Querofobia: ¿se puede tener miedo a ser feliz?

Se trata de un trastorno psicológico leve que hace que la persona sienta rechazo o rehúya situaciones en las que es más probable que sienta o exprese diversión, alegría o dicha

 

El mundo, a veces, parece estar dividido en dos tipos de personas: aquellas que no paran de reír por dentro, pero lloran por fuera, y aquellas que se muestran siempre alegres ante los demás, pero dentro de sí mismos soportan una cruz de la que poca gente tiene constancia. Aunque obviamente hay muchas que tanto por dentro como por fuera pueden ser alegres o tristes, sí que es cierto que normalmente, de cara a los demás o en redes sociales, la distancia entre lo que aparentan y lo que de verdad son es bastante acusada.

Al fin y al cabo, todos en general hemos aprendido a quejarnos de más en este último año, algunos con más motivos que otros, pero después de haber pasado una crisis sanitaria que puso toda nuestra vida del revés, los consuelos y las ‘palmaditas’ en la espalda (aunque fueran de manera virtual) no han dejado de sucederse entre amigos y familiares. Ahora bien, ¿qué sucede si de tanto lamentarnos acabamos acostumbrándonos a ese estado de malestar, angustia o incomodidad y esto a su vez nos impide mirar la vida con otros ojos y una mejor actitud?

La querofobia comprende un conjunto de síntomas y actitudes que evitan situaciones que les proporcionen felicidad, bienestar o diversión

En esto más o menos consiste la querofobia, un trastorno mental por el cual el individuo se niega a ser feliz o a perseguir emociones como la diversión, el bienestar o el placer. La palabra viene de la unión de ‘chero‘ (que etimológicamente significa ‘regocijo’) con ‘fobia‘, cuyo significado ya conocemos todos. Aunque no existe un gran corpus teórico en torno al diagnóstico y posibles tratamientos de este trastorno, sí que viene incluido en el ‘Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales’ (DSM-5) de la American Psychiatry Association, por lo que sí que está reconocida, sobre todo al otro lado del Atlántico, pero no muy estudiada en profundidad.

En busca de la (no) felicidad

Como decíamos anteriormente, hay una relación muy curiosa entre ‘lo muy felices que nos gustaría ser’ (sin caer en los tópicos de la industria de la felicidad que ven a esta como una meta y no como un desarrollo), ‘lo muy felices que aparentamos ser‘ y, por último, ‘lo muy felices que somos’. En una persona normal, ambas afirmaciones se alternan (incluido en su versión negativa), ya que podemos tener días mejores o peores, así como también períodos definidos por un buen estado de ánimo alternados con otros más cenizos. Pero en resumidas cuentas, hay un montón de gente que tiene tendencia a resistirse a mostrar alegría, felicidad o júbilo. La querofobia no es el miedo a la felicidad ‘per se’ como si fuera otro tipo de fobia, sino que comprende un conjunto de síntomas y actitudes que hacen que la persona quiera evitar consciente e inconscientemente situaciones que les proporcionen felicidad, bienestar, hilaridad o diversión.

Uno de las afirmaciones más típicas en la literatura de autoayuda es que la actitud acaba determinando el resultado de una empresa, una vida o una persona. Así, hay hombres y mujeres que se muestran muy positivos de cara a los demás, logrando transmitir una imagen de éxito y confianza en lo que hacen, pero eso no quiere decir que se muestren así porque en realidad lo sean, sino porque es lo único que parece funcionarles o porque no querrían que el pesimismo les limitase. Por eso, podríamos ver a la querofobia como lo opuesto a esto, no solo como una actitud negativa en el fluir del diálogo interno o en las relaciones con los demás, sino también en cuestiones prácticas: alguien con querofobia rechazará la invitación a una fiesta o a cualquier otro plan que implique que haya que divertirse o mostrarse feliz y contento.

Merece la pena realizar un examen de autoconciencia con uno mismo para averiguar si las malas rachas que sacuden en algún momento de la vida no tienen su fundamento en resistirse a experimentar bienestar o realmente es por algo que no depende de nosotros que nos está costando mucho superar. Evidentemente, las condiciones materiales influyen: si no dispones de los mismos medios que el resto de la gente de tu entorno es posible que no quieras acudir a fiestas o aceptar lo maravillosa que es tu vida, porque de hecho no lo es. Pero en otros casos en los que no existe una causa directa o preocupación latente y real, la ‘querofobia’ puede golpear cuando menos lo esperas, aunque sea a partir de las ‘coletillas’ diarias que expresas con tus allegados y que dan cuenta de lo muy incómodo o a disgusto que te sientes con tu vida.

Una ‘pena’ contagiosa

Por otro lado, tampoco depende exclusivamente de nosotros ser felices o recibir con gusto a la felicidad, sino que este trastorno es contagioso, y viene definido tanto por un fluir de pensamientos negativos (ya sean verbalizados o no) como también por expresiones faciales que pueden ser más o menos sutiles. En este sentido, aunque tu querofobia resulte inane para tu vida diaria, asumiendo que no tienes recursos para gestionar tu tendencia a la queja o la infelicidad (pero aun así no afecta tanto a tu vida psicológica y puedes vivir con ella), para otras personas que estén contigo y necesiten un chute de optimismo para afrontar sus problemas puede resultar muy dañina.

Nadie nos obliga ni debería obligarnos a mostrarnos de cierta forma, pero lo que está claro es que no estamos solos y dependemos de los demás al igual que ellos de nosotros, por lo que si crees que tienes conductas un tanto querofóbicas lo primero pasa por aceptarlo. Hay trastornos mentales mucho peores, y que no nos sintamos inclinados hacia la felicidad o el bienestar no quita para que no podamos descubrirla bajo nuestra propia perspectiva. No hay nada tan único e íntimo como el derecho a experimentar alegría, placer o diversión sea de la forma que sea, mientras no haga daño a los demás (obviamente).

 

  1. Zamorano

 

Silvia Álava: "El aburrimiento es clave y fundamental para el correcto  desarrollo de los niños"

La psicóloga infantil, junto a 14 especialistas, acaba de publicar ‘El arte de educar jugando’. Charlamos con la experta sobre niños criados entre algodones, la sobreestimulación de los niños y otras cuestiones

 

¿Estoy educando bien a mi hijo?; ¿estoy dándole todo lo que necesita? Estas son algunas de las muchas preguntas que todo padre y madre se ha hecho en algún momento a lo largo de su vida. Unas dudas que son completamente normales, ya que los niños no vienen con una manual de instrucciones.

Para dar respuesta a estas y otras muchas cuestiones, un total de 15 psicólogos, coordinados por la psicóloga infantil Silvia Álava, han escrito el libro ‘El arte de educar jugando’ (JdeJ, 2021). Se trata de una obra en la que se abordarán varias temáticas primordiales en la educación de los niños de hoy en día como, por ejemplo, cómo estimular su atención y su inteligencia; cómo trabajar la seguridad y la autoestima; cómo promover una correcta educación afectivo-sexual; cómo enseñarle a cuidar de su cuerpo o qué pautas hay que seguir para introducir las nuevas tecnologías, entre otras muchas cuestiones.

Cada capítulo ha sido escrito por un especialista diferente, experto en cada materia, que va sugiriendo una metodología, con juegos y dinámicas con las que, además de pasar un divertido tiempo en familia, se trabajan otras áreas fundamentales en el correcto desarrollo de los menores.

Charlamos con la coordinadora del libro sobre la importancia de los juegos en la educación, los hijos criados ‘entre algodones’, la sobreestimulación de los niños y la autonomía de los más pequeños, entre otras cuestiones.

PREGUNTA. ¿Los padres tienen alguna forma de saber si están educando bien a sus hijos?

RESPUESTA. Si se están planteando si están educándoles bien o no, eso significa que van por el buen camino. Si somos capaces de pararnos a reflexionar y pensar si hay otro tipo de educación posible, o si hago lo que mi hijo necesita, significa que tenemos el foco puesto en hacerlo bien.

Eso sí, no hay que quedarse solamente en el planteamiento. Tenemos muchísima información, así que vamos a preocuparnos de hacer lo correcto para uno de los trabajos más importantes de nuestra vida, criar a nuestros hijos. Igual que para nuestro entorno laboral hacemos un montón de máster y cursos; para la educación de los pequeños hay que leer, estar informados y, sobre todo, saber que lo que estamos haciendo sigue una evidencia científica.

  1. ¿Cómo de necesarios son los juegos en la educación?
  2. En este libro hemos querido destacar el valor potencial que tiene el juego como herramienta de aprendizaje. No somos conscientes de que cuando los niños están jugando no solo se divierten, también están trabajando muchísimos procesos de aprendizaje, como puede ser la planificación, la organización, la memoria, la velocidad con la que procesan la información, temas emocionales, entrenar las habilidades sociales, fomentan la creatividad…

Hemos querido rescatar todo este potencial que el juego tiene en el aprendizaje y también más allá del aprendizaje. Podemos utilizar también los juegos para educar a los niños en determinados valores, como la importancia del perdón o a cuidar su cuerpo.

