción»

MacLeod ha denominado a este curioso fenómeno «efecto de producción», refiriéndose al hecho de ‘producir palabras escritas‘, es decir, leerlas en voz alta. Así quedó demostrado en un estudio realizado en Australia en el que un grupo de niños de siete a diez años leyeron una lista de palabras, algunas en silencio y otras en voz alta. Cuando posteriormente se les preguntó por aquellas que recordaban, aquellos que leyeron en voz alta recordaron el 87% de los términos, mientras que los que las leyeron en silencio solo pudieron llegar al 70%.

 

La memoria asocia un acto concreto e inédito con aquellos datos o términos que has memorizado

 

De algún modo, este fenómeno recuerda al conocido truco de estudiar preguntándose la lección a uno mismo. Como vienen demostrando los estudios y los profesores especialistas en la materia, la dicción en voz alta no solo sirve para los niños, sino también para los adultos. En otro estudio, se reunió a ungrupo de adultos de 67 a 88 años a los que se les pidió leer en voz alta una serie de palabras que más tarde deberían recordar y escribir con bolígrafo en un papel. De esta forma, pudieron recordar el 27% de las palabras que leyeron en voz alta, mientras que los que leyeron en silencio solo pudieron memorizar un 10%.

«Las palabras habladas destacan sobre las que se leen en silencio, se distinguen de ellas porque se dicen, y esto le da una base para que entren a formar parte de la memoria», explica MacLeod. Otra de las causas de este curioso efecto es porque involucra a la persona en una participación activa, que aunque sea mínima, existe. Al fin y al cabo, las palabras adquieren vida con la voz y no con el silencio.

Otro de los trucos para memorizar datos y detalles concretos es el de promulgación. Por ejemplo, si haces rebotar una pelota y por cada bote que da pronuncias una serie de palabras, estas posteriormente serán recordadas debido a la relación del bote de la pelota con ellas. La memoria asocia un acto concreto que se desprende de la actividad cotidiana o que es inédito con aquellos datos o términos que has memorizado.

¿Y escuchar atentamente la lectura de otra persona? Un estudio de la Universidad de Perugia en Italia reunió a un grupo de estudiantes para que leyeran a un conjunto de ancianos aquejados de alzhéimer durante un total de 60 sesiones. Al final del estudio, los oyentes sacaron mejores resultados en pruebas de memoria que antes del experimento, ya que las historias que les contaron les hicieron recurrir a sus propios recuerdos e imaginación, ayudándoles a clasificar las experiencias pasadas de una manera secuencial. «Escuchar activamente una historia conduce a un procesamiento de la información más intenso y profundo«, concluyeron los autores del estudio.

Mayor bienestar

Para muchos de los encuestados en todos estudios, leer en voz alta no solo mejoró su capacidad cognitiva, sino que también les deparó un mayor índice de bienestar, consuelo y lo más importante: un sentido de pertenencia. «Algunos participantes que hablaron sobre esta experiencia afirmaron que se sintieron agradecidos, como si la historia fuera un regalo de su tiempo, de su atención, de su voz», asegura Sam Duncan, un investigador del University College de Londres que dirigió un estudio realizado a más de 500 personas de todo Reino Unido. «Esto es lo que apreciamos cuando leemos cuentos a los niños, se basa en una sensación de cercanía y unión. Es algo que no hacemos demasiado con los más ancianos».

¿Por qué nos acostumbramos tan rápido a leer en silencio? Según Karenleigh Overmann, arqueóloga cognitiva de la Universidad de Bergen, en Noruega, por una cuestión de rapidez y agilidad mental. «La capacidad de leer en silencio ha tenido grandes ventajes, sobre todo, la velocidad», explica. «Leer en voz alta es un acto que ralentiza tu habilidad para leer de forma rápida». Tal vez ahí resida otra de las particularidades de su efecto. En un mundo tan acelerado como en el que vivimos, no estaría de más conceder unos minutos al día a la lectura lenta, atenta y en voz alta. No solo por un mero favor a nuestra capacidad de memorización, sino también para compartir y estar más cerca de aquellas personas a las que queremos y nos rodean. Y que en último término, estarían encantadas de escuchar la historia de principio a fin.

 

ACyV

 

Rafael Bengoa: Hemos infantilizado a la sociedad diciéndole no te ...

En nuestro país, Rafael Bengoa es reconocido como uno de los ‘padres’ de Osakidetza (el sistema de salud vasco); fuera, como uno de los asesores del expresidente Barack Obama en su icónico plan de reforma sanitaria Obama Care. “De la Administración estadounidense”, precisa al otro lado del teléfono desde su confinamiento en Algorta (Vizcaya), “que si no parece que yo tomaba café con Obama todos los días”. Reconocido experto internacional en gestión sanitaria, estos días el doctor Bengoa no para de atender llamadas de funcionarios y periodistas de todo el mundo con la misma consulta incómoda sobre el nuevo coronavirus: “Todos me preguntan: ¿qué tenemos que hacer para no acabar como España?”.

Así que le preguntamos, ¿qué debe hacer España para no volver a acabar como España? La respuesta corta suena simple: “Necesitamos un nuevo sistema de salud pública”. Y si alguien todavía duda, tan solo necesita buscar “sanitarios con bolsas de basura” en internet. En León, Talavera, Granollers, Málaga o en el propio Ifema de Madrid. Las bochornosas imágenes de personal médico y de enfermería enfundado en plásticos de andar por casa se quedarán grabadas en nuestra memoria colectiva. En el momento de la verdad, les dimos aplausos en los balcones y sacos de polietileno en los hospitales.

Pero el debate es mucho más amplio y complejo que guantes y mascarillas, advierte el exconsejero independiente de Sanidad y Consumo en el Gobierno vasco de Patxi López (2009-2012) y con más de 14 años de experiencia en la OMS. Las residencias de ancianos, los enfermos crónicos, la responsabilidad ciudadana… Esta pandemia nos obliga a replantearnos nuestro modelo de sanidad y tenemos una breve ventana de oportunidad para ello: la que transcurre entre que se diluye la sensación de amenaza y la inercia de recuperar el pulso planetario justo donde lo dejamos. ¿Cuánto lograremos cambiar en ese breve lapso de lucidez?

 

PREGUNTA. Cuando hablamos de “un nuevo sistema de salud”, ¿de qué tipo de reforma estamos hablando? ¿Cree que se necesitan muchos cambios?

