Cómo deberíamos entender el éxito para no caer en la frustración

Desde pequeños, los jóvenes han sido educados para ser los mejores en todo. Hoy vemos de donde viene esa ansiedad por triunfar a toda costa de la mano de un prestigioso psicólogo

 

En una sociedad como en la que vivimos, en la que las desigualdades cada vez son más grandes, pensar en el éxito se ha convertido en un lujo para muchos. Desde muy pequeños, los jóvenes de hoy en día fueron educados para ser los mejores: obtener las notas más brillantes con la esperanza de un futuro prometedor que les hiciera vivir cómodamente y ganar el mayor dinero posible. Sin embargo, la lógica capitalista de la competencia y lo precario que se ha vuelto nuestro mercado laboral desde que saltara la crisis económica han provocado el efecto contrario: en vez de atisbar el éxito, muchos han acabado frustrados y, por tanto, se han sentido engañados.

Esta es la realidad de los ‘millennials‘ cada vez que emerge un nuevo ‘meme’ o un chiste en redes sociales. El típico icono del ‘boomer’ dando lecciones vitales sobre lo mucho que tuvieron que trabajar para formar una familia frente al joven de hoy en día, atrapado entre dos crisis y teniendo que postergar todos sus proyectos personales y profesionales para después. Esta desilusión constante de no poder independizarse también tiene un coste en la salud mental, ya que este cúmulo de logros no conseguidos acaba produciendo una sensación de fracaso que repercute en la autoestima y el carácter de la persona.

Un informe asegura que la presión por sobresalir frente a los demás, junto con la pobreza, el trauma o la discriminación son las razones que más malestar generan entre los adolescentes del presente. Además, una reciente encuesta realizada a más de 40.000 estudiantes universitarios de Reino Unidos, Estados Unidos y Canadá reflejó que la obsesión con el perfeccionismo está en aumento, con todo el desgaste que esto conlleva para la salud mental. El ansia de alcanzar la perfección es el resultado de toda esa presión por sobresalir que inculcaron a muchos jóvenes desde pequeños, junto con la extrema competencia que hay en nuestra sociedad por llegar a un puesto de trabajo o simplemente destacar sobre los demás y ser alguien.

¿El origen de la frustración?

De hecho, hay psicólogos de prestigio que cada vez entonan más el ‘mea culpa’ hablando en nombre de su generación a la hora de explicar esta crisis de salud mental entre los jóvenes y sus consecuencias. Profesionales como Dimitrios Tsatiris, especialista en trastornos de ansiedad y profesor asistente de psiquiatría en la Universidad de Medicina del Noreste de Ohio quien, en un artículo publicado en ‘Psychology Today’, asevera que en muchas ocasiones esta frustración es causa directa de la educación de los adultos sobre esos niños que ahora son jóvenes. Pero sobre todo, de su modo de ver la vida.

«Si ayudamos a los jóvenes nos estaremos ayudando a nosotros mismos. Y para ello debemos reflexionar sobre cómo vivimos nuestras vidas»

«Los jóvenes siguen los pasos de los adultos», asegura Tsatiris. «Pueden ver cómo elogiamos el éxito y la productividad al máximo nivel. Les premiamos por ser estudiantes sobresalientes y ser los mejores en su equipo de fútbol. Les animamos a potenciar su currículum con un sinfín de actividades extraescolares. Aunque les digamos que valoramos la bondad y la empatía, no siempre promovemos esta serie de valores con la misma intensidad».

En este sentido, el psicólogo apunta a que «si ayudamos a los jóvenes nos estaremos ayudando a nosotros mismos». ¿Cómo? «Necesitamos reflexionar sobre cómo vivimos nuestras vidas», prosigue. «Hemos elevado el listón de nuestras expectativas a niveles inalcanzables e insostenibles. Esperamos obtener unos buenos ingresos, sobresalir profesionalmente, crear hijos perfectos, tener una casa hermosa, mantener una gran actividad social y ser los pilares de nuestras comunidades».

«Si mides el éxito desde el prisma individual, como dinero, poder o fama, lo más normal es que te sientas defraudado»

Tsatiris es tajante y no duda en reconocer que «la ansiedad surge de la presión por cumplir con las expectativas autoimpuestas». Y como es lógico, la incertidumbre por el futuro generada por la pandemia de coronavirus ha acrecentado aún más esta preocupación. «Estamos demasiado dispersos y abrumados», recalca el psicólogo. Por otro lado, también expresa que la empatía ha estado en declive en los últimos años, mientras que las conductas narcisistas van en aumento, tal vez como mecanismo irracional de defensa ante esa frustración que provoca no conseguir las metas. Esta falta de empatía y exceso de narcisismo también tiene su reflejo en el apartado social, con una tensión y crispación política que ha ido en aumento en los últimos meses.

Ante este panorama tan desolador, ¿cuál es la posible solución que ofrece el psicólogo? «El mayor logro es hacer una contribución positiva a las vidas de los demás», observa. «Si mides el éxito desde el prisma individual, como dinero, poder o fama, lo más normal es que te sientas defraudado. Este tipo de felicidad huye a medida que la comparas constantemente con otras ás ricas, más poderosas o más famosas.

El diagnóstico de Tsatiris es acertado aunque tal vez su enfoque es demasiado poco realista. No falla a la hora de darse cuenta de que la clave para el éxito individual no reside más que en lograr el éxito colectivo, es decir, conseguir sobreponerse a los problemas que puedan venir de la mano de los demás, del entorno más cercano. «Nuestro impulso por lograr el éxito no tiene por qué ser malo», concluye. «Puede tener un impacto positivo en el resto, el problema es cuando lo perseguimos exclusivamente de manera individual. En última instancia, así es como repercute en nuestra salud mental, en nuestros seres queridos y, en general, en la sociedad».

 

  1. Z.

 

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