Contra la idea antigua de que ‘la letra es que sangre entra’, la evidencia científica y la neurociencia señalan todo lo contrario. Las emociones negativas bloquean el aprendizaje, incluso se puede llegar a dar una indefensión aprendida, que provoque que el niño se bloquee tanto que no llega aprender. Y, sin embargo, las emociones agradables potencian los aprendizajes.

  1. ¿Hay alguna forma de saber cuánto tiempo y recursos debemos invertir en la educación de los niños?
  2. Tenemos que pensar que no existen fórmulas mágicas, ni consejos que valgan para todos los niños por igual. Lo primero que hay que hacer es pararse y analizar muy bien qué es lo que necesita tu hijo, porque dos niños pueden necesitar dos cosas diferentes.

«No existen fórmulas mágicas, ni consejos que valgan para todos los niños por igual»

Se trata de dejar ir de en automático, que es lo que solemos hacer por las prisas del día a día. Debemos educar desde la conciencia y utilizando la rutina a nuestro favor, trabajando una serie de procesos de aprendizaje. Pero también debemos utilizar el juego y hacerlo desde la conciencia. Es tan importante que me pare a observar muy bien qué hace y dice mi hijo, como qué no hace y no dice. Tendemos a darles más atención en negativo, cuando no obedecen, que cuando sí que están haciendo lo correcto.

  1. ¿Cómo de importante es estimular el cerebro de los niños independientemente de la edad que tengan?
  2. Es fundamental tener una estimulación constante. Para que los niños crezcan sanos, felicesy se desarrollen correctamente es necesaria esta estimulación, que muchas veces los padres no saben que pueden hacer con juegos en las rutinas cotidianas. Por ejemplo, cuando son bebés lo que más necesitan es la estimulación multisensorial. En este caso, podemos aprovechar el tiempo del masajito después del baño para hacer toda esta estimulación. Según van creciendo podemos utilizar otro tipo de juegos en las rutinas.

    Es fundamental caer en la cuenta de que nosotros vamos estimulando los procesos de aprendizaje de los niños y esto no significa que tengamos que hacer de profesor. No somos el maestro, somos sus padres, y debemos entender que a través del juego muchos de los procesos se van a consolidar. El niño necesita explorar, llevarse cosas a la boca cuando es bebé, luego hacer torres con las que va trabajando la coordinación, trabajar la memoria haciendo puzles… No se trata tanto de enseñar conceptos teóricos, sino utilizar esos juegos para trabajar aprendizajes básicos.

También hay que entender muy bien, como mostramos en el libro, que no tiene nada que ver el cerebro de un niño de 2 años y cómo se estimula, con el de uno de 10. Siempre tenemos que entender el proceso madurativo que está siguiendo cada niño y qué podemos exigir en cada momento.

  1. ¿Cómo podemos conseguir que los hijos presten atención?
  2. Las fórmulas mágicas no existen. Lo único que es fundamental es entender muy bien qué podemos pedir en cada edad. Que un niño de dos años nos preste atención un minuto es una maravilla y eso hay que reforzarlo. Se trata de ir pidiéndole con cada edad lo que pueden hacer e irlo fomentando.

«En el tema de atención es fundamental evitar elementos de distracción»

En el tema de atención hay una cosa que es fundamental: evitar elementos de distracción. Hay ocasiones en las que pedimos que nos presten atención con la televisión encendida, la música puesta y mientras enredan con la ‘tablet’; y, claro, tienen tantos estímulos que tienen que aprender a centrarse en uno solo para prestar atención.

  1. ¿Y qué hacemos con esta cantidad de estímulos que pueden tener y qué hacen que les cueste prestar atención?
  2. No se trata de quitarles los estímulos, pero sí de ir buscando determinados momentos en los que no estén sobreestimulados para captar su atención. Tenemos el problema de que intentamos constantemente que no se aburran, pero no pasa nada porque en un determinado momento se aburran y aprendan a entrenarse ellos solitos. Por ejemplo, pueden jugar por ellos mismos o hacer ciertas actividades para trabajar la lógica.
  3. ¿Debemos reclamar la importancia del aburrimiento en el aprendizaje?
  4. El aburrimiento es clave y fundamental para el correcto desarrollo de los niños. Es muy típico lo de escuchar la frase de “papá, mamá, me aburro”, que dé un miedo espantoso y rápidamente tratar de entretenerle. No hay documentada todavía ninguna muerte por aburrimiento. No pasa nada porque los niños se aburran. De hecho, es muy bueno. De este modo aprenden a desarrollar la creatividad, entretenerse por ellos mismos y, sobre todo, es fundamental aprender a estar solo con ellos mismos, sin necesidad que una persona o una cosa (una pantalla) les entretenga.

«Los niños tienen que estar a gusto consigo mismos y ser capaces de quererse solos»

Hay algo que es fundamental, la única persona que tenemos garantizada que nos va a acompañar durante toda nuestra vida somos nosotros mismos. Si no somos capaces de estar a gusto con nosotros mismos, en el momento que fallan los estímulos y necesitamos alguien, tenemos un problema, uno grave. Tenemos que enseñar a los niños en función de la edad, desde que son pequeños, a que tienen que estar a gusto consigo mismos y que tienen que ser capaces de quererse solos.

  1. ¿Qué consejos darías a los padres para que sus hijos desarrollen la inteligencia emocional y el autocontrol?
  2. Le damos mucha importancia a los aprendizajes formales y no nos damos cuenta de que cuando los niños no tienen una buena capacidad de regulación emocional, interfiere en el aprendizaje. También es una de las cosas fundamentales para tener una buena salud mental y equilibrio emocional.

Lo primero que tenemos que hacer es poner las emociones sobre la mesa. Vamos a hablar de emociones, qué es lo que estamos sintiendo y qué es lo que están sintiendo. Lo primero que tenemos que tener claro es que somos los adultos de referencia y lo que hacemos les sirve de modelo.

«Hay que enseñarles estrategias para que puedan ir regulando sus emociones»

También debemos enseñarle un vocabulario emocional básico. Por ejemplo, saber responder al “¿cómo estás?”, no solo de modo políticamente correcto. Entender las emociones, empezado por las básicas y después siguiendo con las complejas, comprendiendo para qué sirve cada emoción. Sobre todo, hay que enseñarles las estrategias para que puedan ir regulando sus emociones. Les vamos a tener que acompañar, porque hasta los 3-4 años no madura ese control ejecutivo que regula las emociones. Hasta entonces le acompañas y vas dando pequeñas herramientas, como pueden ser estrategias de relajación.

  1. ¿Cómo de importante es fomentar la autonomía de los hijos?
  2. Es fundamental. Queremos que los niños sean felices, pero si no son autónomos va a ser muy complicado. Será difícil que te sientas feliz y seguro si no eres capaz de resolver las cosas por ti mismo. Debemos irles acompañando para que ellos aprendan a hacer las cosas solitos.

En este sentido, podemos utilizar la metáfora de enseñar a un niño a montar en bicicleta. Primero le das un triciclo, luego una bici con ruedines, después le quitas uno, luego el otro y todo este proceso le acompañas y supervisas hasta que lo sepa hacer solo. Habría que actuar así con casi todo. Aunque sea más cómodo vestirle cada mañana, lo mejor es levantarle a una hora adecuada para que lo pueda hacer él mismo y aprenda.

«El mayor error que cometemos hoy en día en educación es la sobreprotección»

  1. ¿Están criando cada vez más padres a sus hijos ‘entre algodones’?
  2. El mayor error que cometemos hoy en día en educación es la sobreprotección. Malentendemos el amor paterno y materno y sobreprotegemos a los niños. Un ejemplo son los padres que dicen aquello de “es que no me cuesta nada prepararle la mochila y llevársela”. Pero en esta situación tenemos que analizar dos cosas: la primera es que no aprende y la segunda es que interfiere en su autoestima. Cuando el niño ve que ese “ya lo hago yo” y que le tienen entre algodones, el mensaje con el que se queda es “tú no puedes hacer esto, pero yo sí”; y esto es tremendo para el desarrollo de su autoconcepto y su autoestima. Tener a un hijo entre algodones es uno de los mayores errores que se cometen en educación.
  3. ¿Un padre puede llegar a hacer ‘inútil’ a su hijo?
  4. En nuestro centro de psicología vemos en algunas ocasiones niños que vienen porque aparentemente tienen un problema de aprendizaje o de otro tipo. Pero al final observamos que en realidad no son problemas de aprendizaje, sino que no le han enseñado cómo hacer las cosas. No le han dotado de estrategias, ni herramientas para que pueda desenvolverse por él mismo. Hay que tener mucho cuidado, porque a veces hacemos a los hijos inútiles funcionales. Si no se enseña, el niño no aprende.
  5. En esta sociedad tan polarizada, ¿cómo de importante es fomentar que los niños tengan un pensamiento crítico, en lugar adoctrinarlos con los pensamientos de sus padres?
  6. Tenemos que fomentar el pensamiento crítico con preguntas como “¿Tú que crees, qué piensas?”. Ese, “tienes que pensar como yo” es tremendamente nocivo. La pandemia es un buen ejemplo. Es necesario el pensamiento crítico para saber diferenciar un hecho de una opinión. Además, deben aprender a tomar decisiones, desde las más pequeñitas a las grandes. Tenemos que enseñarlos a que lo hagan, porque si decidimos por ellos, vamos a tener una sociedad de niños y niñas tremendamente manipulables. Lo que queremos es que tengan su propia voz y un pensamiento crítico atendiendo a lo que ellos opinan; sabiendo hacer algo que es fundamental, diferenciar un hecho de una opinión.
  7. Entonces, si fomentamos este pensamiento crítico en los más pequeños, tendremos una sociedad más rica intelectualmente hablando…
  8. Más inteligente y, sobre todo, menos manipulable, que es lo más importante. E, incluso, mucho más justa.
  9. ¿Cómo de importante de realizar educación afectivo-sexual con los hijos?
  10. Es tremendamente importante. En primer lugar porque los niños son curiosos por naturaleza y van a ir a buscar la información a otros sitios. Tienen a su disposición aparatos electrónicos, donde van a buscar preguntas y no van a recibir educación afectivo-sexual; sino que reciben las respuestas directamente del porno, con la falta de valores y ética que tiene. Además de no verse en ningún momento una parte efectiva y no ser real.