RESPUESTA. Lo primero, necesitamos no volver a cometer el error de solo invertir cuando la emergencia es inevitable y no entre epidemias. En las últimas tres décadas, hemos tenido un brote con ganas de ser pandemia cada cinco años —polio, ébola, SARS, MERS, H1N1— y eso va a seguir pasando. Lo que no puede seguir pasando es que nos pille con un sistema debilitado y menor capacidad de respuesta. Pero, además, la necesaria reestructuración del sistema de salud español ya nos hacía falta antes de la epidemia, para el día a día. Tenemos que dejarnos de debates políticos estériles y preguntarnos técnicamente, ¿qué sistema necesitamos?

  1. Entonces, comencemos por lo básico. Cuando fichó por la Administración de Barack Obama en 2013, aseguró entonces que su misión era enseñarles precisamente lo que no debían copiar de nuestro país. ¿Qué no debería copiar ahora España de España?
  2. Nuestro modelo tiene una serie de fortalezas: una sólida cobertura, excelencia en clínica y enfermería, un sistema MIR poderosísimo —probablemente, uno de los mejores de Europa—, buen acceso tecnológico. Pero tenemos una serie de debilidades. Cada vez que oigo a un político decir que tenemos uno de los mejores sistemas de salud del mundo, pienso, «sí, en atención de agudos». Esto nos ha venido muy bien en esta crisis con cuadros brutales. Pero no tenemos un buen sistema de enfermos crónicos y sabemos que un 40% de los españoles tiene algún tipo de enfermedad crónica (insuficiencias respiratorias o cardíacas, diabetes, hipertensión, obesidad, salud mental), muchos de ellos con dos o más patologías, y no todos personas mayores. Esto provoca muchos ingresos y ocupación de camas, mucho gasto farmacéutico y de recurso humano. Y es algo que podemos cambiar con tecnología, con educación, con autogestión. Sabemos cómo hacerlo.
  3. Precisamente, esos enfermos con patologías previas y los mayores han sido las principales víctimas de la enfermedad y sus complicaciones. La situación en las residencias ha sido dramática.
  4. Esa es otra gran debilidad de nuestro sistema de salud: la separación entre servicios sociales y sanitarios. Una separación nefasta que hace que no tengamos ni a los crónicos ni a los mayores en el radar. Y en esta crisis hemos visto que, definitivamente, no les teníamos en el radar. Este es otro elemento importante que hay que corregir.

 

  1. En esta crisis ha vuelto a hacer más visibles los dos grandes debates de fondo en nuestra sanidad. El primero, la tensión entre las comunidades autónomas y el Gobierno central. Hemos visto falta de coordinación, caos en la cifras y en las compras conjuntas de material, reproches. ¿Debemos revertir la descentralización?
  2. Los resultados en España con la descentralización han sido más positivos que negativos cuando vemos los resultados [de impacto] en la población. Pero sí es necesaria una radical desburocratización del sistema de salud, ya sea en un modelo centralizado o descentralizado. Yo apuesto por lo segundo, que es el modelo que nos hemos dado todos. No asocio burocratización con descentralización.

La epidemia ha mostrado que se puede contratar a mayor velocidad, que no son necesarias todas esas etapas y trabas burocráticas cuando tienes que hacer una compra desde un hospital o cualquier Administración. No volvamos a un modelo burocrático que no permite a ningún gestor gestionar su hospital de forma normal, sus recursos humanos, las contrataciones, las compras tecnológicas ni nada. Al salir de la epidemia, podemos mantener cosas que hemos aprendido que mejoran la coordinación entre lo político, lo gestor y lo profesional.

  1. El otro gran debate es entre la sanidad pública y la privada. En su día, usted fue muy crítico con los movimientos de privatización en varias comunidades y advirtió del impacto que esto iba a generar. ¿Cree que ha llegado el momento de renacionalizar?
  2. Siempre he hablado técnicamente, no ideológicamente, desde una situación personal de independencia política. Y creo que se puede tener una buena complementariedad entre lo público y lo privado, pero que el dinero público tenga como prioridad la infraestructura pública. No hace falta un sistema hiperregulando para que la [medicina] privada no exista. Simplemente, hay que dejar que la privada se mueva en un modelo de mercado, como se mueven otras cosas. Creo que este debate público/privado, que tomó cuerpo en Madrid, ha dado más calor que luz y no creo que sea un debate útil en esta siguiente etapa. Necesitamos un sistema público resiliente, muy fuerte, complementado por lo privado.

Se infectan y en cuanto se recuperan vuelven a los hospitales. ¿Qué tipo de fuerza vital hay detrás de ese comportamiento?

  1. Hemos sido testigos de escenas dantescas en los hospitales. Sanitarios sin medios, instalaciones colapsadas, falta de personal. Esto ha sido un ‘shock’ para muchos, después de tantos años escuchando a los políticos hablar sobre la fortaleza de nuestra Sanidad. ¿Nos hemos dormido en los laureles de los índices y los ‘rankings’?
  2. Sin duda. Pero cuando veo al personal sanitario luchar contra la infección en primera línea casi sin medios, me hace preguntarme qué es lo que mueve éticamente, moralmente, a estos clínicos y enfermeras para hacer lo que están haciendo. Algunos se infectan y en cuanto se recuperan vuelven a atender a los hospitales. ¿Qué tipo de fuerza vital hay detrás de ese comportamiento? Eso lo habíamos subestimado. Una capacidad que teníamos implícita en el sistema. Y ahora estamos viendo que es gracias a esa fuerza moral —no tanto a la estructura, a los ventiladores o respiradores— que se está sosteniendo el sistema estos días. Eso es algo que no se puede medir, pero que no podemos seguir subestimando, tampoco en términos de sueldo y condiciones. Ellos llevan años avisando de que el sistema no está a la altura.

 

  1. La pandemia no solo ha evidenciado las carencias nacionales, sino que también ha expuesto las severas limitaciones de la gobernanza sanitaria global. ¿Qué se puede hacer?
  2. Hay que ir al error de partida. Después de la epidemia del SARS en 2004-2005, se creó en la OMS una unidad llamada GOARN [Global Outbreak Alert and Response Network – Red de Alerta y Respuesta Global de Brotes] para intervenir rápidamente ante cualquier brote epidémico. No podemos vivir en un mundo en el que cada país tiene que reaccionar de forma individual a cada amenaza que surja. Necesitamos un ‘swatt group’, una fuerza táctica internacional, para poder intervenir localmente en cualquier parte del mundo y no estar esperando un mes o dos meses que alguien informe a la OMS. Eso es demasiado tarde.
  3. ¿Y qué es lo que nos espera en lo inmediato?
  4. Dentro de unas semanas, comenzará la fase de intermitencia en el aislamiento social. La bajada de infectados y muertos permitirá al Gobierno reducir en parte el aislamiento social. No vamos a poder en un buen tiempo hacer manifestaciones, grandes partidos de fútbol o mítines políticos —como ese famoso fin de semana—. Pero sí veremos mucha gente volviendo al trabajo y reuniones en pequeños grupos si conseguimos suficientes test rápidos. No va a ser de repente toda la población. Va a ser parcial, poco a poco, a través de varios meses. Y veremos nuevos elementos, como el certificado que plantean en varios países como Alemania. No descarto que empecemos a darlo también nosotros. Al final, mientras no tengamos vacuna —parece que probablemente antes de que finalice el año—, va a haber episodios de intermitencia con aislamiento social, aplanar curva y soltar lastre.

