Lo que realmente dice de ti hacer una pausa antes de responder, según los  psicólogos

Una respuesta inmediata se percibía como más sincera, mientras que una respuesta tardía, incluso una demora tan breve como dos segundos, se consideraba menos sincera

 

Al responder una pregunta, tu silencio puede decir más que tus palabras. Un nuevo estudio de psicología ha descubierto que hacer una pausa antes de responder, aunque sea por unos pocos segundos, puede hacer que parezca más insincero o deshonesto.

Incluso cuando se les dice a los oyentes que ignoren tus pausas, es más probable que juzguen una respuesta más lenta como una «mentira lenta», recoge ‘Science Alert’.

Esa percepción de deshonestidad tampoco puede ser demasiado inexacta. Numerosos estudios en el laboratorio y en la vida real sugieren que las personas tardan más en responder cuando no son sinceras, posiblemente porque se necesita más trabajo mental para inhibir una respuesta veraz o fabricar una alternativa.

Lo que ha quedado menos claro es lo bien que nuestras mentiras engañan a la gente. Algunos estudios sugieren que las respuestas tardías parecen poco sinceras para el oyente. Otros no encuentran ninguna relación entre los dos, y aún más han encontrado lo contrario: que un poco de vacilación aumenta nuestra percepción de sinceridad.

Estos hallazgos son inconsistentes y confusos. También se basan principalmente en correlaciones. Incluso los pocos estudios que realmente han analizado las relaciones causales a menudo no consideraron los factores de confusión que también podrían delatar a un mentiroso o un hablante insincero.

7.500 personas

La nueva investigación busca remediar algunas de esas limitaciones al examinar a miles de personas en una variedad de condiciones. En conjunto, involucra a más de 7.500 personas de los Estados Unidos, el Reino Unido y Francia en un total de 14 experimentos.

Cada una de estas pruebas se diseñó para determinar cómo los participantes calificaron las respuestas lentas en dos contextos diferentes. La primera respuesta se basó en si a alguien le gustaba o no un pastel que había hecho un amigo. La segunda respuesta fue sobre un delito que había ocurrido en el lugar de trabajo.

Los participantes escucharon estas preguntas y respuestas como un fragmento de audio, vieron un video o leyeron una cuenta. Luego calificaron la sinceridad del actor que dio la respuesta.

En general, los autores encontraron que una respuesta inmediata se percibía como más sincera, mientras que una respuesta tardía, incluso una demora tan breve como dos segundos, se consideraba menos sincera.

«La evaluación de la sinceridad de otras personas es una parte omnipresente e importante de las interacciones sociales», apunta el investigador de comportamiento del consumidor Ignazio Ziano de la Grenoble Ecole de Management en Francia. «Nuestra investigación muestra que la velocidad de respuesta es una pista importante en la que las personas basan sus inferencias de sinceridad».

Los hallazgos fueron consistentes en todas las culturas y contextos, aunque algunas situaciones tuvieron efectos menores. Esto sugiere que las personas tienen una «comprensión sofisticada» de lo que significa la velocidad de respuesta en diferentes contextos, señalan los autores.

En el escenario del pastel, por ejemplo, donde una de las respuestas se consideró socialmente insultante («No, no me gusta tu pastel»), la velocidad de respuesta no importaba tanto.

Esto sugiere preguntas como «¿Te gusta mi pastel?» tener una respuesta esperada. Por lo tanto, es probable que el oyente descarte una pausa más corta.

La vacilación implicaba engaño

Por otro lado, en un entorno más serio, donde se le preguntó a alguien sobre robar algo en el lugar de trabajo, se descubrió que la vacilación implicaba engaño o culpa en un grado mucho más rápido. En otras palabras, había menos espacio para excusar las dudas.

Dicho esto, incluso en un entorno criminal, hubo algunas diferencias sutiles en el contexto. Si se justificaba una respuesta más lenta, por ejemplo, si un crimen había ocurrido hace muchos años y requeriría un esfuerzo mental recordarlo, la velocidad de la respuesta de alguien era menos importante para tu sinceridad percibida.

En este caso, los participantes no pensaron que la respuesta lenta indicaba la supresión de la verdad, simplemente que la persona dudaba en encontrar la verdad.

Estos hallazgos tienen implicaciones importantes en una variedad de interacciones sociales, pero una de las más obvias es nuestra comprensión de las reacciones del jurado ante los testimonios judiciales.

«Sería injusto para el personal de respuesta, como un sospechoso de un delito, si la demora en la respuesta se atribuyera erróneamente a la supresión del pensamiento o la fabricación de la respuesta cuando en realidad fue causada por un factor diferente, como simplemente estar distraído o pensativo», explica Ziano.

Desafortunadamente, incluso cuando los participantes recibieron instrucciones de ignorar los retrasos en la respuesta en uno de los experimentos, solo redujo su percepción de falta de sinceridad; no lo eliminó por completo.

En general, sin embargo, Ziano apunta que su estudio muestra que cuando hay una pregunta que requiere una respuesta, como en una entrevista de trabajo, las respuestas rápidas parecen más sinceras.

 

ACyV

 

Por qué a la gente le gusta el ASMR: su psicología explicada

Las siglas se refieren a un fenómeno en el que los sonidos suaves, como los susurros, provocan un efecto de hormigueo o relajación en el oyente

 

Te acurrucas en tu cama por la noche, te pones los cascos y esperas para poder relajarte. En lugar de escuchar música, sonidos profundos o incluso poner una aplicación para meditar, lo que vas a escuchar es algo diferente: en el vídeo, un desconocido se acerca a un micrófono y comienza a susurrar, hacer ruidos con la boca (masticar, hacer pompas), cepillarse el pelo o utilizar sus uñas o dedos para golpear el micrófono. Eso se llama ASMR y, aunque pueda parecer raro, miles de personas en todo el mundo pagan incluso por escucharlo.

ASMR (siglas de Respuesta Autónoma Sensorial Meridiana) se refiere a un fenómeno en el que los sonidos suaves, como los susurros, provocan un efecto de hormigueo o relajación en el oyente. En muchas ocasiones se utiliza para que el que lo escucha pueda dormir. Se ha convertido en una subcultura en YouTube. A veces, el que está al otro lado del micrófono no es más que un niño el que lo hace. Más allá de la dudosa moralidad que esconde esta especie de explotación infantil, los que se ganan la vida haciéndolo pueden llegar a convertirse en millonarios. Es el caso de Makenna Kelly, de 13 años, que cuenta con 1.3 millones de seguidores en su canal y puede generar más de 1000 euros en ingresos publicitarios.

Este tipo de vídeos distraen al que los ve de sus malos pensamientos, además, les da una falsa sensación de atención personal

 

El ASMR surgió en 2007. Algunos apuntan que en la novela ‘La señora Dalloway’ de Virginia Wolf se incluye un pasaje que bien podría hablar de una sensación parecida a la experimentada mediante el ASMR: un enfermero le habla a su paciente “de manera profunda, suave, como un órgano suave, pero con una dureza en su voz parecida a la de un grillo, que hace que recorra por su espalda una sensación de cosquilleo deliciosa y corra hacia su cerebro causando un sonido armonioso». Como una imagen vale más que mil palabras, ahí va un ejemplo.

¿Te ha gustado? ¿Te ha dado repelús? Según cuenta el doctor John Cline en ‘Psychology Today‘: «Estos vídeos, al igual que las técnicas de comportamiento cognitivo, como la relajación guiada y la meditación, distraen al espectador de pensamientos preocupantes al proporcionar un conjunto de sonidos reconfortantes y familiares. También les da la sensación de ser atendidos directamente a pesar de que el espectador individual es quizás uno de los cientos o miles de personas que están mirando el vídeo», en general, según los estudios realizados hasta la fecha, los espectadores recurren a estos vídeos para relajarse, aliviar la depresión o el insomnio.