Es importante que los niños vean que hablamos con cierta normalidad de los temas afectivo-sexuales. Que entiendan que los padres y las madres se quieren, se cuidan y que eso forma parte de valores.

Pero, sobre todo, hay que trasmitir la importancia del respeto al propio cuerpo y al de los demás. Hago lo que yo quiero y el otro también. Y no dejo que me fuercen, fuerzo o hago lo que no quiero por los demás. Además, si los niños están correctamente informados es mucho menos probable que sean víctimas de un abuso sexual, porque en cuanto vean algo raro, van a ser capaces, por lo menos, de decirlo.

  1. ¿Cómo hablamos a los niños de la existencia del abuso como prevención, pero sin asustarlos?
  2. Por ejemplo, podemos utilizar la diferencia de “secreto bueno o secreto malo”. Los buenos son decirle “es el cumpleaños de un amigo y vamos a comprarle un regalo. Es secreto, no se lo puedes decir porque queremos sorprenderle y es algo bueno para él”. Pero los secretos malos se producen cuando alguien le dice que “no le digas a nadie el secreto”, que además es negativo para él. Por ejemplo, un acosador que toque a un niño o si alguien hace algo no le está gustando y le dicen que no lo cuenten o le amenazan.

Esta educación afectivo-sexual debe darse desde que son pequeños, ajustada siempre a la edad. No empezamos directamente con la prevención del abuso, sino que vamos educando y explicándoles.

  1. ¿Por qué es tan importante fomentar hábitos de vida saludable en los más pequeños?
  2. Es fundamental. Solamente tenemos un cuerpo, pero cuando eres pequeño y adolescente, no te das cuenta de la importancia que tiene el cuidado del cuerpo. Hay que ir concienciando a los niños desde pequeños de que solo tienen un cuerpo y hay que cuidarlo; igual que cuando tienen un juguete nuevo, que quieren cuidar para que dure. Pues con el cuerpo igual, cómo no van a cuidar del cuerpo con el que van a vivir el resto de nuestros días. Tú te vas a apagar porque tu cuerpo se va a apagar.

Desde que somos pequeñitos necesitamos conocer aspectos básicos como la higiene, pero no solo el lavado de manos y cepillado de dientes por estar limpios, también por las bacterias. Y el covid lo ha dejado más que claro. Tenemos que ir proponiendo actividades que sean rutinas y explicar el porqué de estas, concienciando de qué están cuidando su cuerpo. Igualmente es importante trabajar una alimentación equilibrada y la importancia que tienen el sueño, porque uno de los males de los adolescentes niños es que se duerme poquísimo, lo que les puede hacer más irascibles y ponerles más difícil atender en clase.

 

Fran Sánchez Becerril

 

Las mejores formas de fortalecer tu memoria para que nunca se te pase nada

El cerebro es un músculo que tiene que ser entrenado como cualquier otro del cuerpo humano. Hoy vemos una serie de consejos de la mano de expertos para que nada se te olvide

 

La mente, al igual que el cuerpo físico, necesita cuidarse y entrenarse para mantenerse siempre fuerte. De hecho, conservar nuestra memoria es uno de los aspectos clave para gozar de una vida plena y cargada de bienestar, pues nuestra vida cotidiana quedaría muy limitada en caso de que ir perdiendo gradualmente la capacidad de pensar conceptos y resolver situaciones que antes no nos deparaban ningún esfuerzo mental.

Además, nuestra forma de vida actual resulta perjudicial en muchas ocasiones para forzarnos a recordar. Sin ir más lejos, ahora necesitamos hacer uso de dispositivos móviles tanto para buscar aquello que nos interesa y hemos olvidado como para recordarnos tareas pendientes o asuntos de lo más variados. De alguna manera, estos aparatos acaban siendo una extensión de nuestro propio cerebro, por lo que corremos el riesgo de ser más olvidadizos y perder la capacidad de rememorar detalles que antes podíamos recordar al ‘dedillo’. Por no hablar de la falta de atención que pueden producir y que nos impide concentrarnos en nuestras tareas.

¿Quieres evitar perder más memoria en la medida de lo posible y mantener a tu cerebro en forma todo lo máximo posible? La revista ‘Prevention‘ ha reunido a una serie de expertos para que digan cuáles son los mejores trucos en aras de conseguir que las cosas no se te olviden y ganar en calidad de vida.

No busques en Google, intenta recordar

Como decíamos, los teléfonos móviles han acabado siendo una extensión de nosotros mismos y muchas veces esto corre en nuestra contra. Internet es una gran herramienta para saber los nombres de aquellos actores que salían en tu película favorita y ya no te acuerdas, pero si lo usas en exceso para recuperar esta serie de datos que antes estaban perfectamente almacenados en tu cerebro, corres el riesgo de perder la habilidad para recordar las cosas. Por cierto, ¿te acuerdas, valga la redundancia, de aquellos tiempos en los que había que marcar cada uno de los dígitos del número al que querías llamar? Ahí está la prueba de que la tecnología, en muchos casos, nos ha hecho más olvidadizos, desechando datos y detalles que antes eran vitales en nuestra vida diaria y ahora apenas significan nada.

Establece un horario para cada una de las cosas que debes hacer y mantente estricto en relación al tiempo que le dedicas a cada una

 

«El cerebro es una máquina de usar o desechar», asevera Sara Mednich, profesora de ciencia cognitiva en la Universidad de California. «Cuando aprendemos cosas nuevas y luego las recordamos, activamos el hipocampo y la corteza prefrontal, áreas del cerebro íntimamente relacionadas con la memoria. Pero cuando confiamos en fuentes externas, como nuestros teléfonos o Internet, esas regiones del cerebro pueden debilitarse».

Échate la siesta

Sí, tal y como suena. El sueño hace más por la memoria que cualquier pastilla que estimule la actividad mental. Dormir nos ayuda a interiorizar todos los conocimientos que hemos aprendido a lo largo del día, por lo que es de vital importancia que duermas tus horas necesarias para estar descansado y completamente despierto al día siguiente. En caso de no poder por distintos motivos, siempre puedes recurrir a una siesta breve después de comer. «Cuando nos echamos la siesta a mitad del día, nuestro cerebro se vuelve más eficiente», recalca Mednick. La cifra de tiempo que marca la experta es una hora y media, aunque algunos pensarán que eso es demasiado. Con 30 minutos tienes más que suficiente.

Haz ejercicio

Cuando te mueves, el corazón bombea la sangre más rápido y también a tu cerebro. Junto con todos sus nutrientes. «El ejercicio estimula al cuerpo para que produzca una proteína que actúa como fertilizante para la mente, estimulando las neuronas para que broten asociaciones entre ellas y se comuniquen de forma más efectiva», asegura Gary W. Small, experto en habilidades cognitivas.

Evita el ‘multitasking’

«El cerebro no está diseñado para hacer varias tareas a la vez», incide Small. «Como resultado, la mente se estresa cuando se obliga a realizar varias tareas a la vez y entonces es cuando cometes más errores, lo que provoca que sea menos eficiente». Este estrés, ya sea percibido o no, desencadena una liberación de hormonas que interfieren con la memoria a corto plazo.

¿Cómo evitarlo? Centrándote en una sola tarea, eliminando (lo primero) el teléfono de tu vista para evitar distracciones. También puedes establecer una especie de horario para cada una de las cosas que debes hacer y mantenerte estricto en el tiempo que le dedicas a cada una.