Hemos desresponsabilizado a todo el mundo. Hay quien piensa que la misión del sistema es curarle pese a su comportamiento vital

  1. Se ganó muchas críticas cuando dijo que el ciudadano debe ser “corresponsable de la gestión” y mire ahora, todos arrimando el hombro encerrados en casa. ¿Hemos aprendido algo?
  2. Hay que separar el comportamiento cívico en la epidemia —que está siendo ejemplar— del comportamiento social previo. Fuera de la lógica epidémica, los ciudadanos deben de comprender que el sistema de salud tiene sus límites y siempre los va a tener, por mucho que inviertas. Cada persona debe asumir más responsabilidades sobre su propia salud y, desde jóvenes, entender que su comportamiento tiene consecuencias sobre todo el sistema.

Eso no se arregla con copagos. No me opongo a ellos por razones ideológicas, me opongo porque no es una buena solución, ni de financiar el sistema ni de cambiar comportamientos. Los comportamientos se trabajan desde el ámbito educativo y familiar. Hemos infantilizado a la sociedad diciéndole «no te preocupes, el sistema se va a ocupar de todos». Y en esa infantilización hemos desresponsabilizado a todo el mundo y hay gente que piensa que la misión del sistema es curarle pese a su comportamiento vital. La transformación del sistema de salud también tiene que ser social.

 

  1. Estados Unidos podría acabar siendo el país del mundo con más fallecidos por causa del covid-19. ¿Cree que esta crisis podría zanjar definitivamente el debate sobre la sanidad pública?
  2. Los países como Estados Unidos que no tienen cobertura universal, lo van a pasar mucho peor que nosotros. En EEUU, hay unos 27 millones de personas sin seguro, y muchos de los que sí tienen seguro no están cubiertos para este tipo de virus. En la era pre-Obama, sabíamos que el 63% de las bancarrotas en el país era por facturas clínicas, no por malos negocios. El Gobierno de Obama corrigió eso en parte, ampliando la cobertura a millones de americanos. Pero Trump lleva varios años intentando minar los avances que había logrado el Obama Care y ahora el coronavirus se encuentra con un sistema de salud incompleto y muy vulnerable. Con 100.000 o 200.000 muertos, que son las estimaciones de la Administración, muchos americanos se van a preguntar «qué ha pasado aquí».

Y no solo en Estados Unidos. En Francia, en Reino Unido, en nuestro propio país, va a haber una mayor sensibilización social hacia la necesidad de reforzar la salud universal. No me quiero imaginar qué habría pasado en España sin un sistema de salud público.

ENRIQUE ANDRÉS PRETEL

 

Resultado de imagen de CÓMO LIDIAR EN TU TRABAJO CON UN COMPAÑERO DESMOTIVADO, SEGÚN UN EXPERTO

Cada persona es un mundo, y aunque sientas que deberían actuar de otra forma, el primer paso es ser realista. Un experto en contratación aporta claves para afrontar la situación

“El mal tiempo no existe, tan solo una mala elección de vestimenta”, dice un viejo proverbio noruego. Si extendemos la metáfora al mundo laboral, podemos notar que un mal ambiente en el trabajo puede ser muy perjudicial a la hora de alcanzar los objetivos propuestos por la empresa. Efectivamente, si estás dentro de una plantilla en la cual tus compañeros o empleados se sienten desmotivados, las jornadas se harán más difíciles y pesadas. Sin embargo, poca gente puede asegurar que ama su trabajo: según las estimaciones globales, solo un 13% de las personas reconoce sentir pasión por lo que hacen, lo que contribuye a generar un mercado con baja productividad.

Sobre todo, en España. Los últimos datos de Eurostat reflejan que la productividad española es un 6% inferior a los países de la eurozona. Un fenómeno llamativo que además se relaciona con el descenso de las tasas de desempleo, ya que cuanta más baja es la eficiencia por trabajador más personas se necesitarán contratar, de ahí que cuando crezca el número de empleados la productividad se encuentre en declive.

Aunque estén predispuestos a trabajar por debajo de sus posibilidades, eso no quiere decir que su desempeño sea inadecuado o incluso bueno

Por tanto es lógico que, de estar más motivadas, las personas desempeñarían mejor su trabajo y con ello la productividad aumentaría, ya que muchas veces el amor por lo que haces garantiza un éxito profesional más que tus habilidades concretas por las que te contrataron. A la hora de reclutar, las compañías siempre prefieren a un trabajador que sepa hacer las cosas con facilidad y aplomo antes que tener que formarle, o bien animarle. En los últimos años hemos visto cómo las llamadas ‘soft skills’ han cobrado una gran importancia en los procesos de contratación: saber trabajar en equipo y tener un espíritu colaborativo es mucho más útil y eficiente que tener muy buenos conocimientos sobre el desempeño y actuar de forma individual y aislada.

“Teniendo en cuenta que los empleados desmotivados conforman el 87% de la fuerza productiva, este no es un problema que se deba ignorar”, admite Tomas Chamorro-Premuzic, experto en Recursos Humanos y reclutador de talentos, en un artículo muy interesante sobre el tema publicado en la ‘Harvard Business Review’. “Al final, seguro que tienes que lidiar con esta clase de personas, seas jefe o empleado. Pero seguramente tengas más éxito si desarrollas herramientas para convertir su falta de motivación en una gran fuerza productiva”.

Chamorro-Premuzic ha elaborado una serie de consejos para conseguir sacar el máximo partido a este tipo de trabajadores, que como hemos visto, son mayoría. Tanto si tienes compañeros que están muy poco conectados al día a día y te cuesta convivir con ellos, como si eres jefe y tu equipo apenas tiene motivación, lo más importante es no ser catastrofista y empeorar la situación.

“Básicamente, porque aunque estén predispuestos a trabajar por debajo de sus posibilidades eso no quiere decir que su desempeño sea inadecuado o incluso bueno”, asevera el experto. De igual modo, si te obsesionas creyendo que deberían actuar de otra forma, tu equipo o ambiente de trabajo puede empeorar, ya que ante todo hay que ser realistas y ver las cosas como son.