De hecho, un estudio de 2015 llegó a la conclusión de que, en una muestra amplia de hombres y mujeres que consumían ASMR, el 98% lo hacía para relajarse, el 82% con idea de luchar contra el insomnio y otro 82% también para librarse del estrés, según Cline. Lo que preferían eran los susurros, la atención personal o los movimientos lentos y repetitivos, aunque no todo el mundo respondió a los mismos estímulos.

Según un estudio, las personas a las que les gusta escuchar ASMR sacaban puntuaciones significativamente más altas en apertura a la experiencia y neuroticismo

 

En otra investigación llevada a cabo en 2017 se decidieron analizar las características de personalidad que son proclives a sentir cosquilleos y relajación durante la ASMR. Se descubrió que, por lo general, estas personas sacaban puntuaciones significativamente más altas en apertura a la experiencia y neuroticismo, así como niveles más bajos de escrupulosidad, extraversión y amabilidad. Las puntuaciones más altas en la escala de apertura a la experiencia indicaron que las personas que experimentan ASMR tienen mayor sensibilidad y receptividad a las sensaciones. En general, con base en estos resultados, parece que la ASMR se asocia con rasgos de personalidad específicos. Esto puede ayudar a explicar por qué algunas personas la experimentan más profundamente que otras.

«En resumen, la ASMR puede tener alguna aplicación en el tratamiento del insomnio para algunas personas, y será necesario investigar más para ver si, y para quién, es realmente eficaz» explica el doctor. Mientras tanto, si tú eres una de esas personas que disfrutan escuchando sonidos relajantes con unos cascos, quizá estos estudios te hayan aportado un poco de luz sobre por qué lo hacen.

  1. N.

 

Resultado de imagen de POR QUÉ SENTIMOS TANTA NOSTALGIA AL VOLVER A CANCIONES QUE ESCUCHÁBAMOS SIENDO ADOLESCENTES

La música es el arte que más fácilmente destapa todas las emociones y sensaciones que teníamos en el pasado. De hecho, hay varios estudios psicológicos que hablan de ello

 

«El arte de la música es el que más cercano se halla de las lágrimas y los recuerdos», escribió en algún momento de su vida Oscar Wilde. Al final, las canciones remiten a lo más universal y común que tenemos los humanos, que no es más que la emoción. Desde tiempos inmemoriales, los grandes filósofos y artistas han visto en la música una plataforma de acceso a lo sublime, aquello que no se puede explicar con palabras pero que vive en nosotros con fuerza. Es por ello que da igual lo muy melómano que seas, aunque nunca te hayas obsesionado con ciertas melodías y armonías, seguramente has sentido más de una vez ese escalofrío de placer por tu espina dorsal al darle al ‘play’ o de forma aleatoria, escuchando la radio.

 

La música destapa los recuerdos y los devuelve a la vida. De pronto, un día escuchas una canción que ya ni siquiera recordabas pero que conoces demasiado bien: se trata de aquel ‘hit’ que sonaba sin parar en aquel año tan intenso en el que te enamoraste por primera vez o empezaste a pasar noches fuera de tu casa. Entonces, tu cuerpo y tu mente viajan a ese instante concreto y preciso, tan remoto ya, y sientes que no se trata de un mero recuerdo anecdótico o fortuito, sino que por unos segundos (o incluso décimas) eres la persona que eras en esos momentos.

La añoranza es un producto rentable, y más en esta época, en la que el presente parece haberse paralizado y el futuro es más incierto que nunca

Esta breve transfiguración a quienes éramos hace años, posibilitada gracias a la música, se le conoce en psicología como ‘golpe de reminiscencia’. Como decíamos, se diferencia de la mera nostalgia en que esta forma de recordar es mucho más intensa, hasta el punto de poder experimentar las sensaciones que nos recorrían el cuerpo entonces. Se han ofrecido muchas explicaciones teóricas en relación a este fenómeno. Una de ellas es que durante esos años de juventud tendemos a experimentar un gran número de experiencias nuevas y en ocasiones irrepetibles, de ahí que podamos recordarlas con mayor profundidad. Los estudios realizados también aluden a los factores biológicos y hormonales, que en esos momentos estaban en su apogeo.

Por esta razón, los adultos tienden a recordar con perfecta claridad en ese ‘golpe de reminiscencia’ no solo a sí mismos dentro de su pasado, sino todas y cada una de las canciones que escuchaban en aquellos instantes de juventud. De ahí que los programas de televisión que apelan a esa nostalgia propia y compartida a partir de la música no se agoten en la parrilla televisiva: la añoranza es un producto rentable, y más en esta época en la que estamos inmersos, en la que el presente parece haberse paralizado y el futuro es más incierto que nunca.

Aquellos maravillosos 14 años

Uno de los últimos estudios realizados sobre este curioso efecto psicológico ligado a la música es el de Kelly Jakubowski, profesora de psicología de la Universidad de Durham. En él, la experta analizó cómo respondían mentalmente 470 adultos entre 18 y 82 años a más de cien canciones de pop diferentes recogidas en una horquilla temporal de 65 años (desde 1950 a 2015). En la encuesta que les hizo rellenar, les pidió medir cuánto les gustaba una canción del uno al diez o si el sencillo les resultaba familiar (incluso si su fecha de lanzamiento era anterior a su nacimiento). Al final, los sujetos debían evaluar qué canciones estaban más asociadas con recuerdos autobiográficos.

Muchos de los sujetos más jóvenes sintieron una vinculación emocional con canciones que eran de la época de sus padres

Jakubowski y sus colegas descubrieron que los ‘hits’ que figuraban en la listas de éxitos de sus años adolescentes obtuvieron las calificaciones más altas, tanto por familiaridad como por estar asociadas a recuerdos autobiográficos intensos. «Este aumento de la reminiscencia relacionado con la música alcanzó su punto máximo alrededor de los 14 años, edad en la que los participantes evocaban una mayor cantidad de recuerdos», concluye la psicóloga, quien además publicó un artículo en ‘The Conversation’ para explicar sus hallazgos.

Muchos de los participantes más jóvenes sintieron una vinculación emocional con canciones que eran de la época de sus padres, lanzadas mucho antes de que ellos nacieran. «Algunos temas musicales pueden llegar a trascender los límites generacionales», sentencia Jakubowski. Esto es sumamente curioso, pues de alguna forma hay un punto de unión entre padres e hijos, como si compartieran una pequeña parte de su pasado a pesar de haber nacido en tiempos muy diferentes. «Vimos un aumento general en la cantidad de personas a las que les encantaban las canciones que iban de finales de los 70 hasta principios de los 80, incluso entre aquellas que no habían nacido durante ese período de tiempo».

«En cascada»

A este efecto de recordar partes de su juventud a partir de las mismas canciones a pesar de no tener en común las circunstancias vitales y temporales de la época se denomina ‘golpe de reminiscencia en cascada’, un concepto introducido en 2013 por los autores Carol Lynne Krumhansl y Justin Adam Zupnick. «De forma inesperada, encontramos que las mismas medidas alcanzaron su punto máximo para la música de la generación de los padres de los participantes», reconocen los autores en su investigación publicada en ‘Psychological Science’. «Este hallazgo demuestra el fuerte impacto de la música en la infancia y su prevalencia en el entorno familiar. El pico ocurre en la música de los 70, lo cual puede explicarse en base a su calidad o por su facilidad de transmisión entre dos generaciones distintas».