 

ACyV

 

Cómo memorizaban los antiguos y cuál es la mejor técnica (y la que deberíamos  usar)

A la hora de memorizar, ya sea la lista de la compra o las oposiciones a las que vas a presentarte, todos utilizamos una serie de

A la hora de memorizar, ya sea la lista de la compra o las oposiciones a las que vas a presentarte, todos utilizamos una serie de reglas o tenemos manías que nos ayudan a recordar mejor lo que va a entrar de nuevas en nuestra cabeza. Por supuesto, la proliferación de los teléfonos inteligentes ha llevado a que no tengamos que memorizar tanto como antaño, pues si quieres recordar cómo se pone la lavadora puedes escribir cómodamente y paso a paso el proceso.

Pero, ¿y en otro tiempo? Algunos investigadores quieren recordarnos que todavía hay lugar para que se enseñen técnicas de memoria antiguas en nuestro mundo. En la Antigua Grecia y Roma, por ejemplo, la gente construía mapas mentales con una fórmula que se conoce como ‘palacio de la memoria’.

El ‘palacio de la memoria’, que según algunas fuentes usaba hasta el mismísimo Cicerón, consistía en crear mentalmente un palacio (o un apartamento) con diferentes habitaciones y en cada una de ellas se albergará una imagen de algo que se quiere recordar. Hoy en día, los estudiantes de medicina utilizan esta técnica para poder introducir en su cerebro una enciclopedia de conocimientos, y aunque podría parecer la técnica más antigua del mundo, en realidad no lo es.

En la Antigua Grecia y Roma la gente construía mapas mentales con una fórmula que se conoce como ‘palacio de la memoria’. Consiste en mentalmente un palacio con habitaciones

Un nuevo estudio sugiere que las personas de las primeras naciones de Australia utilizaban un ‘código’ de memoria aún más antiguo, y que podría ser mejor aún mejor opción para recordar grandes cantidades de datos, informa ‘Science Alert’. Los aborígenes australianos son, al fin y al cabo, parte de la cultura viva más antigua de la Tierra y durante más de 60.000 años sus historias y conocimientos se han transmitido de generación en generación, entretejidos en historias orales, obras de arte, canciones o danzas.

Estas historias antiguas son las que le permiten a los ancianos recordar información crucial sobre las estaciones, las fuentes de alimentos, la navegación, la fabricación de herramientas o las leyes. La técnica (basada en la narrativa) es notablemente similar al ‘palacio de la memoria’, y los investigadores detrás del artículo creen que esta sabiduría antigua se puede utilizar de una manera ‘respetuosa’ para ayudar a los estudiantes de medicina o profesionales de la salud a recordar largas listas.

 

De hecho en el estudio se inscribieron 76 estudiantes de las zonas rurales de Australia y se dividieron en tres grupos, todos los cuales tendrían que memorizar una lista idéntica de 20 nombres de mariposas. Para empezar, todos los estudiantes tenían que intentar memorizar la lista. Cuando lo hicieron, uno de los grupos pasó los siguientes 30 minutos aprendiendo una técnica de memoria basada en la narrativa por un educador aborigen australiano experimentado. Durante esta lección, cada miembro del grupo tuvo que caminar por un jardín y construyó una historia conectando cada nombre de mariposa con una característica visible, como una roca, una planta o una losa de concreto.

Luego, los estudiantes practicaron caminar la narración en su mente, recordando cada elemento y nombre a medida que lo hacían en orden y se les volvió a hacer una prueba. A otro grupo de estudiantes se les instruyó durante 30 minutos sobre la técnica del palacio de la memoria, y tuvieron que incorporar el nombre de cada mariposa en un plano mental del hogar de su infancia. Al último grupo se les pidió que recordaran los nombres sin ninguna instrucción.

Las respuestas de los estudiantes que aprendieron la técnica de memoria aborigen fueron abrumadoramente favorables, pero a las pocas semanas no recordaban mucho

Al final, ambos tipos de entrenamiento de la memoria permitieron a los estudiantes recordar la lista mejor que cuando la intentaron por su cuenta. Pero el grupo que aprendió la técnica aborigen australiana cometió significativamente menos errores que los que utilizaron el método del palacio de la memoria. «Las respuestas de los estudiantes que aprendieron la técnica de memoria aborigen fueron abrumadoramente favorables«, escribieron los autores, por lo que todo parece indicar que sería muy útil para el estudio de las ciencias biomédicas.

Aunque también hay que mencionar que seis semanas después, cuando se les pidió a los mismos participantes que recordaran la lista de mariposas nuevamente, aquellos que fueron entrenados en la técnica del palacio de la memoria recordaron más nombres de las mariposas. Mientras tanto, los estudiantes que fueron entrenados en el método aborigen australiano puntuaron igual que el grupo que no había aprendido ninguna técnica.

Durante miles de años los aborígenes australianos han transmitido sus conocimientos de generación en generación, entretejidos en historias orales, obras de arte, canciones o danzas

Además, el tamaño de la muestra es pequeño, por lo que es difícil interpretar los resultados, pero los autores sugieren que el método aborigen australiano «requiere una práctica sostenida y una exposición repetida» al paisaje para retener la información durante más de un día. «En particular, el método aborigen australiano parece más adecuado para la enseñanza en un período de instrucción único y relativamente corto».

ACyV

 

El efecto Dunning-Kruger o por qué opinamos sobre todo en redes sociales

El desconocimiento sobre un tema es siempre proporcional a la confianza que se tiene al opinar sobre el mismo, ¿casualidad? Pues claro que no

 

Ya sea sobre la crisis del coronavirus, los problemas en Ceuta o la última serie de Netflix, en general la gente suele ofrecer su opinión al respecto sobre cualquier tema. Con el auge de las redes sociales este vicio se ha incrementado hasta términos insospechados, y a nuestro alcance están continuamente las argumentadas opiniones de cientos de personas que parecen tener un doctorado del tema en cuestión, sea cual sea.

De hecho, no opinar es un poco como no existir, y aunque nadie haya preguntado tenemos prácticamente el deber de dar nuestra opinión sobre el tema de moda. Como es lógico, es imposible tener conocimiento sobre cualquier cuestión, por lo que la mitad de las veces parece que se opina casi por vicio. Esto podría explicarse con el efecto Dunning-Kruger.

¿Qué es el efecto Dunning-Kruger?

Vayamos por partes: en psicología el efecto Dunning-Kruger es un sesgo cognitivo en virtud del cual los individuos incompetentes sobreestiman su habilidad, frente a los individuos altamente competentes, que suelen subestimar en relación con la de otros. En otras palabras, cuanto más sabes de un tema probablemente pienses que sabes menos, y viceversa.

Los individuos competentes suelen asignar tareas difíciles a individuos que carecen de la habilidad suficiente para completarlas

¿Cuál es el problema? A consecuencia de este sesgo, los individuos competentes suelen asignar tareas difíciles a individuos que carecen de la habilidad suficiente para completarlas y que además no son capaces de reconocer su fracaso, pues tienen pocas habilidades para conocer su ineptitud. El curioso nombre Dunning-Kruger se lo debemos a los psicólogos David Dunning y Justin Kruger, que fueron quienes lo describieron en 1999.

Los psicólogos realizaron una serie de cuatro experimentos para analizar la competencia de un grupo de gente en distintos ámbitos: gramática, razonamiento lógico o humor. Los participantes debían estimar su grado de competencia en cada uno de esos campos con una serie de test. Fue entonces cuando notaron que, cuanto mayor era la competencia de la persona en el tema en cuestión, menos consciente era de ella.

Además, también concluyeron que las personas incompetentes no solo no son capaces de reconocer su incompetencia, sino que tampoco reconocen la competencia del resto de las personas (aunque por suerte, conforme uno incrementa su nivel de conocimiento sobre un tema en cuestión se vuelve más consciente de sus limitaciones).

Las personas incompetentes no solo no son capaces de reconocer su incompetencia, sino que tampoco reconocen la competencia del resto

Es irremediable pensar en el síndrome del impostor, que sería algo así como la cruz de la moneda: un trastorno extremadamente habitual (siete de cada diez personas lo han sufrido alguna vez, según los datos), que se produce cuando una persona que es exitosa piensa que todo lo que ha conseguido se debe en realidad a un golpe de suerte.

Desde comentarios en periódicos a largas discusiones en hilos de Twitter, pasando por puestos de trabajo, podemos observar el efecto Dunning-Kruger en distintas facetas de nuestra vida. La cuestión es que cuanto más sabemos de un tema más comprendemos la complejidad detrás, por lo que entendemos que aún hay mucho que desconocemos y que todavía podemos aprender. Sin embargo, cuando nuestro conocimiento sobre el tema es limitado, creemos erróneamente que sabemos mucho más de lo que en realidad sabemos.

Es peligroso, debido a que la toma de decisiones por incompetentes que, por otro lado, creen saber más que el resto, puede producir muchos errores en el ámbito laboral o incluso en la toma de decisiones a un nivel más amplio o social. Por suerte, como señalábamos antes, es subsanable, por lo que aquellas personas que no tengan conocimiento suficiente sobre un tema solo tienen que profundizar en el mismo, aunque, como con todo, el primer paso es admitirlo. Como decía Bertrand Russell: «El problema de la humanidad es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas». Quizá la clave está en dudar un poco antes de tuitear nuestra opinión sobre cualquier asunto.