Órdenes concretas

Desde el punto de vista de los jefes, lo mejor en estos casos es actuar de una forma fría y objetiva. “El trabajo es trabajo, debe ser concreto y estar dirigido a cumplir una serie de tareas, no tienes que ganarte su corazón o sus mentes”, aconseja el experto. En su lugar, deberás actuar de una manera lo más formal posible, sin perder los papeles ni intentar involucrarles en el espíritu de la empresa. Para conseguir motivarles, lo mejor es que lo hagas a través de incentivos externos, ya que si por dentro sienten que no están inmersos en el día a día de la compañía, por mucho que te esfuerces no vas a conseguir nada.

Si tu empleado tiene aspiraciones muy altas y no eres capaz de dárselas, correrá más riesgo de quemarse

“Mientras que un empleado motivado no puede tener ninguna razón para trabajar al cien por cien de sus capacidades, los trabajadores desmotivados serán más propensos a seguir tus órdenes”, explica Chamorro-Premuzic, lo que quiere decir que deberás hacer un esfuerzo extra a la hora de encargarles sus tareas y siempre mantenerles ocupados. No esperes que tengan una buena idea, hay que dársela.

Por otro lado, nadie en este mundo sufre una carencia absoluta de talento o de capacidades. El experto incide en el hecho de investigar qué es lo que mejor se le da a cada trabajador o en qué área de la empresa podría mostrar más signos de motivación. “Si quieres ganar el respeto y la confianza de una persona desmotivada, necesitarás entender primero quiénes son, qué buscan y cuáles son sus intereses”, asegura. “Presta atención en lo que les hace buenos trabajadores o les hace sentir especiales”. En definitiva, búscales un hueco en el que se sientan más seguros y confiados dentro de la pirámide organizacional de la empresa.

Otro de los consejos que aporta Chamorro-Premuzic es saber mantener bien las distancias. Si tienes un trabajador o compañero desmotivado en tu compañía, lo mejor que puedes hacer es no agobiarle, de lo contrario producirás un efecto contrario al deseado. Y, en este sentido, “si las organizaciones están siempre interesadas en mantener y subir la productividad, entonces se debería actuar con una perspectiva de inclusión pero también de diversidad, y con ello aceptar las circunstancias personales de cada uno sin interferir en ellas”.

En definitiva, “si tu empleado tiene aspiraciones muy altas y no eres capaz de dárselas, correrá más riesgo de conformarse con el trabajo medio que hace, por lo que acabarás eliminando su capacidad creativa o espíritu crítico, lo que le condenará a estar quemado”. De esta manera, es mucho mejor tener a unos cuantos trabajadores desmotivados y formar en ellos la inquietud por el trabajo que disponer de empleados con muchas expectativas que poco a poco van perdiendo sus ganas.

  1. ZAMORANO

 

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  • Una capacidad cada vez más valorada en los procesos de selección profesionales

Las emociones forman parte de la condición humana. ¿Pero cómo se gestionan en el trabajo? Varios estudios constatan que la inteligencia emocional es un recurso laboral indispensable en los contextos profesionales, especialmente a la hora de liderar equipos de trabajo competentes.

«El funcionamiento de un equipo depende, en gran medida, de la capacidad de sus miembros para gestionar las emociones», señala Edgar Breso, profesor colaborador de los Estudios de Economía y Empresa de la UOC. Con más de 15 años de experiencia formando equipos en todo el mundo, constata que «las empresas contratan a las personas a partir de sus competencias técnicas, pero las despiden por falta de competencias emocionales». Para Breso, «la inteligencia emocional se está convirtiendo en la competencia laboral clave».

Sin embargo, el experto alerta de que cuando hablamos de inteligencia emocional solemos centrarnos únicamente en una de sus ramas: la gestión emocional. Sin embargo, saber gestionar las emociones no es lo único que tiene que hacer una persona inteligente emocionalmente.

También hay que saber interpretar las emociones de los demás. Y este es un aspecto clave en una entrevista de trabajo: «La variable que nos ayudará a demostrar al entrevistador que somos competentes en este ámbito es la percepción emocional, es decir, la capacidad que tengamos para leer las emociones de nuestro interlocutor, porque solo así seremos capaces de adaptar o gestionar nuestras propias emociones y tener éxito», expone el profesor colaborador de la UOC.

Por su parte, Mireia Cabero, profesora colaboradora de los Estudios de Economía y Empresa de la UOC, opina que «cada vez se ponen más en valor las habilidades blandas (soft skills) en los procesos de selección por competencias». «Sabemos que las competencias técnicas deben ir acompañadas de las emocionales para poder proporcionar un alto rendimiento. Por lo tanto, una entrevista de trabajo es un pequeño laboratorio para corroborar si la persona tiene la competencia emocional que su puesto de trabajo necesita».

Y no solo los reclutadores valoran las competencias emocionales a la hora de seleccionar trabajadores para la empresa. Según un estudio, el 71% de los trabajadores valora más la inteligencia emocional que el coeficiente intelectual.

Entender conductas

Un trabajador con inteligencia emocional será una persona «empática», que sabrá «entender mejor las necesidades y las conductas de sus compañeros, clientes, proveedores, etc.», explica Breso. Y no solo eso, sino que también será «más competente a la hora de procesar información y tomar decisiones», tal como avalan los estudios realizados en el ámbito de las neurociencias. Cabero añade que «el bienestar emocional sustenta el alto rendimiento profesional, porque no es posible que el cerebro racional y creativo trabaje en alto rendimiento si emocionalmente no estamos bien».

«Un trabajador que sepa manejar bien sus emociones y leer las de los demás percibirá beneficios interiores, sociales y laborales», apunta la psicóloga. Los beneficios interiores se traducen en que estará «motivado, disfrutará del día a día en el trabajo y experimentará un estado de bienestar», considera Cabero.

Las ganancias sociales serán que aportará «positividad y serenidad, disfrutará del trabajo en equipo, será legitimado y bien recibido por sus compañeros y, en caso de que sea directivo, le será más fácil generar contagio emocional positivo». En el ámbito laboral, conseguirá «más concentración, más creatividad, más aceptación de los errores, una atención al cliente de más calidad y un rendimiento más alto», dice Cabero, experta que lidera, precisamente, un movimiento dedicado a la cultura emocional pública, un proyecto que se lleva a cabo en la incubadora Hubbik de la UOC.

El Economista

 

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¿Existe una explicación de la ciencia o de la psicología para sentirnos enamorados?