En este sentido, es curiosa la percepción de géneros como el ‘reguetón’ entre los adolescentes de principios del nuevo milenio. Por aquella época, los jóvenes considerados como ‘más puristas musicales’ rechazaban a este género urbano por sus letras machistas y su ritmo machacón. Ahora, años más tarde, el estilo ha evolucionado hacia otros géneros como puede ser el trap, y su percepción ha mejorado notablemente entre los que fueron jóvenes en aquel entonces. ¿Tiene que ver con la nostalgia este desplazamiento del gusto para las personas que en sus años de juventud criticaban las canciones de Daddy Yankee o Wisin y Yandel? ¿O más bien de una especie de doctrina comercial dirigida desde los grandes medios de masas y alternativos para considerar a esta música como ‘cool’?

Sea como sea, tal vez en el futuro se hagan estudios como el anteriormente citado y los hijos de los que éramos jóvenes en los 2000 escuchen ya de adultos el ‘Baila Morena‘ y sientan ese ‘golpe de reminiscencia’ con la misma intensidad con la que nos golpea a nosotros las baladas de Led Zeppelin.

 

Enrique Zamorano

 

Resultado de imagen de "¿QUÉ HAGO AHORA CON MI VIDA?": CÓMO DEBEN AFRONTAR LOS JÓVENES LAS DUDAS EXISTENCIALES Y LA INCERTIDUMBRE

Charlamos con el psicólogo Óscar Pérez Cabrero sobre cómo deben abordar los jóvenes el miedo a la incertidumbre, los efectos de la crisis del coronavirus en sus inquietudes o cómo deben afrontar los cambios

 

¿Qué hago con mi vida? ¿Qué me espera en el futuro? ¿Necesito cambiar de trabajo? Todo el mundo se ha enfrentado a estas y otras tantas preguntas a lo largo de su existencia. Son cuestiones bastante difíciles de resolver, pero necesarias para seguir adelante con nuestras vidas.

La juventud es el momento en el que surgen más dudas de este tipo, que realmente pueden ser trascendentales para nuestra vida. Son años de muchos cambios, un salto de la niñez al mundo adulto, en el que nos enfrentamos a decisiones que pueden determinar cómo será el resto de nuestro paso por el mundo.

Para tratar de ayudar en este momento tan difícil de la vida, un grupo de especialistas del Centro de Psicología Álava Reyes acaba de sacar ‘¿Qué hago con mi vida? De la revolución de los 20 años al dilema de los 30’ (La esfera de los libros). Los experimentados psicólogos quieren ayudar en estas páginas a los jóvenes a identificar sus emociones, superar sus miedos, afrontar los conflictos, manejar las relaciones con los amigos y la familia, desarrollar recursos para conocerse a fondo… En pocas palabras, a ser la persona que quieran ser.

El Confidencial ha entrevistado a uno de los autores del libro, Óscar Pérez Cabrero, psicólogo del citado centro, docente del Máster en Psicología General Sanitaria (MPGS) de la Universidad Alfonso X El Sabio y especialista en Terapia de Conducta. Charlamos con el experto sobre cómo deben abordar los jóvenes el miedo a la incertidumbre, los efectos de la crisis del covid-19 en sus inquietudes, cómo deben afrontar los cambios y la importancia de mostrar las emociones, entre otros asuntos.

PREGUNTA. Cuando un joven se plantea su futuro, la incertidumbre es un sentimiento inherente, ¿qué tienen que hacer los jóvenes para gestionar ese miedo a la incertidumbre que surge cuando tienen que tomar decisiones trascendentales?

 

RESPUESTA. La incertidumbre es algo con lo que tenemos que aprender a convivir. No podemos esperar tener todo resuelto, ni tener certezas respecto a lo que va a ocurrir; sino que nos toca apostar y arriesgarnos tomando decisiones que estén sustentadas en algo razonable.

 

Eso sí, por muy razonable que sea una decisión tenemos que tener en cuenta que siempre va a haber un riesgo que estás asumiendo. Por ejemplo si te lanzas a estudiar una carrera, eso tampoco te garantiza que vayas a encontrar tal trabajo.

El problema que podemos encontrar es que esa incertidumbre genere miedo. El miedo sí que puede ser un mal compañero de viaje, porque el miedo nos puede bloquear, nos puede impedir dar pasos o nos puede cohibir de tomar decisiones interesantes.

Se trata de aprender a convivir con esa incertidumbre y evitar los miedos.

  1. Aunque la incertidumbre siempre ha estado más presente en el grupo de edad más jóven, ¿se ha visto agravada por culpa de la crisis del covid-19?
  2. Total y absolutamente. Se ha visto en todas las edades, pero en particular en la juventud. Tenemos que tener en cuenta que la franja de edad que más ha sufrido la destrucción de empleo por la pandemia ha sido la juvenil. Esto genera un escenario que redunda en más incertidumbre en los jóvenes en el salto al mercado laboral.

Estamos hablando de una juventud que ya viene de superar las consecuencias de la crisis económica de 2008. Además ahora viene una que ni siquiera tenemos una idea concreta de cuál va a ser la dimensión que tendrá a nivel económico en el medio-largo plazo. Nadie lo sabe, no hay más que previsiones cortoplacistas y ha generado más incertidumbre en los jóvenes.

 

  1. ¿Qué consejos daría a los jóvenes para afrontar los cambios que se presenten en sus vidas?
  2. Los cambios son generadores de incertidumbre, como comentábamos anteriormente, y estos cambios hay que afrontarlos con la prudencia propia, ajustando expectativas, pero sin dejar que el miedo impida a uno enfrentarse a esos cambios que a veces son necesarios.

Cuando ese cambio se produzca tenemos que tener en cuenta que necesitamos un tiempo para adaptarnos. Tenemos que concedernos el derecho a entender que cuando nos enfrentamos a un cambio vamos a tener que superar una etapa de adaptación. Una etapa de acomodación a esos cambios en la que vamos a estar más estresados, puede llegar incluso a afectarnos a algo tan básico como el sueño, pero no por ello debemos evitarlo. Al final hasta a los cambios nos acostumbramos.

  1. ¿Cómo deben manejar los jóvenes sus expectativas de futuro que se presenta volátil?
  2. Lo primero de todo es la paciencia y después ser consecuente con las aspiraciones que uno tiene. Si uno se plantea unas aspiraciones muy altas tiene que saber que le van a llevar un tiempo muy largo. De hecho, tampoco tiene mucho sentido plantearse las cosas tan a largo plazo, sino que interesa plantearse simple y llanamente el próximo paso que voy a dar.

Por ejemplo, si quieres ser astronauta, algo especialmente difícil y harto improbable, se trata de manejar las expectativas. Pues bueno, si quiero ser astronauta posiblemente lo que me guste sea la astronomía o me plantee estudiar física, algo perfectamente abordable; y en la medida que me vaya focalizando mis planes pueden cambiar porque igual descubro que lo que me atrae no es tanto subirme al trasbordador espacial como dar clases.

 

Es un error habitual plantearse que aquel trabajo al que voy a aspirar tiene que ser algo perfecto, un frenesí constante

 

Una de las primeras herramientas es la paciencia y no obsesionarse con metas a largo plazo. Debemos centrarnos sobre todo en los pasos más inmediatos que voy a dar a la hora de planificarme.

Asimismo, a la hora de ajustar expectativas diría que es un error habitual plantearse que aquel trabajo al que voy a aspirar tiene que ser algo perfecto, un frenesí constante que no voy a hacer más que disfrutarlo… Esto ocurre porque le damos a los jóvenes el mensaje de que hay buscar un trabajo que te guste, pero llegando a cometer el error de idealizarlo. Hay que entender que cuando hablemos de un trabajo que te guste hay que contar también que cualquier empleo va a tener su componente de rutina, de sacrificio, de aspectos que no me gusten.