 

Ada Nuño

 

Por qué a veces hablamos con nosotros mismos? Una experta explica el  fenómeno

En ocasiones, tenemos muchas cosas que contarnos. Así de mágico es nuestro cerebro, pudiéndose desdoblar con facilidad. Una psicóloga experta nos habla de este fenómeno

 

«O no me voy a poner triste ahora por eso me pregunto por qué no se quedó a pasar la noche pensé todo el tiempo que era algún extraño que había traído en lugar de andar vagando por la ciudad tropezándose con quién sabe Dios trasnochadores y rateros a su pobre madre no le habría gustado eso si estuviera viva malográndose de por vida quizás de todos modos es una hora bonita tan silencioso me gustaba volver a casa después del baile el aire de la noche…». Este atropellado fragmento de la novela ‘Ulysses’ de James Joyce es uno de los mejores ejemplos de plasmación del monólogo interior a la literatura. El escritor irlandés era un auténtico mago de las palabras, llevando la rapidez del pensamiento y la velocidad de la imaginación libre a la narración de una forma que pocos autores han conseguido estampar en obras posteriores.

El ejemplo de Joyce es más que paradigmático, pues si tuvieras que poner voz a toda esa corriente de pensamientos que te vienen a la cabeza en apenas un minuto no sabrías ni por dónde empezar. Pero, de hecho, lo hacemos a diario y de manera involuntaria: el soliloquio es la forma de comunicación más curiosa y extraña de un ser humano. Al fin y al cabo, todos hablamos con nosotros mismos, pero… ¿Por qué? ¿Con cuánta frecuencia? ¿Alguna vez has pensado que estás un poco loco al expresar palabras que solamente van dirigidas a tu yo interior? ¿Has vivido episodios en los que de repente ha emergido esta voz interna y estabas con gente y después te has sentido avergonzado? ¿Hasta qué punto podría ser un problema? ¿Y una virtud?

Pensar en voz alta es una excelente forma de memorizar y reflexionar sobre asuntos complejos

«La reflexión interior en voz alta y a solas, se puede producir por varios motivos», asevera Loreto Barrios, psicóloga del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid (COP) y doctora, a El Confidencial. «Uno de ellos es para darnos instrucciones verbales cuando estamos realizando tareas complejas porque ayuda a mantener la concentración en el objetivo. Pero, en general, podemos distinguir entre dos motivaciones principales: aquellas positivas que sirven para afrontar determinadas circunstancias, y las negativas, que son básicamente rumiación o ruido mental».

En efecto, pensar en voz alta es una excelente forma de memorizar y reflexionar sobre asuntos complejos, como la doctora Barrios admite. De ahí que hablar con uno mismo sea una táctica muy efectiva de cara a estudiar. Y por otro lado, como asegura la experta, el sentido positivo o negativo de esa voz interior determinará nuestro estado de ánimo y, por ende, el ambiente que vayamos a imprimir en las conversaciones con otras personas, no solo con nosotros mismos. Por ello, cuando «una persona tiene un diálogo interno negativo, es frecuente que acabe contagiando su negatividad a los demás, mientras que si es positivo generará un clima agradable».

La Terapia Gestalt

Por tanto, la calidad de nuestros soliloquios es uno de los apartados que más atiende un psicólogo de cara a tratar algún trastorno de ansiedad o depresión, por desgracia tan comunes en nuestra realidad postpandémica. Para facilitar el acceso al diálogo interno verbalizado del paciente, se suele utilizar la Terapia Gestalt, la cual es muy útil para que la persona acepte e interactúe con esa parte de sí misma que le está lastrando y haciéndole daño. «En realidad, más que un soliloquio, es un monólogo mantenido con un sujeto ausente», explica Barrios. «Este puede ser un síntoma, otra persona o incluso una parte de uno mismo, y que puede convertirse en diálogo si el paciente asume el otro rol».

En dicha terapia, el sujeto se sienta al lado de una silla vacía para hablar consigo mismo. «Es un método para abordar cuestiones no resueltas», prosigue la doctora. «Por ejemplo, para tratar la ansiedad o el estrés, el paciente ve en la silla esa parte de sí mismo que intenta mandarle mensajes para así después poder gestionarlos y actuar en consecuencia. O también en los casos de duelos, que en esta época tratamos mucho, para ‘hablar’ con el ser querido que ha fallecido y cerrar el duelo enquistado».

La infancia y sus amigos imaginarios

Por otro lado, una de las épocas vitales en las que más hablamos con nosotros mismos suele ser la de la infancia. Tal vez como asunción de nuestra propia consciencia y presencia en el mundo, de ahí que muchos niños puedan tender a crear amigos imaginarios. Hay una amplia discusión académica sobre por qué se produce este hecho, la corriente más psicoanalítica argumentará que este soliloquio de la infancia es consecuencia de la separación del niño y la madre, es decir, cuando el sujeto se da cuenta de su individualidad.

«Hay dos referentes en psicología del desarrollo, el ruso Lev Vygotski y el suizo Jean Piaget, ambos nacidos a finales del siglo XIX, que difieren en su apreciación respecto a lo que denominan ‘el habla egocéntrica del niño’«, reflexiona Barrios. «Para Vygotsky, el habla es de origen social, y solo con el tiempo llega a tener propiedades autodirigidas. Piaget, sin embargo, considera que hay dos tipos de lenguaje, el egocéntrico y el socializado, el cual es posterior a la evolución del niño». ¿Influye de algún modo el hecho de que el niño se sienta particularmente solo para que desarrolle un diálogo consigo mismo más fluido?

La importancia del afecto y la comunicación

«Puede ser», admite la psicóloga. «Como dice el doctor Mario Alonso Puig, el ser humano es un ser de encuentro. Cabe pensar que la soledad anima a practicar el diálogo con seres imaginarios, mascotas u objetos. Muchas veces no sabemos precisar bien lo que pensamos hasta que somos capaces de verbalizarlo y pasarlo a una vía consciente. Pero es difícil de saber o de precisar, habría que pensar mucho sobre cómo vivimos cada uno nuestra infancia y si tendíamos a la creación de amigos imaginarios o al soliloquio porque estábamos solos o por mera inercia».

Lo que sí que es cierto es que la sociabilidad y las muestras de afecto son imprescindibles para que un humano sobreviva en un entorno, como demostró un curioso estudio realizado hace más de 100 años que menciona Barrios. «Ahora no se podría repetir por razones éticas», advierte. «Se dividió en dos grupos a un conjunto de niños. A uno solo le daban lo necesario para sobrevivir, es decir, comida y lecho. Al otro, lo mismo, pero con la diferencia de que se les hablaba y cuidaba. Al final del experimento, el primer grupo de niños acabó muriendo. El ser humano necesita ser escuchado, sentirse querido, transmitir pensamientos y emociones… si no, se muere».

 

Enrique Zamorano

 

Qué tememos realmente cuando nos da miedo la muerte

Freud llegó a sugerir que ninguno de nosotros cree plenamente que vaya a morir y que no podemos imaginarnos muertos, ¿hay posibilidad de luchar contra este temor irracional?

 

Que levante la mano el que nunca se ha desvelado pensando en el vacío y la oscuridad que representa la muerte. Muchos miedos vienen generados por ese final que todos sabemos que llegará tarde o temprano y que, sin embargo, pretendemos evitar a toda costa. Pasamos por la vida como si fuese eterna, olvidando que somos seres frágiles que pueden desaparecer de un día para otro. Ese miedo a lo desconocido aparece en nuestra primera infancia, que es cuando comenzamos a tener conciencia de que algún día desapareceremos.

Generalmente esa conciencia comienza con una muerte cercana: un abuelo, quizá, envejeció y murió. Las conversaciones sobre la mortalidad son tabú desde un principio, pues los adultos suelen ser reacios a dar muchas explicaciones o hablar sobre ello con los niños. Estos, por su parte, aunque temen a la muerte no creen completamente que vayan a perecer algún día. Saben que son mortales, por supuesto, pero no lo saben visceralmente. La muerte para ellos es algo lejano. En realidad lo es para todos, pues Freud llegó a sugerir que ninguno de nosotros cree plenamente que vaya a morir y que no podemos imaginarnos muertos.

Las conversaciones sobre mortalidad son tabú desde un principio, pues los adultos suelen ser reacios a hablar sobre ello con los niños

Esto no es verdad del todo, si tratamos de imaginarlo (he aquí de nuevo ese desvelo en la oscuridad, en mitad de la madrugada) imaginamos que debe ser algo muy parecido a no haber nacido. Pero Freud acertó parcialmente: existe una especie de misterio percibido sobre la muerte que puede impregnar nuestro pensamiento al menos por un tiempo, esta irrealidad se conoce como angustia existencial.