A todos nos ha pasado, conocemos a «alguien especial» y nos hace sentir que “estamos subidos en una nube”. El corazón late más rápido, sudan las manos, insomnio, mariposas en el estómago, ansias por volver a ver a esa persona, sube la presión arterial y se libera azúcar en la sangre para aumentar la capacidad muscular.

Pero, ¿por qué nos enamoramos? ¿Existe una explicación de la ciencia o de la psicología para sentirnos enamorados? El enamoramiento parece ser que sobreviene cuando el cerebro se inunda de una sustancia llamada feniletilamina que provoca la

secreción de una serie de neurotransmisores en cascada:

 

  • Noradrenalina:sensación de euforia y excitación

 

  • Norepinefrina:excita al cuerpo proporcionando adrenalina natural, provoca que el corazón lata más fuerte y aumente la presión sanguínea.

 

  • Dopamina: responsable de los mecanismos de refuerzo del cerebro, es decir, de la capacidad de desear algo y de repetir un comportamiento que proporciona placer y,

 

  • Oxitocina: además de estimular las contracciones uterinas en el parto y hacer brotar la leche, parece ser un mensajero químico del deseo sexual.

 

Estos compuestos combinados hacen que los enamorados puedan permanecer horas haciendo el amor y noches enteras conversando, sin sensación alguna de cansancio o sueño. Por ello, a menudo nos obsesionamos con las personas que nos gustan, porque nos volvemos “adictos” a cómo nos hacen sentir. Pero, ¿qué activa estos procesos, qué hace que nuestro cerebro se fije en un tipo de persona y no en otra?

 

No todo es química en el amor, según el psicólogo Esteban Cañamares la atracción física es uno de los aspectos que influyen de forma determinante. «Se suelen buscar los tipos físicos representados en nuestra familia. También somos más proclives hacia las personas que nos recuerdan en alguna cualidad a nuestros progenitores y es frecuente que la persona en la que nos fijamos pertenezca al mismo nivel sociocultural y económico”.

 

Clara Molina, en su libro “Emociones expresadas, emociones superadas” apunta como factores a tener en cuenta, tanto la ‘química del amor” como todo lo relacionado con los valores y creencias, las necesidades o los gustos de ambas partes (cuanto más en común se tenga. El mayor poder estimulante corresponde a los sentimientos más que a las simples sustancias por sí mismas, aquellos sí que pueden activar la química pero no en sentido contrario.

 

El enamoramiento evoluciona a lo largo del tiempo y al cabo de dos o tres años los neurotransmisores no producen en nosotros las mismas sensaciones que antes. El organismo se habitúa a los efectos del cóctel químico y llega la fatídica frase “es que ya no siento lo mismo”. La etapa de excitación, euforia e inseguridad es seguida de una segunda fase de seguridad, calma y equilibrio que podemos denominar de pertenencia, la locura de la pasión decrece gradualmente dando paso a un amor más sosegado.

 

Tras la bajada de feniletilamina hemos de luchar por que el proceso deje de ser solo químico. Para conservar la pareja es necesario buscar mecanismos socioculturales, buena convivencia, costumbre, intereses mutuos, etc., si no es así llegará la insatisfacción, la frustración, la separación e incluso el odio…

 

Resultado de imagen de CINCO FRASES MÁS ÚTILES QUE DECIR "LO SIENTO" SI TE EQUIVOCAS EN TU EMPLEO

¿Has obrado mal y no es la primera vez? Si ya no puedes volver a decir «perdón» y no sabes cómo hacer para que recuperen la confianza en ti, lee atentamente

Todos somos humanos y cometemos errores. Al final, lo principal es reconocerlos y disculparte. Nos puede pasar con nuestra pareja, amigos o familia. También en el trabajo. Pasar juntos tantas horas sin duda hace que muchas veces salten las chispas y acabemos diciendo cosas que no queríamos. Tampoco hace falta que se origine una discusión. Muchos empleados tienen verdadero pánico a admitir que han hecho mal delante de sus jefes.

Y a veces tampoco basta con un «lo siento». Sobre todo cuando no es la primera ocasión que sucede. De tanto decir estas dos palabras pueden acabar desgastándose y el enfado de tu jefe irá a más. ¿Cómo demostrarle que no eres perfecto y que debe perdonarte, aunque sea otra vez? Independientemente del cargo que ostentes, debes confiar primero en ti mismo para transmtir esa confianza a los demás.

Si te están explicando algo que no entiendes y dices ‘perdón’, parece que estás reflejando tu falta de inteligencia a la hora de comprender

Si acabas de tener un fallo, hacer ver de la mejor forma que te has equivocado y realmente estás arrepentido. La revista ‘Business Insider’ ha hablado con expertos del mundo empresarial para saber qué responder o qué hacer en caso de haber metido la pata y que tu responsable no te quiera hacer el finiquito inmediatamente.

«Gracias por tu paciencia»

Es de bien nacidos ser agradecidos. Muchos de nosotros usamos la palabra «perdón» como prólogo a una demanda o petición. Por ejemplo, a la hora de pedir la hora: «Perdona, ¿qué hora es?». Sin embargo, esta excusa es totalmente falsa, solo funciona de amortiguador antes de pedirle algo a otra persona. Lo mismo ocurre con «lo siento».

Los buenos líderes no se disculpan por sus puntos débiles, sino que buscan los recursos necesarios para encontrar la solución al problema

«Cuando comienzas pidiendo algo y dices ‘lo siento’, parece que no estás del todo seguro de tu petición y eso no inspira nada de confianza a tu interlocutor, además de ser poco serio», explica Lauren McGoodwin, fundadora y directora ejecutiva de una empresa de Recursos Humanos. Por ejemplo, si llegas tarde a una reunión o no respondiste a un correo electrónico de inmediato porque estabas distraído. «No necesitas disculparte, tan solo reconocer que la otra parte tuvo que esperar», asegura la experta. Por ello, mejor usa la construcción: «Gracias por su paciencia», y continúa con lo que sea que estés haciendo sin darle más importancia.

«¿Puedes aclarar a qué te refieres?»

Muchas veces tenemos la mente en otra parte cuando estamos en mitad de la jornada laboral. Es inevitable, la concentración a lo largo del día falla y no siempre podemos estar al cien por cien. «Si no comprendes una tarea, instrucción o idea que te está siendo planteada por un jefe o compañero, pide más información o que lo aclare más aún», aconseja Cait Scudder, una coach de negocios para mujeres emprendedoras. «Si dices ‘perdón’ parece que estás reflejando tu falta de inteligencia a la hora de comprender la información ofrecida, cuando no es el caso. En general, es mucho más enriquecedor pedir que te expliquen mejor las cosas a quedar como un absoluto despistado o alguien que no entiende nada».