  1. Esto puede sonar muy poético, pero ¿cómo de importante es aprender a caer y a levantarse?
  2. Aprender a caer no es que sea importante, es imprescindible, porque lo normal es que uno en su vida se caiga. Caerse es algo que necesariamente va a ocurrir, de hecho si no nos caemos tenemos que plantearnos que a lo mejor no estamos lanzándonos a nada, a lo mejor este es el problema, que estamos llevando una estrategia excesivamente conservadora o estática. Si queremos alcanzar alguna meta, necesariamente nos vamos a caer.

 

Aprender a caer no es que sea importante, es imprescindible, porque lo normal es que uno en su vida se caiga

 

Tenemos que permitirnos el derecho a ello porque forma parte de la vida y si nos caemos lo que tenemos que sacar de ahí es una enseñanza. Aprender de la caída, no caer en el mismo error otra vez, no fustigarse por ello, no creerse peor persona por ello, ni dejar que eso mine la autoestima.

Esta es la manera de aprender a levantarse, si uno es consciente que las caídas pueden ocurrir y van a ocurrir. Lo que se trata es de sobreponerse a ellas y aprender a levantarse.

  1. Estas caídas, en el fondo, son fracasos, ¿cómo deben los jóvenes lidiar con el fracaso?
  2. Fracaso es una palabra que suena fatal, quizá ese sea el problema en la medida en que tenemos tan estigmatizado el concepto de fracaso, quizás ese sea el primer paso que tenemos que dar.

Una vez que he fracasado, ¿ahora qué hago? Me quedo de brazos cruzados o trato de resolver la situación que se me ha planteado, buscar una alternativa, tomar una decisión trascendental para mi y superar el fracaso.

 

Cuando uno cae hace falta moverse, no dejar que ese fracaso frene en seco la trayectoria, sino seguir adelante

 

En definitiva lo que hace falta es moverse, no dejar que ese fracaso frene en seco la trayectoria de uno, sino seguir adelante. Por supuesto, para salir adelante lo que necesitamos es concedernos el derecho a sentirnos mal y también saber pedir ayuda a los demás.

  1. Muchas veces los jóvenes tratan de evitar las decisiones más difíciles, ¿qué herramientas o pasos pueden seguir para elegir en un momento complicado de la vida?
  2. Lo primero de todo es concederse un tiempo para tomar esa decisión, pero sin caer tampoco en posponerla demasiado, que en algunos casos puede ser dramático porque se agota la posibilidad de tomar esa determinación.

Por ejemplo, planteemos el caso de un alumno de segundo de bachillerato que en el mes de febrero se está planteando si estudiar una carrera en otra ciudad. Debe ponerse un plazo realista para pensar qué quiere, hacer un análisis más racional de cuáles son sus posibilidades y a partir de ahí lanzarse a tomar la decisión, sea cual sea.

Cabe destacar que igual de válido es tomar la decisión de renunciar a un cambio. Es igual de valiente haberse enfrentado a una decisión.

Una vez tomamos esa determinación es cierto que viene el vértigo de los cambios, pero a la postre genera mucha satisfacción.

  1. Y si la difícil decisión fuese emigrar, ¿cómo deberían afrontarlo los jóvenes?
  2. Ten en cuenta que a la hora de irse fuera, lo que más facilita las cosas es tener un contrato laboral encima de la mesa. Esto ayuda a que la vida eche a andar, pero la realidad es que la mayoría de los jóvenes no se van con un contrato firmado, sino a la aventura.

Lo que tienen que hacer es darse un tiempo para tomar esa decisión, que no es fácil, pero una vez tomada la determinación hay hacer una previsión realista y marcarse un plazo. ‘Me voy a tal sitio donde voy a ser capaz con mi presupuesto mantenerme tanto tiempo, si en este tiempo no he conseguido un trabajo tendré que cambiar mis expectativas’. Para esto hay que tener en cuenta las prioridades de cada uno.

Hace poco atendí en la consulta un caso de una persona que ya había tenido la experiencia de vivir en un sitio concreto al que quería mudarse de nuevo. Ya había hecho un plan muy metódico de presupuesto, tenía una previsión muy realista de las cosas y estaba marcándose unos plazos.

  1. ¿Cómo de importante para un joven es saber organizarse para conseguir sus objetivos?
  2. Nuestras responsabilidades, ya sea trabajar o estudiar, ocupan un tiempo muy importante en nuestro día a día, son protagonistas. Tener unas buenas herramientas para saber cómo organizarse el tiempo y cómo motivarse es muy importante.

Por ejemplo, si dedico mucho tiendo a intentar estudiar, pero no es tiempo efectivo… ahí es donde vienen los agobios y los malos resultados. A menudo los malos resultados académicos no se deben tanto a problemas de capacidades de uno sino simplemente el bien o mal que se organizan de cara al estudio.

  1. Hablemos de emociones, ¿son tan importantes las lágrimas como las risas?
  2. Con las emociones caemos en etiquetarlas como positivas o negativas. Los humanos tendemos a simplificar las cosas y las emociones no iban a ser menos. En el momento que caemos en estas clasificaciones perdemos de vista que además de ser adaptativas, son necesarias, que sean negativas no significa que debamos huir de ellas.

Muy a menudo lo que encontramos en consulta apropósito del tema de las emociones es que uno no quiera concederse el derecho a sentirse mal; me refiero a que cuando ‘no quiero mostrarme triste’ me estoy privando de algo que es necesario como es esa emoción que necesitamos comunicar.

 

Las lágrimas son esa manera que tenemos de aprender a superar los fracasos que tenemos

 

Las risas son la sal de la vida, pero digamos que las lágrimas son esa manera que tenemos de aprender a superar esos fracasos que tenemos. Las emociones son una manera de expresarnos, de ofrecer a los demás señales de que necesitamos ayuda, por eso las lágrimas son tan importantes como las risas.

  1. En el cambio de la vida adulta, de estudiar a trabajar, ¿existe alguna fórmula para afrontar satisfactoriamente la incorporación al mundo laboral?
  2. Somos una juventud hiperinformada. Hace 100 años tener una carrera universitaria era algo excepcional y ahora es mucho más generalizado; pero no solo tener una carrera universitaria, también un postgrado. Esto termina generando la sensación de que uno debe llegar al trabajo ya resuelto, sabiendo hacer y, de repente, te encuentras con que por mucho que te hayas formado en la universidad, luego el trabajo es otra cosa. Es un entorno donde de repente tienes que aprender cosas que a lo mejor no te han enseñado en la carrera, que ni siquiera están en los manuales.

La primera herramienta que hay que seguir es ajustar expectativas, contar que uno va a llegar a un entorno nuevo y que va a exigir una serie de nuevos aprendizajes. Ya no solo en la primera incorporación al mercado laboral, también en un cambio de empresa va a haber algo nuevo que aprender, aunque sea semejante. Para ajustar estas expectativas hay que permitirse cometer errores, porque eso es lo que va a ocurrir, lo que caracteriza a un novato es que la probabilidad que cometa errores es mayo. Esto es lo primero que tenemos que tener bien atado para gestionar bien nuestro lado emocional.

Eso no quiere decir que si se comete un error no siente mal, ni que de igual, pero sí que sepa permitírmelo y tomar esos errores como enseñanzas.

También es importante saber pedir ayuda, saber integrarse con los compañeros, entender que el trabajo es un espacio donde voy a compartir espacio con otras personas y darme permiso para apoyarme en quien esté dispuesto a ofrecerme su ayuda en ese salto.

 

Fran Sánchez Becerril

 

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Lo más parecido a esta supuesta memoria es la conocida como eidética, con la cual se establece una imagen mental y se recuerdan muchos detalles

 

Muchas personas tienen una memoria prodigiosa, comparable en ocasiones a la de los elefantes (que tienen un gran cerebro y, por tanto, sí, también una gran memoria). Parecen recordar datos, momentos o frases aprendidas mucho tiempo atrás, y todo el mundo ha compartido pupitre alguna vez con esos molestos compañeros que aseguraban no haber estudiado la lección y sin embargo sacaban sobresaliente mirándose los apuntes un rato antes. Vale, quizá mentían, pero, ¿acaso no es cierto que hay gente con más memoria que otra?