Según explica la psiquiatra Iskra Fileva en ‘Psychology Today‘, a medida que nos acercamos a la muerte, la idea del final de la vida se vuelve bastante creíble. La angustia existencial puede convertirse entonces en pavor o en aceptación. ¿Hay realmente alguna forma de luchar contra ese miedo que paraliza y que tiene que ver con nuestra propia desaparición? Sartre señaló una ambigüedad en nuestra actitud hacia la muerte y en la fuente del miedo. Si bien no queremos morir, sabemos que podemos elegir hacerlo. Esa elección también es algo que tememos. Sugiere que parte de la razón por la que podemos tener miedo mientras estamos parados en un puente o en un lugar desde el que podemos caer a nuestra propia desaparición es que no sabemos lo que podemos hacer nosotros mismos. Por tanto, tenemos miedo de saltar.

Podemos intentar superar el miedo a la muerte enfrentando nuestro fin en nuestra propia imaginación

Podemos intentar superar el miedo a la muerte enfrentando nuestro fin en nuestra propia imaginación. Hay algo liberador en esto, aunque también puede haber algo parecido al síndrome de Estocolmo. Sabiendo que no podemos evitar la muerte, podríamos tratar de verla como no tan aterradora. Como destino podemos encontrarnos a mitad de camino.

Todo esto viene, probablemente, de una creencia equivocada de que el difunto es una víctima porque al morir ya no podrá disfrutar de los bienes terrenales. Esta supuesta privación no es privación en absoluto desde el punto de vista del difunto. Los fallecidos no tienen ningún punto de vista, de hecho. No es posible que les importe la ausencia del abrazo de nadie.

La sociedad comenzó a avanzar cuando tuvo conciencia de la desaparición y también empezó a enterrar a sus muertos y honrarlos

Hay que entender también que el miedo a la muerte es el que nos hace humanos. La sociedad comenzó a avanzar, al fin y al cabo, cuando tuvo conciencia de la desaparición y también empezó a enterrar a sus muertos y honrarlos. De hecho, somos los únicos animales de la Tierra con una verdadera conciencia de nuestra muerte, y esa espiritualidad es lo que nos hace diferentes. La vida humana es trágica, llegamos aquí sin saber por qué y también tenemos que aprender, desde el momento en que pisamos la Tierra, a despedirnos. Pero siempre hay una manera positiva de pensar: la otra alternativa es peor, y quizá hay una cierta belleza poética en la idea de que ya hayamos vivido como David o Goliat, como reyes o mendigos, a todos nos espera un mismo final.

  1. N.

 

Cómo disponer de una mente resiliente una vez termine la pandemia

La capacidad de hacerle frente a situaciones traumáticas o de conflicto viene determinada por los genes pero también se puede entrenar. A continuación, veremos cómo

 

Incertidumbre, soledad, trauma, duelo, estrés, ansiedad… son algunos de los síntomas que todos en mayor o menor medida experimentamos desde que comenzó la pandemia y nuestra vida dio un inesperado giro de 180 grados. En este punto, podríamos decir que nos hemos acostumbrado (o no) a vivir con el miedo a contagiarnos o infectar a alguno de nuestros seres queridos más próximos, así como a sustituir las videollamadas por las quedadas familiares o entre amigos.

Tanto es así que en los últimos meses si hay una palabra que aparece en las conversaciones formales e informales esa es la de resiliencia, la cual alude a la capacidad de adaptarse a los cambios bruscos o de recuperarse frente a un acontecimiento adverso. Esta aptitud viene relegada a la personalidad pero también se puede entrenar. Al ser un concepto un tanto abstracto, alude a una capacidad mental que surge cuando nuestro cerebro se ve sometido a situaciones de conflicto o estrés, de ahí que esté focalizada en el hipocampo y la corteza prefrontal, el centro de emociones como el miedo o la memoria.

Padecer episodios de ansiedad crónica puede dañar la conexión entre la corteza prefrontal y la amígdala, haciéndonos menos resilientes

Por un lado, hay una razón genética para ser más o menos resilientes: las variantes genéticas afectan a los niveles y actividad de las hormonas que inducen al estrés, así como aquellas que las contrarrestan. «La resiliencia no es como un interruptor de encendido y apagado», explica Deborah Marin, directora del área del Mount Sinai contra la ansiedad, en un reciente artículo de ‘Medium‘. «Algunas personas pueden nacer con más capacidad de resiliencia, pero también hay mucha influencia del entorno, desde su nivel socioeconómico, su acceso a la atención médica, nivel educativo o el hecho de sentirse apoyado por una comunidad de gente».

Es por ello por lo que no podemos resignarnos y pensar que nuestra capacidad de resiliencia viene determinada solo por nuestra información genética. «Creemos que una gran parte de la resiliencia consiste en saber cómo regular la respuesta al estrés», asegura Steven Southwick, profesor emérito de psicología de la Universidad de Yale. «En muchos sentidos, es un conjunto de habilidades que podemos aprender prácticamente cualquiera de nosotros«. ¿Cómo? Según explica el profesor, fortaleciendo el centro de control ejecutivo del cerebro (la corteza prefrontal) y el centro de excitación (la amígdala) para que no se vea invadido por el miedo y despierte en nosotros emociones negativas.

Al contrario, se trata de activar o potenciar las emociones positivas, las cuales reducen los niveles de excitación, amplían nuestra capacidad de atención y aumentan el espíritu creativo, lo que ayuda a las personas a ser más flexibles en sus pensamientos y actitudes. En general, se trata de ver el estrés no como un problema insuperable, sino como un desafío que hay que resolver. Hay cosas que no podemos cambiar; de hecho, fuimos muy conscientes de esto mismo durante la pandemia, cuando tuvimos que guardar el confinamiento domiciliario durante meses. Muchos se llevarían las manos a la cabeza y vivirían bajo continuas situaciones de estrés, pero también otros tantos otros comprendieron que se trataba de una oportunidad para pasar tiempo en casa o desarrollar alguna habilidad que debían aprovechar.

El «optimismo realista»

Southwick llama a este tipo de reformulación mental como «optimismo realista», que consiste en «tener una actitud orientada hacia el futuro y creer en que las cosas van a salir bien». No es que «el optimista realista» no sepa ver los problemas o tenga mucha capacidad para resolverlos, sino que no vive pegado a una connotación negativa de lo que le pasa, teniendo una «gran capacidad para desconectarse de forma rápida, particularmente de todo lo negativo que no tiene solución».

Este tipo de flexibilidad cognitiva se asocia con un control ejecutivo más fuerte de la corteza prefrontal que surge como respuesta de esa sensación de miedo o incertidumbre que despierta en la amígdala y provocan el estrés. De ahí que padecer episodios de ansiedad crónica pueda dañar la conexión entre la corteza prefrontal y la amígdala, desregulando esta capacidad para hacer frente a los problemas y obviar aquello que no se puede remediar, produciendo trastornos que pueden ir hasta el estrés postraumático.

Respiración profunda

¿Cómo se puede ejercitar la resiliencia? Al ser una cualidad tan abstracta y con cierto componente genético, muchos se preguntarán cómo podemos aumentar nuestra capacidad de sobreponernos a lo malo. Una de las mejores maneras es mediante la meditación, la cual ejercita la corteza prefrontal, ya que ayudará a concentrarnos mejor y a autorregular nuestros propios pensamientos. «El cerebro es mucho más plástico de lo que pensamos, es como un músculo que se puede fortalecer o ejercitar», asegura Southwick. «Concretamente, se llama ‘neuroplasticidad dependiente del uso’, es decir, cuando más lo ejercito, más y mejor responderá mi cerebro y empleará menos esfuerzo en el futuro».

Como decía un proverbio japonés, «si quieres ganar, corre solo; pero si quieres llegar más lejos, corre acompañado»

En este sentido, la respiración profunda que se da en la meditación ayuda a activar el sistema nervioso parasimpático, lo contrario a los sentimientos de lucha o huida, y comenzar a quitarse de encima las sensaciones de estrés. «A corto plazo, respirar profundamente unas cuantas veces en un momento puntual de estrés puede activar este sistema, reduciendo los niveles de noradrenalina, una sustancia química del cerebro que aumenta la excitación», asevera el experto.

Apoyo social

Quizás la forma más esencial de entrenar al cerebro para ser resiliente. Como decía un proverbio japonés, «si quieres ganar, corre solo; pero si quieres llegar más lejos, corre acompañado». En nuestro camino hacia la recuperación de un suceso traumático o de un conflicto, sentirse acompañado en el camino es esencial para salir victoriosos. Aunque bien es cierto que más te vale elegir bien tu compañía, pues si te rodeas de gente que no es adecuada para ti o no sabe escuchar, lo mejor es que optes por hacer el camino solo.

A decir verdad, todos somos potenciales aliados, y no hay más que actuar de forma honesta y sincera con los demás para saber que en ellos te puedes apoyar y a su vez ellos pueden confiar en ti. No somos islas condenadas a soportar la embestida de las olas de forma estoica, sino que estamos rodeados de personas que seguramente estén pasando una situación parecida a la tuya. Y si es demasiado difícil o no encuentras salida a tus problemas, siempre puedes pedir ayuda psicológica a un profesional para trabajar y superar el conflicto en el que te encuentras atascado.