«Estaba equivocado…»

Sebena Gill, una directora ejecutiva norteamericana, cree que cuando no logras cumplir con tu trabajo o llegar a tiempo a una entrega de proyecto, lo mejor es hacer como que se trata de un problema grave. Parece contraproducente, pero funciona. Si expresas tu defecto de una manera un tanto grandilocuente, te será más fácil persuadir al final. Claro que debes hacerlo bien. Una forma óptima para tener éxito es, lo primero, reconocer que estabas equivocado («Ha sido culpa mía»), explicar la intención que tenías («Creía que debía hacer…») para más tarde proporcionar una solución alternativa que llevar a cabo a continuación («He pensado que tal vez podría…»).

«Es mi culpa, necesito ayuda»

También puede suceder que aquella tarea que te encargaron y que debías terminar satisfactoriamente no salga como esperas o deseas. Es bastante común, y en ese caso, lo mejor que puedes hacer es pedir ayuda. «A menudo, si sentimos que no podemos completar un proyecto, nuestro instinto inicial nos aconseja disculparnos y convertirlo en una especie de fracaso personal», continúa Gill. Los buenos líderes no se disculpan por sus puntos débiles, sino que buscan los recursos necesarios para encontrar la solución al problema. Se sienten verdaderamente cómodos pidiendo ayuda».

«Vamos a resolver esto»

No importa lo muy cualificado que creas que estás en tu trabajo o cuánto adores lo que haces, siempre va a haber conflictos. De hecho, la forma en que sorteas los obstáculos e impedimentos dice mucho sobre tus habilidades de liderazgo y lo flexible que puedes llegar a ser en el calor de una discusión. No es razonable pensar que todos estarán de acuerdo contigo.

Cassandra Rosen, presidenta ejecutiva de una afamada empresa de software, asegura que no es nada inteligente disculparse siempre por tener un determinado punto de vista, de lo contrario, tu opinión nunca será valorada. Ella aconseja restarle emoción y dramatismo a la situación. Al final, todos remáis en la misma dirección, por lo que si surge un conflicto lo mejor que puedes hacer es dejar patente tu voluntad de seguir todos juntos con ello: «Vamos a conseguirlo» puede ser un buen inicio.

  1. ZAMORANO

 

Resultado de imagen de LA IDEA DE QUE NUESTROS GENES NOS DEFINEN ES ENGAÑOSA Y PELIGROSA

Es uno de los mejores divulgadores científicos actuales y tiene nuevo libro sobre cómo un óvulo fecundado se convierte en un ser humano: la respuesta es más asombrosa de lo que parece

 

¿Y si ‘Frankenstein’ hubiera sido sutilmente malinterpretado, también por Mary Shelley? Es lo que parece si comparamos las dos introducciones que escribió para el clásico, la de su primera edición anónima de 1818 y la publicada ya con la firma de su autora en 1831, tras el tremendo éxito de la novela. Las numerosas referencias que en la segunda introducción mencionan los peligros de «jugar a ser Dios» -moraleja canónica del libro hasta hoy- están prácticamente ausentes en la primera. Es como si Shelley hubiera alineado años después su obra con la opinión general, a la manera en la que la sociedad la había entendido gracias en gran parte a las simplistas y muy populares adaptaciones escénicas. Defiende Philip Ball que «la idea de que ‘Frankenstein’ es el texto fundamental contra la arrogancia científica es, en gran medida, una visión del siglo XX. Esto no significa que ‘entendiéramos mal’ ‘Frankenstein’, o al menos, no simplemente eso. Significa más bien que necesitábamos una historia admonitoria para lidiar con nuestras confusiones y ansiedades sobre la vida y sobre cómo crearla y cambiarla«.

El británico Philip Ball (1962) es uno de los mejores, y más prolíficos, divulgadores científicos de la actualidad. Químico en el University College de Londres, fue editor de Nature, colabora en New Scientist y ha firmado una decena de títulos que demuestran su curiosidad insaciable y ecléctica, desde una biografía del agua a la historia del color pasando por las veleidades nazis de grandes prohombres de la física cuántica (todos ellos publicados en nuestro país por Turner). Su último libro es ‘Cómo crear un ser humano’, traducido por Irene de la Torre, un fascinante recorrido por todo lo que ocurre desde que el espermatozoide y el óvulo se encuentran y que solemos resumir prosaicamente perdiéndonos así las maravillas de ciencia ficción que se suceden a continuación. También resume y discute los últimos avances científicos sobre las posibilidades reales de crear ser humanos en laboratorios o acerca de la inmortalidad. Y todo atravesado por una crítica tan implacable como irónica a las historias que los científicos cuentan sobre su tarea. Historias que pueden, como le ocurrió a ‘Fankenstein’, fijar injustamente explicaciones pueriles, limitadas o directamente falsas.

Le enviamos a Ball unas preguntas por correo electrónico una mañana… ¡y nos responde la misma tarde no precisamente con brevedad! «Seguro que al mismo tiempo ha escrito un par de artículos y tuiteado sin parar», nos dicen desde su editorial.

PREGUNTA. Tengo 42 años. ¿Lograré vivir eternamente (más o menos) gracias a la ingeniería biológica? ¿Podré al menos descargar mi conciencia en una máquina antes de morir? Y si yo no llego a tiempo… ¿lo conseguirán al menos mis hijas mellizas de tres años?

RESPUESTA. Lo siento, pero la respuesta en todos los casos es «no». Creo que la capacidad de desarrollar nuevos tejidos y órganos sí extenderá la vida humana. Entre los hechos más difíciles de superar se encuentran los debidos al cáncer y a las enfermedades neurodegenerativas, pero no hay impedimentos fundamentales que no puedan superarse. Por lo tanto, podría ser posible extender la vida humana significativamente más allá de sus límites actuales, tal vez hasta los 200 años, algo que no es absurdo imaginar. Pero si podemos hacer eso mientras conservamos una buena calidad de vida en la vejez es otra cuestión. Y algunos investigadores creen que puede haber aspectos del proceso de envejecimiento que son bastante fundamentales para nuestra biología y muy difíciles de evitar. En cualquier caso, dudo sinceramente que podamos extender la esperanza de vida indefinidamente tampoco para las vidas de sus hijas.