Muchos atribuyen su capacidad para recordar cosas de manera inaudita a la llamada ‘memoria fotográfica’. Lo habrás escuchado más de una vez. El concepto de memoria fotográfica remite a la capacidad que tendrían algunas personas de recordar una situación determinada o una imagen concreta con todo lujo de detalles, lo que aportaría un máximo realismo a esa imagen. Por eso quizá tú no recuerdas nada de cuando estabas cursando el bachillerato y tu mejor amigo te cuenta anécdotas olvidadas como si hubieran sucedido ayer (o viceversa). Pero, ¿realmente existe la memoria fotográfica?

 

La memoria funciona como los archivos de una biblioteca y no como una cámara: guarda registro de todos los recuerdos pero no con detalles precisos

 

Cuando Marcel Proust desayunaba su famosa magdalena, volvía a recordar Combray y su infancia perdida. Es un fenómeno muy común este, en realidad. Si estás escuchando a tu grupo favorito en la radio y a la vez cocinas croquetas, las neuronas en tu cerebro relacionadas con ambas actividades (cocinar y escuchar) están interactuando, lo que significa que la próxima vez que escuches esa música es probable que pienses irremediablemente en el momento en que cocinabas, por la conexión entre las neuronas mencionadas.

Quizá te lleves un chasco pero no. No hay evidencias de que exista la memoria fotográfica como tal. Nunca se han descubierto casos de personas cuya memoria trabaje perfectamente, como si se tratase de una cámara de vídeo. Más bien es como una biblioteca, que guarda registro de todos los recuerdos pero no con detalles precisos de los mismos. Esos detalles que se olvidan para formar una imagen más general son reemplazados por otros recuerdos o conocimientos generales del mundo en el que vivimos.

 

La memoria eidética

Lo más parecido a la supuesta memoria fotográfica es la eidética. Aquellos que dicen tenerla aseguran que al observar brevemente una imagen que no han visto previamente, pueden «ver» una imagen mental y recuerdan detalles sumamente específicos, como el número de las ventanas en una calle o de pétalos en una flor, informa ‘BBC’. Además, sus ojos se mueven como si estuvieran escaneando la imagen o escena que ven. Sin embargo, esta memoria dista de ser perfecta, como si lo sería la fotográfica, que además guardaría registro y conservaría los recuerdos perfectos durante mucho más tiempo.

 

La memoria eidética dista de ser perfecta, como si lo sería la fotográfica, que además guardaría registro y conservaría los recuerdos perfectos durante mucho más tiempo

 

Este tipo de memoria, además de ser muy rara, no está relacionada en absoluto con el coeficiente intelectual. Un porcentaje que varía entre 2 y 10% de los niños a temprana edad experimenta este tipo de memoria, pero tiende a desvanecerse cuando alcanzan los seis años. Para saber si la tienes se utiliza la prueba conocida como ‘Método de Extracción de Fotos’, que consiste en presentarle a una persona una foto desconocida sobre un caballete para que la mire cuidadosamente durante 30 segundos. Cumplido ese período, se retira la foto y se le pide que describa lo que observó. Casos sonados como el de George Harrison, que siempre afirmó que no quiso compiarse de la melodía de ‘He’s so fine’ para escribir ‘My sweet lord’, podrían estar relacionados con este tipo de memoria, según los expertos.

Por supuesto, aunque no haya pruebas de que exista la memoria fotográfica, no significa que no se pueda tener una memoria prodigiosa, como la de los elefantes. Por ejemplo, Kim Peek, de 53 años, (la inspiración para el personaje de Dustin Hoffman en ‘Rain Man’), memorizó cada página de los más de 9.000 libros que había leído, o Stephen Wiltshire, conocido como «la cámara humana», tiene la habilidad para crear bosquejos de escenas vistas durante solo unos segundos.

  1. N.

 

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¿Te consideras una persona con capacidad para distinguir entre lo que resulta fruto del azar o es parte de una serie de causas y consecuencias? Te interesará saber a qué se debe

Los seres humanos tenemos el cerebro programado para ver sentido en secuencias impredecibles de hechos que muchas veces tan son solo fruto del más puro azar. Es algo obvio, pues en cierta forma nuestro mapa mental siempre tiende a apuntar hacia alguna dirección, ya sea para adelantarnos a la consecución de una acción (pronóstico) o a la hora de reflexionar sobre un incidente ocurrido (retrospectiva). De algún modo, tenemos cierta reticencia a movernos y pensar desde el desorden, imponiendo lógica y sentido en cada momento cotidiano, aunque en ocasiones lo que nos sucede no responde a ninguna intención interna o externa, sino más bien es producto de la más impersonal aleatoriedad.

¿Cuántas veces has creído ver nubes con forma de corazón o de pájaro? Y a la hora de jugar al póker o a un juego de azar, ¿qué es lo que te dice que, después de tantos intentos fallidos, esta vez sí es la tuya, debes apostar todo porque vas a ganar? Incluso, en el plano emocional, cuando conoces a alguien nuevo como fruto de la casualidad y te sientes atraído por esta persona después de haber pasado años sufriendo tu soledad en silencio, seguro pensarás: “ya era hora”. La conclusión es que ya sea en un sentido positivo (este último ejemplo), negativo (la apuesta definitiva que sale mal aún con todas las probabilidades a favor) o neutro (ver cómo las nubes hacen formas), le damos absolutamente igual al destino, pues este se rige en la mayoría de los casos por el más puro azar.

 

Nuestros sentidos solo pueden brindarnos información limitada sobre el entorno, el cerebro rellena los huecos que faltan

 

“El cerebro tiene una capacidad excepcional para identificar patrones y encontrar significado en un mundo complejo”, asevera Eva M. Krockow, psicóloga británica, en la revista ‘Psychology Today’. “A menudo, nuestros sentidos físicos solo pueden brindarnos información limitada sobre nuestro entorno. Por ejemplo, cuando nuestra visión se ve obstruida y no podemos ver ciertas partes de una imagen completa. Sin embargo, utilizando nuestros conocimientos previos y la información del contexto, nuestro cerebro podrá llenar los vacíos y proporcionar una imagen mucho más completa”. En resumen, el mundo es como un puzzle en el que siempre faltan piezas y nuestro cerebro se encarga de intentar juntarlas todas o, en caso contrario, inventárselas.

¿Casualidades o causalidades?

Hay que indicar que todo depende de la forma de ser cada uno y su predisposición a pensar más en causalidades o casualidades. Del mismo modo, también de sus aspiraciones religiosas, pues las grandes preguntas filosóficas como Dios o la muerte acaban siendo respondidas por una teología particular o heredada que nos hace pensar que hay un destino más allá de todo el caos e incertidumbre, o que al menos alguien muy poderoso se encarga de ordenar el caos y darle un sentido. Si vamos más allá, encontraremos a grandes padres del pensamiento occidental como Nietzsche, quien vio perversa la moral cristiana al fundamentar todos los sufrimientos terrenales en la esperanza de una vida eterna, tal y como el que ha tenido mala suerte durante varias veces consecutivas cree que en algún momento obtendrá la redención y por fin el destino le tendrá reservado algo bueno como premio a todo su padecimiento anterior.

Pero antes de entrar en esta serie de reflexiones tan herméticas y profundas, merece la pena echar un rápido vistazo a la llamada “falacia del jugador” por la que siempre tendemos a caer sobre la misma piedra y errar en nuestros razonamientos al pronosticar hechos futuros. Se trata de una trampa lógica que se suele dar en los juegos de azar, pero como es obvio puede aplicarse a otras tantas situaciones. Viene regida por este postulado equivocado: un suceso aleatorio tiene más probabilidad de ocurrir porque no ha ocurrido durante cierto período.