 

  1. Zamorano

 

Tú haz lo que te gusta!": por qué las frases motivacionales pueden ser muy  nocivas

¿Cuántas veces te han inculcado que siguieras tu pasión a toda costa? ¿Y cuántas no? Al final, muchas de nuestras aspiraciones no dependen de nosotros mismos, sino del contexto

 

«Haz lo que te gusta». «Encuentra tu pasión». «Disfruta de lo que haces». Muchas personas, sobre todo las que pertenecen a la generación ‘millennial’, llevan oyendo este tipo de frases motivacionales desde pequeños. Y a juzgar por el significado tan positivo de las mismas, bien es cierto que esconden un reverso negativo. Sin embargo, es evidente que si creces con personas que te apremian a desarrollar una disciplina que te apasiona es mucho mejor que si lo haces entre figuras de autoridad que solo quieren que hagas lo que ellas dicen porque creen que es lo correcto para ti.

A todos nos gustaría pasar el resto de nuestra vida desempeñando aquella actividad que nos agrada y nos motiva. Pero la realidad es muy distinta, pues muchos no pueden permitírselo. Actualmente, la tasa de paro juvenil es del 40,1%, es decir, en España hay casi 600.000 jóvenes menores de 25 años desempleados, sin duda uno de los sectores poblacionales más castigados por el coronavirus. La edad en la que se supone que tienes que pensar en tu futuro es también la edad de la pobreza. Y en estos términos, hay muy poco margen para las aficiones y los sueños, pues muchos jóvenes aunque estén ya titulados tienen que pagarse los estudios o la formación en base a un empleo temporal y generalmente precario.

«La anhedonia se define como la incapacidad de encontrar placer o interés en cualquier cosa, incluso en todo en lo relacionado con las metas que una persona una vez quiso alcanzar»

La que ya llaman «generación atrapada entre dos crisis» es también la que creció justo antes y después de los 2000. Pocos años después, vino la crisis financiera de 2018 y las familias tuvieron que apretarse el cinturón (lo que también repercutió en la imposibilidad de muchas para hacer frente al pago de las matrículas universitarias). Ahora mismo, todos esos jóvenes que siguieron su pasión en su día y se encuentran en la franja de edad que va de los 25 a los 35 años posiblemente estén desarrollando su carrera fuera del país, o bien dedicándose a otra cosa al no encontrar «trabajo de lo suyo», esa odiosa expresión que les ha condenado al empleo temporal, por horas o rotatorio. Más de la mitad de los contratos de los jóvenes menores de 30 años son temporales, según el INE, y el 75% de los menores de 25.

Ahora, con la crisis del coronavirus, el futuro para todos estos jóvenes es más incierto que nunca. Si hace apenas unos años muchos no pudieron desarrollar su pasión por su situación económica, a día de hoy este desafío parece imposible. Más incluso responder ante ciertos deseos propios de la vida adulta, como tener una casa en propiedad o formar una familia. A falta de estabilidad laboral y ecónomica, muchos no ven la ocasión en la que por fin salir de la casa familiar. La edad media en la que un joven se independiza en España es de 29 años.

Una de las opciones que están tomando muchos es la de presentarse a las oposiciones. «Los millennials quieren ser funcionarios como sus padres», reconocía Mariano Urraco Solanilla, doctor en Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, en un artículo de hace unos meses, quien elaboró un trabajo de investigación muy interesante sobre los jóvenes extremeños en el que reveló que ante tal falta de expectativas, la mayoría de ellos percibían a las instituciones públicas como el mayor empleador visible, ya que una vez aprobados tales exámenes, podrían gozar de cierta estabilidad laboral, «la tierra prometida» de nuestros días.

Este contexto que hemos dibujado hace muy poco apropiado el consejo de «haz lo que te gusta». Más todavía si llevas años intentándolo y aún no lo has conseguido, lo que puede generar una gran frustración, como reconoce la periodista especializada en psicología Annelli Focus en un reciente artículo publicado en ‘Psychology Today‘ en el que analiza alguna de las connotaciones negativas de esta clase de expresiones motivacionales. Uno de los puntos más interesantes de su artículo es cuando destaca la sensación de anhedonia que puede venir de no alcanzar esos objetivos vitales que te planteaste en un inicio.

La anhedonia

«Asociada con los síntomas de depresión, ansiedad social y otros problemas, la anhedonia se define como la incapacidad de encontrar placer o interés en cualquier cosa, incluso las cosas más divertidas a simpe vista, y sobre todo en lo relacionado a las metas favoritas que la persona una vez quiso alcanzar», asevera Focus. Muchos expertos en salud mental creen que a la crisis sanitaria le sucederá una epidemia de salud mental, y los jóvenes no se van a librar de ella, más aún cuando, además de sufrir las consecuencias de la pandemia más directas en familiares y amigos, han tenido que seguir posponiendo planes que ya no saben si algún día se podrán realizar.

Todas esas pasiones que en su día fueron inculcadas con buenas intenciones por parte de la comunidad educativa o los padres pueden llegar a convertirse en una pesadilla para muchos jóvenes al no poder alcanzar sus objetivos. Hay una frase popular que viene a decir que mientras eres pequeño, adolescente o joven tienes mucho interés y pasión por lo que haces pero no dinero, cuando te haces más mayor tienes dinero pero no tanto como te gustaría y mucho menos tiempo disponible para poder desarrollar aquello que quieres. Sea como sea, lo peor que puedes hacer es rendirte, pues nunca sabes cuándo llegará la oportunidad y, pese a todo lo malo, cultivar una pasión siempre es más positivo que dejarte caer por la inercia y resignarte a un futuro gris en el que solo ser una pieza más del engranaje.

 

  1. Zamorano

 

Por qué todos somos 'un poco Quijotes': la creación de evidencias según  Maurette

El escritor publica ‘Por qué nos creemos los cuentos’, en el que reflexiona sobre cómo se construye la ficción, y por tanto nuestras creencias, en base a evidencias ciertas o falsas

 

Los cuentos ni se leen, ni se cuentan, ni se escriben, se viven. Si fuéramos conscientes de la cantidad de cuentos que nos contamos a nosotros mismos a cada instante perderíamos la cuenta. “Cuentas tantos cuentos que ni Quentin cuenta tantos”, cantaban con gracia los hermanos rumberos más famosos de Cornellá (paradójicamente, hablaremos de un Quentin más adelante). Nuestra mirada es un libro abierto que delata cansancio, euforia contenida, pensamientos furtivos e incorrectos, pasiones secretas. La novela de nuestra vida se escribe desde que nos levantamos, tras recoger al ‘yo’ que dejamos aparcado la noche anterior al entregarle a los sueños –por cierto, otros cuentos de lo más peliagudos–. Entonces, de manera natural e involuntaria, empezamos a narrar de nuevo. Las fábulas que tejemos sobre nosotros mismos emergen por combustión espontánea, hablándonos de nuestros deseos, miedos y miserias. A veces, cuesta prestar atención a esa voz que surge y que mezcla hechos reales con ficticios. Sin embargo, nunca para de hablar, trazando nuevos desarrollos a nuestra historia común y colectiva.

No es casualidad que la portada de ‘Por qué nos creemos los cuentos. Cómo se construye evidencia en la ficción’ (Clave Intelectual, 2021) del escritor argentino Pablo Maurette sea un libro dentro de un libro cuya portada a su vez enseña una figura humana que abre una puerta insondable a otro mundo, tal vez al de la ficción o al de los cuentos. Como muchos de los autores a los que cita, Borges, Cortázar o el propio Quentin Tarantino, su obsesión filosófica nace de la relación que establecen el espectador o el lector con los personajes de la obra a la que están asistiendo, ya sea una película, una novela o un cuento. Precisamente, si algo tienen en común estos tres autores son sus pretensiones metanarrativas, es decir, reflexionar sobre la propia narración, por qué existe esa especie de “magia” que da pie a que nos compenetremos con los hechos que se suceden en una obra de ficción, y por “compenetración” Maurette se refiere a “la aparición efectiva de una dimensión de la realidad que, a pesar de no estar regida por las leyes naturales, tiene injerencia real (sensorial, afectiva, intelectual, mnemónica) en el mundo cotidiano”.

 

«El que cree que el coronavirus se contagia a través del 5G no es muy distinto de Alonso Quijano, que se cree Don Quijote»

Si este libro estudia la creación de evidencias en la ficción (cuya etimología refiere al sentido de la vista), en 2015 publicó ‘El sentido olvidado’ en el que profundizó en la háptica, la ciencia del tacto, la cual no solo incluye la percepción exterior de las cosas, sino todo el conjunto de sensaciones no visuales y no auditivas que experimenta el ser humano. ¿De dónde viene esta obsesión de Maurette por los sentidos? “Creo que es el tema central de la estética, que viene del griego ‘aísthesis’ que significa ‘percepción’”, recalca. “Los sentidos son nuestra vía de acceso al mundo exterior y, a través de él, a muchos otros mundos. Y, a la vez que compartimos, cada uno de nosotros tiene su relación idiosincrática con sus propios sentidos. La sensibilidad estética se construye y se cultiva en y a través de los sentidos”.