En cuanto a «descargar» su conciencia en algún tipo de dispositivo computacional… la verdad es que, a pesar de las afirmaciones que a veces se hacen sobre esto, no sé si entendemos bien lo que queremos decir. No existe una teoría científica de la conciencia, y en este momento estamos lejos de tener una. Y no hay absolutamente ninguna razón para creer que nuestra «conciencia» es algo que se puede traducir de manera obvia a bits en una computadora, o que se puede caracterizar completamente por alguna configuración de bits lógicos (unos y ceros). Decir esto no es afirmar que hay algo místico o «no físico» en la conciencia, es solo aceptar que no entendemos lo que es. ¡La idea de que «usted» desaparecerá de su cerebro y se despertará en una computadora es mística y poco científica!

  1. Su libro ataca los relatos que los científicos se cuentan a sí mismos sobre lo que hacen como por ejemplo, el influyente sobre ‘el gen egoísta’. Nuestra especie cuenta relatos, es inevitable, pero esos relatos a veces impiden la llegada de nuevas ideas. ¿Cuál cree que es el relato más nefasto ahora mismo en biología?
  2. Interpretaré «nefasto» como «peligrosamente engañoso», y luego diría que es la idea de que nuestros genes son «la esencia de nosotros», lo que nos define como seres humanos. Este mensaje es impulsado por compañías comerciales de secuenciación del genoma como 23andMe, y también por algunos investigadores en genética: el reciente libro ‘Blueprint’ de Robert Plomin es un ejemplo. Es una visión muy imperfecta. El hecho de que nuestra composición genética influye en nuestra salud, en nuestra personalidad y rasgos cognitivos, es innegable. Pero sugerir que es lo único, o incluso lo principal, es mala ciencia y es peligroso. En el peor de los casos, puede llevarnos a descuidar cualquier consideración de los roles del medio ambiente en nuestras circunstancias y en nuestro futuro: puede convertirse en una receta para decir «bueno, de todos modos, no podemos cambiar nada». Está muy claro, por ejemplo, que el desarrollo del cerebro y los resultados conductuales no están predeterminados por nuestros genes y, por lo tanto, no son predecibles a partir de ellos de forma individual. Sin embargo, me temo que vamos a ver cada vez más sugerencias de que lo son: pruebas genéticas de IQ, por ejemplo, tal vez incluso para su uso en la concepción asistida (FIV). Esto es científico y éticamente incorrecto.

Mi libro se propone demostrar, entre otras cosas, que el desarrollo humano es un proceso complejo que implica mucha contingencia y oportunidad, aunque indudablemente está guiado por la genética.

El desarrollo del cerebro y los resultados conductuales no están predeterminados por nuestros genes

  1. La sombra de la eugenesia planea sobre la biología. ¿Cómo podemos evitar que, en un mundo tan desigual como el nuestro, la posibilidad de crear bebes de diseño superinteligentes sea sólo accesible a los ricos y abra una brecha insalvable con el resto de la población?
  2. No creo que veamos bebés de diseño superinteligentes. Eso se basa en la idea errónea sobre la genética que mencioné en la pregunta anterior. Mi mayor temor es que asistamos a equivocados intentos de diseñar tales cosas, por ejemplo, mediante la selección de embriones después de pruebas genéticas, o incluso a la edición de genes. Pero debido a que la inteligencia está (a) influenciada por muchos genes, cada uno de los cuales tiene una influencia insignificante por sí misma, y ​​(b) de todos modos no del todo bajo influencia genética (quizás alrededor del 50% heredable), es difícil ver cómo podríamos diseñar de manera confiable la inteligencia de un niño. De todos modos, la eugenesia es una preocupación real. Existen problemas difíciles que surgen de los esfuerzos para evitar enfermedades genéticas y disfunciones. Creo que, en general, es muy bueno que tengamos métodos como el diagnóstico genético previo a la implantación de embriones FIV para evitar algunas enfermedades genéticas raras pero desagradables, pero el asunto se vuelve muy complejo una vez que comenzamos a preguntarnos si tales métodos deberían usarse para enfermedades o discapacidades que no amenazan la vida. Entiendo la preocupación de las personas que viven con tales condiciones de que las vean como «indeseables» o que la investigación sobre su condición se marchite.

Y también es una preocupación genuina que algunas de estas tecnologías puedan estar disponibles solo para personas o países ricos. Ya ocurre, por supuesto, con las tecnologías médicas, pero la situación podría empeorar. Creo que necesitamos pautas y regulaciones internacionales claras que busquen un equilibrio entre los derechos de las personas a elegir los tratamientos, y lo que necesitamos para mantener sociedades saludables. Y esto necesariamente implicará compromisos.

No entendemos la conciencia pero eso no significa que sea una ilusión

  1. Critica el protagonismo del gen y reivindica el de la célula. Somos solo una montaña de células y, en principio, de cada célula individual podría surgir otro como yo. ¿La unidad de la conciencia es sólo una ilusión y nada tiene sentido?
  2. Como mencioné antes, simplemente no entendemos la conciencia, y una gran parte de lo que no entendemos es cómo surge como una experiencia unificada de muchos fenómenos cognitivos diferentes. Pero no le veo sentido a llamar a eso una «ilusión». Es lo que todos (casi) parecemos experimentar: ¿cómo puede ser una ilusión el dolor? Sí, somos una colección de células, y creo que esto representa una forma mucho mejor de pensar sobre nuestro ser físico que como una «colección de genes». El yo, me parece, es el resultado de un proceso que involucra genes, desarrollo y cognición, y está cambiando continuamente. Pero eso no quiere decir que sea un concepto sin sentido.

Pero sí, me parece fascinante y alucinante que cualquiera de nuestras células pueda (en principio, ¡no podemos hacer esto en la práctica todavía!) crecer como otro ser. Absolutamente no sería «otro yo», como tampoco lo son los gemelos idénticos. Habría seguido su propio camino de desarrollo, y no menos importante, su cerebro no estaría idénticamente conectado, por lo que ni siquiera sería una «copia exacta». Lo que demuestra otra vez por qué no es una buena práctica identificarnos con nuestro genoma.

  1. «No nos sentimos a gusto en nuestra propia carne”, escribe. ¿Nos conduce eso a buscar en la biología una trascendencia, digamos, religiosa?
  2. No estoy seguro. Para mí, las nociones y sentimientos de trascendencia se relacionan con lo que podemos crear en comunidad unos con otros, para algunos, eso se experimenta a través de la fe religiosa, pero para mí proviene del arte (¡especialmente de la música!). Creo que es un error buscar esas cosas en nuestro ser físico. Aquí hay una conexión con viejos debates sobre el materialismo y si poseemos algo así como un alma inmaterial: estos fueron temas explorados por Mary Shelley en ‘Frankenstein’. No estoy seguro de por qué siempre nos hemos sentido incómodos en nuestra carne, pero creo que se deriva de la misma consideración: ¿cómo puede ser que estas cosas blandas y carnosas sean todo lo que somos? ¿Cómo, de esto, pueden surgir nuestros sentimientos de espiritualidad? Siento cada vez más que es incorrecto ubicar todas esas preguntas en el cerebro: somos la cognición y la conciencia encarnadas, y nuestros cuerpos constituyen un componente profundo de cómo experimentamos el mundo.