«Los dados no tienen memoria»

Es decir, las posibilidades de que se dé un fenómeno a continuación no están reñidas con los que ya se han dado de antemano, ya que son aleatorios. Esto suele resumirse con la frase: “Los dados no tienen memoria”, pues por muchos que los lances y analices sus resultados anteriores, nunca podrás saber de qué lado caerán la próxima vez, pues la probabilidad de que salga uno u otro sigue siendo la misma. Al igual que cuando tiras una moneda y sale dos o tres veces cara, nada te dice que a la cuarta saldrá cruz, pues los resultados anteriores no afectan al próximo.

Precisamente, este puede ser uno de los incentivos para que la persona con más propensión a ser adicta al juego desarrolle ludopatía, ya que se autoengaña pensando que a más tiempo jugado, más probabilidades de llevarse un premio. O que por muy mala suerte que haya tenido en sus últimas jugadas, el cálculo de probabilidades apunta a que en breves le llegará su turno y podrá ganar.

 

«Nuestra tendencia innata a encontrar patrones y dar sentido a nuestro entorno puede convertirse en una habilidad a la que sacar mucho provecho»

 

Krockow pone otros ejemplos para entender este cálculo erróneo de las probabilidades: «Una pareja decide formar una familia. Tienen la suerte de tener muchos hijos, pero todos resultan ser varones. En un inicio, la pareja solo planeaba tener dos hijos. Sin embargo, desesperados por tener una hija, continúan intentándolo hasta que la mujer ha dado a luz a seis hijos. ¿Su próximo bebé será una niña? Deciden intentarlo de nuevo».

«La ‘falacia del jugador’ es un sesgo generalizado que tiene una solución muy rápida», concluye la psicóloga. «Después de todo, nuestra tendencia innata a encontrar patrones y dar sentido a nuestro entorno puede convertirse en una habilidad a la que sacar mucho provecho. Puede ayudar a ralentizar las cosas y adoptar un enfoque más reflexivo para tomar mejores decisiones. Esto también puede ayudarnos a identificar correctamente aquellos contextos donde se aplica la ‘falacia del jugador’. El sesgo solo es relevante en situaciones caracterizadas por cadenas de eventos completamente aleatorias, como resultados de juegos de azar o sorteos de lotería».

 

  1. Zamorano

 

Psiquiatría: Comprueba cómo es tu tipo de personalidad después del covid

Un nuevo estudio propone 19 nuevas formas de temperamento surgidas por la pandemia. Aventura perfiles de comportamiento que solo en tiempos de crisis salen. ¿Con cuál de ellos te identificas tú?

 

Y sí, el virus SARS-CoV-2 llegó para quedarse, como sospechábamos, y al parecer nos está mostrando una cara oculta que desconocemos: la de moldear la personalidad. Por ello, se ha instalado trayendo de la mano también lo que puede cambiarnos de arriba abajo. ¿Sabes entonces cómo es tu personalidad ahora? Negador, realista, acaparador…

 

«El covid saca a la luz hasta 19 tipos de personalidades emergentes distintas, según un nuevo estudio»

 

Tal vez por ello, la investigación de Mimi E. Lam (de la Universidad de Bergen, Noruega), recién publicada en ‘Humanities and Social Sciences Communications’ (del grupo de ‘Nature’), cobra especial valor a la hora de identificar y explorar los impactos de identidades o comportamientos surgidos por el covid-19.

Así establece: «Estas identidades de comportamiento emergentes con la llegada del covid están siendo secuestradas por identidades sociales y políticas existentes para politizar la pandemia y aumentar el racismo, la discriminación y el conflicto».

Y continúa: «La pandemia nos recuerda que no somos inmunes los unos a los otros. Para unirnos en nuestra lucha contra el virus, es importante reconocer la dignidad básica de todos y valorar la diversidad humana que actualmente nos divide».

«Solo entonces, podremos fomentar la resiliencia social y una agenda covid-19 ética. Esto allanaría el camino para otros desafíos de bienes comunes globales cuyos impactos son menos inmediatos, pero no menos graves para la humanidad», añade.

Nuevas identidades sociales

Como aclara a Alimente Andreu Arenas, del departamento de Economía, sección de Economía Política, Economía Pública y Economía Española (Facultad de Economía y Empresa Universitat de Barcelona), e investigador del Instituto de Economía de Barcelona (IEB): “Mimi Lam en su artículo de ‘Nature’ propone que la pandemia es tan importante que puede crear, aunque que sea de forma temporal, una nueva dimensión de identidades sociales, basadas en la forma como se percibe la misma y las actitudes que genera, y que pueden de la misma forma crear oportunidades de cooperación”.

Los humanos, insiste, “somos únicos por nuestra capacidad de cooperación en grandes grupos de ciudadanos anónimos. Históricamente, este tipo de ayuda se ha vehiculado a través de categorías sociales con intereses comunes, en función de su importancia en distintos momentos, como la nacionalidad, la clase social, la religión, el género o el color de la piel”.

El virus, sin embargo, «es mortífero con independencia de estas identidades previas, y en cierta manera las diluye, aunque la incidencia no sea siempre la misma. Mimi Lam propone que la pandemia es tan importante que puede crear, aunque sea temporalmente, una nueva dimensión de identidades sociales, basadas en la forma en que se percibe la pandemia y las actitudes que genera, y que pueden de la misma manera crear oportunidades de cooperación y también de conflicto. Según Lam, ejemplos de nuevos identidades serían los negacionistas, los que reaccionan aislándose por miedo, los partidarios de la inmunidad de grupo, los que se creen invencibles, los supervivientes, los realistas, los rebeldes, los solidarios, los responsables y otras categorías. Esta categorización es inevitablemente arbitraria, aunque posiblemente correlacione con tipos de personalidad y carácter preexistentes, que en situaciones normales pasan más desapercibidos», destaca el experto.

Los tres grandes grupos

En la categorización de la investigadora Lam, «pueden distinguirse tres grandes grupos: los que cumplen de forma incondicional con las recomendaciones de salud pública, los que cumplen con las recomendaciones en función de la situación y la información que poseen, y los que no quieren cumplir bajo ninguna circunstancia. Esta categorización puede parecer pura curiosidad, pero puede ser útil. ¿Por qué? Muchas predicciones epidemiológicas acerca de la evolución de la pandemia están hechas de forma mecánica, sin tener en cuenta que la gente adapta su comportamiento a partir de la información disponible, del estado de la situación e incluso de las previsiones. Por ejemplo, un experimento reciente en Suecia mostraba cómo la llegada de las vacunas hacía que ciertos grupos tomaran menos precauciones.

Identificar los nuevos perfiles de varios grupos sociales con relación a su actitud frente a la pandemia puede ayudar a mejorar modelos epidemiológicos y las previsiones. «Por ejemplo, en poblaciones donde predominen los negacionistas, las predicciones sobre la expansión del virus pueden tener en cuenta que la gente seguirá sin colaborar; mientras que en poblaciones donde predominen los cumplidores condicionales, su colaboración dependerá de la gravedad de la situación. De forma similar, también es posible optimizar las intervenciones de política pública y los mensajes de las autoridades y los expertos enfocándolos y haciéndolos a medida de ciertos grupos, en función de cómo se espera que ajusten su comportamiento», subraya el experto de la UB.

 

La científica sostiene que las «democracias liberales necesitan una agenda de políticas éticas con tres prioridades: 1. Reconocer la diversidad de los individuos; 2. Deliberar y negociar compensaciones de valor; y 3. Promover la aceptación, la confianza y el cumplimiento del público», agrega.