Y es precisamente esta sensibilidad mediante la cual sostenemos nuestras creencias y, por ende, regimos nuestros actos. “Los seres humanos somos anfibios (o polibios); habitamos varias dimensiones de lo real simultáneamente”, asevera Maurette a El Confidencial. “Así estamos configurados. Contar cuentos y creer en ellos nos es tan natural como caminar erguidos. No sé si lo hacemos por la necesidad de huir o de rebelarnos. Hay casos patológicos en los que sí, por supuesto, que se cuelan en la gran literatura como ‘Madame Bovary’La gente que no lee libros, que no escucha cuentos, que no va al cine, participa de la dimensión narrativa y la habita ejerciendo esa cualidad: lee las noticias o navega en esa vorágine de confusión cognitiva que son las redes sociales, cree en determinadas visiones de la realidad, que son en última instancia relatos. De tanto en tanto y en modo controlado nos regodeamos en dar la vuelta a la tortilla, visitar el mundo del revés, fingir que somos otros. Es otra variante de nuestra dimensión lúdica. Es un juego”.

 

«Las redes sociales son mundos de ficción e internet es un universo de fantasía al alcance de nuestra mano»

A lo largo del libro, el autor profundiza en esta condición natural que nos hace creadores de sentido y significado en nuestras vidas, así como habitantes de la dimensión ficticia que también conforma nuestra forma de ver el mundo, de entenderlo y de afrontarlo. Todo a través de la creación de evidencias, tanto acertadas o equivocadas, pero siempre reales y persistentes, aunque sean falsas.

“El que cree que el coronavirus se contagia a través del 5G no es muy distinto de Alonso Quijano, que se cree Don Quijote”, señala, “aunque al menos el pobre Alonso tiene momentos de cordura en los que se sale de su personaje”. ¿Somos, pues, todos un poco Quijotes en una época en la que abundan tantos relatos distintos sobre una misma realidad? “Las redes sociales son mundos de ficción, internet es un universo de fantasía, y lo tenemos siempre con nosotros al alcance de la mano, bajo esa forma de ‘ladrillito luminoso’ que nos acompaña a todos lados”, confiesa. “Además de tener hábitos de lectura, ir al cine o al museo, escuchar música, hoy tenemos esa otra dimensión de la fantasía que nos absorbe en todo momento y que ha llegado para quedarse”.

El reflejo de Sharon Tate en las gafas de Sharon Tate

Aquellos que conocían la historia que relata ‘Érase una vez en Hollywood’ (2019) esperaban que los discípulos de la secta de Charles Manson acabaran con la vida de la actriz Sharon Tate al final de la película, encarnada por Margot Robbie. Sin embargo, el director decide presentar un desenlace distinto a esta sórdida y sanguinaria crónica de los años 60. Y gracias a ese cúmulo de escenas preliminares de más de dos horas cargadas de extremo realismo en las que parece no pasar nada pero pasa de todo (plagada de repeticiones, símbolos y conversaciones banales y cotidianas, como la vida misma), la realidad se entrecruza con la ficción, generando en el espectador la angustia de no saber con claridad cuáles de los dos mundos, si el histórico o el ficticio, es real.

Tal y como refleja Maurette, existen escenas concretas en las que estos universos superpuestos producen esa magia o compenetración entre el espectador y los personajes de la obra, que también son o fueron personas reales de carne y hueso, como cuando Tate en el cuerpo de Robbie acude al cine a ver su última película ‘‘La mansión de los siete placeres’ (1968), dirigida por Phil Karlson, y en la pantalla emerge la verdadera actriz de Hollywood que fue brutalmente asesinada. “Cuando finalmente llega el clímax y el director nos sorprende destruyendo otro cuerpo en lugar del de Tate, el alivio es abrumador”, explica Maurette en su libro.

 

«Ver ‘Stalker’ en un ‘smartphone’ en fragmentos de 15 minutos no es lo mismo que verla en el cine completamente del tirón»

“Es precisamente a través de esta tensión y esta expectativa que la película obliga al espectador a habitar con plena conciencia ese terreno intermedio entre su mundo y el mundo en la pantalla y aceptar ambos como verdaderos», prosigue. “Al armar una narrativa visual ficticia cuyo efecto estético se sostiene sobre una serie de datos históricos conocidos en mayor o menor detalle por el espectador, Tarantino de un lado afirma la autonomía de la dimensión estética que tiene la capacidad de trastocar y corregir la historia y del otro reconoce que esta autonomía se logra necesariamente en directa oposición, pero en fluida interacción, con el mundo real”.

Por eso, más allá de los artificios pistoleros del final que caracterizan la estética cinematográfica del director, el espectador abandona la sala de cine con una sensación de haber vivido un cuento (el propio título de la película lleva la coletilla “érase una vez”) demasiado real, tan real que, para aquellos que vivieron la época de Sharon Tate y Charles Manson, seguramente les deje un poso de inquietud basada en lo que pudiera o debiera haber sido y no en lo que realmente fue. Un cuento que acaba bien y rivaliza con una realidad trágica y funesta. Un cuento que consigue transportar al espectador de la manera más realista posible gracias a todos esos pequeños detalles y recursos fílmicos autorreferenciales al cine clásico y a las películas del propio autor, que establecen la idea metanarrativa de que ficción y realidad pueden llegar a ser la misma cosa, si se quiere, como una matrioska, tanto como Robbie observa a Tate actuar en aquel cine localizado dentro de otro cine, el cine de nuestra época, el cine de Tarantino.

Lo verdadero y lo falso

La cuarentena en la que nos sumergimos hace poco más de un año sirvió para poner en evidencia la capacidad que tiene el arte y la cultura para ‘salvarnos la vida’ en los momentos difíciles. La mayoría de las personas aprovecharon para leer todos los libros que tenían pendientes o empezar nuevos tomos que nunca llegaron a terminar, o bien sumergirse en el mundo ficticio de las series y las películas. Y, a su vez, ejercer su vida social de manera telemática a través de videollamadas o redes sociales. Todo ello por y a través de las pantallas y la infinidad de imágenes que suceden en ellas.

 

«Las trompetas del apocalipsis las suelen tocar personas cortas de vista; el milenarismo es la forma más grosera del provincianismo histórico»

“Hay una facilidad de acceso a todo tipo de imágenes que hace que perdamos poco a poco la capacidad de admiración y sorpresa”, reconoce Maurette. “En los 70, Susan Sontag hablaba de la omnipresencia de la imagen y de su obsesión por la fotografía. Si viera lo que el mundo es hoy en día…” A propósito de ello, nuestra capacidad para sumergirnos de lleno en cada una de estas imágenes ha menguado, cuando antes un cuadro representaba una ventana a otros mundos ahora solo es una imagen más rodeada de otros millones de imágenes. Una de las consecuencias que conlleva es la patología colectiva que ha ido manifestándose en los últimos años, sobre todo en los niños que han sido expuestos a las pantallas desde el comienzo de sus vidas: la falta de atención. ¿Irá este síndrome a más y con él nuestra concepción del arte cambiará, además de nuestras capacidades cognitivas?

“Estamos en la era de la distracción, de eso no hay duda”, reflexiona Maurette. “Muchas obras de arte visuales, literarias o musicales exigen atención. Ver ‘Stalker’ en un ‘smartphone’ en fragmentos de 15 minutos no es lo mismo que verla en el cine del tirón. Irán cambiando las costumbres de consumo del arte y con ella los productos. Siempre fue así. Cuando los poetas empezaron a escribir en lengua vernácula a muchos les pareció que era la muerte de la cultura. Lo mismo cuando se inventó la imprenta. Las trompetas del apocalipsis las suelen tocar personas muy cortas de vista; el milenarismo es la forma más grosera del provincialismo histórico. Apuesto lo que sea a que en cien años los cines serán una reliquia del pasado. Quedarán algunos para excéntricos y exquisitos, como hoy quedan los teatros de ópera para minorías nostálgicas. Pero habrá nuevas formas narrativas, cambiarán los criterios sobre lo que es bueno y malo, lo que es alta cultura y cultura popular”, y a este respecto cabe acordarse de la explosión de fenómenos de la cultura ‘pop’ actual como C. Tangana o la telebasura y los debates que generan entre el público más culto.

 “Me resisto a creer en la teoría de la senescencia del mundo”, concluye Maurette. “Me resisto a adoptar la visión escatológica de que la historia es un proceso de deterioro general que lleva indefectiblemente a la destrucción completa de todo. Tal vez me resisto con tanto ahínco porque en el fondo tengo la sospecha de que sí, el mundo cambia siempre para peor, el genio artístico ya es cosa del pasado, somos cada vez más vanos, más estúpidos y más superficiales”. ¿Y tú, cuáles son los cuentos que te estás contando ahora mismo, y cuáles tomas por verdaderos o por una mera invención?

 

Enrique Zamorano