Las fantasías del transhumanismo están desconectadas de lo que realmente sabemos sobre el cuerpo humano

  1. La semana pasada se anunció la creación de una “maquina biológica”, un xenorobot. Precisamente, el transhumanismo promete que en unas pocas décadas los seres humanos se fusionarán con las máquinas, tal vez a tiempo de que Trump y Johnson no lo destruyan todo… ¿Esto es ciencia o religión?
  2. Estoy en la afortunada posición de haber conocido de antemano ese trabajo después de haber visitado a los científicos involucrados el verano pasado. El verdadero mensaje de lo que están haciendo aún no se ha hecho evidente, pero estoy ya escribiendo la historia real. ¡Estén atentos! En mi libro me burlo suavemente de algunas de las fantasías del transhumanismo, que me parecen desconectadas de lo que realmente sabemos y estamos intentando hacer con el cuerpo humano. Creo que muchos de los sueños del transhumanismo en realidad se relacionan con impulsos más profundos y casi míticos: la inmortalidad, la trascendencia del sexo, etc. El transhumanismo es un interesante y revelador fenómeno sociológico, incluso si a veces tiene una relación muy tenue con lo que podría ser tecnológicamente posible.

De todos modos, sí creo que vamos a fusionarnos con las máquinas en un grado aún mayor del actual, y también que cada vez vamos a cohabitar más el mundo junto a las máquinas. No temo esa perspectiva en sí misma, aunque ya podemos observar nuevos peligros (en términos de cómo nos comportamos) que pueden surgir de nuestra interacción con las máquinas. Mi sospecha (eso es todo lo que puede ser) es que, dentro de 500 años, lo que significa ser «humano» (si todavía significa algo) será muy diferente. También espero ver algunos cambios profundos y tal vez impactantes a este respecto, incluso en los próximos 30 años, si tengo la suerte de vivir tanto tiempo, y si, como usted dice, nuestros terribles líderes políticos, o el cambio climático, no nos han borrado para entonces.

  1. Si finalmente logramos crear cerebros en tarros… ¿por qué no los enchufamos al modo de Matrix y los dejamos ser felices en paraísos artificiales sin ocuparnos del resto?
  2. Algunas personas sospechan que ya podríamos estar en Matrix, en el sentido, tal vez, de que podríamos ser seres «vivos» en las simulaciones de una computadora súper avanzada. No encuentro sus argumentos convincentes, pero en cualquier caso no me preocupa, no altera lo que pienso, siento y encuentro significativo, y si un súper-ser decide terminar la simulación, ¡No lo sabremos! Me parece muy interesante que el «cerebro en un tarro» se haya convertido en un ícono en la filosofía (a los filósofos les encanta The Matrix). Como señalo en el libro, este es en realidad un viejo debate, que se remonta al menos hasta Descartes.

Pero es sorprendente para mí, y también éticamente desafiante, saber que este escenario se está convirtiendo en algo más que filosófico o de ciencia ficción. Como sabrá por mi libro, he tenido mi propio «mini-cerebro» cultivado de mis propias células en un plato. Era, estoy bastante seguro, no una entidad que tenía alguna conciencia o incluso experiencia, pero era más que una masa aleatoria de neuronas y tenía los inicios crudos de una estructura similar al cerebro. A medida que estos llamados organoides cerebrales se vuelven más complejos, es posible que necesitemos preguntar cómo pensar en ellos como entidades morales, y si realmente experimentan algo. Esta es una de las ilustraciones más sorprendentes del poder y la complejidad de las nuevas tecnologías que nos permiten transformar y controlar el destino de nuestras células

DANIEL ARJONA

 

Resultado de imagen de DESCUBREN LA PROTEÍNA QUE HACE CRECER EL CEREBRO

La ARHGAP11B se encuentra ubicada en las mitocondrias e induce una vía metabólica en las células madre del cerebro, comportándose de manera similar a las células cancerosas

Hasta ahora se sabía que el tamaño del cerebro humano aumentó durante la evolución de manera muy importante, un hecho que ha llamado la atención de los científicos a lo largo de los años, pero del que se desconocía la causa. Ahora, un grupo de investigadores del Instituto Max Planck de Biología Celular Molecular y Genética ha dado con la solución.

La ‘culpa’ es de una proteína llamada ARHGAP11B y que está ubicada en las mitocondrias. Se trata de un gen que solo se encuentra en los humanos y que provoca que las células madre del cerebro se multipliquen, formando un grupo más grande del que pueden surgir más neuronas, lo que a la larga permitiría que el tamaño del cerebro se haga más grande.

Pero, ¿cómo lo hace? Los investigadores han descubierto que la proteína ARHGAP11B induce una vía metabólica en las células madre del cerebro; es decir, se comporta de la misma manera que lo hacen las células cancerosas y lo hace desde el centro neurálgico de la célula, la mitocondria. Así consiguen expandirse y que aumente la producción de neuronas.

Actúan como las células cancerosas

Takashi Namba, un científico posdoctoral del grupo de investigación del Instituto Max Planck, ha explicado a Neuroscience News que descubrieron que la proteína ARHGAP11B se encuentra ubicada en las mitocondrias, los orgánulos que generan la mayor parte de la energía de la célula.

ARHGAP11B habría contribuido a la expansión evolutiva del cerebro al inducir un metabolismo similar al cáncer en las células madre del cerebro

Según Namba, «la ARHGAP11B interactúa con una proteína en la membrana de las mitocondrias que regula un poro de la membrana. Como consecuencia de esta interacción, los poros de la membrana se están cerrando, evitando la fuga de calcio de las mitocondrias. La mayor concentración de calcio resultante hace que las mitocondrias generen energía química mediante una vía metabólica llamada glutaminólisis. De esta manera, ARHGAP11B puede provocar que las células madre cerebrales basales formen un grupo más grande de células madre».

Para el profesor Wieland Huttner, que supervisó el estudio, «un aumento en la glutaminólisis es un sello distintivo de las células altamente proliferantes, especialmente las células tumorales. Por lo tanto, ARHGAP11B puede haber contribuido a la expansión evolutiva del cerebro humano al inducir un metabolismo similar al cáncer en las células madre del cerebro basal durante un período limitado durante el desarrollo del cerebro».