Pero antes de llegar al final es importante recordar la enumeración que argumenta su trabajo:

«La pandemia está afectando a la humanidad con un enfoque unido no visto desde la última guerra mundial. Además, tampoco se había escuchado desde entonces. En marzo, las campanas de las iglesias sonaron en Bolonia en una novena contra el SARS-CoV-2 que asolaba Italia y se propagaba al resto de Europa. En abril, la pandemia irrumpió en América del Norte con una venganza, ya que el número de muertos en los Estados Unidos lo catapultó más allá de todas las demás naciones en unos juegos olímpicos macabros. En su ‘Meditación XVII’, John Donne insta a que “nunca se sabe por quién doblan las campanas». La muerte de cada persona nos disminuye, ya que estamos unidos en una humanidad común. Sin embargo, ¿cómo nos las arreglamos cuando la campana suena cuatro veces por minuto, una vez cada 15 segundos, para marcar las 6.000 personas estimadas que se estaban perdiendo diariamente de la humanidad por causa del virus, como sucedió el 4 de abril de 2020″.

La diferencia con las dos guerras mundiales

Y recuerda: «El desafío político en la pandemia actual es que, a diferencia de las dos guerras mundiales, el ‘enemigo’ no es visible. Ningún marcador identifica quién está infectado o es altamente contagioso de SARS-CoV-2. Los marcadores de identidad habituales, como nacionalidad, etnia, raza, religión, clase socioeconómica y género, que caracterizan las actuales ‘políticas de identidad’, no se aplican en esta ‘guerra’. El nuevo virus no respeta fronteras políticas, infecta a todos los grupos demográficos (aunque con impactos diferenciales) y acecha incluso entre los seres queridos. Esta falta de discriminación viral se ve reforzada por historias trágicas, como la del médico chino Li Wenliang, quien advirtió por primera vez sobre la enfermedad infecciosa solo para sucumbir a ella».

Por todo ello, es importante saber cómo se están forjando las nuevas personalidades.

Algunos ‘tipos de personalidad COVID-19’ emergentes:

  • Negadores:que minimizan la amenaza viral, promoviendo los negocios como de costumbre.
  • Esparcidores:quieren que se propague, que se desarrolle la inmunidad colectiva y que vuelva la normalidad.
  • Perjudicadores:intentan dañar a otros, por ejemplo, escupiéndoles o tosiendo.
  • Realistas:reconocen la realidad del daño potencial y ajustan sus comportamientos.
  • Preocupados: se mantienen informados y seguros para manejar su incertidumbre y miedo.
  • Contempladores: se aíslan y reflexionan sobre la vida y el mundo.
  • Acaparadores: entran en pánico, compran y acumulan productos para calmar su inseguridad.
  • Invencibles: a menudo jóvenes, que se creen inmunes.
  • Rebeldes: defienden las reglas sociales que restringen sus libertades individuales.
  • Culpadores:desahogan sus miedos y frustraciones en los demás.
  • Explotadores: abusan de la situación para obtener poder, ganancias o brutalidad.
  • Innovadores: diseñan o reutilizan recursos para combatir la pandemia.
  • Partidarios: muestran su solidaridad en apoyo a los demás.
  • Altruistas: ayudan a los vulnerables, ancianos y aislados.
  • Guerreros: quienes, al igual que los trabajadores sanitarios que están en primera línea, combaten la cruda realidad como pueden.
  • Veteranos: los que ya experimentaron el SARS o el MERS y voluntariamentecumplen con las restricciones, sin cuestionarlas ni alzar la voz

 

Patricia Matey

 

Los hábitos: ¿Qué son y cómo se forman según la ciencia?

Exactamente tres semanas. La ciencia ha demostrado que este es el tiempo que necesitamos para reprogramar nuestras conductas y decir adiós a costumbres indeseables en nuestra vida

 

El café de las 12, la pizza de los viernes, las dos cajetillas de tabaco al día… ¿Hay algún vicio que quieras desterrar? Para decirle adiós definitivamente, tendrás que haberlo abandonado durante 21 días de manera ininterrumpida. Tres semanas o 1.260 horas, lo que se prefiera: es el tiempo que la mente humana necesita para romper con un hábito adquirido.

Esta cifra ya se contemplaba en los años 60, cuando el cirujano plástico Maxwell Maltz comprobó que los pacientes necesitaban exactamente 21 días para acostumbrarse a sus nuevas caras.

En 2009, quisieron comprobarlo con diferentes estudios sociológicos y el resultado no fue tan claro. Según la University College de Londres, el tiempo promedio para adaptarse a un nuevo hábito ronda los 66 días, pero hay gente que puede conseguirlo en apenas 18 y otros que precisarán 254 días. Como recoge Science Alert, desarrollar un nuevo comportamiento te tomará al menos dos meses.

Romper o crear hábitos

La diferencia puede estar en romper o crear nuevos hábitos. Las rupturas son más difíciles. «Es mucho más fácil empezar a hacer algo nuevo que dejar de hacer algo habitual sin un comportamiento de reemplazo», asegura el neurocientífico Elliot Berkman. Por eso se recomienda masticar chicle para evitar fumar: reemplazar una conducta por otra.

Siempre hay que buscar una conducta de reemplazo saludable

También es más fácil abandonar un vicio si realmente estamos convencidos de que es perjudicial: «Las personas que quieren eliminar su hábito por razones que están alineadas con sus valores personales cambiarán su comportamiento más rápido que las personas que lo están haciendo por razones externas como la presión de otros», explica Berkman.

 

Además de un remplazo positivo y motivación, los expertos recomiendan mucha paciencia. Cuanto más tiempo hayamos realizado un hábito, más tardaremos en deshacernos de él: «La buena noticia es que las personas casi siempre son capaces de hacer otra cosa cuando son conscientes del hábito y están suficientemente motivadas para cambiar», asegura el neurocientífico.

El Confidencial

 

1 de cada 5 adultos sufre problemas de salud mental, según un estudio

La investigación abarca varias décadas de la vida británica tras la posguerra y ha descubierto que los problemas alcanzan su punto álgido en torno a los 50 años

El coronavirus no solo ha afectado a nuestra salud física, también ha hecho mella en la mental. Desde marzo, muchos médicos y especialistas advierten de que se han incrementado los problemas de ansiedad, depresión entre los más jóvenes, dolores de cabeza o bruxismo provocado por los nervios. Un problema más en un mundo acelerado donde los problemas mentales, poco a poco, están pasando de ser un tabú a algo de lo que se puede hablar.

Según una reciente investigación que abarca varias décadas de la vida británica tras la posguerra, hasta el 20% de las personas experimentan la tasa más alta de angustia psicológica en la mediana edad. Los investigadores analizaron la salud mental de tres cohortes distintas, estudiando datos recopilados en otros estudios con participantes nacidos en 1946, 1958 y 1970, informa ‘Science Alert’.

 

La salud mental en la adolescencia y la vejez tiende a recibir mucha más atención que la angustia psicológica en la mediana edad

 

Con los resultados han podido hacer una ‘instantánea’ de la salud mental de los británicos, que abarca desde la generación Baby Boomer a la X. El estudio sugiere que los trastornos alcanzan su punto álgido en la mediana edad, reformulando esa famosa idea de la ‘crisis de la mediana edad’. «La salud mental en la adolescencia y la vejez tiende a recibir mucha más atención que la angustia psicológica en la mediana edad, a pesar de que los adultos son particularmente vulnerables a las enfermedades mentales en esta etapa de la vida», explicó David Gondek, de University College London. «Nuestro estudio sugiere que se debe prestar más atención en esta etapa de la vida».

Para realizar el estudio, Gondek y su equipo analizaron datos recopilados de la Encuesta Nacional de Salud y Desarrollo, el Estudio Nacional de Desarrollo Infantil y el British Cohort Study, con más de 28.000 personas que habían experimentado algún tipo de angustia psicológica entre los 23 y los 69 años, los investigadores querían llegar a un perfil de edad determinado. La angustia psicológica se definió en términos generales, abarcando la depresión y la ansiedad, pero sin diferenciar trastornos mentales específicos. Los resultados mostraron que esta angustia psicológica alcanzaba su mayor medida en torno a los 46 años.

 

Se descubrió que la generación X tenía más posibilidad de sufrir angustia psicológica que los Baby Boomers a lo largo de sus vidas

 

También se descubrió que la generación X tenía más posibilidad de sufrir angustia psicológica que los Baby Boomers a lo largo de sus vidas. “Ingresaron al mercado laboral a fines de la década de 1980 y principios de la de 1990 durante un período de recesión y alto desempleo, y también les resultó más difícil que las generaciones anteriores encontrar vivienda. Como resultado, estas circunstancias particulares pueden tener un impacto duradero en la salud mental de esta generación durante la edad adulta», explican fuentes desde el propio estudio.

 

Los investigadores no están del todo seguros acerca de por qué los problemas mentales se incrementan generalmente en la mediana edad. Pero es posible, según dicen, que numerosos factores coincidan en este momento particular de la vida de las personas, ejerciendo mayores presiones y responsabilidades sobre ellas, lo que disminuye su calidad de vida. Además, la mediana edad a menudo se asocia con cambios significativos en la estructura familiar, ya sea en forma de divorcio, responsabilidades parentales continuas o tener que cuidar a padres ancianos.

No obstante, los investigadores reconocen que hay una serie de limitaciones en su estudio, pues no ‘captura’ problemas específicos como la psicosis o el trastorno bipolar, pues han analizado momentos específicos en la historia de Reino Unido. «Es necesario realizar más investigaciones para comprender los procesos que subyacen a la angustia psicológica en cada fase de la vida», concluyeron.

ACyV

 

Social: ¿Tenemos una personalidad fija y definida o en realidad cambia con  el paso del tiempo?

En los inicios de año siempre tendemos a hacer balance y preguntarnos cómo nos gustaría ser. ¿Eres de los que piensa que la gente nunca cambia o por el contrario lo hace muy fácilmente?

En estos inicios de año, tanto como en los finales, todos nosotros hacemos un repaso y su consiguiente prospectiva de nuestra vida. Las cuestiones a analizar es cómo hemos cambiado, qué nos ha hecho estar donde estamos y, por supuesto, dónde queremos dirigirnos. Podríamos decir que hay dos clases de personas en el mundo: aquellas que tienden a cambiar en un período de tiempo muy corto o muy largo, y aquellas que parece que no van a hacerlo nunca. Hoy hablaremos si en verdad hay algo que determina tu manera de ser y estar en el mundo o bien todo es una impostura y, en realidad, seguimos siendo los mismos que éramos antes a pesar de todo.

El debate está abierto y cada experto tiene su teoría. Benjamin Hardy, un prestigioso psicólogo estadounidense, cree que efectivamente los hechos que atravesamos y nuestra manera de responder a ellos acaban deparando cambios en nuestra forma de ser. En su reciente libro, ‘Personality Isn’t Permanent’ («La personalidad no es permanente»), sostiene que en absoluto poseemos una serie de características fijas en nuestra manera de actuar o de ser. Para él, la personalidad es un conjunto de habilidades que se pueden ir aprendiendo con el tiempo y que acaban modificando «nuestras actitudes y comportamientos constantes, la forma en la que nos presentamos a distintas situaciones», alega en una entrevista concedida a ‘The Guardian’.

 

«Al ver la identidad como fija, la imaginación y la voluntad de cambiar queda atrofiada. No es que no podamos, es que no creemos que podamos hacerlo»

 

Hardy distingue entre personalidad e identidad. Esta segunda alude a la manera en la que elegimos definirnos a nosotros mismos como personas. Por ello, la personalidad sería «el nivel superficial», es decir, la actitud que se deriva de la identidad. Hay que tener en cuenta, llegados a este punto, que vivimos en una sociedad posmoderna la cual siempre está añadiendo etiquetas nuevas a maneras de ser y de estar en el mundo. Afortunadamente, ya no vivimos en una época en la que había una serie de preceptos firmes en los que estar de acuerdo sí o sí, como por ejemplo podía ser la España de la dictadura franquista. Es por ello que tanto por acción de la moda como de la industria del espectáculo, acabamos amoldándonos a ciertas conductas que creemos que encajan mejor con nuestra identidad, por lo que al final la personalidad sí que tiene un rasgo voluntario y no accidental.

 

«La mayoría de la gente tiende a definir demasiado su yo actual», asevera el psicólogo. «Si dices ‘soy tímido’, ya te estás etiquetando de cierta forma. Y debido a que la identidad de la mayoría de las personas se ve como fija, su imaginación y voluntad de cambiar queda bastante atrofiada. No es que no podamos cambiar, es que no creemos que podamos hacerlo».

Asentarse en los 30

William James, uno de los grandes padres fundadores de la psicología, defendía la teoría de la que la personalidad acaba solidificándose y haciéndose fija a la edad de 30 años. ¿Demasiado tarde para cambiar? «Cuando llegas a esa edad ya te ha dado tiempo a establecer una trayectoria vital y buscas asentarte en una carrera o formar una familia, por lo que acabas haciendo menos ‘nuevas cosas'», opina Hardy. «Si estás probando cosas nuevas, tu personalidad seguirá cambiando porque estás en tu zona de confort. La gente deja de experimentar con ellas no porque no puedan, sino porque han acabado encaminándose hacia otras cosas».

 

Si apuntamos hacia algo solo tenemos que repetir una y otra vez aquello que nos lleva en esa dirección hasta que se haga natural

 

Obviamente, si tu vida da un giro de ciento chenta grados, es muy posible que te veas impelido a cambiar a la fuerza. Pero si nunca sales de tu zona de confort, ya sea porque tienes las cosas muy claras o por puro miedo, es posible que acabes repitiéndote ese mantra tan conocido de «yo soy así, así seguiré, nunca cambiaré…», como decía la canción. En este sentido, y partiendo del tono de la canción escogida, todo dependerá también del nivel de orgullo que sientas hacia ti mismo y hacia tu vida. Pero, ¿qué ocurre si por el contrario no nos gusta nada cómo somos y por más que intentamos dar un cambio este no sucede? Aquí se halla el problema.

Hardy afirma que lo primero que hay que hacer es intentar imaginar la persona que nos gustaría ser y los rasgos que la definirían. Es lo que él llama una «práctica deliberada», la cual se refiere a un proceso de repetición consciente, es decir, si apuntamos hacia algo que queremos alcanzar solo tenemos que repetir una y otra vez aquello que nos lleva en esa dirección hasta que, de alguna forma, se haga natural. Por ejemplo, si crees que eres muy despistado, deberías empezar a pensar en trucos que te ayuden a sobreponerte a tu empanamiento, tanto como si crees que deberías ser más trabajador y menos holgazán forzarte a ti mismo a tener diligencia hasta que esto se convierta en rutina. Pues, al final, somos animales rutinarios que acaban interiorizando una serie de procesos.

 

No hay que confundir aquí los sueños frustrados con la personalidad. A todos nos gustaría tener más éxito y triunfar en nuestros propósitos, y en parte la personalidad es uno de los factores que condiciona que estos se cumplan. Pero también influyen muchas otras cosas, como viene a ser la suerte o el nivel de dificultad del objetivo que queremos cumplir. Hay que ser realistas y tampoco apuntar hacia la perfección, pues esta no existe. Y tú, ¿eres de los que piensa que la personalidad sí que puede cambiarse con el tiempo y que gracias a esto podemos avanzar e ir a mejor?

 

  1. Zamorano